Soy creación de Dios y vivo cada día como criatura de Dios.
La Fe es nuestra dependencia del Padre, Nuestra esperanza es Jesús. La Caridad es el Espíritu Santo amando en nosotros.
LA RUTA DEL ESPÍRITU.
La ruta del Espíritu es invariable e inmensa: la divina Paloma describe siempre con sus alas blanquísimas un círculo amoroso e infinito: viene del Padre y del Hijo, y hacia esas divinas Personas tiende su vuelo majestuoso, arrastrando en la dulce impetuosidad de su soplo, a la cruz y a la gloria, a las almas dóciles a sus inspiraciones.
Sólo Dios puede abarcarse a si mismo en su infinita unidad; pero en nosotros, sobretodo en el destierro, tienen que aparecer una a una las facetas de su única divina hermosura: Para El Temor de Dios es el soberano a quien hay que sujetarse con profunda reverencia porque tiene en sus manos las llaves de la vida y de la muerte. Para la Fortaleza, es la fuerza omnipotente que se entrega en manos de la debilidad. Para la Piedad es el Padre a quien debe adherirse con afecto filial, ensalzando su gloria. Para el Consejo es la regla eterna y suprema de las acciones humanas. Para la Ciencia, el ejemplar infinito de las criaturas. Para el Entendimiento, el fin sobrenatural que esparce luz en todo conocimiento de ese orden altísimo. Para la Sabiduría, el foco de luz que ilumina el alma con la claridad del amor, porque ella se ha reunido en abrazo dulcísimo y ha descubierto en la suavidad deliciosa del amor el secreto de toda verdad.
Luis M. Martínez. La Verdadera Devoción al Espíritu Santo VI
ILUMINACIÓN.
Nuestra vida espiritual, consiste en nuestra incorporación a Jesús, en nuestra unión con El, nosotros somos los sarmientos y El es la vid a la cual estamos íntimamente unidos y de donde tomamos la savia y la vida. Vivir vida cristiana es abrazarnos con Jesús, fundirnos, hacernos una sola cosa con El, y por El y en El, ser hijos adoptivos del Padre y estar bajo el régimen y el impulso amoroso del Espíritu Santo; es entrar en el seno de Dios, es comenzar a vivir en la tierra la vida que ha de ser nuestra felicidad en el cielo.
! Si pudiéramos contemplar la inmensidad, la belleza, la beatitud de esta vida! Nuestra vida no puede ser otra cosa sino luz y amor y fecundidad, porque es la vida de Dios, porque es la vida del Espíritu; pero llegaremos a la cumbre de esa luz cuando entremos en el seno de la Divinidad.
Si Dios habita en una luz inaccesible para nuestra pequeñez, el amor de Dios la ha hecho accesible por su misericordia. Jesús vino precisamente para hacernos accesible la luz de Dios. Esa luz de Dios que se nos comunica por la humanidad de Jesucristo.
El Espíritu Santo hace inteligible para nosotros la Persona de Cristo y todo su mensaje. Con la luz admirable del Espíritu Santo comprendemos la maravilla de nuestra filiación adoptiva. Nuestro parentesco con el Señor resucitado, la función de María nuestra madre, el misterio de la Iglesia. La riqueza de nuestro bautismo, el sentido de la vida, del trabajo, del dolor, la verdad en lo mas recóndito de nuestro ser.
AMAR CON EL ESPÍRITU SANTO
DEJARSE POSEER.
El amor, hemos dicho, es el fondo de
nuestra devoción al Espíritu Santo. Pero el amor como reflejo de Dios, como
imagen suya, es algo muy simple que encierra en su simplicidad múltiples
riquezas y variadísimas formas.
Todos los matices de los afectos
humanos se encuentran admirablemente armonizados en el amor filial, confiado
como el de la amistad, dulce y fecundo como el amor de los esposos, y libre y
puro, y desinteresado y tiernísimo como el amor maternal. Con todos estos
matices debemos amar a Dios.
Pero, puesto que Dios es uno en
esencia y trino en Personas, nuestro amor hacia El, que es único, toma su
especial matiz según se dirige a cada una de las Personas divinas. Nuestro amor
al Padre es tierno y confiado como de verdaderos hijos, ávidos de glorificarlo
como su Unigénito nos enseño con su palabra
con su ejemplo. Nuestro amor al Hijo, que quiso encarnarse por nosotros,
se caracteriza por una tendencia a una unión con El, a una transformación en
EL, realizada por la imitación de sus
ejemplos, por la participación de su vida, por la comunicación de sus
sufrimientos y de su cruz. El ideal de
nuestro amor al Espíritu Santo es dejarse poseer y mover por El ; escucharle, comprender su mensaje,
descubrirlo, no poner resistencia a su soplo divino. Uno de los gozos más grandes del amor es este
abandono a las disposiciones y a la acción del amado hasta desaparecer, borrarse,
anonadarse para que se realice nuestra transformación en el Amado.
Luis M. Martínez. La Verdadera
Devoción al Espíritu Santo XII.
POSEERLO.
Amar al Espíritu Santo es, pues,
dejarse poseer por El; pero también poseerlo, porque El es nos solamente el Director de nuestra vida,
sino también el Don de Dios, nuestro
Don. Poseer al Amor es amarlo, es dejarse penetrar por su fuego y arder en
el, es recibir las ardientes efusiones del amor y en ellas al Amor mismo.
Esta posesión tiene sus grados: basta el menor grado de caridad para poseer al
Espíritu Santo. Cuanto más crece en el alma la caridad, más crece también esta
dichosa posesión del Don de Dios. El Espíritu Santo es más nuestro cuanto más
lo amamos, y más lo amamos cuanto somos más suyos; en otras palabras: cuanto
más perfectamente es el Espíritu Santo principio de nuestro amor, más
perfectamente es el término de ese mismo amor, más perfectamente es nuestro
DON.
Cuando amamos bajo la especial moción
del Espíritu Santo, puede decirse con rigor teológico que aquel acto es divino,
que es acto del Espíritu Santo, que amamos con el Espíritu Santo, porque, como
enseña Santo Tomás, la producción de algún efecto no se atribuye al móvil sino
al motor. En este amor realizado bajo la especial moción del Espíritu Santo,
sobre todo cuando este amor pasivo a llegado a su perfección, no es el alma
quien se mueve a si misma, sino que el Espíritu Santo la mueve y ella obra bajo
su impulso divino. El Espíritu de Dios ama en el alma; el alma
ama con el Espíritu Santo.
Luis M. Martínez. La Verdadera
Devoción al Espíritu Santo XIII.
AMOR Y MISERIAS.
El amar a Dios no es solo un
felicísimo derecho que todos tenemos, sino un dichosísimo deber. ¿ No es el
primero y principal de los mandamientos : Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas ?. ¿Como puedo atreverme a
amar a Dios si estoy lleno de miserias y pecados? ¿ Como podrá Dios amarme así
para que haya la mutua correspondencia que exige el amor ?.
Precisamente lo que Dios nos pide, lo
que exige de nosotros, lo que vino a buscar a la tierra, en medio de los
dolores y las miserias de la vida mortal,
fue nuestro amor, el amor de las
pobres criaturas ; sabia muy bien que no encontraría sobre la tierra ni virtud,
ni generosidad, ni hermosura, ni necesitaba tales cosas, pues El precisamente traía las manos
henchidas de esos dones , mas sabía que sobre la tierra había corazones pobres,
miserables y manchados, pero capaces de amar,
y vino a pedirles que lo amaran, vino a obligarlos con el extremo de su
ternura, con las locuras de su amor a que lo amaran, y después de hablar de
amor y de empequeñecerse en la Santa Eucaristía por amor, se quedó en el
Sagrario para decir a cada alma que viene a este mundo lo que dijo a la
Samaritana : ! Tengo sed de amor! ! alma, dame de beber... !
Luis M. Martínez. La Verdadera
Devoción al Espíritu Santo XI.
UN CIELO ANTICIPADO.
Sin duda que el Espíritu Santo se
llama consolador, porque de cuando en cuando hace lucir un rayo de luz
celestial en nuestro espíritu, hace palpitar con violencia nuestro corazón con
santos afectos, nos levanta de la tierra y parece que nos hace tocar el cielo.
No obstante, mientras vivimos en la
tierra, nos tortura el deseo vivísimo, la ansiedad inmensa de poseer ya a
nuestro Dios. A las veces nos entretenemos, por decirlo así, con las criaturas,
para no sentir esta pena que llevamos en el alma ; pero cuando las criaturas desaparecen y nos
damos de nuestra verdadera situación, exclamamos con el salmista : ! Ay de mi,
cuanto se ha prolongado mi destierro !.
La pena por la que necesitamos
consuelo es porque no poseemos plenamente a Dios. El verdadero consuelo que nos
da el Espíritu Santo es éste: nos da, de la manera que podemos poseerlo en la
tierra, como dice San Pablo, " lo sustancial de las cosas que esperamos
", por decirlo así nos fabrica en el corazón un cielo anticipado y temporal,
mientras llega el definitivo y eterno.
Esto es, nos hace ver, en cuanto es posible a la pobre criatura, como
Dios ve; amar, con nuestra naturaleza
transformada por la gracia como Dios ama.
El Padre no tiene ojos sino para
mirar al Verbo, pues en El nos ve a todas las criaturas; no tiene corazón más
que para amar al Verbo, pues en El ama a
todos. Y ese amor incomprensible se refleja en la criatura transformada: No ver
en las criaturas sino al Verbo; no amarlas sino en el Verbo, o amar al Verbo en
ellas. He aquí la suprema perfección de
nuestra alma respecto a las criaturas y el preludio de aquella vida felicísima
en la que Dios será todo en todas las cosas.
Después de haber dado una mirada de
conjunto sobre todo el camino de la vida espiritual, conviene ir recorriendo
uno por una las etapas de ese camino.
EL DESPRENDIMIENTO.
La vida espiritual debe apoyarse
sobre la nada, sobre la nada humana. No
debemos tener apoyo humano, nuestro apoyo es Dios; nada de criaturas, nada de afectos, nada de nosotros mismos. Nuestro Señor nos quiere totalmente
desprendidos, no solamente de las cosas
exteriores, las riquezas, los bienes de este mundo, sino también de los afectos
del corazón y de nosotros mismos que es de lo que más nos cuesta desprendernos.
! Cuantas veces una cosa pequeñísima
viene a ser el obstáculo para nuestra perfección! ¿ Y que importa que sea
pequeña o que sea grande ?. Si nos impide ira Dios siempre es una cosa grande.
Por eso hay tantas parábolas en el
Santo Evangelio en donde se dice: " fue y vendió todo lo que tenia "
y la compró. De esta manera, es necesario que nos desprendamos de todo para
adquirir esa perla preciosa que es Jesús. El quiere ser nuestro único tesoro,
por eso quiere que nos desprendamos de todo lo que tenemos; quiere ser nuestro
único amor, por eso quiere que vayan desfilando de nuestro corazón todos
nuestros afectos. Y por eso es necesario que hasta nosotros nos borremos para
que El pueda vivir en nosotros.
EL ABANDONO.
Cada día me convenzo más de que el
abandono es la última palabra del amor, tanto por parte de Dios, como por parte
nuestra; y aun me parece que es la esencia del amor y de la unión. El amor es
entrega mutua; y el abandono es la
entrega completa, íntima e ilimitada.
Noto tres fases en el abandono: entregarnos para que Dios nos utilice -
entregarnos para que Dios nos inmole
- entregarnos para que Dios nos
ame. Claro está que esta última es la
más íntima y deliciosa y de la que digo que es como la esencia de la unión.
Por la primera, Dios nos hace instrumentos de su
acción. Por la segunda, participes de sus sufrimientos. Por la tercera nos
adherimos a El, nos hacemos en
cierto modo una sola cosa con El.
¿ Quien no ve que no puede haber
unión sin abandono y que el grado del abandono es la medida de la unión ?.
Dios encuentra encanto inefable en
que el alma sele abandone, sobretodo en la tercera fase. Y vislumbro que ese
divino encanto, es el encanto sustancial del amor.
Quizá el abandono es la forma suprema
para que se pueda realizar mi triple misión, escribe Mons. Luis María Martínez,
Arzobispo primado de México durante la persecución religiosa: Para ser el vivo
retrato de Cristo. La primera fase del abandono. Para ser víctima, la segunda.
Y para mostrar los encantos del amor, la tercera.
Luis M. Martínez Arzobispo Primado de
México. Divina Obsesión XIV
LA UNIÓN TRANSFORMANTE.
Como explica Santo Tomás, hay tres
uniones en el amor: una que es su causa,
otra que es el amor mismo, y la
tercera que es su efecto.
La primera es causa del amor: Cierta
unidad de naturaleza y de aspiraciones.
