sábado, 5 de octubre de 2013

VIVIR PARA DIOS



"Un amor para toda la vida"
 “La obra salvadora de Cristo, no se agota con su persona durante su vida terrena; ésta prosigue mediante la Iglesia, sacramento del amor y de la ternura de Dios hacia los hombres”

La Unidad, la Paz, la Evangelización, la vida y todo, es al mismo tiempo DON y Tarea. Don gratuito y generoso; tarea irreemplazable e ingente. Como don, recibirlo, agradecerlo, pedirlo; como tarea cumplirla, amarla, vivirla.


"El matrimonio no es solo un sacramento, es también una secuela de la creación".
Como el Padre esposó al Pueblo de Israel, así Cristo esposó a su pueblo.  
¡Cristo se casó con la Iglesia! Y no se puede entender a Cristo sin la Iglesia y no se puede entender a la Iglesia sin Cristo y sin la humanidad. Este es el gran misterio de la obra maestra de la Creación. 

Consejos prácticos para la oración
Marzo 24, 2014
P. Armando Garza Dávila S.J.*

La Cuaresma es un tiempo para prepararnos a vivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo
La Cuaresma es un tiempo para prepararnos a vivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y lo hacemos mediante algunas prácticas establecidas, como la mortificación, la oración y la caridad; sin embargo, cuando hablamos de oración, no nos referimos únicamente a la oración de petición -que siempre nos es necesaria para alcanzar gracias- sino al trato con Cristo, que constituye el centro de la vida cristiana.

Si la amistad con Cristo es grande, se trata y se comparte todo con Él: penas y gozos. ¿Pero cómo podemos iniciar una amistad así? Si bien no hay reglas establecidas, existen algunas acciones que nos permiten no sólo hablar con Cristo, sino también escucharlo.

Lo primero que debemos hacer es entrar en comunicación con Él, dándole un tiempo (no tacaño), como al mejor de los amigos. En esta Cuaresma, podemos hacerlo al menos tres veces al día: por las mañanas, por las noches, y alguna vez o más a lo largo del día.

Para iniciar esta comunicación, podemos utilizar algunas de las siguientes expresiones: “Aquí estoy Señor para hacer tu Voluntad” (Jesús a su Padre); “Soy la esclavita del Señor, quiero hacer su Voluntad” (La Virgen al Ángel); Señor, ¿qué quieres Tú que yo haga? (San Pablo a Jesús); “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (Profeta Samuel a Dios). Entonces sí, platica con Él todo y cada una de las cosas que ocurren en tu vida.

Dentro de nuestra oración también debemos procurar darnos tiempo para escuchar a Jesús. Algunas personas dirán: '¡pero Él no habla!'. A ello debemos responder que sí habla, y lo hace a través de Su Palabra (la Biblia), a través de cosas que nos pasan y personas que nos aman y nos aconsejan para bien, etc. En esta Cuaresma, queremos invitarte a escucharle particularmente a través de su Palabra Divina. Para ello, elige un texto bíblico -de preferencia relacionado con este tiempo litúrgico- y estúdialo detenidamente, despacio, de tal manera que, conforme avances, vayas experimentando la voz de Dios que resuena fuerte en tu corazón.

Por último, recordemos esta bella historia que nos puede servir para realizar nuestra oración diaria:

Una hija llamó al sacerdote para atender a su padre enfermo, sin previo aviso de éste último. El enfermo tenía una silla junto a su cama cuando entró el sacerdote en la habitación.

- ¿Quién es usted?, preguntó el enfermo.

- Soy el sacerdote. Pensé que me esperaba, pues vi la silla vacía a un costado de su cama.

- ¿La silla, Padre? Permítame contarle: Yo no sabía rezar, hasta hace unos cuatro años, cuando conversando con mi mejor amigo, me dijo: “José, esto de la oración es simplemente tener una conversación con Jesús. Así es como te sugiero que lo hagas: te sientas en una silla y pones otra silla vacía frente a ti; luego, con fe, miras a Jesús sentado delante de ti. No es algo alocado el hacerlo, pues Él nos dijo: ‘Yo estaré siempre con ustedes’. Por lo tanto, le hablas y lo escuchas de la misma manera como lo estás haciendo conmigo ahora”. Así lo hice una vez y me gustó tanto que lo he seguido haciendo unas dos horas diarias, desde entonces.
* Secretario Nacional del Apostolado de la Oración


La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. 

