domingo, 11 de mayo de 2014

EL REINADO UNIVERSAL DEL ESPIRITU SANTO


 La vida Cristiana es en su fondo la mutua posesión de Dios y del alma. No estamos solos, tenemos a Dios y El nos tiene a nosotros: "Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen a Mi, como Yo conozco al Padre y el Padre me conoce a Mi".








”Toda verdad, la diga quien la diga, viene del Espíritu Santo”,

San Ambrosio (340-397)


   Esta es la Alianza que pactaré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en su mente, en sus corazones las grabaré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.


EL REINO DE DIOS ESTA CERCA
YA VIENE
YA LLEGA SU PLENITUD
ES UN ESTILO DE VIDA
UNA FORMA DE VIVIR
DONDE DIOS Y EL PRÓJIMO
OCUPAN SU LUGAR EN CADA CORAZÓN

VENDRÁ EL ESPÍRITU SANTO
COMO EN UN NUEVO PENTECOSTES
IMPULSARA A LOS SACERDOTES
A HACER Y VIVIR SU CONSAGRACIÓN PERSONAL
SE HARÁ LA CONSAGRACIÓN DEL MUNDO
AL ESPÍRITU SANTO
Y LLEGARA SU REINADO UNIVERSAL




La vida Cristiana es en su fondo la mutua posesión de Dios y del alma.
La Verdadera devoción al Espíritu Santo sera: 
La amorosa aceptación y plena realización de esa vida.

Su primer paso es el pleno reinado del Espíritu Santo en los sacerdotes, la santificación universal de los sacerdotes, por medio de la cual Jesús se hará presente de nuevo para salvarnos. 



VEN  A  REINAR.
En estos últimos tiempos ha puesto su trono la sensualidad en el mundo, esa vida de los sentidos que ofusca y apaga la luz de la fe en las almas. Y por eso más que nunca se necesita que el Espíritu Santo venga a destruir y a aniquilar a Satanás que en esta forma se va introduciendo hasta en la Iglesia. 

El Espíritu Santo y María salvaran al mundo.
Sólo el Espíritu Santo, sólo Él, únicamente Él, puede renovar la faz de la tierra y unir los corazones con el Verbo.

No siempre la Iglesia ha de estar postergada. Tendrá siempre enemigos y guerras y persecuciones hasta el fin de los siglos; pero tendrá treguas también, tendrá honrosos triunfos. Yo lo aseguro.
Pero he vinculado estos triunfos en una sola cosa: la consumación transformante de sus sacerdotes en Mi.

Con esto vendrá el reinado del Espíritu Santo en las almas de mis sacerdotes, que es mi mismo Espíritu, y en las almas después y en las naciones y traerá la paz, por medio de la unidad en el amor, en la caridad.
El sacerdote ignora toda la acción salvadora, reconfortante y glorificadora que le debe al Espíritu Santo y las luchas que este Santo Espíritu ha tenido y tiene con Satanás, para cuidar sus cuerpos y sus almas expuestas a ser desgarradas por el espíritu del mal.
Que pidan los files para que se apresure, para mi mayor gloria, esta santificación de los sacerdotes en el Santificador único, esa evolución santa por el amor, ese ser todos de María, y todos para las almas en Mi para que YO EN ELLOS, EN LA TIERRA, alivie, edifique, perdone y salve. Solo Cristo enseña. Los demás en cuanto son portavoces suyos.

THE KINGDOM OF GOD IS NEAR
IS COMING
COMING IN ALL HIS HEIGHT
IT'S A LIFESTYLE
A WAY OF LIVING!
WHERE GOD AND NEIGHBOR
OCCUPY YOUR PLACE IN EVERY HEART
THE HOLY SPIRIT WILL COME
AS IN A NEW PENTECOST
FOR MOVE THE PRIESTS
TO DO AND LIVE HIS PERSONAL DEDICATION
WILL COME THE RITE OF THE WORLD DEDICATION
TO THE HOLY SPIRIT
AND IS COMING HIS REIGN UNIVERSAL

The Christian life is in essence the mutual possession of God and the soul.
True devotion to the Holy Spirit will be :
Loving acceptance and fulfillment of that life.

His first step is the full reign of the Holy Spirit in the priests, the universal sanctification of priests, through which Jesus will be present again to save us.

Movimiento Sacerdotal Mariano.
Es necesario que el cumplimiento del mensaje de Fátima, a mis hijos, amenazados y golpeados, por lo que es posible lograr la salvación.
Su cumplimiento es necesario para toda la humanidad, de modo que pueda volver a los brazos de su Padre y llegar a los nuevos tiempos de su plena comunión de amor y de la vida con su Señor y Dios. 

Conchita Armida. 


Es tiempo ya de que el Espíritu Santo reine dentro de cada corazón y en las arterias todas de la Iglesia, entonces florecerá el Amor que transformara al mundo.
Nadie sera pobre con la riqueza divina del Espíritu Santo, y el Padre y Jesús se complacerán con esa renovación vivificante y palpitante de todo el universo.

Se buscan medios para detener la corrupción, para conservar la fe, para liberar las inteligencias de los errores de las sectas y el único medio es el Espíritu Santo.
El es la luz, la Verdad, el único que puede dar testimonio de Jesucristo, delineandolo en los corazones.

Por Maria se va al Espíritu Santo y Ella es el medio suave y eficaz para que El venga a reinar en la humanidad entera.


Al enviar al mundo un como segundo Pentecostés quiero que arda, quiero que se limpie, ilumine e incendie y purifique con la luz y el fuego del Espíritu Santo. La última etapa del mundo debe señalarse muy especialmente por la efusión de este Santo Espíritu. Quiere reinar en los corazones y en el mundo entero; más que para su gloria, para hacer amar al Padre y dar testimonio de Mi, aunque su gloria es la de toda la Trinidad.

Su primer paso es el pleno reinado del Espíritu Santo en los sacerdotes, la santificación universal de los sacerdotes, por medio de la cual Jesús se hará presente de nuevo para salvarnos. Una nueva resurrección superior a la resurrección de Lazaro, la de todos sus sacerdotes a favor de toda la Iglesia. Luego reinara en las almas, en las naciones y en el mundo entero.
" Yo el Verbo - y el Espíritu Santo estamos empeñados en esta ultima etapa del mundo, en levantar a la Iglesia con sacerdotes santos; y por este medio divino del Verbo y del  Espíritu Santo con Maria, se hará una reacción universal".

"Vendrá una nueva redención, no por mi pasión humana, sino por mi pasión en las almas crucificadas; y un nuevo Pentecostes por el impulso vivo y ardiente del  Espíritu Santo, para honra del Padre, que es el fin que nos proponemos el  Espíritu Santo y Yo".

Para alcanzar lo que pido deben todos los sacerdotes hacer una consagración  al Espíritu Santo, pidiéndole, por intercesión de María, que venga a ellos como en un "nuevo Pentecostés",  y que los purifique, los enamore, los posea, los unifique, los santifique  y los transforme en Mi. 
Dios nos ama, "no sabe hacer otra cosa". Así lo ha afirmado el papa Francisco en la misa de esta mañana en Santa Marta. El Pontífice ha indicado que el Señor siempre nos espera y nos perdona, es "el Dios de la misericordia" que hace fiesta cuando volvemos a Él. Y ha añadido que Dios tiene nostalgia de nosotros cuando nos alejamos de Él.
Dios nos ama, "no sabe hacer otra cosa". Así lo ha afirmado el papa Francisco en la misa de esta mañana en En Santa Marta. El Papa Francisco nos ha indicado que el Señor siempre nos espera y nos perdona, es "el Dios de la misericordia" que hace fiesta cuando volvemos a Él. Y ha añadido que Dios tiene nostalgia de nosotros cuando nos alejamos de Él, ABIERTOS AL ESPIRITU QUE RENUEVA NUESTRAS MENTES Y NUESTROS CORAZONES. .




El Espíritu de Jesús debe Reinar en el mundo y aunque actualmente por todas partes reina en el mundo el espíritu del mal, este Reinado de Jesús en su Santo Espíritu llegara al mundo y llegara pronto por medio de Maria. Su primer paso es el Pleno Reinado del Espíritu Santo en los sacerdotes, por medio del cual Jesús “se hará presente de nuevo” para salvarlo, luego reinara en las almas, en las naciones y en el mundo entero,  para gloria del Padre, honor de su Iglesia, espiritualización del mundo materializado, regreso a Dios de muchas almas que Satanás tiene en sus garras, santificación masiva de sus sacerdotes, una nueva resurrección superior a la de Lázaro a favor de toda la iglesia.