La segunda, es el amor mismo, una unión de afectos y de voluntades: el
querer del amado es nuestro querer; su bien,
nuestro bien, su dicha, nuestra
dicha. La tercera es efecto del amor: la tendencia a la unión real efectiva de
los que se aman. En
el amor de Dios hay estas tres uniones: La primera tiene como centro la
gracia, que es una participación de la naturaleza divina. La segunda
unión la realiza la caridad, que es amistad y amor, que es imagen de Dios
que es caridad, y especialmente del Espíritu Santo, el Amor personal. La
tercera unión realizada por los Dones del Espíritu Santo, especialmente por el
Don de Sabiduría, llegados a su perfecto desarrollo, y consiste en la total
completa y constante divinización del
alma : La Unión Transformante. La plena participación del Don de Sabiduría que
imprime en nosotros la imagen de Jesús, la imagen del Verbo realizada por el
Espíritu Santo, porque el Verbo de Dios es la Sabiduría Engendrada, y el Don de Sabiduría es la sabiduría
participada. En ella el Espíritu Santo posee perfectamente el alma y la mueve
en todos sus actos.
Luis M. Martínez Arzobispo Primado de
México. Divina Obsesión IX
EXPERIENCIA DE DIOS.
Esa dulce experiencia de lo divino,
propia de las almas transformadas, es efecto principalmente del Don de
Sabiduría. La presencia de Dios, como Don, no es otra cosa que la dulce
experiencia de la unión. El alma no se separa nunca del Verbo, mira
desvanecerse más a menos el velo que cubre su Tesoro, goza de la unión, goza de
lo suyo.
Digámoslo entre paréntesis : hace muy
bien el Verbo en cubrirse ante las miradas del alma, pues es demasiado hermoso
para descubrirse : ! su hermosura la mataría !. Y El en la inmensidad de su
ternura, el Verbo lucha, por decirlo así, entre su ansia de comunicarse y su
anhelo de conservar aún en la tierra a su alma esposa.
! Oh! , si el alma lo soportara, si no tuviera aun que sufrir y
cumplir su misión, la vida del alma transformada sería un ósculo
interminable. Pero, ¿cómo sufriría viviendo así? ¿Cómo podría cumplir sus deberes
exteriores? ¿ Cómo podría conservar su
vida ?.
Por eso el Amado va variando, con
infinita sabiduría y con inefable delicadeza, la intensidad de está dulce
experiencia. Y varían también los aspectos de su hermosura que descubre al
alma: ahora su majestad ; ahora su ternura ; cuándo su santidad ; cuándo su
belleza ; cuándo su misericordia,
etc. El sabe cómo y por qué va
descubriendo al alma sus divinos encantos, mientras llega la unión eterna,
mientras llega el momento feliz, de entregarse sin velos al alma en el éxtasis
inefable del cielo.
Luis M. Martínez Arzobispo Primado de
México. Divina Obsesión IX
DESPRENDIMIENTO Y ATENCIÓN AMOROSA
Si la vida cristiana es en su fondo
la mutua posesión de Dios y del alma, si la verdadera devoción al Espíritu
Santo no es otra cosa que la amorosa aceptación y plena realización de esa
vida, desprenderse que para ser en verdad devotos del Espíritu Santo debemos ir
perfeccionando esa mutua posesión, adaptando nuestro ser a sus divinas
exigencias; nuestro amor a su amor,
nuestra actividad a sus dones, nuestro esfuerzo a su acción.
El Espíritu Santo habita en nosotros
por la Caridad. De la misma manera, vivimos con el Espíritu Santo si lo amamos,
y la perfección de esa será proporcionada a la perfección de nuestro amor.
" El Amor no es amado ",
grita por las calles el B. Jacoponi de Todi, en los excesos de su amor. Nada
más justo que amar al Espíritu Santo porque es Amor infinito. Amar al Amor es vivir con El, es dejarse poseer por El y
poseerlo, es impregnarnos de su
divino fuego y dejarnos consumir en El.
Para obtener la vida íntima con El
Espíritu Santo, la presencia dulcísima del Huésped divino, no hay más que un
medio definitivo y eficaz, el amor: Inmolarle todo el ganado de nuestros
afectos, arrojando del alma todo lo que no es El, consumirlos todos en el fuego del
holocausto, para que pueda convertirse
en el dueño único de nuestros pensamientos, en el fuego único de nuestro
corazón. Para que pueda el Amor sentarse a nuestra mesa y embriagarnos con el
vino generoso de su amor.
Luis M. Martínez. La Verdadera
Devoción al Espíritu Santo VI
LAS VIRTUDES TEOLOGALES.
Para ponernos en contacto íntimo con
Jesús no bastan las luces de nuestra inteligencia ni el amor natural de nuestro
corazón. Necesitamos nuevos ojos y nuevo corazón para podernos comunicar con Dios, para
poder comunicarnos con Jesús. Y en su
misericordia Dios nos ha dado estos ojos iluminados de que habla San Pablo y
ese corazón nuevo de que hablan las Escrituras. Los ojos nuevos son la fe, el corazón nuevo es la caridad.
Se puede decir, que por la fe
y por la caridad es por lo que
penetramos en el Corazón divino de Jesús. Pudiéramos decir que por las Virtudes
Teologales, porque estas tres virtudes, la fe, la esperanza, la caridad, son
las únicas que nos pone en contacto inmediato con Dios.
Creo que se deben reivindicar los
derechos de las virtudes teologales, porque me parece que aun las personas
piadosas les hacen poco caso, sobretodo a la fe y todavía más especialmente a
la esperanza. Por el afán de ser prácticos, muchas veces los hombres se
preocupan más de esas virtudes que parecen más prácticas: la mortificación, la
pobreza, la humildad, virtudes importantísimas indispensables, pero que tienen
su lugar.
Cómo no ha de ser práctica la
fe, y la esperanza y la caridad, sin son las virtudes
superiores, son las que tienen por objeto a Dios, por eso se les llama Teologales, por eso se
les llama divinas, porque con ellas nos ponemos en contacto con Dios.
EJERCICIO DE LAS VIRTUDES TEOLOGALES. La Fe es nuestra dependencia del Padre. Soy crecieron de Dios y vivo cada día como criatura de Dios. Nuestra esperanza es Jesús. La Caridad es el Espíritu Santo amando en nosotros.
Como enseña San Pablo a Timoteo y Dios por su medio a todos nosotros: Lo que voy a decirte es digno de confianza y puedes creerlo con toda seguridad:Cristo vino a este mundo a salvar a los pecadores, de los cuales Yo soy el primero, por eso he alcanzado misericordia para ser el primero que muestre la paciencia de Jesús, para ejemplo y confianza de aquellos que han de creer en El para alcanzar la Vida Eterna. (1a. Timoteo 1, 15.. 16).
Sin duda que las virtudes teologales
para realizar las operaciones más altas y admirables de la vida espiritual
necesitan el precioso concurso de lo Dones ; pero la esencia de la intimidad
del alma con Dios está en el ejercicio de las virtudes teologales y
especialmente en el ejercicio de la caridad, reina de las virtudes que enlaza y
armoniza los Dones en la divina unidad del amor y sirve de fundamento a la
mutua posesión del Espíritu Santo y del alma. A esa comunión íntima de amor
aspira el Huésped dulcísimo de nuestras almas, por esta hermosa intimidad
suspira el alma y el misterio de esta comunión se realiza por las virtudes
Teologales.
Las demás virtudes purifican el alma,
quitan de ella los obstáculos para la unión, la aproximan a Dios, la hermosean;
pero ninguna de ellas, ni todas juntas pueden hacer que el alma toque a Dios,
porque de ninguna de ellas es Dios el objeto propio. Aun los mismos Dones del
Espíritu Santo, superiores a las virtudes morales infusas, no pueden por sí
mismos tocar a Dios, sino que están al servicio de las virtudes teologales
porque ellas tienen por objeto propio a Dios y tienen por consiguiente el
privilegio inefable de tocarlo. La fe son los ojos que lo contemplan entre
sombras; la esperanza, son los brazos que lo tocan, triunfando del tiempo y
hundiéndose en la eternidad; y la caridad, el corazón que lo ama, que se funde
en inefable caricia con el corazón del amado.
Luis M. Martínez. La Verdadera
Devoción al Espíritu Santo IX.
FE
La presencia del Espíritu Santo en
nuestras almas exige de nosotros que nos demos cuenta de ella, que tengamos la
dulcísima convicción de que El habita en nuestros corazones, que vivamos bajo
su mirada y lo busque la nuestra. ! Que dulce es vivir a la luz de esa mutua
mirada !. A las veces esa mirada se hace tan profunda que parece hundirse en el
seno de Dios, tan clara que su luz semeja la aurora del día eterno. A las veces
empero, el cielo del alma se oscurece y en la inmensa soledad no queda ni un
rayo de luz. Pero en medio de esas necesarias vicisitudes de la vida espiritual
hay algo que no cambia, que no acaba, algo muy sólido que no deja
extraviar al alma, la fe que apoyada en la firmeza
inquebrantable de la palabra de Dios se
afina en la desolación y se perfecciona en el consuelo. Por eso dice la
Escritura que " el justo vive de la fe ", y por eso San Juan de la
Cruz recomienda tanto a las almas que aspiran a la perfección esta vida de fe
como el camino recto y seguro para alcanzar la cumbre. Sin duda que la fe es
por naturaleza imperfecta, pero para corregir sus imperfecciones, en cuanto es
posible, sirven los dones intelectuales del Espíritu Santo, con los cuales la
mirada de fe se va haciendo más penetrante, más comprensiva, más divina y hasta
más deliciosa.
Luis M. Martínez. La Verdadera
Devoción al Espíritu Santo IX.
ESPERANZA
Pero la fe no basta para la intimidad
con Dios, aunque sea la primera y fundamental comunicación con El. Más que por
la inteligencia, por el corazón se
alcanza esta perfecta intimidad, porque el Espíritu Santo es Amor, y porque,
como lo enseña Santo Tomás de Aquino, en esta vida es mejor amar a Dios que
conocerlo y es más unitivo el amor que el conocimiento. Para que la voluntad
del hombre se ponga en íntimo contacto con Dios, recibe las virtudes de la
esperanza y de la caridad.
Por la esperanza tendemos al fin
supremo de la vida, a la felicidad
sobrenatural del cielo, que es participación de la felicidad misma de Dios. Por
la esperanza tendemos a El no con la incertidumbre y vaivén de las esperanzas
humanas, sino con la seguridad
inquebrantable de quien se apoya en la fuerza amorosa de Dios.
La esperanza nos pone en comunión con
la fuerza del altísimo y abre nuestra alma a los auxilios sobrenaturales de los que el Espíritu Santo es fuente viva e
inagotable.
El termino de la esperanza es la
patria, porque es la eterna y plena posesión de Dios, porque tenemos la divina
promesa que no engaña, porque primero pasarán los cielos y la tierra que la
palabra de Dios. Y si con la esperanza llevamos en el alma la caridad, tenemos
más que la promesa, pues poseemos en sustancia el Bien que poseeremos
plenamente en el cielo porque en el fondo la vida de la gracia y la vida de la
gloria son la misma vida sobrenatural, en germen por la gracia, en plenitud por
la gloria. Y el Espíritu Santo, nuestro Huésped, nuestro Don, es la prenda de
nuestra herencia.
Luis M. Martínez. La Verdadera
Devoción al Espíritu Santo X.
CARIDAD
El Espíritu Santo es el Amor infinito
y personal de Dios y su obra es de amor y lo que busca y anhela es establecer en las almas el
dichoso reinado del amor. Pero el amor más perfecto y excelente es el amor de
caridad. Es la caridad, la imagen más perfecta del Espíritu Santo y tiene con
El relaciones estrechísimas: cuando hay en un alma la caridad, en ella vive el
Espíritu Santo y en cuanto este divino Espíritu se da a un alma, derrama en
ella la caridad, amor creado hecho para imagen y semejanza del Amor Increado,
vínculo que une estrechamente el alma con el Espíritu Santo, esencia de la perfección
y forma de todas las virtudes.
El grado de caridad que posee un alma
es la medida de la posesión mutua del Espíritu y de ella, es la medida de todas
las virtudes infusas y de los dones del Espíritu Santo, es la medida de la
gracia y de la gloria. El amor toma todas las formas y realiza todas las
empresas: en los principio de la vida espiritual limpia el alma y arranca de
ella cuanto se opone a su reinado, mediante las virtudes morales ; después dirige a los Dones del Espíritu Santo
para que completen la purificación del alma y la iluminen y preparen a la unión
con Dios ; y al fin, une al alma con Dios y la enriquece de luz y la atavía con
virtudes y realiza en ella una obra divina de armonía y perfección.
Luis M. Martínez. La Verdadera
Devoción al Espíritu Santo XI.
Tenemos entre nuestros Libros
Santos uno que historia los primeros días de la Iglesia, y se llama Hechos
de los Apóstoles. Esta narración, debida a la pluma de San Lucas, que fue
testigo de muchos de los hechos narrados, está llena de encanto y de vida.- En
ella vemos cómo la Iglesia,
fundada por Jesús sobre los Apóstoles, se desenvuelve en Jerusalén y se
extiende después poco a poco fuera de Judea, merced sobre todo a la predicación
de San Pablo, pues que la mayor parte del libro la dedica precisamente al
relato de las misiones, de los trabajos y de las luchas del gran Apóstol.