El Santo Padre explica que la pobreza de Cristo es su forma de amarnos. Él, siendo igual al Padre en poder y gloria, descendió para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). “El amor nos hace semejantes –señala el Papa Francisco–, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros”.
Antes de Jesús, convertirse significaba siembre “volver atrás”, (como indica el mismo término usado en hebreo, para indicar esta acción, o sea el término shub); significaba volver a la alianza violada, mediante una renovada observancia de la ley. Dice el Señor por boca del profeta Zacarías: “convertíos a mi […], volved de vuestro camino perverso” (Zc 1, 3-4; cfr. también Jr 8, 4- 5).Convertirse tiene por lo tanto un significado principalmente ascético, moral y penitencial que se actúa cambiando la conducta de la propia vida. La conversión es vista como condición para la salvación; el sentido es: convertíos y seréis salvados; convertíos y la salvación llegará a vosotros.
Este es el significado predominante que la palabra conversión tiene en los labios de Juan el Bautista (cfr. Lc 3, 4-6). Pero en la boca de Jesús este significado cambia: no porque Jesús se divertía cambiando el sentido de las palabras, sino porque con él cambió la realidad. El significado moral pasa a un segundo plano (al menos en el inicio de la predicación), respecto a un significado nuevo, hasta ahora desconocido. Convertirse no significa más volver hacia atrás; significa más bien hacer un salto hacia adelante y entrar mediante la fe en el Reino de Dios que vino en medio de los hombres. Convertirse es tomar la decisión llamada “decisión del momento” delante de la realización de las promesas de Dios.


 Estoy celoso de ustedes con celos de Dios, ya que los he desposado con un solo marido y los he entregado a Cristo como si fueran ustedes una virgen pura.
Y me da miedo que, como la serpiente engañó a Eva con su astucia, así extravíe el modo de pensar de ustedes y los aparte de la entrega sincera a Cristo. Porque si alguien viniera a predicarles un Cristo diferente del que yo les he predicado, o a comunicarles un Espíritu diferente del que han recibido, o un Evangelio diferente del que han aceptado, ciertamente ustedes le harían caso. Sin embargo, yo no me juzgo en nada inferior a esos “superapóstoles’’. Seré inculto en mis palabras, pero no en mis conocimientos, como se lo he demostrado a ustedes siempre y en presencia de todos.


San Pablo, en la carta a los romanos (3, 21 ss.), será el anunciador indómito de esta extraordinaria novedad evangélica, después que Jesús le hizo pasar esta experiencia dramática en su vida.Así recuerda el hecho que cambió el curso de su vida::
“Pero todo lo que hasta ahora consideraba una ganancia, [ser circunciso, judío, irreprensible por lo que se refiere a la observancia de la ley], lo tengo por pérdida, a causa de Cristo.Más aún, todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a él, no con mi propia justicia –la que procede de la Ley– sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe” (Flp 3, 7-9).
Por esto el Evangelio se llama Evangelio y es fuente de alegría. Nos habla de un Dios que, por pura gracia, ha venido a nuestro encuentro en su Hijo Jesús. Un Dios que “amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16).

Juan, en el Apocalipsis, repite a cada una de las siete iglesias el imperativo “convertíos” (metanoeson), donde el sentido inequívoco de la palabra es: ¡vuelve al fervor primitivo, sé vigilante, cumple las obras de antes, deja de acunarte en la ilusión de estar bien con Dios, sal de tu tibieza! (cfr. Ap 2-3).
En lo que respecta al tiempo, «sólo el Señor es dueño».
Del espíritu de la «curiosidad mundana» y de la ansiedad por conocer el futuro buscando adueñarse incluso de los proyectos de Dios alertó el Papa Francisco en la misa del jueves 14 de noviembre, por la mañana, en la capilla de la Casa de Santa Marta.
Cuidado con ilusionarse en ser dueños de nuestro tiempo. Se puede ser dueños del momento que estamos viviendo, pero el tiempo pertenece a Dios.  La oración, prosiguió el Pontífice, es necesaria para vivir bien este momento. En cambio, en lo que respecta al tiempo, «del cual sólo el Señor es dueño», nosotros —reafirmó el Pontífice— no podemos hacer nadaSegún el Papa «el espíritu de curiosidad no es un buen espíritu: es el espíritu de dispersión, de alejarse de Dios, el espíritu de hablar demasiado».
Así, el Pontífice propuso un pensamiento de Teresa del Niño Jesús, especialmente querida por él. «Santa Teresita» —recordó— «decía que ella debía detenerse siempre ante el espíritu de curiosidad. Cuando hablaba con otra religiosa y ésta le contaba una historia, algo de la familia, de la gente, y algunas veces pasaba a otro tema, ella tenía ganas de conocer el final de esa historia. Pero sentía que ese no era el espíritu de Dios, porque es un espíritu de dispersión, de curiosidad».