DIOS SE DA  A NOSOTROS
            Tanto amo Dios al mundo que nos dio a su Hijo como redentor. El Espíritu Santo obro en María el prodigio de la Encarnación. Y Jesús encontró en la Eucaristía la manera de quedarse con nosotros.
Las palabras de Jesús vienen del Padre, Su Verbo es la palabra del Padre, con la que se comunica al exterior, la que se dice a si mismo. La sabiduría del Padre que contiene todo conocimiento, toda vida. Dios Hijo es la voz del Padre, su misma esencial divinidad.
Escuchar al Hijo, es escuchar al Padre. El Padre es quien nos habla, busca, salva y pide en Jesús. Si Jesús quiere mi alguna cosa, Dios mismo es quien me lo pide, Dios lo quiere, pero no imponiendo su voluntad, quiere nuestra respuesta: decir "si" como María con la palabra y con las obras.
Y sus sacerdotes, cabezas de millares de almas, a quienes el Padre se adelanto a amarlos con eterna mirada de amor que los envuelve desde que Dios es Dios. Tienen que ser Jesús para la almas: curar sus llagas, levantarlas, ayudarlas en todo. Para eso Dios hizo hombre a su Hijo unigénito, para extender a su Verbo, para tener un grupo que lo continuara, para unirse por medio de ellos a todos los hombres.
Y en estos postreros tiempos en que el mundo tanto los necesita convertidos en Jesús quiere rendirlos por amor, y que ellos también haciendo presente de nuevo a Jesús vuelvan las almas a Dios a fuerza de amor y dolor.
Por su mismo estado, los sacerdotes deben aprender de Jesús la manera práctica y divina de complacer al Padre: pedir con fe viva, con confianza ciega, con gratitud adelantada. Ofrecer a Jesús en cada Misa que ellos celebran, pero ofrecer con El  sus propias penas y  también los sufrimientos y dolores de la humanidad entera, para dar gloria a Dios, para salvar a las almas, y para darles un nombre... semejante al suyo.
Llego el tiempo de que se haga plena realidad por el Espíritu Santo y por María, la transformación interior de la persona humana del sacerdote en otro Cristo por su progresiva conformación con El. En que así como la palabra operativa que el sacerdote dice: "este es mis cuerpo",  "es mi sangre" y así sucede; así también al decirle Jesús a su sacerdote: "eres Yo",  se haga realidad en su vida entera y se cumpla así lo que El le pidió  al Padre en la Ultima Cena: "que sean uno en nosotros, como Tu y Yo Padre somos uno".
Dios es amor, amor supone personas que se aman: Un Padre que ama y es amado por su Hijo; un Hijo amado que le ama; Un amor personal que los hace ser Dios. Tres persona amor que son un solo Dios.
            El Padre amor que es fuente de donde todo amor procede, el Hijo amor que retorna amor, el Espíritu Santo amor que consuma en el amor la unidad substancial de Dios.
            ¿Qué es Dios?: Dios es amor. ¿Quien es Dios? : Dios es un Padre y un Hijo que se aman en el Espíritu Santo. ¿Qué somos nosotros?: Un reflejo de ese amor. ¿Quienes somos nosotros?: Los nuevos hijos del Padre en su Hijo amado Jesús.
El Hijo es engendrado por el Padre por la vía del conocimiento substancial de Si mismo y envuelto en el amor substancial de Dios, con que las tres divinas personas se miran y se aman en una eternidad sin principio ni fin. Y nosotros somos el reflejo de esa mirada y de ese amor. Unos hijos amados, que unidos al Hijo de Dios hecho carne, aman al Padre en el Espíritu Santo y se aman entre si con ese mismo Amor.
Amor es su vocación,  amor su semejanza con Jesús y con el Padre, amor su consumación por la cruz, al abandonarse voluntariamente a cualquier inmolación que Dios quiera para ellos, en favor de sus hermanos, hasta amar el dolor, hasta anhelar ser Jesús si, pero Jesús crucificado. Como quisiera que todos mis sacerdotes se entregaran a Mi, se transformaran en Mi, me amen a Mi y solo en Mi a las almas. Que me amen, que se inmolen en mi unión, que se transformen en Mi tal cual soy: Todo amor, todo dolor.
            "Llego el tiempo del Reinado del Espíritu Santo en los sacerdotes". Esta frase y muchas otras que aparecerán en este trabajo, están tomadas de las Comunicaciones que Nuestro Señor hizo a su Iglesia y a sus sacerdotes en los tiempos de la persecución religiosa en México, por medio de la Sra. Concepción Cabrera de Armida, a quien dirigió y explica el Exmo. Sr. Luís María Martínez, Arzobispo Primado de  México en esos tiempos.
            “Yo vine al mundo para salvarlo por el divino medio de mi Iglesia, Esposa muy amada del Cordero; y por eso les deje mi doctrina en relación con mis ejemplos y le di mi sangre y mi vida y mi Madre y cuanto era y tenia un Dios hombre, un hombre Dios. Deje trazado el camino con mis ejemplos y mi cruz. Y para consolar a esa Iglesia amada, envié al Espíritu Santo para completar mi obra redentora y salvadora; y El es la luz y el alma de la Iglesia amada, obsequio para mi Padre, que viene a prepararle en la tierra, con el fin de darle adoración, almas, sacerdotes, ¡gloria!.”
            “En mi Iglesia tengo mi asiento en la tierra; en la Iglesia tiene sus delicias un Dios humanado; en la Iglesia se veneran los misterios de su vida, pasión y muerte. Ella tiene mis Evangelios que son mi palabra latente y con vida. En los sagrarios estoy Yo; en los sacramentos estoy Yo que doy, que me derramo e infiltro en los corazones puros. Nada existe para Mi mas bello que mi Iglesia, que baja al purgatorio y se remonta al cielo. Mi Padre la mira complacido por lo que tiene de MI, por lo divino que contiene, por ser obra mía y del Espirita Santo”.
            “Yo - el Verbo – y el Espíritu Santo, estamos empeñados en esta ultima etapa del mundo en levantar a la Iglesia con sacerdotes santos; y por este medio divino del Verbo y del Espíritu Santo con María, se hará esa reacción universal”.

            “Vendrá una nueva redención, no por mi pasión humana, sino por mi pasión en las almas crucificadas; y un nuevo Pentecostés por el impulso vivo y ardiente del Espíritu Santo, para honra del Padre, que es el fin que nos proponemos el Espíritu Santo y Yo”. 


LA  POSECION DIVINA

   La vida Cristiana es en su fondo la mutua posesión de Dios y del alma.
La Verdadera devoción al Espíritu Santo sera: 
La amorosa aceptación y plena realización de esa vida.
    