Podemos seguirle paso a paso en casi todas sus expediciones evangélicas. Esas
páginas, llenas de animación, nos revelan y nos pintan al vivo las incesantes
tribulaciones que padeció San Pablo, las dificultades sin cuento que hubo de
vencer, sus aventuras, sus padecimientos en el curso de los múltiples viajes
emprendidos para extender por doquier el nombre y gloria de Jesús.
Refiérese en esos Hechos que, andando San Pablo de misiones, llegó a Efeso, y
allí encontró algunos discípulos, y les preguntó: «¿Habéis recibido el Espíritu
Santo al abrazar la fe?» -Los discípulos le contestaron: «¡Pero, si
no hemos oído siquiera hablar del Espíritu Santo ni que tal cosa exista!»
(Hch 19,2).
Ciertamente, no ignoramos nosotros que exista el Espíritu Santo; mas ¡cuántos
cristianos hay que sólo le conocen de nombre y casi nada saben de sus
operaciones en las almas! Sin embargo, la economía divina no se comprende
cumplidamente sin tener una idea precisa de lo que es el Espíritu Santo para
nosotros.
Vedlo, si no: en casi todos los textos donde expone los pensamientos eternos
sobre nuestra adopción sobrenatural, y siempre que trata de la gracia y de la Iglesia, habla San Pablo
del «Espíritu de Dios», del «Espíritu de Cristo», del «Espíritu de Jesús». «Hemos
recibido un Espíritu de adopción que nos hace exclamar dirigiéndonos a Dios:
¡Padre, Padre!» (Rm 8,15).- «Dios envió el Espíritu de su Hijo a
nuestros corazones para que le pudiéramos llamar Padre nuestro» (Gál 4,5).
«¿No sabéis, dice en otra parte, que por la gracia sois templo de Dios, y
que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» (1Cor 3,16). Y también: «Sois el
templo del Espíritu Santo que habita en vosotros» (ib. 6,19). «En Cristo se eleva todo el edificio bien
ordenado para formar un templo santo en el Señor: en El también estáis vosotros
edificados para ser por el Espíritu Santo morada de Dios» (Ef 2,
21-22).
«De
suerte que así como no formáis más que un solo cuerpo en Cristo, así también os
anima un solo Espíritu» (ib. 4,4). La presencia de este Espíritu en
nuestras almas es tan necesaria, que San Pablo llega a decir: «si alguno no
tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de El».
¿Veis ahora por qué el Apóstol, que nada tomaba tan a pechos como ver a Cristo
vivir en el alma de sus discípulos, les pregunta si han recibido el Espíritu
Santo? Es que sólo son hijos de Dios en Jesucristo los que son dirigidos por
el Espíritu Santo (Rm 8,9 y 14).
No penetraremos, pues, perfectamente el misterio de Cristo y la economía de
nuestra santificación, mientras no fijemos la mirada en este Espíritu divino, y
en su acción sobre nosotros.- Hemos visto que la finalidad de nuestra vida
consiste en tratar de someternos con gran humildad a los pensamientos de Dios-
adaptarnos a ellos lo mejor posible y con la sencillez de un niño. Siendo
divinos esos designios, su eficacia es
intrínsecamente absoluta; y
producirán, sin duda alguna, sus frutos de santificación, si los aceptamos con
fe y con amor. Ahora bien; para encajar en el plan divino, es menester no
solamente «recibir a Cristo» (Jn 1,12), sino que, como lo hace notar San
Pablo, es preciso «recibir al Espíritu Santo» y someterse a su acción,a fin
de ser «uno con Cristo». Ved cómo el mismo Señor, en el admirable
discurso que pronunció después de la
Cena, en el que revela a los que llama sus «amigos» los
secretos de la vida eterna, les habla varias veces del Espíritu Santo, casi
tantas como de su Padre.
Les dice que este Espíritu «suplirá sus veces entre ellos» cuando haya
subido al cielo; que este Espíritu «será para ellos el maestro interior,
un maestro tan necesario que Jesús rogará al Padre para que se lo dé y viva en
ellos». ¿Por qué, pues, nuestro divino Salvador puso tanto cuidado en hablar
del Espíritu Santo en momentos tan solemnes, en términos tan apremiantes, si
todo ello había de ser para nosotros como letra muerta? ¿No sería ofenderle y
causarnos a la vez grave perjuicio el no prestar atención a un misterio tan
vital para nosotros?
[En su Encíclica sobre el Espíritu Santo (Divinum illud munus, 9 de mayo de
1897), León XIII, de gloriosa memoria, deploraba amargamente el que «los
cristianos tuvieran conocimiento tan mezquino del Espíritu Santo. Emplean a
menudo su nombre en sus ejercicios de piedad, mas su fe anda envuelta en
espesas tinieblas». Por eso el gran Pontífice insiste enérgicamente en que
«todos los predicadores y cuantos tienen cura de almas miren como deber suyo el
enseñar al pueblo diligentius atque uberius cuanto dice relación con el
Espíritu Santo». Sin duda, quiere que «se evite toda controversia sutil, toda
tentativa temeraria de escudriñar la naturaleza profunda de los misterios»,
pero quiere también «que se recuerden y que se expongan con claridad los
numerosos e insignes beneficios que nos han traído y trae sin cesar a nuestras
almas el Donador divino; porque el
error o la ignorancia en misterios tan grandes y fecundos (error e
ignorancia indignos de un hijo de la luz) deben
desaparecer totalmente»: prorsus depellatur].
Trataré de demostraros, con toda la claridad que pueda, lo que es el Espíritu Santo en sí mismo, dentro de la adorable Trinidad,
su
acción en la santa humanidad de Cristo y los incesantes beneficios
que reporta a la Iglesia
y a las almas.
Así terminaremos la exposición de la economía del plan divino en sí mismo
considerado.
El tema es, sin duda, muy elevado; debemos tratarlo, pues, con profunda
reverencia; mas, como nuestro Señor nos lo ha revelado, debe también nuestra fe
considerarlo con amor y confianza. Pidamos humildemente al Espíritu Santo que
ilumine El mismo nuestras almas con un rayo de su luz divina, pues seguramente
atenderá a nuestros ruegos.
1. El Espíritu Santo en la
Trinidad: Procede del
Padre y del Hijo por amor, se le atribuye la santificación, porque ésta es
obra de amor, de perfeccionamiento y de unión
No sabemos del Espíritu Santo sino lo que la Revelación nos enseña.
¿Y qué nos dice la
Revelación?
Que pertenece a la esencia infinita de un solo Dios en tres Personas: Padre,
Hijo y Espíritu Santo; ése es el misterio de la Santísima Trinidad.[Fides
autem catholica hæc est: ut unum Deum in Trinitate et Trinitatem in unitate
veneremur... neque confundentes personas, neque substatiam separantes. Símbolo atribuido a San Atanasio]. La fe aprecia en
Dios la unidad de la naturaleza y la distinción de Personas.
El
Padre, conociéndose a Sí mismo, enuncia, expresa ese conocimiento en una
palabra infinita, el Verbo, con acto simple y eterno; y el Hijo, que
engendra el Padre, es semejante e igual a El mismo, porque el Padre
le comunica su naturaleza, su vida y sus perfecciones.
El Padre y el Hijo se atraen el uno al otro con amor mutuo y único: ¡Posee el
Padre una perfección y hermosura tan absolutas! ¡Es el Hijo imagen tan perfecta
del Padre! Por eso se dan el uno al otro, y ese amor mutuo que deriva del
Padre y del Hijo, como de fuente única, es en Dios un amor subsistente, una
persona distinta de las otras dos, que se llama Espíritu Santo. El
nombre es misterioso, mas la revelación no nos da otro.
El Espíritu Santo es, en las operaciones interiores de la vida divina,
el ultimo término: El cierra -si nos son permitidos estos balbuceos,
hablando de tan grandes misterios- el ciclo de la actividad íntima de la
Santísima Trinidad, pero es Dios lo mismo que el Padre y el Hijo
posee como Ellos y con Ellos la misma y única naturaleza divina, igual ciencia,
idéntico poder, la misma bondad, igual majestad.
Este Espíritu divino se llama Santo y es el Espíritu de santidad, santo en
Sí mismo y santificador a la vez.- Al anunciar el misterio de la Encarnación, decía el
Ángel a la Virgen:
«El Espíritu Santo bajará a ti: por eso el Ser santo que de ti nacerá será
llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35). Las obras de santificación se atribuyen de un
modo particular al Espíritu Santo. Para entender esto, y todo lo que se dirá
del Espíritu Santo, debo explicaros, en pocas palabras, lo que en Teología se
llama apropiación.
Como sabéis, en Dios, hay una sola inteligencia, una sola voluntad, un solo
poder, porque no hay más que una naturaleza divina; pero hay también distinción
de personas. Semejante distinción resulta de las operaciones misteriosas que se
verifican allá en la vida íntima de Dios y de las relaciones mutuas que de esas
operaciones se derivan. El Padre engendra al Hijo, y el Espíritu Santo procede
de entrambos. «Engendrar, ser Padre», es propiedad exclusiva de la Primera
Persona, «ser Hijo» es propiedad personal del Hijo, así como el «proceder
del Padre y del Hijo, por vía de amor», es propiedad personal del Espíritu
Santo. Esas propiedades personales establecen, entre el Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo, relaciones mutuas, de donde proviene la distinción.- Pero
fuera de esas propiedades y relaciones, todo es común e indivisible entre las
divinas Personas: la inteligencia, la voluntad, el poder y la majestad, porque
la misma naturaleza divina indivisible es común a las tres Personas.- He
ahí lo poquito que podemos rastrear acerca de las operaciones íntimas de Dios.
Por lo que atañe a las obras «exteriores», las acciones que se terminan
fuera de Dios (ad extra), sea en el mundo material, como la acción de dirigir
a toda criatura a su fin, sea en el mundo de las almas, como la acción de producir
la gracia, son comunes a las tres divinas Personas. ¿Por qué así? -Porque
la fuente de esas operaciones, de esas obras, de esas acciones, es la
naturaleza divina, y esa naturaleza es una e indivisible para las tres
personas; la Santísima Trinidad obra en el mundo como una sola
causa única.- Pero Dios quiere que los hombres conozcan y honren, no sólo la
unidad divina, sino también la
Trinidad de Personas; por eso la Iglesia, por ejemplo, en
la liturgia, atribuye a tal Persona divina ciertas acciones que se verifican en
el mundo, y que, si bien son comunes a las tres divinas Personas, tienen una
relación especial o afinidad íntima con el lugar, si así puedo expresarme, que
ocupa esa Persona en la
Santísima Trinidad, con las propiedades que le son peculiares
y exclusivas.
Siendo, pues, el Padre, fuente, origen y principio de las otras dos Personas
-sin que eso implique en el Padre superioridad jerárquica ni prioridad de
tiempo-, las obras que se verifican en el mundo y que manifiestan
particularmente el poderío, o en que se revela sobre todo la idea de origen,
son atribuidas al Padre; como, por ejemplo, la creación en que Dios sacó el
mundo de la nada. En el Credo cantamos «Creo en Dios Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra». ¿Será tal vez que el Padre tuvo más parte,
manifestó más su poder en esta obra que el Hijo y el Espíritu Santo? Error
fuera el pensarlo; el Hijo y el Espíritu Santo obran en esto tanto como el
Padre, porque Dios obra hacia fuera, por su omnipotencia, y la omnipotencia es
común a las tres Personas.- ¿Cómo, pues, habla de ese modo la Iglesia? -Porque, en la Santísima Trinidad,
el Padre es la primera Persona, principio sin principio, de donde proceden las
otras dos he ahí su propiedad personal, exclusiva, la que le distingue del Hijo
y del Espíritu Santo, y precisamente para que no olvidemos esa propiedad, se
atribuyen al Padre las obras «exteriores» que nos la sugieren por tener alguna
relación con ella.
Lo mismo hay que decir de la
Persona del Hijo, que es el Verbo en la Trinidad, que procede del
Padre por vía de inteligencia; que es la expresión infinita del pensamiento
divino; que se le considera sobre todo como Sabiduría eterna.- Por eso se le
atribuyen las obras en cuya realización brilla principalmente la sabiduría.
E igualmente en lo que respecta al Espíritu Santo, ¿qué viene a ser en la Trinidad? Es el término
último de las operaciones divinas, de la vida de Dios en sí mismo. Cierra, por
decirlo así, el ciclo de esa intimidad divina; es el perfeccionamiento en el
amor, y tiene, como propiedad personal, el proceder a la vez del Padre y del
Hijo por vía de amor. De ahí que todo cuanto implica perfecciona miento y amor,
unión, y, por ende, santidad -porque nuestra santidad se mide por el mayor o
menor grado de nuestra unión con Dios, todo eso se atribuye al Espíritu Santo.
Pero, ¿es por ventura más santificador que el Padre y el Hijo? No, la obra de
nuestra santificación es común a las tres divinas Personas, pero repitamos que,
como la obra de la santidad en el alma es obra de perfeccionamiento y de unión,
se atribuye al Espíritu Santo, porque de este modo nos acordamos más fácilmente
de sus propiedades personales, para honrarle y adorarle en lo que del Padre y
del Hijo le distingue.