«¡Ay de los que se fían de Sión,... acostados en lechos de marfil!» (Am 6,1.4); comen, beben, cantan, se divierten y no se preocupan por los problemas de los demás.
Son duras estas palabras del profeta Amós, pero nos advierten de un peligro que todos corremos. ¿Qué es lo que denuncia este mensajero de Dios, lo que pone ante los ojos de sus contemporáneos y también ante los nuestros hoy? El riesgo de apoltronarse, de la comodidad, de la mundanidad en la vida y en el corazón, de concentrarnos en nuestro bienestar. Es la misma experiencia del rico del Evangelio, vestido con ropas lujosas y banqueteando cada día en abundancia; esto era importante para él. ¿Y el pobre que estaba a su puerta y no tenía para comer? No era asunto suyo, no tenía que ver con él. Si las cosas, el dinero, lo mundano se convierten en el centro de la vida, nos aferran, se apoderan de nosotros, perdemos nuestra propia identidad como hombres. Fíjense que el rico del Evangelio no tiene nombre, es simplemente «un rico». Las cosas, lo que posee, son su rostro, no tiene otro.

Pero intentemos preguntarnos: ¿Por qué sucede esto? ¿Cómo es posible que los hombres, tal vez también nosotros, caigamos en el peligro de encerrarnos, de poner nuestra seguridad en las cosas, que al final nos roban el rostro, nuestro rostro humano? Esto sucede cuando perdemos la memoria de Dios. “¡Ay de los que se fían de Sión!”, decía el profeta. Si falta la memoria de Dios, todo queda rebajado, todo queda en el yo, en mi bienestar. La vida, el mundo, los demás, pierden la consistencia, ya no cuentan nada, todo se reduce a una sola dimensión: el tener. Si perdemos la memoria de Dios, también nosotros perdemos la consistencia, también nosotros nos vaciamos, perdemos nuestro rostro como el rico del Evangelio. Quien corre en pos de la nada, él mismo se convierte en nada, dice otro gran profeta, Jeremías (cf. Jr 2,5). Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, no a imagen y semejanza de las cosas, de los ídolos.

«Lo que ha hecho Cristo en nosotros —prosiguió el Papa— es una re-creación; la sangre de Cristo nos ha re-creado; es una segunda creación. Y si antes toda nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestras costumbres estaban en el camino del pecado, de la iniquidad, después de esta re-creación debemos hacer el esfuerzo de caminar por el camino de la justicia, de la santificación.
«Antes, el acto de fe. Antes de la aceptación de Jesucristo que nos ha re-creado con su sangre estábamos en el camino de la injusticia; después, estamos en el camino de la santificación, pero debemos tomarla en serio». Lo peor que puede pasarnos es que perdamos la vida eterna.
 Ante todo adorar a Dios; y después «hacer lo que Jesús nos aconseja: ayudar a los demás, dar de comer a los hambrientos, dar agua a los sedientos, visitar a los enfermos, visitar a los presos. Estas obras son las obras que Jesús hizo en su vida, obras de justicia, obras de re-creación. Miradlo eneseñar, curar, buscar a la oveja perdida, dejender, perdonar, orar, llamar, enviar, reprender, corregir, transformar, señalar el veradero sentido, sacar de los errores, señalar el camino, ayudar a seguirlo, premiar los exitos, olvidar los fracasos, amar por los que no aman, adorar por los que no adoran, expiar las mas grandes cuolpas, morir por los que merecen la muerte, resucitar por todos y darnos la vida eterna.