    La luz del Espíritu Santo es fruto del amor. Es la consecuencia feliz de la unión: El alma unida íntimamente a las cosas divinas por el Espíritu Santo, las gusta por divina experiencia. "Su unción os enseñara todas las cosas": Como se siente algo que se lleva dentro, como se aspira un perfume que ha penetrado en nuestro ser.
    Pero la dirección del Espíritu Santo no es solo de luz, es de acción. Toma nuestra  mano y la guía de manera firme para que exprese en el lienzo de su alma la belleza del ideal. Lava lo sucio, suaviza lo duro, calienta lo frío, rectifica lo que se ha desviado. Enciende la luz en las almas: Una luz nueva, la divina sabiduría. Infunde un amor nuevo en las almas, la Caridad. Y comunica al ser del hombre maravillosa fortaleza para llevar la Cruz.     Esta función de mover nuestras facultades todas, resume la dirección, la moción dulce y fuerte en las almas por la cual se constituye como en alma de nuestra alma.
    Si el hombre tuviera que realizar una obra puramente humana, bastarían las fuerzas naturales para ordenar las cosas humanas, pero como para santificarse tiene que hacer una obra divina: asemejarse, " Reproducir a Jesús ", es indispensable la acción del Espíritu Santo en la dirección de la obra.  El dirige nuestra vida espiritual por sus Dones, hace de nuestras almas un templo y derrama la Caridad en nuestros corazones. Su obre es santificar. Sin El no se traza en nosotros ni un solo rasgo de Jesús. Ninguna virtud crece, ningún vínculo de unión con Dios se estrecha.
    Su ideal es reproducir a Jesús, Su Jesús, su ideal a quien ama como a su propio ser. El Verbo, El Hijo de Dios que al hacerse hombre se llama Jesús. Su método, el amor, la unión, la posesión o el ansia de posesión. Por eso es el dulce huésped del alma. Entra en las profundidades del alma, la compenetra, hace de ella su morada permanente, para hacer después su obra magnifica: Realiza nuestra semejanza con el Verbo de Dios, esa transformación en Cristo que es obra de luz y consuma la santidad en la tierra.
    El Espíritu Santo toma posesión del alma para fijar allí definitivamente su morada. Luego comienza su obra de edificación con la Gracia que El infunde y que diviniza el alma,  con la Caridad que imagen suya y con todo el cortejo de virtudes y Dones que necesita para obrar en nosotros.  Pero no es el Espíritu Santo solo huésped y director de las almas. Es sobre todo DON, el don de Dios por excelencia, por quien todos los dones vienen a nosotros.
    Los dones divinos que pertenecen al entendimiento nos asemejan al Verbo, que es la Sabiduría Infinita engendrada por el entendimiento del Padre. Pero no cualquier conocimiento, aun sobrenatural, hace que Dios habite en nosotros, sino aquel conocimiento que procede del amor y produce amor que se llama Sabiduría. El Hijo es enviado cuando es conocido y percibido por alguno con aquel conocimiento experimental que se llama Sabiduría.
    Los Dones que pertenecen a la voluntad nos asemejan al Espíritu Santo que es el Amor infinito. En la tierra el don más perfecto es la Caridad que nos asimila al Espíritu Santo. De la Caridad en su supremo desarrollo brota esa Sabiduría que según Santo Tomas realiza nuestra semejanza con el Verbo de Dios.
    En el orden sobrenatural, el Amor lleva a La Luz. El Espíritu Santo nos conduce al Verbo y por el Verbo vamos al Padre en quien todo se consuma y todo movimiento se convierte en descanso y la criatura halla su perfección y su felicidad porque todas las cosas se consuman cuando vuelven a su principio.
    El Espíritu Santo dulce huésped del almadirector supremo y sobre todo nuestro DONtrae al alma la fecundidad divina del Padre para que germine en ella el fruto celestial, la imagen del Padre, la reproducción creada de aquella imagen única, infinita, que es su Verbo, que al tomar nuestra carne quiso llamarse Jesús.  El principio ejemplar, el ideal de la obra del Espíritu Santo es el Padre. La adaptación del alma al Ideal del Padre. El término es Jesús, Y Jesús es la Imagen del Padre. Bajo su influjo las almas se purifican, se iluminan, se encienden en el amor al Padre, hasta transformarse en Jesús.
    ¿Que otra cosa debe ser nuestra devoción al Espíritu Santo sino la amorosa y constante cooperación a su influjo divino, a su obra santificadora ?.
Dejarse mover según su amoroso beneplácito. Entregarle nuestro ser para que lo posea con sus Dones, Dejar que destruya en nosotros todo lo que se oponga a sus designios divinos. Dejar que infunda en nosotros una vida nueva, la maravillosa participación de la vida de Dios. Y por El, con El y en El introducirnos en el seno de la Trinidad y glorificar al Padre con la suprema glorificación de Jesús.     La vida cristiana es en su fondo la mutua posesión de Dios y del alma. La verdadera devoción al Espíritu Santo es La amorosa aceptación y plena realización de esa vida. Amar al Amor es vivir con El, es dejarse poseer por El poseerlo, es impregnarse de su divino fuego y dejarnos consumir en el.
Al principio ese fuego esta oculto en el fondo del alma, lo cubren nuestras miserias. Nuestro corazón es de Dios, pero la mayor parte de nuestros pensamientos y de nuestros actos se escapa a su amoroso dominio. Vaga por las criaturas sin acertar a fijarse en Dios.
    Poco a poco nuestras miradas al dulce huésped divino se hacen mas frecuentes y nuestros actos van entrando en el cause del amor, hasta que el pensamiento de Dios, su amorosa presencia se impone a todo el ser humano como divina obsesión. Es el dueño único de nuestros pensamientos, el fuego único de nuestro corazón.   Por eso para quien ama perfectamente a Dios, vivir en su presencia es una necesidad imperiosa. Por eso es necesario ir adaptando todo nuestro ser a las divinas exigencias, ir perfeccionando esa mutua posesión. Si es nuestro huésped, nosotros debemos ser su morada. No abandonarlo, vivir con El, vivir siempre en su presencia.
    Esta presencia del Espíritu Santo en el fondo es amor. Vivimos en El si lo amamos, si El es nuestro huésped es porque nos ama. “Habita en nosotros por la Caridad ". Cuando el amor no ha llegado a su plenitud, cuando los ojos no ven por todas partes al amado, ni el pensamiento vuela hacia el, ni el corazón descansa hasta poseerlo y si se ha ido no para hasta volverlo a encontrar, el alma no ha llegado a su perfecto desarrollo. Otros afectos disputan el verdadero dominio del alma.
    Para alcanzar la vida intima con el Espíritu Santo no hay más que un medio: El Amor. Para atender al huésped divino, hay que arrancar todos los ídolos, arrojar todos los demás huéspedes del alma, hay que inmolarle todo el ganado de nuestros afectos. El Espíritu Santo es tan grande que solo cabe en un corazón vacío. Cuando Dios quiere henchir con su grandeza un corazón, es preciso ungirlo con su Amor. Es indispensable que ofrezca en holocausto todos los afectos humanos. La plenitud de posesión a la que el Espíritu Santo aspira exige este vacío para constituirla en la profunda y deliciosa soledad que prepara la Unión.
    Pero el Espíritu Santo solo destruye para construir, vacía para llenar, mata para dar vida, arranca los humanos afectos para henchir el alma con los divinos. Nuestro principal deber para con el Espíritu santo no es adaptar todo nuestro ser a sus divinas exigencias: Nuestro amor a su amor, nuestra actividad a sus Dones, nuestros esfuerzos a su acción, sino estar con El y dejar que El haga en nosotros su obra.
    Las Virtudes Teologales que El infunde en nuestras almas en el día de nuestro Bautismo: la Fe, la  Esperanza y principalmente la Caridad nos permiten vivir en intimidad con Dios. La Caridad es el fundamento de la mutua posesión de Dios y del alma. Los 7 Dones del Espíritu Santo son las capacidades divinas que hacen a nuestras facultades aptas para recibir la moción del Espíritu.
    Porque la verdadera devoción al Espíritu Santo es el amor del alma que corresponde al Amor de Dios. El don de la criatura que se esfuerza por agradecer el DON divino. La cooperación humana a la eficacísima acción divina, corresponde al alma estar siempre abierta al Amor, siempre dispuesta para recibir el DON de Dios, siempre dóciles sus facultades para seguir la divina acción.
    Esa cooperación libre, amorosa a su divino influjo es la verdadera devoción al Espíritu santo y se inicia por una verdadera consagración a El, ratificando su voluntad de consagrarse a Dios.
    Todo cristiano esta consagrado a El. Todo Bautizado es templo del Espíritu Santo, pero muy pocos son conscientes de esta realidad. Muy pocos han hecho suyas las promesas que sus padres expresaron en el día de su bautismoPor eso la consagración personal, voluntaria, amorosa de cada uno de nosotros al Espíritu santo es el inicio de una nueva vida en su amor. La consagración al Espíritu Santo debe ser total, nada debe sustraerse a su amorosa posesión. No es algo superficial e intermitente, sino profundo y constante como la vida cristiana.
    Que exprese la sincera promesa de que en la vida entera se cumplirá. Que sea el principio de una nueva vida, porque consagración significa entrega total, definitiva y perpetua de una cosa para que este destinada a ese uso o servicio que se le ha señalado. Como un templo que se le ofrece y se le consagra a Dios y solo puede usarse para una cosa: Glorificar a Dios.
    La consagración al Espíritu Santo es la ratificación de las promesas del Bautismo. La aceptación libre y amorosa de la Vida que Dios infundio en nuestras almas al recibirnos la Iglesia en su seno maternal. Debe ser total porque su divino dominio así lo exige, porque nuestro amor le da la posesión de todo lo que nos pertenece. Debe ser definitiva y para siempre. Que en medio de las vicisitudes humanas nuestro amor no se extinga, levante su llama hacia el amor infinito.
    La vida cristiana es conservar siempre santo, siempre habitado por Dios y lleno de su gloria el templo dedicado al Señor. La devoción al Espíritu Santo es la vida cristiana comprendida a fondo, tomada en serio, practicada con sinceridad, e íntimamente gustada. Es comprender la augusta dignidad del cristiano, su misión, sus deberes quizá arduos pero llenos de consuelos. Es ser fieles a los compromisos del bautismo, y siéndolo ponerse en el camino de la perfección a la que debe aspirar  todo cristiano. Buscar como Jesús el ideal de sus actos en el seno del Padre, La norma suprema de su vida en la voluntad del Padre. Su único anhelo la gloria del Padre.