Dios quiere que tomemos, por decirlo así, tan a pechos el honrar su Trinidad de
personas, como el adorar su unidad de naturaleza; por eso quiere que la Iglesia recuerde a sus
hijos, no sólo que hay un Dios, sino que ese Dios es Trino en Personas.
Eso es lo que en Teología llamamos apropiación. Se inspira en la Revelación, y la Iglesia la emplea [en su
carta Encíclica de 9 de mayo de 1897, León XIII dice que la Iglesia usa aptissime de
ese procedimiento: con sumo acierto]; tiene por fin poner de relieve los
atributos propios de cada Persona divina. Al hacer resaltar esas propiedades,
nos las hace también conocer nos las hace amar más y más. Santo Tomás dice que
la
Iglesia guarda esa ley de la
apropiación para ayudar a nuestra fe, siguiendo en esto la revelación [ad
manifestationem fidei. I, q.29, a.7.] Nuestra vida, nuestra bienaventuranza por
toda la eternidad, consistirá en ver a Dios, en amarle, en gozarle tal cual es,
esto es, en la Unidad
de naturaleza y Trinidad de Personas. ¿Qué tiene, pues, de extraño el que Dios,
que nos predestina a esa vida y nos prepara esa bienaventuranza, quiera que,
desde acá abajo, nos acordemos de sus divinas perfecciones, tanto las de su
naturaleza como de las propiedades que distinguen las Personas? Dios es
infinito y digno de loor en su Unidad, como lo es en su Trinidad, y las divinas
Personas son tan admirables en la unidad de naturaleza, que poseen de un modo
indivisible como en las relaciones que entre sí mantienen y que originan su
distinción.
«¡Dios todopoderoso, Dios dichoso! ¡Me alegro de tu poder, de tu eternidad, de
tu dicha! ¿Cuándo te veré? ¡Oh principio sin principio! ¿Cuándo veré salir de
tu seno al Hijo, que es igual a Ti? ¿Cuándo veré tu Espíritu Santo proceder de
vuestra unión, terminar tu fecundidad consumar tu acción eterna?» (Bossuet,
Préparation à la mort, 4e. prière).
2. Operaciones del
Espíritu Santo en Cristo: Jesús es concebido por obra y gracia del Espíritu
Santo; gracia santificante, virtudes y dones conferidos por el Espíritu Santo
al alma de Cristo; la actividad humana de Cristo dirigida por el Espíritu Santo
Nada os costará ya comprender el lenguaje de las Escrituras y de la Iglesia cuando exponen las
operaciones del Espíritu Santo.
Veamos primeramente esas operaciones en Nuestro Señor. Acerquémonos con respeto
a la divina Persona de Jesucristo, para contemplar algo siquiera de las
maravillas que en El se realizaron en la Encarnación y después de Ella.
Como os dije al explicar este misterio, la Santísima Trinidad
creó un alma que unió a un cuerpo humano formando así una naturaleza también
humana, y unió esa misma naturaleza a la Persona divina del Verbo. Las tres divinas
Personas concurrieron de consuno a esta obra inefable, si bien es preciso
añadir que tuvo por término final únicamente al Verbo, el Verbo sólo, el Hijo
de Dios fue el que se encarnó. Esta obra es debida, sin duda, a la Trinidad toda, aunque se
atribuye especialmente al Espíritu Santo; ya lo decimos en el Símbolo: «Creo...
en Jesucristo Nuestro Señor, que fue concebido por obra del Espíritu Santo». El
Credo no hace sino repetir las palabras del Ángel a la Virgen: «El Espíritu Santo
se posará en ti; el ser santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios».
Me preguntaréis tal vez el porqué de esta atribución especial al Espíritu
Santo. Santo Tomás (III, q.37, a.1), entre otras razones, nos dice que el
Espíritu Santo es el amor sustancial, el amor del Padre y del Hijo; ahora bien,
si la redención por la
Encarnación es obra cuya realización reclamaba una Sabiduría
infinita, su causa primera ha de ser el amor que Dios nos tiene. «Amó Dios
tanto al mundo, nos dice Jesús. que le dió su Hijo Unigénito» (Jn 3,16).
Ved ahora cuán fecunda y admirable es la virtud del Espíritu Santo en Cristo.
No sólo une la naturaleza humana al Verbo, sino que a El también se le atribuye
la efusión de la gracia santificante en el alma de Jesús.
En Jesús hay dos naturalezas distintas, perfectas entrambas, pero unidas en la Persona que las enlaza: el
Verbo. «La gracia de unión» hace que la naturaleza humana subsista en la Persona divina del Verbo;
esa gracia es de orden enteramente único, trascendental e incomunicable, por
ella pertenece al Verbo la humanidad de Cristo, que se convierte en humanidad
del verdadero Hijo de Dios, y que es, por tanto, objeto de complacencia
infinita para el Padre Eterno.- Mas aun cuando la naturaleza humana esté así
unida al Verbo, no por eso es aniquilada ni queda inactiva; antes bien, guarda
su esencia, su integridad todas sus energías y potencias; es capaz de acción y
la «gracia santificante» es la que eleva a esa humanidad santa para que pueda
obrar sobrenaturalmente.
Desarrollando esta misma idea en otros términos, se puede decir que la «gracia
de unión» hipostática une la naturaleza humana a la Persona del Verbo, y
diviniza de ese modo el fondo mismo de Cristo; Cristo es, por ella, un «sujeto»
divino; hasta ahí alcanza la finalidad de esa «gracia de unión», que es
privativa de Jesús.- Pero conviene, además, que a esa naturaleza humana la
hermosee la «gracia santificante» para obrar de un modo divino en cada una de
sus facultades; esa gracia santificante, que es «connatural» a la «gracia de
unión» (esto es, que dimana de la gracia de unión de un modo natural en cierto
sentido), pone el alma de Cristo a la altura de su unión con el Verbo [Gratia
habitualis Christi intelligitur ut consequens unionem hypostaticam, sicut
splendor solem. Santo Tomás, III, q.7, a.13]; hace que la naturaleza humana
-que subsiste en el Verbo en virtud de la «gracia de unión»- pueda obrar cual
conviene a un alma sublimada a tan excelsa dignidad, y producir frutos divinos.
He ahí por qué no se dio tasada la gracia santificante al alma de Cristo, como
a los elegidos, sino en sumo grado. Ahora bien, la efusión de la gracia
santificante en el alma de Cristo se atribuye al Espíritu Santo.
[Luego en Cristo es uno el efecto de la «gracia de unión», que se consuma una
vez constituida la unión de la naturaleza humana con la Persona del Verbo, y otro
el efecto de la «gracia santificante» que habilita a la naturaleza humana para
obrar en forma sobrenatural, aun cuando permanezca íntegra en su esencia y en
sus facultades aun después de consumada la unión con el Verbo. No hay pues,
redundancia, como podríaparecer a primera vista, y la gracia santificante en
Cristo no es tampoco superflua (Santo Tomás, III, q.7, a.1 y 13). +Schwaim, Le Christ
daprès S. Thomas dAquin, ch. II, 6.
Nótese, además, que la «gracia de unión» sólo se da en Cristo, mientras que la
«gracia santificante» se encuentra también en las almas de los justos; en
Cristo se halla en su plenitud, plenitud de que todos recibimos, en una medida
más o menos amplia, la gracia santificante. Hay que observar sobre todo que
Cristo no es Hijo adoptivo de Dios, como lo somos nosotros, por la gracia
santificante, sino que es Hijo de Dios por naturaleza.
En nosotros la gracia santificante origina la adopción divina; mas en Cristo la
función de la gracia santificante consiste en obrar de modo que la naturaleza
del futuro Redentor -una vez unida a la Persona del Verbo por la gracia de unión y
convertida por esta misma gracia en la humanidad del propio Hijo de Dios- pueda
obrar de un modo sobrenatural].
El Espíritu Santo, al derramar en el alma de Jesús la plenitud de las virtudes
(+Is 11,2), le infundió al mismo tiempo la plenitud de sus dones.- Oíd lo que
cantaba Isaías, hablando de la
Virgen y de Cristo, que de ella debía nacer: «Brotará una
vara de la raza de Tessé (la
Virgen), y de sus raíces saldrá un tallo (Cristo). En El se
posará el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de entendimiento,
espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu dc ciencia y de piedad, y será
henchido del espíritu de temor de Dios».
En una circunstancia memorable, mencionada por San Lucas, se aplicó nuestro
Señor a Sí mismo este texto del Profeta. Ya sabéis que en tiempo de Jesús se
reunían los judíos el sábado en la sinagoga, y un doctor de la ley, de entre
los asistentes, desplegaba el rollo de las Escrituras para leer la parte del
texto sagrado asignado al día. Cuenta, pues, San Lucas que un sábado, al
comenzar su vida pública, entró nuestro divino Salvador en la sinagoga de
Nazaret; y como le entregaran el libro del profeta Isaías, al desenvolverlo dio
con el lugar donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre Mí; porque
El me ha consagrado con su unción y me ha enviado a evangelizar a los pobres, a
curar a los que tienen el corazón desgarrado, a anunciar a los cautivos su
liberación, a publicar el tiempo de la gracia del Señor». Enrollando después el
libro lo devolvió y se sentó; todos en la sinagoga tenían clavada en El la
mirada; entonces les dijo Jesús: «Hoy se ha cumplido este oráculo, y vosotros
mismos habéis visto realizada la predicción del Profeta» (Lc 4,16 ss.). Nuestro
Señor hacía suyas las palabras de Isaías que comparan la acción del Espíritu
Santo a una unción. [En la liturgia, en el himno Veni Creator Spiritus, se
llama al Espíritu Santo spiritalis unctio]. La gracia del Espíritu Santo se ha difundido
sobre Jesús como aceite de alegría que le ha consagrado, primero, como Hijo, de
Dios y Mesías, y le ha henchido, además, de la plenitud de sus dones y de la
abundancia de los divinos tesoros. «Por eso, con preferencia a tus compañeros,
el Señor te ha ungido con el óleo de la alegría» (Sal 44,8) [+Hch 10,38; Iesum
a Nazareth, quomodo unxit eum Deus, Spiritu Sancto. Véase también Mt 12,18].
Esta santa unción se verificó en el momento mismo de la Encarnación, y
precisamente para significarla, para darla a conocer a los judíos y para
proclamar que El es el Mesías, el Cristo, esto es, el Ungido del Señor, el
Espíritu Santo se posó visiblemente sobre Jesús en figura de paloma el día de
su bautismo, cuando iba a comenzar su vida pública. Esta era la señal por la
que Cristo debía ser reconocido, como lo declaraba su Precursor el Bautista:
«El Mesías es aquel sobre quien bajare el Espíritu Santo» (Jn 1,33).
Desde este momento, los Evangelios nos muestran cómo el alma de Jesucristo en
toda su actividad obedecía a las inspiraciones del Espíritu Santo. El Espíritu
le empuja al desierto, donde será tentado (Mt 4,1); después de vivir una
temporada en el desierto, «el mismo Espíritu le conduce de nuevo a Galilea» (Lc
4,14), por la acción de este Espíritu arroja al demonio de los cuerpos de los
posesos (Mt 12,28); bajo la acción del Espíritu Santo salta de gozo cuando da
gracias a su Padre porque revela los secretos divinos a las almas sencillas:
«En aquella hora estalló de gozo en el Espíritu Santo» (Lc 10,21). Finalmente,
nos dice San Pablo que la obra maestra de Cristo, aquella en la cual brilla más
su amor al Padre y su caridad para con nosotros, el sacrificio sangriento en la Cruz por la salud del mundo,
le ofreció Cristo a impulso del Espíritu Santo: «El cual, mediante el Espíritu
Santo, se ofreció a Dios cual Hostia inmaculada» (Heb 9,14).
¿Qué nos indican todas estas revelaciones sino que el Espíritu de amor guiaba
toda la actividad humana de Cristo? Cristo, el Verbo encarnado es el que obra
todas sus acciones son acciones de la única Persona del Verbo en que subsiste
la naturaleza humana pero así y todo, Cristo obra por inspiración y a impulsos
del Espíritu Santo. El alma de Jesús, convertida en alma del Verbo por la
gracia de la unión hipostática estaba además henchida de gracia santificante y
obraba por la suave moción del Espíritu Santo.
De ahí que todas las acciones de Cristo fueran santas. Su alma, aunque creada
como todas las demás almas, era santísima; en primer lugar por hallarse unida
al Verbo; unida a una persona divina, tal unión hizo de ella, desde el primer
momento de la Encarnación,
no un santo cualquiera, sino el Santo por excelencia, el Hijo mismo de Dios.-
Es santa además por estar hermoseada con la gracia santificante, que la
capacita para obrar sobrenaturalmente y en consonancia con la unión inefable
que constituye su inalienable privilegio.- Es santa, en tercer lugar, porque
todas sus acciones y operaciones, aun cuando sean actos ejecutados únicamente
por el Verbo encarnado, se realizan por moción y por inspiración del Espíritu
Santo Espíritu de amor y santidad.