El Amor es el motor de la Iglesia y de los sacramentos; es el Amor el que engendró en el PADRE a los Sacerdotes.
El Amor forma a los sacerdotes, que sí fueron engendrados desde la eternidad en el entendimiento del Padre, nacieron a impulsos de los latidos amoroso y dolorosos de mi Corazón en la Cruz, y consumados en su fin y en su principio por el Amor.
Sólo el Espíritu Santo transforma, regenera, hermosea y llena de gracia a las almas, pero naturalmente para esta forma y reforme necesita la voluntad plena del sacerdote, el abandono amoroso y confiado en sus manos; y en su voluntad misma, el deseo vivo y ardiente de transformarse en Mi.
Necesita el  Espíritu Santo, Espíritu delicadisimo y santísimo, la cooperación del alma y la ejecución de sus santas inspiraciones.
Por derecho pues le pertenecen al Espíritu Santo, que desde la eternidad le deben favores inauditos y gracias  estupendas que muy pocos le agradecen.
¿Quien cuido de su vocación, hasta conducirlos al altar?

¿Quien los ha sostenido antes y después en sus luchas internas que solo Yo veo, y quien los ha elevado a la altura de su vocación y les ha dado la victoria?.

Y sólo cuando la voluntad humana se ha revelado contra Él, el Espíritu Santo ha tenido que ceder el campo al enemigo, con gemidos inenarrables, pero pronto a volver a tomar posición de lo suyo en el memento en que humildemente lo invoquen por el arrepentimiento.

El sacerdote por sus virtudes, por su fraternidad conmigo, debe transformarse en Mi, imitándome como hombre (lo que con mi cooperación alcanzara); y entonces no solo alcanzará a convertirse en Mi, hombre, sino en Mi, Dios hombre, participando más que nadie de lo divino que hay en Mi; y por esto solo, solo por esto, agradará a mi Padre, glorificara a mi Padre, por lo divino que ha recibido de MI ( recibiéndolo Yo antes de mi Padre).

Si el sacerdote tiene tan alto origen - nada menos que en el seno amoroso de la Trinidad - tiene el deber ineludible de asemejarse a la Trinidad, muy principalmente en la unidad.
Y como la Iglesia ha sido creada para el, por la Trinidad, en ella debe aspirar y beber la unidad, simplificándose en mi voluntad manifestada por los superiores, es decir, por el Papa y los Obispos de quienes el sacerdote depende.
Al Padre debe el sacerdote imitarlo siendo padre, en su purísima fecundidad y caridad con las almas, con todas las cualidades de un padre, y del Padre que esta en los cielos, en cuyo entendimiento fue engendrado.


Debe imitar al Hijo que soy Yo, el Verbo hecho hombre y transformarse en Mi, que es más que imitarme: siendo otro Yo en la tierra, sólo para glorificar al Padre en cada acto de su vida y darle almas para el cielo.



LA  DONACIÓN SALVIFICA DE DIOS POR EL ESPÍRITU SANTO.

El discurso de despedida de Cristo durante la Cena  pascual se refiere particularmente a este  " dar " y    "darse" del Espíritu Santo. En el Evangelio de Juan se descubre la  " lógica " más profunda del misterio salvífico contenido en el designio eterno de Dios como expansión de la inefable comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es la " lógica divina ", que del misterio de la Trinidad lleva al misterio de la Redención del mundo por medio de Jesucristo.
La redención realizada por Cristo a través de la Cruz y Resurrección es según el designio divino, condición indispensable del " envío " y de la venida del Espíritu Santo que da inicio a la nueva comunicación salvifica por el Espíritu Santo. El nuevo inicio de la comunicación de Dios al hombre por el Espíritu Santo. 
El Espíritu Santo es el Espíritu del Padre. Es al mismo tiempo el Espíritu el Hijo: El Espíritu de Jesucristo que viene a costa de la Cruz redentora y por la fuerza de todo el misterio pascual de Jesucristo para estar con la Iglesia y en la Iglesia y,  por medio de ella en el mundo.
De este modo se realiza definitivamente aquel nuevo inicio de la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo por obra de Jesucristo, Redentor del Hombre y del mundo.

Juan Pablo II. Enc. " Dominum et Vivificantem."  11 y  14.


CRISTO EL UNGIDO DEL ESPÍRITU DE DIOS.

El Mesías, es el único gran Ungido por Dios mismo. Es el Ungido en el sentido de que posee la plenitud del Espíritu de Dios.  El mismo será también el mediador al conceder este Espíritu a todo el Pueblo. En efecto, dice el Profeta con estas palabras: " El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido el Señor. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos;  a pregonar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad;  a pregonar el año de gracia del Señor " *
El Ungido es también enviado  "con el Espíritu del Señor”.
El profeta presenta al Mesías como aquél que viene por el Espíritu Santo, como aquél que posee la plenitud del Espíritu en sí  y, al mismo tiempo,  para los demás,  para  Israel, para todas las naciones y para toda la humanidad.
La plenitud  del Espíritu de Dios está acompañada de múltiples dones, los de la salvación, destinados de modo particular a los pobres y a los que sufren, a todos los que abren su corazón a estos dones, a veces mediante las dolorosas experiencias de su propia existencia, pero ante todo con aquella disponibilidad interior que viene de la fe.

* Is.  61. 1s.
Juan Pablo II. Enc.: " Dominum et vivificantem ". 15.


CRISTO Y EL GOZO DEL ESPÍRITU.

Después del regreso de los setenta y dos discípulos de la misión confiada por el Maestro, mientras llenos de gozo narraban los frutos de su trabajo,  en aquel momento, se lleno de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo:  " Yo te bendigo Padre,  Señor del cielo y de la tierra,  porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños ". Y a sus discípulos: “ No os alegréis de que hasta los demonios se os someten, gozaos mas bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo."
Lo que en la teofanía del Jordán vino en cierto modo " desde fuera ", desde lo alto,  aquí proviene " desde dentro ", es decir, desde las profundidades de lo que es Jesús. Es otra revelación del Padre y del Hijo, unidos en el Espíritu Santo.
Jesús habla  solamente de la paternidad de Dios y de su propia filiación; no habla directamente del Espíritu que es amor, y,  por tanto, unión del Padre y del Hijo. Sin embargo, lo que dice del Padre y de sí como Hijo brota de la plenitud del Espíritu que está en El  y que se derrama en su corazón,  penetra su mismo  yo, inspira y vivifica profundamente su acción. De ahí aquel  " gozarse en el Espíritu Santo”.
Se da así, una particular manifestación y exaltación, que es propia del Hijo del Hombre, de Cristo Mesías, cuya humanidad pertenece a la persona del Hijo de Dios, substancialmente uno con el Espíritu Santo en la divinidad.
Lc.  10, 17 - 21.
Juan Pablo II. Enc.: " Dominum et vivificantem ". 20.


CRISTO RESUCITADO Y EL ESPÍRITU SANTO.

Hemos dicho que en el culmen del misterio pascual, el Espíritu Santo es revelado definitivamente  y hecho presente de un modo nuevo.  Cristo resucitado dice a los apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo”. Estas palabras de Cristo constituyen el cumplimento de las promesas y los anuncios del discurso del Cenáculo.
Puede decirse,  por consiguiente, que la  "elevación"  mesiánica de Cristo por el Espíritu Santo alcanza su culmen en la Resurrección, en la cuál se revela también como Hijo de Dios, " lleno de poder”.
Y este poder, cuyas fuentes brotan de la inescrutable Comunión trinitaria, se manifiesta ante todo en el hecho de que Cristo resucitado, si por una parte realiza la promesa de Dios expresada ya por boca del profeta: " Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo,... mi espíritu " *, por otra cumple su misma promesa hecha a los apóstoles con las palabras: “Si me voy, os lo enviaré”. *
Es él: el Espíritu de la verdad, el Paráclito enviado por Cristo resucitado para transformarnos en su misma imagen de resucitado.
En la comunión de gracia con la Trinidad se dilata  "el área vital" del hombre,  elevada a nivel sobrenatural por la vida divina. El hombre vive en Dios y de Dios: “ vive según el Espíritu "  y  " desea lo espiritual ".
* Ez. 36, 26s  Cfr. Jn 7, 37-39; 19, 34.  * Jn. 16, 7.
Juan Pablo II. Enc.:  " Dominum et vivificantem ". 24.


ENSEÑANZAS Y  PROMESA DE JESÚS EN SU DESPEDIDA.

“Yo soy el camino, la verdad y la vida";  nadie puede llegar al Padre sino por Mí... Yo soy la cepa de la viña.  Aquel que se queda conmigo y en quien Yo permanezco da muchos frutos. Pero quien de mi se separa, es como sarmiento seco que se arroja al fuego.
Necesidad  y poder de la fe: "Creed bajo mi palabra que Yo estoy en el Padre y  que el Padre está en mí "... En verdad os digo, que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre os lo dará.
Y sobre todo aquella obligación de amor;  tan fuerte y  tan bella que en eso reconocían los paganos a los primeros cristianos: "Amaos como Yo os he amado".
Persecuciones: Acordaos de mi palabra: "el servidor no es mejor que el amo". Si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros. " ¡Valor! ¡Yo he vencido al mundo! ¡Ánimo!, ¡Yo no os dejaré huérfanos. No hay mayor más grande que el de dar la propia vida por los amigos. Mi paz os dejo, mi paz os doy.  Un poco de tiempo más y  ya no me veréis; otro poco de tiempo y me volveréis a ver.
Promesa del Espíritu: Yo os enviaré al Espíritu Santo que os hará perfectamente comprensibles todas las cosas. Él iluminará las almas con su claridad y completará con el amor vuestro conocimiento. Él os enseñará todas las cosas y os repetirá cuanto yo os he dicho. Él os guiara en toda verdad.


LA CRUZ Y EL ESPÍRITU SANTO.

“Mucho podría deciros aún, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga el Espíritu de verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará de lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. *
Con estas palabras Jesús presenta al Paráclito. El Espíritu de la verdad, como el que " enseñará "  y           " recordará  ",  como el que " dará testimonio " de él;  luego dice: " Os guiará hasta la verdad completa”.
Este " guiar hasta la verdad completa ", lo hace con referencia a lo que dijo a los apóstoles  " pero ahora no podéis con ello ", está necesariamente relacionado CON EL ANONADAMIENTO DE CRISTO por medio de la pasión y muerte de Cruz, que entonces, cuando pronunciaba estas palabras, era inminente.
Después,  sin embargo, resulta claro que aquel  " guiar hasta la verdad completa ",  se refiere también, además del escándalo de la cruz, a todo lo que Cristo " hizo y enseñó”. * 

* Jn. 16, 12s  * Act. 1,1.


SUFRIMIENTO Y AMOR SALVIFICO.

En el hombre la misericordia implica dolor y compasión por las miserias del prójimo.
En Dios, el Espíritu-amor cambia la dimensión del pecado humano en una nueva dádiva de amor salvífico.
De él, en unidad con el Padre y el Hijo, nace la economía DE LA SALVACIÓN, que llena la historia del hombre con los dones de la Redención.
El Espíritu Santo, como amor y don, desciende, en cierto modo, al centro mismo del sacrificio que se ofrece en la Cruz.
Si el pecado, al rechazar el amor, ha engendrado el " sufrimiento " del hombre que en cierta manera se ha volcado sobre toda la creación *,  el Espíritu Santo entrará en el sufrimiento cósmico con una nueva dádiva de amor, que redimirá al mundo.
En boca de Jesús  Redentor, en cuya humanidad se verifica el " sufrimiento " de Dios, resonará una palabra en la que se manifiesta el amor eterno, lleno de misericordia: " Siento compasión”.
El pecado es vencido por el sacrificio del Cordero de Dios, que se ha hecho hasta la muerte " el siervo obediente " que, reparando la desobediencia del hombre,  realiza la redención del mundo.
Cf. Rom. 8. 20 - 22.
Juan Pablo II. Enc.:  " Dominum et vivificantem ". 39


AMOR Y DOLOR REDENTOR.

El Hijo de Dios, Jesucristo como hombre, en la ferviente oración de su pasión, permitió al Espíritu Santo, que ya había impregnado íntimamente su humanidad, transformarla en sacrificio perfecto mediante el acto de su muerte, como víctima de amor en la Cruz.
El solo ofreció este sacrificio. Como único sacerdote " se ofreció él mismo sin tacha a Dios ". * En su humanidad era digno de convertirse en este sacrificio, ya que él solo " era sin tacha ".
Pero lo ofreció " por el Espíritu Eterno ": lo que quiere decir que el Espíritu Santo actuó de manera especial en esta donación absoluta del Hijo del Hombre para transformar el sufrimiento en amor redentor.
El Espíritu Santo, como amor y don, desciende,  en cierto modo, al centro mismo del sacrificio que se ofrece en la Cruz.
Refiriéndonos a la tradición bíblica podemos decir: Él consuma este sacrificio con el fuego del amor, que une al Hijo con el Padre en la comunión trinitaria.
*  Heb. 9, 13s.


LA OBLACIÓN AMOROSA DE CRISTO.

En el sacrificio del Hijo del hombre el Espíritu Santo está presente y actúa del mismo modo con que actuaba en su concepción en su entrada al mundo, en su vida oculta y en su ministerio Público.
Según la Carta a los Hebreos, en el camino de su " partida " a través de Getsemaní y del Gólgota, el mismo Jesucristo en su humanidad se ha abierto totalmente a esta acción del Espíritu Paráclito,  que del sufrimiento hace brotar  el eterno amor salvifico.
Ha sido, por lo tanto, " escuchado por su actitud  reverente y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia”. *
De esta manera, dicha carta demuestra  cómo la humanidad sometida al pecado en los descendientes del primer Adán, en Jesucristo ha sido sometida perfectamente a Dios y unida a él y, al mismo tiempo está llena de misericordia hacia los hombres pecadores.
Se tiene así una NUEVA HUMANIDAD, que en Jesucristo por medio del sufrimiento de la cruz ha vuelto al amor, traicionado por Adán con su pecado.
Se ha convertido en la misma fuente de la dádiva originaria: en el Espíritu que " sondea las profundidades de Dios " y es amor y don.

* Heb 5, 7s.
Juan Pablo II. Enc.:  " Dominum et vivificantem ". 40.



EL REGALO DE JESÚS.

Muchos regalos muy grandes hemos recibido de Jesús:  Su santísima madre,  La Iglesia,  La Eucaristía,   los demás sacramentos,  pero hay un regalo por excelencia, UN DON DIVINO.  en el cuál todos los demás tienen su fuente. Su Santo Espíritu. El DON INCREADO que procede del Padre y del Hijo y que Jesús en cuanto hombre mereció para nosotros por su penosísima muerte y gloriosa resurrección.

Toda dádiva preciosa y todo don perfecto de arriba viene como que desciende del Padre de las luces. El inapreciable DON que el Verbo hecho carne, nuestro Salvador, mediador de la gracia y la verdad entre el Padre celestial y el género humano alcanzó para su mística Esposa,  ES SU PROPIO ESPÍRITU.   


Nuestro lugar con Dios está en su Hijo muy Amado, porque ha derramado en nosotros su Espíritu que nos engendra a la vida divina. "La  caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado".  Él es quien viene y purifica los corazones de los fieles, ilumina su entendimiento con la luz de la fe,  vive en las almas,  los hace sentir rectamente,  enciende en ellos el fuego de su amor,  los llena de consuelos sobrenaturales y  los excita a alcanzar toda clase de virtudes.


AMOR Y DOLOR REDENTOR.

El Espíritu Santo, que recibe del Hijo la obra de la Redención del mundo, recibe con ello mismo la tarea salvífica de " convencer al mundo en lo referente al pecado ".
Este convencer se refiere constantemente  a la " justicia ", es decir a la salvación definitiva de Dios, el cumplimiento de la economía que tiene como centro a Cristo crucificado y glorificado.
Y esta economía salvífica de Dios sustrae, en cierto modo, al hombre del  " juicio ", o sea " de la condenación con que ha sido castigado el pecado de Satanás, Príncipe de este mundo, quien por razón de su pecado,  se ha convertido en  " dominador de este mundo tenebroso ".
Y he aquí que, mediante esta referencia al  " juicio ",  se abren amplios horizontes para la comprensión del  "pecado " así como de la " justicia ".
El Espíritu Santo, al mostrar en el marco de la cruz de Cristo  " el pecado " en la economía de la salvación podría decirse " el pecado salvado", hace comprender que su misión es la de convencer también en lo referente al pecado que ya ha sido juzgado definitivamente. ("el pecado condenado ").
Juan Pablo II. Enc.:  " Dominum et vivificantem ". 40.


RESPUESTA DE DIOS AL PECADO.
El Hijo de Dios, Jesucristo como hombre, en la ferviente oración de su pasión, permitió al Espíritu Santo, que ya había impregnado íntimamente su humanidad, transformarla en sacrificio perfecto mediante el acto de su muerte, como víctima de amor en la Cruz.
El solo ofreció este sacrificio. Como único sacerdote " se ofreció él mismo sin tacha a Dios ". * En su humanidad era digno de convertirse en este sacrificio, ya que él solo " era sin tacha ".
Pero lo ofreció " por el Espíritu Eterno ": lo que quiere decir que el Espíritu Santo actuó de manera especial en esta donación absoluta del Hijo del Hombre para transformar el sufrimiento en amor redentor.
Refiriéndonos a la tradición bíblica podemos decir: Él consuma este sacrificio con el fuego del amor, que une al Hijo con el Padre en la comunión trinitaria.
*  Heb. 9, 13s.
Juan Pablo II. Enc.:  " Dominum et vivificantem ". 40



CONVERSIÓN Y ESPÍRITU SANTO.