Adoremos los admirables misterios que se producen en Cristo: El Espíritu Santo
santifica el ser de Cristo y toda su actividad; y como en Cristo esa santidad
alcanza el grado sumo, como toda santidad humana se ha de modelar en la suya y
debe serle tributaria, por eso canta la Iglesia a diario: «Tú eres el solo santo, ¡oh
Cristo Jesús!» El solo santo, porque eres, por tu Encarnación, el único y
verdadero Hijo de Dios; el solo santo, porque posees la gracia santificante en
toda su plenitud, a fin de distribuirla entre nosotros, el solo santo, porque
tu alma se prestaba con infinita docilidad a los toques del Espíritu de amor
que inspiraba y regulaba todos tus movimientos, todos tus actos, y les hacía
agradables al Padre.
La Iglesia no se puede entender como una simple organización humana, la diferencia la hace la unción que el Espíritu da a los obispo y sacerdotes para servir al pueblo de Dios. Lo ha afirmado el papa Francisco en la misa de hoy lunes en Santa Marta. Por ello el Pontífice ha dado las gracias a tantos sacerdotes santos que dan la vida en el anonimato del servicio cotidiano.
Al comentar la primera lectura de la liturgia de hoy, que habla de las tribus de Israel que ungen a David como su rey, el Papa ha explicado el significado espiritual de esta unción: "Sin esta unción David habría sido solamente el jefe" de "una empresa", de una "sociedad política, que era el Reino de Israel", habría sido solamente un "organizador político". Sin embargo -ha indicado Francisco- "después de la unción, el Espíritu del Señor" desciende sobre él y permanece con él. Y la Escritura dice, ha recordado el Papa: "David iba creciendo cada vez más en el poder y el Señor Dios de los ejércitos estaba con él". Y ha subrayado que "ésta es precisamente la diferencia de la unción". El ungido es una persona elegida por el Señor. Así es en la Iglesia para los obispos y los sacerdotes.
Y el Papa ha explicado: "los obispos no son elegidos solamente para llevar adelante una organización, que se llama Iglesia particular, son ungidos, tienen la unción y el Espíritu del Señor está con ellos. ¡Pero todos los obispos, todos somos pecadores, todos! Pero somos ungidos. Y todos queremos ser más santos cada día, más fieles a esta unción. Y eso es lo que hace la Iglesia precisamente, eso que da la unidad a la Iglesia, es la persona del obispo, en nombre de Jesucristo, porque es ungido, no porque ha sido votado por la mayoría. Porque es ungido. Y en esta unción una Iglesia particular tiene su fuerza. Y por participación también los sacerdotes son ungidos".
El Pontífice ha continuado señalando gracias a la unción, nace en los obispos y los sacerdotes esa alegría y fuerza que permite "llevar adelante a un pueblo, ayudar a un pueblo, vivir al servicio de un pueblo". Dona la alegría de sentirse "elegidos por el Señor, mirados por el Señor, con ese amor con el que el Señor nos mira, a todos nosotros". Así, "cuando pensamos a los obispos y a los sacerdotes, debemos pensarlos así: ungidos".
A continuación el Papa ha observado que "al contrario no se entiende la Iglesia, pero no solo no se entiende, no se puede explicar cómo la Iglesia va adelante solamente con las fuerzas humanas. Esta diócesis va adelante porque tiene un pueblo santo, muchas cosas, y también un ungido que la lleva, que la ayuda a crecer. Esta parroquia va adelante porque tiene muchas organizaciones, muchas cosas, pero también tiene un sacerdote, un ungido que la lleva adelante. Y nosotros en la historia conocemos una mínima parte, pero cuántos obispos santos, cuántos sacerdotes, cuántos sacerdotes santos que han dejado su vida al servicio de las diócesis, de la parroquia; cuánta gente ha recibido la fuerza de la fe, la fuerza del amor, la esperanza de estos párrocos anónimos, que nosotros no conocemos. ¡Hay muchos!"
De hecho, Francisco ha recordado que son muchos "los párrocos de campo o párrocos de ciudad que con su unción han dado fuerza al pueblo, han transmitido la doctrina, han dado los sacramentos, es decir, la santidad".
Finalmente, el Santo Padre ha añadido: "'¡Pero, padre, yo he leído en un periódico que un obispo ha hecho tal cosa o que un sacerdote ha hecho tal cosa!' Eh, sí, también yo lo he leído, pero, dime, ¿en los periódicos vienen las noticias de eso que hacen muchos sacerdotes, muchos sacerdotes en tantas parroquias de ciudad y del campo, tanta caridad que hacen, tanto trabajo que hacen para llevar adelante a su pueblo?' ¡Ah, no! Esto no es noticia. Eh, lo de siempre: hace más ruido un árbol que cae, que un bosque que crece. Hoy pensemos en esta unción de David, nos hará bien pensar en nuestros obispos y en nuestros sacerdotes valientes, santos, buenos, fieles y rezar por ellos. ¡Gracias a ellos estamos aquí!".
3. Operaciones del Espíritu Santo en la Iglesia; el Espíritu
Santo, alma de la Iglesia
Las maravillas que se
obraban en Cristo bajo la inspiración del Espíritu Santo, se reproducen en
nosotros, por lo menos en parte, cuando nos dejamos guiar de aquel Espíritu
divino. Pero, ¿poseemos acaso nosotros ese Espíritu? -Sin duda alguna que sí.
Antes de subir al cielo, prometió Jesús a sus discípulos que rogaría al Padre
para que les diera el Espíritu Santo, e hizo, de ese don del Espíritu a
nuestras almas, objeto de una súplica especial. «Rogaré al Padre y os dará otro
Consolador, el Espíritu de verdad» (Jn 14, 16-17). Y ya sabéis cómo fue
atendida la petición de Jesús, con qué abundancia se dio el Espíritu Santo a
los Apóstoles el día de Pentecostés. De ese día data, por decirlo así, la toma
de posesión por parte del Espíritu divino de la Iglesia, cuerpo místico de
Cristo, y podemos añadir que, si Cristo es jefe y cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo
es alma de ese cuerpo. El es quien guía e inspira a la Iglesia, guardándola, como
se lo prometiera Jesús, en la verdad de Cristo y en la luz que El nos trajo:
«Os enseñará toda verdad y os recordará todo lo, que os he enseñado» (ib.
14,26).
Esa acción del Espíritu Santo en la
Iglesia es varia y múltiple.- Os dije antes que Cristo fue
consagrado Mesías y Pontífice por una unción inefable del Espíritu Santo y con
unción parecida consagra Cristo a los que quiere hacer participantes de su
poder sacerdotal, para proseguir en la tierra su misión santificadora: «Recibid
el Espíritu Santo... el Espíritu Santo designó a los obispos para que gobiernen
la Iglesia»
(Hch 20,28); el Espíritu Santo es quien habla por su boca y da valor a su
testimonio (ib. 15,26; Hch 15,28; 20, 22-28). Del mismo modo, los Sacramentos,
medios auténticos que Cristo puso en manos de sus ministros para transmitir la
vida a las almas, jamás se confieren sin que preceda o acompañe la invocación
al Espíritu Santo. El es quien fecunda las aguas del Bautismo. «Hay que renacer
del agua por el Espíritu Santo para entrar en el reino de Dios» (Jn 3,5);
«Dios, dice San Pablo, nos salva en la fuente de regeneración renovándonos por
el Espíritu Santo» (Tit 3,5), ese mismo, Espíritu se nos «da» en la Confirmación para ser
la unción que debe hacer del cristiano un soldado intrépido de Jesucristo; El
es quien nos confiere en ese Sacramento la plenitud de la condición de
cristiano y nos reviste de la fortaleza de Cristo, -al Espíritu Santo, como nos
lo demuestra sobre todo la
Iglesia Oriental, se atribuye el cambio que hace del pan y
del vino, el cuerpo y la sangre de Jesucristo; los pecados son perdonados, en
el Sacramento de la
Penitencia, por el Espíritu Santo (Jn 20, 22-23) [Santo
Tomás, III, q.3, a.8, ad 3]; en la Extremaunción se le pide que «con su gracia cure
al enfermo de sus dolencias y culpas»; en el Matrimonio se invoca también al
Espíritu Santo para que los esposos cristianos puedan, con su vida, imitar la
unión que existe entre Cristo y la Iglesia.
¿Veis cuán viva, honda e incesante es la acción del Espíritu
Santo en la Iglesia?
Bien podemos decir con San Pablo que es el «Espíritu de vida» (Rm 8,2), verdad
que la Iglesia
repite en el Símbolo cuando canta su fe en el «Espíritu vivificador»: Es, pues,
verdaderamente el alma de la
Iglesia, el principio vital que anima a la sociedad
sobrenatural; que la rige, que une entre sí sus diversos miembros y les
comunica espiritual vigor y hermosura.
[Al decir que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, no es nuestro
intento enseñar que sea la forma de la Iglesia, como lo es el alma en el compuesto
humano. En tal sentido, sería teológica más exacto decir que el alma de la Iglesia es la gracia
santificante -con las virtudes infusas, que forman su cortejo obligado-; la
gracia es, en efecto, el principio de la vida sobrenatural, que da vida divina
a los miembros pertenecientes al cuerpo de la Iglesia; mas también en
este caso es muy imperfecta la analogía entre la gracia y el alma; pero no es
ésta la ocasión de disertar sobre esta diferencias. Cuando decimos que el
Espíritu Santo y no la gracia es el alma de la Iglesia, no hacemos sino
tomar la causa por el efecto, esto es, que el Espíritu Santo produce la gracia
santificante; queremos, pues, con esta expresión (Espíritu Santo=alma de la Iglesia) hacer resaltar el
influjo interno vivificador y «unificador» (si se puede hablar así) que ejerce
el Espíritu Santo en la
Iglesia.- Ese modo de expresarnos es perfectamente legítimo y
tiene consigo la aprobación de varios Padres de la Iglesia, como San Agustín:
Quod est in corpore nostro anima, id est Spiritus Sanctus in corpore Christi
quod est Ecclesia (Serm. CLXXXVII, de tempore). Muchos teólogos modernos hablan
del mismo modo, y León XIII consagró esta expresión en su Encíclica sobre el
Espíritu Santo. También interesa notar que Santo Tomás, para encarecer la
influencia íntima del Espíritu Santo en la Iglesia, la compara a la que ejerce el corazón en
el organismo humano III, q.8, a.1, ad 3].
En los primeros días de la
Iglesia, la acción del Espíritu Santo fue mucho más visible
que en los nuestros. Así convenía a los designios de la Providencia, porque
era menester que la Iglesia
pudiese establecerse sólidamente, manifestando a los ojos del mundo pagano las
señales luminosas de la divinidad de su fundador, de su origen y de su misión.-
Esas señales, frutos de la efusión del Espíritu Santo, eran admirables, y
todavía nos maravillamos al leer el relato de los comienzos de la Iglesia. El Espíritu
descendía sobre aquellos a quienes el bautismo hacía discípulos de Cristo, y
los colmaba de carismas tan variados como asombrosos: gracia de milagros, don
de profecía, don de lenguas y otros mil favores extraordinarios, concedidos a
los primeros cristianos para que, al contemplar a la Iglesia hermoseada con tal
profusión de magníficos dones, se viera bien a las claras que era
verdaderamente la Iglesia
de Jesús. Leed la primera Epístola de San Pablo a los de Corinto, y veréis con
qué fruición enumera el Apóstol las maravillas de que él mismo era testigo; en
cada enumeración de esos dones tan variados, añade: «El mismo y único Espíritu
es quien obra todo esto», porque El es amor, y el amor es fuente de todos los
dones «en el mismo Espíritu» (Cor 12,9). El es quien fecunda a esta «Iglesia
que Jesús redimió con su sangre y quiso fuera santa e inmaculada» (Ef 5,27).
4. Acción del Espíritu Santo en las almas donde mora
Mas si los caracteres extraordinarios y visibles de la acción del Espíritu
Santo han desaparecido en general, la acción de ese divino Espíritu se perpetúa
en las almas y, si bien es sobre todo interior, no por eso es menos admirable.
Hemos visto que la santidad no es más que el desarrollo de la primera gracia,
la gracia de adopción divina que se nos da en el Bautismo, como luego diremos,
por la cual nos convertimos en hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. El quid
de toda santidad consiste en saber sacar de esa gracia inicial de la adopción,
para hacerlos fructificar. todos los tesoros y riquezas que contiene y que Dios
quiere extraigamos de ella. Cristo es, como hemos dicho, el modelo de nuestra
filiación divina, el que nos la ha merecido del Padre, y el que ha establecido
personalmente los cauces por los cuales nos llega.
Mas el desarrollo fecundo en nosotros de esta gracia que debemos a Jesús es
obra de la
Santísima Trinidad, aunque, no sin motivo, se atribuye
especialmente al Espíritu Santo. ¿Por qué así? -Por lo mismo de siempre. La
gracia de adopción es puramente gratuita, y tiene su fuente en el amor:
«Contemplad cuán grande caridad nos ha mostrado Dios Padre, que ha querido que
seamos llamados sus hijos y que en realidad lo seamos» (Jn 3,1). Ahora bien; en
la Trinidad
adorable, el Espíritu Santo es el amor sustancial, y por ello, San Pablo nos
dice que la «caridad de Dios», o, lo que es lo mismo, la gracia que nos hace
hijos de Dios, «la ha derramado en nuestros corazones el Espíritu Santo»,
«porque la caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por medio
del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rm 5,5).