La conversión exige la convicción del pecado, contiene en si el juicio interior de la conciencia, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor:  " Recibid el Espíritu Santo " *
Así pues en este " convencer en lo referente al pecado " descubrimos una doble dádiva:  el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención.
El Espíritu de la Verdad es el Paráclito...  Sin embargo, de esta verdad inefable nadie puede " convencer
al mundo ", al hombre y a la conciencia humana si no es el Espíritu de la verdad.
Es el Espíritu que  " sondea hasta las profundidades de Dios " *. Ante el misterio del pecado se deben sondear totalmente  " las profundidades de Dios ". No basta sondear la conciencia humana, como misterio íntimo del hombre, sino que se debe penetrar en el misterio íntimo de Dios, en aquellas " profundidades de Dios " que se resumen en la síntesis: al Padre, en el Hijo, por medio del Espíritu Santo. Es precisamente el Espíritu Santo que las " sondea " y de ellas saca la respuesta de Dios al pecado del hombre.

* Jn.  20, 22.   * Cf. 1a. Cor. 2, 10.
Juan Pablo II. Enc.:  " Dominum et vivificantem ". 42




EL PECADO DEL MUNDO.
Cuando Jesús, la víspera de la Pascua, habla del Espíritu Santo, que " convencerá al mundo en lo referente al pecado ",  por un lado se debe dar a esta afirmación el alcance lo más amplio posible, porque comprende el conjunto de los pecados de la historia de la humanidad.
Por otro lado, sin embargo,  cuando Jesús explica que este pecado consiste en el hecho de que  " no creen en  El ", este alcance parece reducirse a los que rechazaron la misión mesiánica del Hijo del Hombre, condenándole a la muerte de cruz.
Pero es difícil no advertir que este aspecto más " reducido " e históricamente preciso del significado del pecado  se extiende hasta sumir un alcance universal por la universalidad de la redención, que se ha realizado por medio de la Cruz. La revelación del misterio de la Redención abre al camino a una comprensión en la que cada pecado, realizado en cualquier lugar y momento hace referencia a la cruz de Cristo y por tanto, indirectamente también al pecado de quienes  " no han creído en El ", condenando a Jesucristo a la muerte de Cruz.

Juan Pablo II. Enc.:  " Dominum et vivificantem ". 44.


VERDADERA DIMENSIÓN DEL PECADO.
El " convencer " es demostrar el mal del pecado, de todo pecado en relación con la Cruz de Cristo.
El pecado, presentado en esta relación, es reconocido en la dimensión completa del mal,  que le es característica por el " misterio de la impiedad " que contiene y encierra en sí. *
El hombre  no conoce esta dimensión, - no la conoce absolutamente - fuera de la Cruz de Cristo.
Por consiguiente, no puede ser " convencido " de ello sino por el Espíritu Santo: Espíritu de verdad y a la vez Paráclito. En efecto, el pecado, puesto en relación con la Cruz de Cristo, al mismo tiempo es identificado por la plena dimensión del " misterio de piedad " *, como ha señalado la Exhortación Apostólica postsinodal  "Recociliatio et paenitentia". El hombre tampoco conoce absolutamente esta dimensión  (de piedad) del pecado fuera de la Cruz de Cristo.
* Cf. 2 Tes. 2, 7.
Juan Pablo II. Enc.:  " Dominum et vivificantem ". 45.


EL SUPREMO CONSOLADOR.
El dispensador oculto de esa fuerza salvadora es el Espíritu Santo, que es llamado por la Iglesia " luz de las conciencias ", el cuál penetra y llena " lo más íntimo de los corazones humanos ".
La fatiga del corazón humano y la fatiga de la conciencia, donde se realiza esta  " metanoia " o conversión, es el reflejo de aquel proceso mediante el cuál la reprobación se transforma en amor salvífico, que sabe sufrir. Mediante esta conversión en el Espíritu Santo, el hombre se abre al perdón y a la remisión de los pecados.
Y todo este dinamismo de la  conversión-remisión se confirma la verdad de lo escrito por San Agustín sobre el misterio del hombre, al comentar las palabras del Salmo: " Abismo que llama al abismo ".


Precisamente en ésta " abismal profundidad " del hombre y de la conciencia humana se realiza la misión del Hijo y del Espíritu Santo.  El  Espíritu viene en cada caso concreto de conversión-remisión, en virtud del sacrificio de la Cruz.  Pues por él,  " la sangre de Cristo... purifica nuestra conciencia de las obras muertas para rendir culto a Dios vivo. *
Se cumplen así las palabras sobre el Espíritu Santo como " otro Paráclito ", palabras dirigidas a los apóstoles en el cenáculo e indirectamente a todos: " Vosotros lo conocéis, porque mora en vosotros ". *
* Cf. Heb. 9, 14.   *  Jn. 14, 17.
Juan Pablo II. Enc.:  " Dominum et vivificantem ". 45.


EL BAUTISMO Y  LA NOVEDAD CRISTIANA.

El bautismo nos engendra a la condición de hijos de Dios, nos une a Cristo y a su cuerpo, que es la Iglesia. Nos une el Espíritu Santo, constituyéndonos Templo espiritual donde Dios habita.
Recordemos las palabras de Jesús a Nicodemo: " Es necesario renacer ". Ciertamente el bautismo es un nuevo nacimiento, una regeneración. Por el bautismo somos hechos hijos de Dios en su Hijo Unigénito. Con Jesús podemos escuchar a orillas del Jordán: " Tu eres mi hijo amado, en tí me complazco. *
Por el bautismo, somos " revestidos de Cristo ", formando un sólo cuerpo con Cristo Jesús por el vínculo amoroso del Espíritu, y la realidad simbolizada por " la vid y los sarmientos "  *
Somos, por el bautismo, " piedras vivas " de la edificación de Dios y la piedra angular es Jesucristo. *
por la unción del Espíritu Santo,  LOS BAUTIZADOS SON CONSAGRADOS COMO CASA ESPIRITUAL, pudiendo repetir todo bautizado " El Espíritu del Señor está sobre mí".

* Lc. 3, 22.  * Gl. 3, 27;  Col.  3, 9-10; Rm. 12, 5;  Jr. 17, 21; Jn. 15, 5.
* 1 P 2, 5.  * L. G. 10

LLAMADOS A LA SANTIDAD.

El Espíritu que en el mismo instante de la Encarnación del Hijo de Dios, santificó la naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María, es el mismo Espíritu que vive y obra en la Iglesia, con el fin de comunicarle la santidad del Hijo de Dios hecho hombre.
Todos los fieles laicos y sacerdotes, han recibido por medio de Jesucristo, esta primera llamada del Espíritu a la Santidad de Vida. La común dignidad bautismal exige a todos y cada uno de los bautizados la santidad en  el  seguimiento  y la imitación de Cristo cada uno en su propio campo.
Los Apóstoles ejerciendo en la caridad su ministerio profético y  sacerdotal,  evangelizando,  rigiendo  y santificando a su pueblo para la edificación del Cuerpo de Cristo. Los fieles laicos deben santificarse en su inserción en el mundo,  en su participación en las actividades terrenas haciendo todo en el nombre del
Señor Jesús,  y movidos por la caridad ser en el mundo, y  llevar las realidades terrenas al nivel debido de justicia, de honradez y de equilibrio,  infundiendo en ellas aquel amor que solo en Cristo tiene el origen y el modelo. No pueden cerrarse sobre si mismos, aislándose espiritualmente de la comunidad.  El Espíritu Santo les confiere como a los demás  múltiples carismas que deben vivir en continuo intercambio con los demás. 



AMOR AL ESPÍRITU SANTO.
    Amar al Espíritu Santo es dejarse poseer por El con docilidad suma, con pureza perfecta, con absoluta abnegación.
    Pero el dejarse poseer es solo una fase del amor, la otra también esencial es poseer. Poseer y dejarse poseer es toda la esencia del amor, expresada en estas dos palabras insondables: tuyo, mío. “Mi amado para mi y yo para El ".
    Así lo expreso Jesús en su maravillosa oración al Padre: " Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío”. Así lo expreso en la última cena en su anhelo supremo de mar a los hombres: " Yo en ellos y Tu en Mi, para que sean consumados en la unidad”. Ni puede uno dejarse poseer sin poseer también, pues estos dos aspectos del amor que separa la imperfección de nuestra inteligencia, son la realidad "única del amor.
    Amar al Espíritu Santo, es pues, dejarse poseer por El, pero también poseerlo, porque El es no solo el director de nuestra vida, sino también el Don de Dios, nuestro DON.
    Poseer al Amor es amarlo, dejarse penetrar por su fuego y arder en el. Participar del amor que de El procede de tal manera que por la gracia no solo puede el alma gozar libremente del don creado, sino también gozar de la misma Persona divina. Este gozo se realiza cuando el alma, de tal manera se hace participe del Verbo divino y del Amor que de El procede que puede conocer a Dios y amarlo rectamente.
    Sin duda esta posesión tiene grados. Basta el menor grado de Caridad para poseer al Espíritu Santo, porque El y la Caridad son inseparables. Solamente el Espíritu Santo puede infundir en nosotros la Caridad y con "el amor creado" se nos da El mismo: " La Caridad de Dios se ha difundido en nosotros por el Espíritu Santo que se nos da”.
    De suerte que el principio y el germen de la Caridad es el Espíritu Santo. Cuanto mas crece en el alma la Caridad, tanto mas crece en ella esta dichosa posesión del DON de Dios. Cuando el alma es movida totalmente por el Espíritu Santo, ya no es ella la que se mueve a si misma, sino que es el Espíritu Santo quien la mueve y ella obra bajo el impulso divino. En este de amor que llamamos pasivo, puede decirse que es más del Espíritu Santo que del alma. Que el Espíritu Santo ama en el alma y que el alma ama con el Espíritu Santo, sobretodo cuando este amor  ha llegado a su perfección.
    El Espíritu Santo es el soplo divino que nos arrastra a Dios. El fuego sagrado que nos transforma en fuego. El artista divino que nos transforma en Jesús.
La Caridad es el fuego divino que abraza al alma, pero el Espíritu Santo es el principio que produce ese fuego, y es su término dichoso. Al principio no arde el alma totalmente, porque necesita purificarse para que el fuego divino la penetre y posea con toda perfección. Poco a poco va ardiendo, va amando más profundamente y llega a ser tan perfecta esta posesión divina que esta se diviniza. Su amor adquiere todas las características participadas del Amor Infinito.
    Diríase que trocada en fuego, en amor, arde con el fuego de Dios, ama con el Espíritu Santo, porque este divino espíritu la mueve para amar tan intima y plenamente a Dios, que aquel amor se atribuye con toda verdad al Espíritu Santo.  El Espíritu de Dios ama en el alma, el alma ama con el Espíritu Santo rectamente. Y esa dichosa libertad y esa santa rectitud son consecuencia de esa maravillosa unidad que en cierto sentido se ha realizado entre el alma y el Espíritu Santo.



COOPERACIÓN  A SU OBRA TRANSFORMADORA.

    Para alcanzar esta docilidad a las mociones del Espíritu Santo es necesario que el alma este tan recogida y silenciosa que pueda escuchar la voz del Espíritu. Tan llena de pureza y de luz que perciba el sentido de la divina inspiración, Tan rendida a la Voluntad de Dios que la abrace sin vacilar. Tan abnegada que la ejecute sin detenerse ante ninguna sacrificio. Que no se apoye en la tierra. Que resplandezca con la luz de la pureza, Que sobre el símbolo de todos los dolores arda con llamas celestiales el amor abandonado a todos los sacrificios. Silencio, pureza, abandono, Cruz.
    El amor produce silencio y recogimiento porque pone el alma en soledad, porque concentra todas las actividades y todos los deseos en al amado.
Para tener el sentido de lo divino el ama debe ser pura en sus dos sentidos: En el sentido negativo por el alejamiento de lo terrenoen el sentido positivo por su acercamiento a Dios. Descubrir a Jesús donde El se esconda, abandono a las disposiciones y a la actividad del amado, identidad de sentimientos, unidad de voluntades, tendencias y afectos,
    Comparamos al Espíritu Santo con un artista que infunde en la materia su ideal, pero la materia es inerte, no pude conocer la transformación que en ella se va a realizar ni sospecha la forma artística de que se va a revestir, ni ama la belleza que va a recibir, ni puede cooperar a la acción del escultor. El alma, empero, sobre la que trabaja el Espíritu Santo, tiene conocimiento y amor, y puede recibir de Dios la revelación de sus designios, puede amarlos con la fuerza increíble del Amor de Dios, y puede ser instrumento inteligente y libre en las manos de Dios para su propia transformación.  El alma sabe que va a ser Jesús y ama a ese Jesús que va a unirse con ella, y no solo se deja desgarrar y pulir por el cincel del Espíritu Santo, sino que ella misma se despoja de cuanto puede impedir su divina transformación y pone a disposición del Artista Divino su amor y libre voluntad de inmolación.
    El alma debe conocer el Ideal del Espíritu Santo de la manera mas clara y precisa que le sea posible.  Debe conocer lo que busca para que no camine al acaso, para que no luche al azar, para que no azote el aire inútilmente.  El Ideal es Jesús. Jesús es la Luz que guía con su doctrina salvadora. Es el Camino por sus divinos ejemplos. Y la Vida verdadera que introduce en el océano de la Vida Infinita. Por Jesús se va al Padre y allá nos conduce el Espíritu Santo al comunicarnos su propia dirección: Viene del Padre y del Hijo y hacia esas Personas se encamina arrastrando consigo a las almas.
    Todos debemos reproducir a Jesús, pero no todos de la misma manera. El Padre Celestial en su amoroso afán de ver reproducido a su Hijo, ha querido que cada alma lo reproduzca a su manera y que cada uno copie algunos de los rasgos de Jesús. Cada alma puede encontrar su ideal con la sencillez de su fe y la intuición de su amor.
    El Universo material también es reproducción del Verbo de Dios, pues en cada criatura brilla la semejanza con ese Ideal único del Padre, pero en el orden sobrenatural, las almas reproducen ya no la semejanza, sino la imagen del Verbo Encarnado. Todas las almas tienen su misión precisa en el Cuerpo Místico de Jesús y su camino para lograrlo, necesitan sin duda instruirse y ser bien dirigidas, pero sobretodo ser dóciles a la íntima dirección del Espíritu Santo.
   
Sabemos bien que nuestra vida nueva hunde las raíces en el envío del Espíritu Santo y así también la misma identidad de la Iglesia y la vitalidad de su misión. En el gran “abrazo” de Pentecostés, la misma persona de Jesús, Resucitado y Ascendido al cielo, se hace presente, hasta el fin de los tiempos, en todos sus discípulos y, a través de ellos, por obra del mismo Espíritu, se dilata en un eterno respiro de misericordia. Para esta obra divina la realidad de la Persona y del Amor salvífico de Cristo no permanece “lejana”, como una cosa para imitar, pero fundamentalmente inaccesible, o como un “modelo ideal” al cual imitar pero sin poder alcanzarlo jamás; al contrario, llega a ser la raíz misma de nuestro ser, la nueva realidad en la cual vivimos, aquella fuerza de Amor que “habita” en nosotros y que pide, durante la peregrinación terrena, poder actuar en el mundo a través de nosotros.
Sabemos bien que todo esto, válido y actual para cada fiel, en virtud del Bautismo, toca particularmente a los sacerdotes, porque ellos, han sido introducidos, no por sus méritos, sino por gracia, a un tal “nivel del ser”, a una tal intimidad con el Señor, de llegar a ser partícipes del Amor de su Corazón, de su misma obra de salvación, tanto que, a través de ellos, sucede ahora realmente, para los hermanos, el encuentro con Cristo. Los sacerdotes han sido constituidos ministros de la misericordia divina, por lo tanto, servidores del Dios de Amor y compasión de Jesús.
Por esta razón el sacerdote, objeto de la misericordia, no podrá otra cosa que ser siempre “un hombre de la misericordia”.




EL REINO DE DIOS ESTA CERCA
YA VIENE
YA LLEGA SU PLENITUD POR MARÍA Y POR EL ESPÍRITU SANTO.


Todas las almas tienen su misión precisa en el Cuerpo Místico de Jesús y su camino para lograrlo, necesitan sin duda instruirse y ser bien dirigidas, pero sobretodo ser dóciles a la íntima dirección del Espíritu Santo.
    El Espíritu Santo infunde en las almas el amor a Jesús con aquel matiz que corresponde a los designios de Dios sobre ella, La orientación especial con que ha de reproducir a Jesús y participar de sus misterios. Con esa luz divina y con ese amor sobrehumano que de El procede, no será el mármol sin vida que únicamente se deja desgarrar por el Artista Divino, sino que cooperará con el Espíritu Santo para su propia transformación. Pondrá todo su empeño al servicio del Espíritu Santo. Arrancara de si todo cuanto se oponga a su transformación en Jesús y con los ojos fijos en el divino modelo y perfectamente dócil a  las divinas inspiraciones trabajará, sufrirá, hará esfuerzos constantes para alcanzar la inefable semejanza con Jesús.


CONSAGRACIÓN DE LOS SACERDOTES AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA

Madre Inmaculada, en este lugar de gracia, convocados por el amor de tu Hijo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, nosotros, hijos en el Hijo y sacerdotes suyos, nos consagramos a tu Corazón materno, para cumplir fielmente la voluntad del PadreSomos conscientes de que, sin Jesús, no podemos hacer nada (cfr. Jn 15,5) y de que, sólo por Él, con Él y en Él, seremos instrumentos de salvación para el mundo.