Desde que por medio del Bautismo se nos infundió la gracia, el Espíritu Santo
mora en nosotros con el Padre y el Hijo. «Si alguno me ama, tiene dicho Nuestro
Señor, mi Padre le amará también y vendremos a él y en él fijaremos nuestra
morada» (Jn 14,23). La gracia hace de nuestra alma templo de la Trinidad Santa, y
nuestra alma, adornada con la gracia, es verdaderamente morada de Dios. En ella
habita, no solamente como en todos los seres por su esencia y potencia, con que
sostiene y conserva todas las criaturas en el ser, sino de un modo muy
particular e íntimo, como objeto de conocimiento y de amor sobrenaturales. Mas
porque la gracia nos une de tal modo a Dios, que ella es principio y medida de
nuestra caridad, se dice especialmente que el Espíritu Santo es el que «mora en
nosotros», no de un modo personal, que excluya la presencia del Padre y del
Hijo, sino en cuanto procede por amor y es lazo de unión entre los dos. «En
vosotros permanecerá y en vosotros morará» (Jn 14,17) decía nuestro Señor.- Aun
en el hombre empecatado se advierten huellas del poder y sabiduría de Dios, mas
sólo los justos, sólo los que están en gracia comparten la caridad
sobrenatural, de ahí que San Pablo dijera a los fieles: «¿No sabéis que sois
templo del Espíritu Santo, que habéis recibido de Dios y está en vosotros?»
(1Cor 6,19).
Mas, ¿qué hace ese Espíritu divino en nuestras almas, ya que, siendo Dios,
siendo amor, no puede quedar ocioso? -Nos da primeramente testimonio de que
«somos hijos de Dios» (Rm 8,16). Es espíritu de amor y de santidad, que, como nos
ama, quiere también hacernos participantes de su santidad, para que seamos
verdaderos y dignos hijos de Dios.
Con la gracia santificante, que deifica, por decirlo así, a nuestra naturaleza,
capacitándola para obrar sobrenaturalmente, el Espíritu Santo deposita en
nosotros energías y «hábitos» que elevan al nivel divino las potencias y
facultades de nuestra alma; de ahí provienen las virtudes sobrenaturales y
sobre todo las teologales de fe, esperanza y caridad, que son propiamente las
virtudes características y específicas de los hijos de Dios; después, las
virtudes morales infusas, que nos ayudan en la lucha contra los obstáculos que
se cruzan en el camino del cielo; y, por fin, los dones.- Detengámonos en ellos
siquiera algunos instantes.
El divino Salvador, nuestro modelo, los recibió también, como hemos visto,
aunque con medida eminente y trascendental, o, mejor todavía, sin medida ni
tasa. La medida de los dones en nosotros es limitada, pero aun así es tan
fecunda, que obra maravillas de santidad en las almas en que abundan esos
dones. ¿Por qué así? -Porque ellos sobre todo son los que perfeccionan nuestra
adopción, como vamos a verlo.
¿Qué son, pues, los dones del Espíritu Santo? -Son, y ya el nombre lo indica,
bienes gratuitos que el Espíritu nos reparte juntamente con la gracia
santificante y las virtudes infusas.- La Iglesia nos dice en su liturgia que el mismo
Espíritu Santo es el don por excelencia: «Don del Dios altísimo» [Donum Dei
altissimi. Himno. Veni Creator], porque viene a nosotros desde el Bautismo para
dársenos como prenda de amor. Pero ese don es divino y vivo; es un huésped que,
lleno de largueza, quiere enriquecer al alma que le recibe.
Siendo El mismo el Don increado, es por lo mismo fuente de los dones creados
que con la gracia santificante y las virtudes infusas habilitan al alma para
vivir sobrenaturalmente de un modo perfecto.
En efecto, nuestra alma, aun adornada de la gracia y de las virtudes, no
recupera aquel estado de primitiva integridad que Adán tuvo antes de pecar; la
razón, sujeta ella misma a error, ve que su manto de reina se lo disputan el
apetito inferior y los sentidos; la voluntad está expuesta a desfallecimientos.
¿Qué resulta de semejante estado de cosas? -Que en la obra capital de nuestra
santificación nos vemos de continuo necesitados de acudir a la ayuda directa
del Espíritu Santo. El puede dispensarnos esta ayuda por medio de sus
inspiraciones, las cuales todas se encaminan a nuestro mayor perfeccionamiento
y santidad. Mas para que sus inspiraciones sean bien acogidas por nosotros,
despierta El mismo en nuestras almas ciertas disposiciones que nos hacen
dóciles y moldeables: esas disposiciones son precisamente los dones del
Espíritu Santo. [En Jesucristo la presencia de los dones no proviene de la
necesidad de ayudar a la flaqueza de la razón y de la voluntad, como quiera que
jamás estuvo sujeto a error ni a flaqueza alguna; estos dones le fueron
otorgados al alma de Jesús porque constituyen una perfección, y convenía que
todo lo que dice perfección residiera en Jesucristo. Vimos más atrás la
influencia que el Espíritu Santo ejerció con sus dones en el alma de Jesús].
Los dones no son, pues, las inspiraciones mismas del Espíritu Santo, sino las
disposiciones que nos hacen obedecer pronta y fácilmente a esas inspiraciones.
Los dones disponen al alma para que pueda ser movida y dirigida en el sentido
de su perfección sobrenatural, en el sentido de la filiación divina, y por
ellos tiene un como instinto divino de lo sobrenatural. El alma, que en virtud
de esas disposiciones se deja guiar por el Espíritu, obra con toda seguridad
como cuadra a un hijo de Dios. En toda su vida espiritual piensa y obra de una
forma «conveniente» desde el punto de vista sobrenatural. [Dona sunt quædam
perfectiones hominis quibus homo disponitur ad hoc quod sequatur instinctum
Spiritus Sancti. Santo Tomás, I-II, q.68,
a.3]. El alma que es fiel a las inspiraciones del Espíritu Santo posee un tacto
sobrenatural que la hace pensar y obrar con facilidad y presteza como hija de
Dios. Comprendéis con esto que los dones inclinan al alma y la disponen a
moverse en una atmósfera donde todo es sobrenatural; de la que todo lo natural
queda excluido en cierto sentido. Por los dones, el Espíritu Santo tiene y se
reserva la alta dirección de nuestra vida sobrenatural.
Todo esto es de importancia suma para el alma, puesto que nuestra santidad es
esencialmente de orden sobrenatural. Verdad es que ya por las virtudes el alma
en gracia obra sobrenaturalmente, pero obra de un modo conforme a su condición
racional y humana por movimiento propio, por iniciativa personal; mas con los
dones queda dispuesta a obrar directa y únicamente por la moción divina
(guardando, dicho se está, su libertad, que se manifiesta por el asentimiento a
la inspiración de lo alto), y esto de un modo que no se compagina siempre con
su manera racional y natural de ver las cosas: La influencia de los dones es
pues, en un sentido muy real, superior a la de las virtudes, a las que no
reemplazan sin duda, pero cuyas operaciones completan maravillosamente. [Dona a
virtutibus distinguuntur in hoc quod virtutes perficiunt ad actus humano modo,
sed dona ultra humanum modus. S. Thom. Sent. III, dist. XXXIV, q.1,
a.1.- Donorum ratio propria est ut per ea quis super humanum modum operetur. Sent. II, dist. XXXV, q.2, a.3].
Por ejemplo, los dones de Entendimiento y de Ciencia perfeccionan el ejercicio
de la virtud de fe, y por ahí se explica que almas sencillas y sin cultura
alguna, pero rectas y dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo, tengan
unas convicciones tan arraigadas, una comprensión y una penetración de las
cosas sobrenaturales que a veces causan asombro, y una especie de instinto
espiritual que las pone en guardia contra el error y las permite adherirse tan
resueltamente a la verdad revelada, que quedan al abrigo de toda duda. ¿De
dónde proviene todo esto? ¿Del estudio y de un examen concienzudo de las
verdades de su fe? -No, es obra del Espíritu Santo, del Espíritu de verdad, que
perfecciona mediante el don de Inteligencia o, de Ciencia, su virtud de fe.
Como veis, los dones constituyen para el alma un tesoro inestimable a causa de
su carácter puramente sobrenatural.- Los dones acaban de perfeccionar ese
admirable organismo sobrenatural a través del cual Dios llama a nuestras almas a
vivir la vida divina. Concedidos como son, en mayor o menor medida, a toda alma
que vive en gracia, quedan en ella en estado permanente mientras no arrojamos
por el pecado mortal al Huésped divino de donde dimanan. Pudiendo
progresivamente acrecentarse, se extienden, además, a toda nuestra vida
sobrenatural y la tornan sumamente fecunda, ya que por e]los se hallan nuestras
almas bajo la acción directa y la influencia inmediata del Espíritu Santo.-
Ahora bien, el Espíritu Santo es Dios con el Padre y el Hijo, y nos ama
entrañablemente y quiere nuestra santificación; sus inspiraciones, que dimanan
de un principio de bondad y de amor, no llevan otra mira que la de moldearnos
de modo que nuestra semejanza con Jesús resulte más perfecta y cumplida.- De
ahí que, aun cuando no sea éste su papel propio y exclusivo, los dones nos
disponen también a aquellos actos heroicos por los que se manifiesta claramente
la santidad.
¡Inefable bondad la de nuestro Dios, que nos provee con tanto cuidado y con
tanta esplendidez de cuanto habemos menester para llegar a El! ¿No sería una
ofensa, para el Huésped divino de nuestras almas, dudar de su bondad y amor, no
confiar en su largueza, en su munificencia, o mostrarnos perezosos en
aprovecharnos de ella?...
5. Doctrina de los dones del Espíritu Santo
Digamos ahora una palabra de cada uno de los dones. El número siete no
constituye un límite, porque la acción de Dios es infinita, antes bien, indica
plenitud, como otros muchos números bíblicos. Seguiremos simple mente el orden
trazado por Isaías en su profecía mesiánica, sin tratar de establecer entre los
dones gradación ni relaciones bien definidas, sino procurando únicamente
explicar del mejor modo posible lo que es propio de cada uno.
El primero de los dones es el de Sabiduría. ¿Qué significa aquí Sabiduría? -«Es
un conocimiento sabroso de las cosas espirituales, sapida cognitio rerum
spiritualium un don sobrenatural para conocer o estimar las cosas divinas por
el sabor espiritual que el Espíritu Santo nos da de ellas»; un conocimiento
sabroso, íntimo y profundo de las cosas de Dios, que es precisamente lo que
pedimos en la oración de Pentecostés: Da nobis in eodem Spiritu recta sapere.
Sapere es tener, no ya sólo conocimiento, sino gusto de las cosas celestiales y
sobrenaturales. No es, ni muchísimo menos, eso que se llama devoción sensible,
sino más bien como una experiencia espiritual de la obra divina que el Espíritu
Santo se digna realizar en nosotros; es la respuesta al «Gustad y ved cuán
suave es el Señor» (Sal 33,9). Este don nos hace preferir sin vacilación a
todas las alegrías de la tierra la dicha que es patrimonio exclusivo de los que
sirven a Dios. El hace exclamar al alma fiel: «¡Qué deliciosas, Señor, son tus
moradas! Un día pasado en tu casa vale por años pasados lejos de Ti» (ib. 83,
2-11). Mas es preciso para experimentar esto que huyamos con cuidado de todo
cuanto nos arrastra a los deleites ilícitos de los sentidos.
El don de Entendimiento nos hace ahondar en las verdades de la fe. San Pablo
dice que el «Espíritu que sondea las profundidades de Dios, las revela a quien
le place» (1Cor 2,10). Y no es que este don amengüé la incomprensibilidad de
los misterios o que suprima la fe, sino que ahonda más en el misterio que el
simple asentimiento de que le hace objeto la fe; su campo abarca las
conveniencias y grandezas de los misterios, sus relaciones mutuas y las que
tienen con nuestra vida sobrenatural. Se extiende asimismo a las verdades
contenidas en los Libros Sagrados, y es el que parece haber sido concedido en
mayor medida El los que en la
Iglesia han brillado por la profundidad de su doctrina, a los
cuales llamamos «Doctores de la
Iglesia», aunque todo bautizado posea también este precioso
don. Leéis un texto de las divinas Escrituras, lo habréis leído y releído un
sinnúmero de veces sin que haya impresionado a vuestro espíritu, pero un día
brilla de repente una luz que alumbra. por decirlo así, hasta las más íntimas y
recónditas de la verdad enunciada en este texto; esa verdad entonces os aparece
clara deslumbradora, convirtiéndose a menudo en germen de vida y de actos
sobrenaturales. ¿Habéis llegado a ese resultado por medio de vuestra reflexión?
-No antes bien, una iluminación, una ilustración del Espíritu Santo, es la que,
por el don de Entendimiento, os dio el ahondar más profundamente, en el sentido
oculto e íntimo de las verdades reveladas para que las tengáis en mayor
aprecio.
Por el don de Consejo, el Espíritu Santo responde a aquel suspiro del alma:
«Señor, ¿qué quieres que haga?» (Hch 9,6).- Ese don nos previene contra toda
precipitación o ligereza, y, sobre todo, contra toda presunción, que es tan
dañina én los caminos del espíritu. Un alma que no quiere depender de nadie,
que tributa culto al yo, obra sin consultar previamente a Dios por medio de la
oración, obra prácticamente como si Dios no fuera su Padre celestial, de donde
toda luz dimana. «Todo don perfecto de arriba viene, del Padre de la luz» (Sant
1,17). Ved a nuestro divino Salvador, ved cómo dice que el Hijo, esto es, El mismo,
nada hace que no vea hacer al Padre: «Nada puede hacer el Hijo por sí, fuera de
lo que viere hacer al Padre» (Jn 5,10). El alma de Jesús contemplaba al Padre
para ver en El el modelo, de sus obras, y el Espíritu de Consejo le descubría
los deseos del Padre, de ahí que todo cuanto Jesús hacía agradaba a su Padre:
«Siempre hago lo que agrada a mi Padre» (ib. 8,29). El don de Consejo es una
disposición mediante la cual los hijos son capaces de juzgar las cosas a la luz
de unos principios superiores a toda sabiduría humana. La prudencia natural, de
suyo muy limitada, aconsejaría obrar de tal o cual modo, mas por el don de
Consejo nos descubre el Espíritu Santo más elevadas normas de conducta por las
que debe regirse el verdadero hijo de Dios.
No basta a veces conocer la voluntad de Dios; la naturaleza decaída ha menester
a menudo energías para realizar lo que Dios quiere de nosotros; pues el
Espíritu Santo, con su don de Fortaleza, nos sostiene en esos trances
particularmente críticos.- Hay almas apocadas que temen las pruebas de la vida
interior. Es imposible que falten semejantes pruebas; y aun puede decirse que
serán tanto más duras cuanto a más altas cumbres estemos llamados. Pero no hay
por qué temer; nos asiste el Espíritu de Fortaleza: «Permanecerá y habitará en
vosotros» (Jn 14,17). Como los Apóstoles en Pentecostés, seremos también
nosotros revestidos de la «fuerza de lo alto» (Lc 24,49), para cumplir
generosos la voluntad divina, para obedecer, si es preciso, «a Dios antes que a
los hombres» (Hch 4,19), para sobrellevar con denuedo las contrariedades que
nos salgan al paso a medida que nos vamos allegando a Dios. Por eso rogaba con
tantas veras San Pablo por sus caros fieles de Efeso, a fin de que «el Espíritu
les diera la fuerza y la firmeza interior que necesitaban para adelantar en la
perfección» (Ef 3,16). El Espíritu Santo dice a aquel a quien robustece con su
fuerza lo que en otro tiempo dijo a Moisés cuando se espantaba de la misión que
Dios le confiaba y que consistía en librar al pueblo hebreo del yugo faraónico.
No temas, que «yo estaré contigo» (Ex 3,12). Tendremos a nuestra disposición la
misma fortaleza de Dios. Esa, ésa es la fortaleza en que se forja el mártir, la
que sostiene a las vírgenes; el mundo se pasma al verlos tan animosos, porque
se figura que sacan las fuerzas de sí mismos, cuando en realidad su fortaleza
es Dios.
El don de Ciencia nos hace ver las cosas creadas en su aspecto sobrenatural
como sólo las puede ver un hijo de Dios.- Hay múltiples modos de considerar lo
que está en nosotros o en nuestro contorno. Un descreído y un alma santa
contemplan la naturaleza y la creación de muy diversa manera. El incrédulo no
tiene sino ciencia puramente natural, por muy vasta y profunda que sea; el hijo
de Dios ve la creación con la luz del Espíritu Santo y se le aparece como una
obra de Dios donde se reflejan sus eternas perfecciones. Este don nos hace
conocer los seres de la creación y nuestro mismo ser desde un punto de vista
divino nos descubre nuestro fin sobrenatural y los medios más adecuados para
alcanzarlo, pero con intuiciones que previenen contra las mentidas máximas del
mundo y las sugestiones del espíritu de las tinieblas.
Los dones de Piedad y de Temor de Dios se completan entrambos mutuamente. El
don de Piedad es uno de los más preciosos, porque concurre directamente a
regular la actitud que hemos de observar en nuestras relaciones con Dios:
mezcla de adoración, de respeto, de reverencia hacia una majestad que es
divina; de amor, de confianza, de ternura, de total abandono y de santa
libertad en el trato con nuestro Padre, que está en los cielos.- En vez de
excluirse uno a otro, entrambos sentimientos pueden ir perfectamente
hermanados, y el Espíritu Santo se encargará de enseñarnos el modo de
armonizarlos. Así como en Dios no se excluyen el amor y la justicia, así en
nuestra actitud de hijos de Dios hay cierta mezcla de reverencia inefable que
nos hace prosternar ante la majestad soberana y de amor tierno que nos mueve a
arrojarnos confiados en los brazos bondadosos del Padre celestial. El Espíritu
Santo concilia entre sí estos dos sentimientos, al parecer encontrados.- El don
de Piedad produce otro fruto, y es tranquilizar a las almas tímidas (porque las
hay), que temen, en sus relaciones con Dios, equivocarse en la elección de las
«fórmulas» de sus oraciones; ese escrúpulo lo disipa el Espíritu Santo cuando
se escuchan sus inspiraciones. El es «el Espíritu de verdad»; y si es una
realidad, como dice San Pablo, que no sabemos orar cual conviene, el Espíritu
está con nosotros para ayudarnos: «El ora dentro de nosotros con gemidos
inenarrables» (Rm 8, 26-27).
Viene, por fin, el don de Temor de Dios.- ¿No es verdad que parece extraño que
se encuentre en el vaticinio de Isaías sobre los dones del Espíritu Santo que
adornarán el alma de Cristo aquella expresión: «Será henchido de espíritu de
temor de Dios?» ¿Será esto posible? ¿Cómo Cristo, el Hijo de Dios, puede estar
transido de temor de Dios? -Es que hay dos clases de temor: el temor que sólo
mira al castigo que merece el pecado; temor servil, falto de nobleza, pero que
a veces resulta provechoso.- Hay, en cambio, otro temor que nos hace evitar el
pecado porque ofende a Dios, y éste es el temor filial, que es, a pesar de
todo, imperfecto mientras vaya mezclado con temor de castigo. Huelga decir que
ni uno ni otro tuvieron jamás asiento en el alma santísima de Cristo; en ella
hubo sólo temor perfecto, temor reverencial, ese temor que tienen las angélicas
potestades ante la perfección infinita de Dios [Tremunt potestates. Prefacio de
la Misa], este temor santo que se traduce en adoración: «Santo es el temor de
Dios y existirá por los siglos de los siglos» (Sal 28,10). Si nos fuera dado
contemplar la humanidad de Jesús, la veríamos anonadada de reverencia ante el
Verbo al que esta unida. Esta es la reverencia que pone el Espíritu Santo en
nuestras almas. El cuida de fomentarla en nosotros, pero moderándola y
fusionándola en virtud del don de Piedad, con ese sentimiento de amor y de
filial ternura, fruto de nuestra adopción divina que nos permite llamar a Dios
¡Padre! Ese don de Piedad imprime en nosotros, como en Jesús, la inclinación a
relacionarlo todo con nuestro Padre, y a enderezarlo todo a El.
Esos son los dones del Espíritu Santo. Perfeccionan las virtudes,
disponiéndonos a obrar con una seguridad sobrenatural, que constituye en
nosotros como un instinto divino para percibir las cosas celestiales: por esos
dones que el mismo Espíritu Santo deposita en nosotros, nos hace dóciles, nos
perfecciona y desarrolla nuestra condición de hijos de Dios. «Los que se dejan
conducir por el Espíritu de Dios, esos tales son hijos de Dios» (Rm 8,14). Al
dejarnos, pues, guiar por ese espíritu de amor, cuando somos, en la medida de
nuestra flaqueza, constantemente fieles a sus santas inspiraciones, a esos
toques que nos llevan a Dios, a hacer en todo su gusto, entonces nuestra alma
obra totalmente en consonancia con su adopción divina; entonces produce frutos
que son término de la acción del Espíritu Santo en nosotros, a la vez que
recompensa anticipada por nuestra fidelidad a la misma: Tal es su dulzura y
suavidad.- Esos frutos los enumera ya San Pablo, y son: caridad, gozo, paz,
paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, dulzura, confianza, modestia
continencia y castidad (Gál 5, 22-23). Esos frutos, dignos todos del Espíritu
de amor y de santidad, son dignos también de nuestro Padre celestial, que
encuentra en ellos su gloria: «Mi Padre resultará glorificado si vosotros dais
abundante fruto» (Jn 15,8); dignos, en fin, de Jesucristo, que nos los mereció,
y a quien el Espíritu Santo nos une. «si alguno permanece en mí y yo en él, ese
dará abundante fruto» (ib. 5).
Hallábase Nuestro Señor en Jerusalén por la fiesta de los Tabernáculos, que era
una de las más solemnes de cuantas celebraban los judíos, cuando levantando la
voz en medio de las turbas, exclamó: «Si alguien tiene sed venga a Mí y beba,
el que cree en Mí, como dice la
Escritura, ríos de agua viva fluirán de sus entrañas». Y
añade San Juan: «Esto lo, dijo Jesús del Espíritu que habían de recibir los que
creyeran en El» (ib. 7, 37-39). El Espíritu Santo, que nos es enviado por los
méritos de Cristo, que como Verbo es el encargado de transmitirle, viene a
resultar en nosotros el principio y el manantial de esos ríos de aguas vivas de
la gracia que sacia nuestra sed hasta la vida eterna, esto es, que produce en
nosotros frutos de vida perdurable [Huiusmodi autem flumina sunt aquæ vivæ quia
sunt continuatæ suo principio scilicet, Spiritui Sancto inhabitanti. Santo
Tomás, In Joan., VII, lec. 5].
En espera de la bienaventuranza suprema, «esas aguas regocijan la ciudad de las
almas que bañan». «La impetuosidad de la corriente del torrente refresca la
ciudad de Dios» (Sal 45,5). Por eso dice San Pablo que todas las almas fieles
que creen en Cristo «beben en un mismo Espíritu» (1Cor 12,33). De ahí también
que la liturgia, eco de la doctrina de Jesús y del Apóstol, nos haga invocar al
Espíritu Santo, que es a la vez el Espíritu de Jesús, como a «fuente de vida»
(Fons vivus. Himno Veni Creator).
6. Nuestra devoción al Espíritu Santo: invocarle y ser fieles a sus
inspiraciones
Tal es, pues, la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en las almas;
acción santa como el principio divino de donde emana, acción que nos impulsa a
santificarnos. Ahora bien, ¿cuál no será la devoción que hemos de tener a este
Espíritu que mora en nuestras almas desde el Bautismo y cuya actividad en
nosotros es de suyo tan honda y eficaz?
Ante todas las cosas, debemos invocarle con frecuencia. El es Dios, como el
Padre y el Hijo; El también desea nuestra santidad, y es conforme al plan
divino que acudamos al Espíritu Santo como acudimos al Padre y al Hijo ya que
tiene el mismo poder y la misma bondad que ellos. La Iglesia, en esto, como en
todo, nos sirve de guía, puesto que cierra el ciclo de las fiestas en las
cuales se van como descorriendo los misterios de Cristo, con la solemnidad de
la venida del Espíritu Santo, Pentecostés, y emplea, para implorar la gracia
del Espíritu divino, oraciones admirables aspiraciones caldeadas de amor, cual
es el Veni Sancti Spiritus. Debemos acudir a El y decirle: «Oh amor infinito,
que procedes del Padre y del Hijo, concédeme el Espíritu de adopción; enséñame
a portarme siempre como verdadero hijo de Dios; quédate conmigo, y ande yo
siempre contigo para amar como Tú amas; sin Ti nada soy; de mí nada valgo; pero
así y todo, manténme siempre a tu lado, de modo que a través de Ti, esté
siempre unido al Padre y al Hijo». Pidámosle siempre y con empeño creciente,
participación más grande de sus dones, del Sacrum Septenarium.- Debemos también
darle las más humildes y rendidas gracias. Si bien es verdad que Cristo nos lo
mereció todo, también lo es que nos guía y nos dirige por su Espíritu, y de
éste nos viene el raudal de gracias que nos hacen poco a poco semejantes a
Jesús. ¿Cómo, pues, no hemos de demostrar a menudo agradecimiento a este
Huésped cuya presencia amorosa y eficaz nos colma de riquezas y beneficios? He
aquí el primer homenaje que hemos de tributar a ese Espíritu que es Dios con el
Padre y el Hijo: creer con fe práctica que nos impulse a recurrir a El; creer
en su divinidad, en su poder, en su bondad.