Esposa del Espíritu Santo, alcánzanos el don inestimable de la transformación en Cristo.
Por la misma potencia del Espíritu que, extendiendo su sombra sobre Ti, te hizo Madre del Salvador, ayúdanos para que Cristo, tu Hijo, nazca también en nosotros. Y, de este modo, la Iglesia pueda ser renovada por santos sacerdotes, transfigurados por la gracia de Aquel que hace nuevas todas las cosas. Madre de Misericordia, ha sido tu Hijo Jesús quien nos ha llamado
a ser como Él: luz del mundo y sal de la tierra (cfr. Mt 5,13-14).

Ayúdanos, con tu poderosa intercesión, a no desmerecer esta vocación sublime, a no ceder a nuestros egoísmos, ni a las lisonjas del mundo, ni a las tentaciones del Maligno. Presérvanos con tu pureza, custódianos con tu humildad y rodéanos con tu amor maternal, que se refleja en tantas almas consagradas a ti y que son para nosotros auténticas madres espirituales.

Madre de la Iglesia, nosotros, sacerdotes, queremos ser pastores que no se apacientan a sí mismos, sino que se entregan a Dios por los hermanos, encontrando la felicidad en esto. Queremos cada día repetir humildemente no sólo de palabra sino con la vida, nuestro “aquí estoy”.
Guiados por ti, queremos ser Apóstoles de la Divina Misericordia, llenos de gozo por poder celebrar diariamente el Santo Sacrificio del Altar y ofrecer a todos los que nos lo pidan el sacramento de la Reconciliación.

Abogada y Mediadora de la gracia, tu que estas unida a la única mediación universal de Cristo, pide a Dios, para nosotros, un corazón completamente renovado, que ame a Dios con todas sus fuerzas y sirva a la humanidad como tú lo hiciste.Repite al Señor esa eficaz palabra tuya:“no les queda vino” (Jn 2,3), para que el Padre y el Hijo derramen sobre nosotros, como una nueva efusión, el Espíritu Santo.

Lleno de admiración y de gratitud por tu presencia continua entre nosotros, en nombre de todos los sacerdotes, también yo quiero exclamar: “¿quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? (Lc 1,43)

Madre nuestra desde siempre, no te canses de “visitarnos”, consolarnos, sostenernos. Ven en nuestra ayuda y líbranos de todos los peligros que nos acechan. Con este acto de ofrecimiento y consagración, queremos acogerte de un modo más profundo y radical, para siempre y totalmente, en nuestra existencia humana y sacerdotal.


Que tu presencia haga reverdecer el desierto de nuestras soledades y brillar el sol en nuestras tinieblas, haga que torne la calma después de la tempestad, para que todo hombre vea la salvación del Señor, que tiene el nombre y el rostro de Jesús, reflejado en nuestros corazones, unidos para siempre al tuyo.



“Dios ama a su elegidos y los cuida”
 con un amor y una fidelidad que nunca falta.
No debemos olvidar que las predilecciones de Dios tienen este sello divino: Dada nuestra pequeñez en el orden natural y nuestra NADA en el orden de la gracia, sino al contrario: hasta donde puede llegar si se abandona a sus inclinaciones. La  predilección de Dios NO tienen su causa en la criatura, 
_Dios causa la bondad de la criatura preferida. Cristo esposo divino de la Iglesia es El que la embellece con su Gracia. 


Muy bien lo expresó la Santísima Virgen María en el Magnificat: “Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se llena de gozo en Dios mi Salvador...  Porque miró la pequeñez de su esclava, e hizo cosas grandes en Mi, el que es Todopoderoso y su misericordia se extiende de generación en generación a los que le temen. 


LUNES, 11 DE FEBRERO DE 2013:

 Precisamente porque pertenece a Cristo, el sacerdote está radicalmente al servicio de los hombres: es ministro de su salvación, de su felicidad, de su auténtica liberación, madurando, en esta aceptación progresiva de la voluntad de Cristo, en la oración, en el "estar unido de corazón" a él. Por tanto, esta es la condición imprescindible de todo anuncio, que conlleva la participación en el ofrecimiento sacramental de la Eucaristía y la obediencia dócil a la Iglesia.

 Ayúdame a estar cada vez más unido a tu voluntad. Ayúdame a vivir mi vida, no para mí mismo, sino junto a Ti para los otros. Ayúdame a ser cada vez más tu amigo.

 Que el Año sacerdotal impulse a todos los sacerdotes a identificarse totalmente con Jesús crucificado y resucitado, para que, imitando a san Juan Bautista, estemos dispuestos a "disminuir" para que él crezca; para que, siguiendo el ejemplo del cura de Ars, sientan de forma constante y profunda la responsabilidad de su misión, que es signo y presencia de la misericordia infinita de Dios. Encomendemos a la Virgen, Madre de la Iglesia, el Año sacerdotal recién comenzado y a todos los sacerdotes del mundo.




¿Qué hizo Jesús  en sus sacerdotes?
Una Configuración Ontológico-sacramental a Cristo Sacerdote. 
Otorgarles una Nueva identidad que es dada a aquel que es investido del Orden Sacerdotal: La Participación en su Único y eterno Sacerdocio. La Imitación de Cristo que esto implicaContinuar su dulce misión de Salvador, pero más que todo, imitar su vida interior: Amar, venerar, dar gusto al Padre y tener una sola voluntad con la suya. Aqui esta lo mas alto de la transformación. Un sacerdote necesita ser santo para santificar, estar poseído, compenetrado de mi Santo Espíritu. Y Cual es mi Espíritu sino el Espíritu Santo.

Estar unido a Jesús, identificado con El para poder continuar su misión:  El fin de la santificación de las almas es la gloria del Padre, la esencia de esa obra maravillosa es la transformación en Jesús.

Transformarse en Jesús es llevar grabada en el alma, con rasgos de luz divina la imagen de Jesús, Sabiduría Increada.

Pidan y ofrezcan todos sus sacrificios y dolores en Mi unión por el esplendor de mi Iglesia, en sus sacerdotes santos. Vendrá una reacción más fecunda en ella, por la transformación de sus sacerdotes en Mi, que abrirá nuevos horizontes de perfección a las almas por el Espíritu Santo.

“Quiero en mis sacerdotes la perfecta transformación en Mí para que su vida entera sea un acto de amor continuado a mi Padre Celestial, porque esa fue mi vida en la tierra y la que ellos deben continuar”.

Mi Padre entonces derramara muy abundantes bendiciones sobre la Iglesia, al contemplarme a Mí en los sacerdotes;  entonces se realizará aquel ideal preconcebido en mi mente divina eternamente, de la extensión del Verbo divino hecho hombre en su Iglesia, para la gloria de la Trinidad. Entonces los sacerdotes unificados en Mi, su Cabeza suprema, formaremos un solo sacerdote y seremos uno en la unidad de la Trinidad.


MIRADA.
Mi eterna mirada sobre los sacerdotes, mirada purísima de amor, de elección, los envolvió eternamente y abarcó no sólo a su alma predilecta, sino a miles de almas también, pues que cada sacerdote es cabeza de otras muchas almas.

Yo al mirar eternamente a un sacerdote vi en el un escuadrón
de almas por él engendradas con la fecundación del Padre, por el redimidas en unión de mis méritos, por el formadas santificadas y salvadas, que me darían gloria eternamente.

Esa mirada de la Trinidad, al engendrar en su mente un alma de sacerdote, producida en Mí por el Padre y el Espíritu Santo, ya abarcaba en el tiempo -por el concurso del sacerdote-, un mundo de otras almas que a su tiempo engendraría él espiritualmente en mi Iglesia para darme gloria.
Cada sacerdote, eternamente concebido en el Padre, tiene una especie de eterna generación unida al Verbo. No es cualquier cosa la vida de un sacerdote, tiene un origen espiritual y divino; tiene un germen del cielo, tiene concurso de la Trinidad; tiene algo de infinito procedente del Padre y de su fecundidad que comunica al sacerdote para que le de almas. Por eso es tan sublime tan santa, tan sobrehumana la vocación de un sacerdote y su misión en la tierra.

No hay idea en el mundo material ni en el intelectual de la grandeza de un sacerdote. Yo fui y soy el Sacerdote eterno, y como Yo vengo del Padre, los sacerdotes -hermanos míos- vienen también de ese Padre amado, y por el Espíritu Santo (que procede del Padre y del Hijo) son sublimados.

Toda la Trinidad concurre en la formación de un sacerdote, y no hay altura en el cielo y en la tierra, después de la Trinidad y de María, comparable con la del sacerdote.

Ya se verá si tiene por derecho, por consanguinidad -si cabe decirlo- con la Trinidad por sus inmensas prerrogativas, si tiene que ser santo.





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