[Al decir que Cristo nos gobierna por su Espíritu, no entendemos que el
Espíritu Santo sea un instrumento, siendo como es Dios y causa de la gracia;
antes queremos indicar que el Espíritu Santo es (en nosotros) principio de
gracia, que procede a su vez de un principio, del Padre y del Hijo; Jesucristo,
en calidad de Verbo, nos envía al Espíritu Santo. Santo Tomás, I, q.45, a.6, ad
2]
Así pues, cuidémonos de no contrariar su acción en nosotros.- «No extingáis el
Espíritu de Dios» (Tes 5,19), dice San Pablo; y también: «No contristéis al
Espíritu Santo» (Ef 4,30). Como os dije, la acción del Espíritu Santo en el
alma es muy delicada, porque es acción de remate, de perfeccionamiento; sus
toques son toques de delicadeza suma. Debemos, pues, hacer lo posible para no
estorbar con nuestras ligerezas la actuación del Espíritu Santo, ni con nuestra
disipación voluntaria, ni con nuestra apatía, ni con nuestras resistencias
advertidas y queridas, ni con el apego desmedido a nuestro propio parecer: «No
seáis sabihondos» (Rm 12,16). Al entender en las cosas de Dios, no os fiéis de
la humana sabiduría, porque el Espíritu Santo os abandonaría a vuestra prudencia
natural, y bien sabéis que toda esta prudencia no es a los ojos de Dios sino
pura «necedad» (1Cor 3,19).- La acción del Espíritu Santo es perfectamente
compatible con aquellas flaquezas que se nos deslizan por descuido en la vida,
de las cuales somos los primeros en lamentarnos; con nuestras enfermedades,
nuestras servidumbres humanas, nuestras dificultades y tentaciones. Nuestra
nativa pobreza no arredra al Espíritu Santo que es «Padre de los pobres» [Pater
pauperum. Secuencia Veni Sancte Spiritus], como le llama la Iglesia.
Lo incompatible con su acción es la resistencia fríamente
deliberada a sus inspiraciones. ¿Por qué? -Primero, porque el espíritu procede
por amor, es el amor mismo; y con todo eso, aunque el amor que nos tiene no
conozca límites, aun cuando su acción sea infinitamente poderosa, el Espíritu
Santo es respetuosísimo con nuestra libertad, no violenta nuestra voluntad.
¡Tenemos el triste privilegio de poder resistirle! Pero nada contrista tanto al
amor como el notar resistencia obstinada a sus requerimientos. Además, con sus
dones, sobre todo, nos guía el Espíritu Santo por la senda de la santidad, y
nos hace vivir como hijos de Dios; y precisamente con sus dones, impulsa y
determina al alma a obrar.
«En los dones el alma, más que agente, es movida» [In donis Spiritus Sancti
mens humana non se habet ut movens, sed magis ut mota. Santo Tomás, II-II,
q.52, a.2, ad 1], pero esto no quiere decir que deba permanecer enteramente
pasiva, sino que debe disponerse a la acción divina, escucharla, serle fiel sin
tardanza.- Nada embota tanto la acción del Espíritu Santo en nosotros como la
falta de flexibilidad frente a esos interiores movimientos que nos llevan a
Dios, que nos mueven a observar sus mandamientos, a darle gusto, a ser
caritativos, humildes y confiados: un «no» deliberado y rotundo, aun cuando se
trate de cosas menudas, contraría la acción del Espíritu Santo en nosotros; con
eso resulta menos intensa, menos frecuente, y el alma entonces no remonta su
vuelo, y toda su vida sobrenatural es lánguida: «No contristéis al Espíritu».
Si esas resistencias deliberadas, voluntarias y maliciosas se multiplican, si
degeneran en frecuentes y habituales, el Espíritu Santo se calla. El alma
entonces, abandonada a sí misma y sin más norte ni sostén interior en el camino
de la perfección, corre inminente riesgo de ser presa del príncipe de las
tinieblas, y se extingue en ella la caridad. No apaguéis el Espíritu Santo, que
es a manera de fuego de amor que arde en nuestras almas [Spiritum nolite
exstinguere; Ignis, Himno Veni Creator. Et tui amoris ignem accende. Misa de
Pentecostés].
Seamos siempre generosos, fieles al «Espíritu de verdad», siquiera en la corta
medida que es dad a nuestra flaqueza, porque El es también Espíritu de
santificación. Seamos almas dóciles y sensibles a los toques de este Espíritu.-
Si nos dejamos guiar de El, luego desarrollará plenamente en nosotros la gracia
divina de la adopción sobrenatural que nos quiso dar el Padre, y que el Hijo
nos mereció. ¡De qué alegría tan honda, de qué libertad interior gozan las
almas que se entregan así a la acción del Espíritu Santo! Ese divino Espíritu
nos hará rendir frutos de santidad agradables a Dios; artista divino como es de
mano sumamente delicada, dará cima en nosotros a la obra de Jesús, o más bien
formará a Jesús en nosotros, como formó un día su santa humanidad, a fin de que
reproduzcamos en esta frágil naturaleza, mediante su acción, los rasgos de la
filiación divina que recibimos en Jesucristo, para la gloria del Eterno Padre:
«Jesucristo fue concebido en santidad, por obra del Espíritu Santo, destinado a
ser Hijo de Dios por naturaleza; otros, en virtud del mismo Espíritu, se
santifican para llegar a ser hijos de Dios por adopción» (Santo Tomás, III,
q.32, a.1).
El Espíritu Santo en el misterio de la Cruz (1.VIII.90)
1. En la encíclica Dominum et vivificantem, escribí: 'El Hijo de Dios, Jesucristo, como hombre, en la ferviente oración de su pasión, permitió al Espíritu Santo, que ya había impregnado íntimamente su humanidad, transformaría en sacrificio perfecto mediante el acto de su muerte, como víctima de amor en la cruz. él solo ofreció este sacrificio. Como único sacerdote: se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios (Hb 9, 14)' (n. 40).
El sacrificio de la cruz es el culmen de una vida en la cual hemos leído, siguiendo los textos del Evangelio, la verdad sobre el Espíritu Santo, a partir del momento de la encarnación.
Fue el tema de las catequesis anteriores, concentradas en los momentos de la vida y de la misión de Cristo, en la cual la revelación del Espíritu Santo es particularmente transparente. El tema de la catequesis de hoy es el momento de la Cruz.
2. Fijemos la atención en las últimas palabras que pronunció Jesús en su agonía en el Calvario. En el texto de Lucas se escribe: 'Padre, en tus manos pongo mi espíritu' (Lc 23, 46). Aunque estas palabras, excepto la invocación 'Padre', provienen del Salmo 30/31, sin embargo, en el contexto del evangelio adquieren otro significado. El salmista rogaba a Dios que lo salvase de la muerte; Jesús en la cruz, por el contrario, precisamente con las palabras del salmista acepta la muerte, entregando su espíritu al Padre (es decir, 'su vida').
El salmista se dirige a Dios como a liberador; Jesús encomienda (es decir, entrega) su espíritu al Padre con la perspectiva de la resurrección. Confía al Padre la plenitud de su humanidad, en la cual subsiste el Yo divino del Hijo unido al Padre en el Espíritu Santo. Sin embargo, la presencia del Espíritu Santo no se manifiesta de modo explícito en el texto de Lucas, como sucederá en la carta a los Hebreos (9,14).
3. Antes de pasar a este otro texto, hay que considerar la formulación un poco diversa de las palabras de Cristo moribundo en el evangelio de Juan. Allí leemos: 'Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: 'Todo está cumplido'. E inclinando la cabeza entregó el espíritu' (Jn 19, 30). El evangelista no pone de relieve la 'entrega' (o 'encomienda') del espíritu al Padre. El amplio contexto del evangelio de Juan, y especialmente las páginas dedicadas a la muerte de Jesús en la cruz, parecen más bien indicar que en la muerte da comienzo el envío del Espíritu Santo, como Don entregado en la marcha de Cristo.
Sin embargo, tampoco aquí se trata de una afirmación explícita. Aunque no podemos ignorar la sorprendente vinculación que parece existir entre el texto de Juan y la interpretación de la muerte de Cristo que se halla en la carta a los Hebreos. El autor de esta última habla de la función ritual de los sacrificios cruentos de la Antigua Alianza, que servían para purificar al pueblo de las culpas legales, y los compara con el sacrificio de la cruz, y luego exclama: '¡Cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a Sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!' (Hb 9,14).
Como escribí en la encíclica Dominum et vivificantem, 'en su humanidad (Cristo) era digno de convertirse en este sacrificio, ya que él solo era sin tacha . Pero lo ofreció por el Espíritu Eterno , lo que quiere decir que el Espíritu Santo actuó de manera especial en esta autodonación absoluta del Hijo del hombre para transformar el sufrimiento en amor redentor' (núm. 40). El misterio de la asociación entre el Mesías y el Espíritu Santo en la obra mesiánica, contenido en la página de Lucas sobre la Anunciación de María, se vislumbra ahora en el pasaje de la carta a los Hebreos. Aquí se manifiesta la profundidad de esta obra, que llega a las 'conciencias' humanas para purificarlas y renovarlas por medio de la gracia divina, mucho más allá de la superficie de la representación ritual.
4. En el Antiguo Testamento se habla varias veces del fuego del cielo que quemaba las oblaciones que presentaban los hombres (Cfr. Lv 9, 24; 1 Cor 21,26; 2 Cor 7, 1). Así en el Levítico: 'Arderá el fuego sobre el altar sin apagarse; el sacerdote lo alimentará con leña todas las mañanas, colocará encima el holocausto' (6, 5). Ahora bien, sabemos que el antiguo holocausto era figura del sacrificio de la cruz, el holocausto perfecto. 'Por analogía se puede decir que el Espíritu Santo es el fuego del cielo que actúa en lo más profundo del misterio de la cruz . Proviniendo del Padre, ofrece al Padre el sacrificio del Hijo, introduciéndolo en la divina realidad de la comunión trinitaria' (Dominum et vivificantem, 41).
Por esta razón podemos añadir que en el reflejo del misterio trinitario se ve el pleno cumplimiento del anuncio de Juan Bautista en el Jordán: 'Él (Cristo) os bautizará en Espíritu Santo y fuego' (Mt 3, 11). Si ya en el Antiguo Testamento, del que se hacia eco el Bautista, el fuego simbolizaba la intervención soberana de Dios que purificaba las conciencias mediante su Espíritu (Cfr. Is 1, 25; Zac 13, 9; Mt 13, 2.3; Si 2, 5), ahora la realidad supera las figuras en el sacrificio de la cruz, que es el perfecto bautismo con el que Cristo mismo debía ser bautizado' (Cfr. Mc 10, 38), y al cual El, en su vida y en su misión terrena, tiende con todas sus fuerzas, como él mismo dijo: He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumplan' (Lc 12, 49.50). E! Espíritu Santo es el 'fuego' salvífico que da actuación a ese sacrificio.
5. En la carta a los Hebreos leemos también que Cristo, 'aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia' (5, 8). Al venir al mundo dijo al Padre: 'He aquí que vengo a hacer tu voluntad' (Hb 10, 9). En el sacrificio de la cruz se realiza plenamente esta obediencia: 'Si el pecado ha engendrado el sufrimiento, ahora el dolor de Dios en Cristo crucificado recibe su plena expresión humana por medio del Espíritu Santo..., pero, a la vez, desde lo hondo de este sufrimiento... el Espíritu saca una nueva dimensión del don hecho al hombre y a la creación desde el principio. En lo más hondo del misterio de la cruz actúa el amor, que lleva de nuevo al hombre a participar en la vida, que está en Dios mismo' (Dominum et vivificantem, 41 ) .
Por eso en las relaciones con Dios la humanidad tiene 'un Sumo Sacerdote que (sabe) compadecerse de nuestras flaquezas, habiendo sido probado en todo igual a nosotros, excepto en el pecado' (Cfr. Hb 4, 15): en este nuevo misterio de la mediación sacerdotal de Cristo ante el Padre, está la intervención decisiva del 'Espíritu eterno', que es fuego de amor infinito.
6. 'El Espíritu Santo, como amor y don, desciende, en cierto modo, al centro mismo del sacrificio que se ofrece en la cruz. Refiriéndonos a la tradición bíblica podemos decir: Él consuma este sacrificio con el fuego del amor, que une al Hijo con el Padre en la comunión trinitaria. Y dado que el sacrificio de la cruz es un acto propio de Cristo, también en este sacrificio él recibe el Espíritu Santo. Lo recibe de tal manera que después .él solo con Dios Padre. puede darlo a los Apóstoles, a la Iglesia y a la humanidad' (Dominum et vivificantem, 41 ) .
Es, pues, justo ver en el sacrificio de la cruz el momento conclusivo de la revelación del Espíritu Santo en la vida de Cristo. Es el momento)clave, en el cual halla su centro el acontecimiento de Pentecostés y toda la irradiación que emanará de él al mundo. El mismo 'Espíritu eterno' operante en el misterio de la cruz aparecerá entonces en el Cenáculo sobre las cabezas de los apóstoles bajo la forma de 'lenguas como de fuego' para significar que penetraría gradualmente en las arterias de la historia humana mediante el servicio apostólico de la Iglesia. Estamos llamados a entrar también nosotros en el radio de acción de esta misteriosa potencia salvífica que parte de la cruz y el Cenáculo, para ser atraídos, en ella y por ella, a la comunión de la Trinidad.