2. EL HOMBRE DE LA MEMORIA DE DIOS

Entonces, mirándoles a ustedes, me pregunto: ¿Quién es el catequista? Es el que custodia y alimenta la memoria de Dios; la custodia en sí mismo y sabe despertarla en los demás. Qué bello es esto: hacer memoria de Dios, como la Virgen María que, ante la obra maravillosa de Dios en su vida, no piensa en el honor, el prestigio, la riqueza, no se cierra en sí misma. Por el contrario, tras recibir el anuncio del Ángel y haber concebido al Hijo de Dios, ¿qué es lo que hace? Se pone en camino, va donde su anciana pariente Isabel, también ella encinta, para ayudarla; y al encontrarse con ella, su primer gesto es hacer memoria del obrar de Dios, de la fidelidad de Dios en su vida, en la historia de su pueblo, en nuestra historia: «Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque ha mirado la humillación de su esclava... su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (cf.  Lc 1,46.48.50). María tiene memoria de Dios.

En este cántico de María está también la memoria de su historia personal, la historia de Dios con ella, su propia experiencia de fe. Y así es para cada uno de nosotros, para todo cristiano: la fe contiene precisamente la memoria de la historia de Dios con nosotros, la memoria del encuentro con Dios, que es el primero en moverse, que crea y salva, que nos transforma; la fe es memoria de su Palabra que inflama el corazón, de sus obras de salvación con las que nos da la vida, nos purifica, nos cura, nos alimenta. El catequista es precisamente un cristiano que pone esta memoria al servicio del anuncio; no para exhibirse, no para hablar de sí mismo, sino para hablar de Dios, de su amor y su fidelidad. Hablar y transmitir todo lo que Dios ha revelado, es decir, la doctrina en su totalidad, sin quitar ni añadir nada.

San Pablo recomienda a su discípulo y colaborador Timoteo sobre todo una cosa: Acuérdate, acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, a quien anuncio y por el que sufro (cf. 2 Tm 2,8-9). Pero el Apóstol puede decir esto porque él es el primero en acordarse de Cristo, que lo llamó cuando era un perseguidor de los cristianos, lo conquistó y transformó con su gracia.

El catequista, pues, es un cristiano que lleva consigo la memoria de Dios, se deja guiar por la memoria de Dios en toda su vida, y la sabe despertar en el corazón de los otros. Esto requiere esfuerzo. Compromete toda la vida. El mismo Catecismo, ¿qué es sino memoria de Dios, memoria de su actuar en la historia, de su haberse hecho cercano a nosotros en Cristo, presente en su Palabra, en los sacramentos, en su Iglesia, en su amor? Queridos catequistas, les pregunto: ¿Somos nosotros memoria de Dios? ¿Somos verdaderamente como centinelas que despiertan en los demás la memoria de Dios, que inflama el corazón?

3. «¡Ay de los que se fían de Sión», dice el profeta. ¿Qué camino se ha de seguir para no ser «superficiales», como los que ponen su confianza en sí mismos y en las cosas, sino hombres y mujeres de la memoria de Dios? En la segunda Lectura, san Pablo, dirigiéndose de nuevo a Timoteo, da algunas indicaciones que pueden marcar también el camino del catequista, nuestro camino: Tender a la justicia, a la piedad, a la fe, a la caridad, a la paciencia, a la mansedumbre (cf. 1 Tm 6,11).

El catequista es un hombre de la memoria de Dios si tiene una relación constante y vital con él y con el prójimo; si es hombre de fe, que se fía verdaderamente de Dios y pone en él su seguridad; si es hombre de caridad, de amor, que ve a todos como hermanos; si es hombre de «hypomoné», de paciencia, de perseverancia, que sabe hacer frente a las dificultades, las pruebas y los fracasos, con serenidad y esperanza en el Señor; si es hombre amable, capaz de comprensión y misericordia.  

Pidamos al Señor que todos seamos hombres y mujeres que custodian y alimentan la memoria de Dios en la propia vida y la saben despertar en el corazón de los demás. Amén.


Si sois pobres de espíritu, si sois mansos, si sois puros de corazón, si se sois misericordiosos... ¡Vosotros seréis la sal de la tierra y la luz del mundo! 


Amara a Dios y al projimo.

Hipocresía e idolatría «son pecados grandes» que tienen orígenes históricos, pero que todavía hoy se repiten con frecuencia, también entre los cristianos. Superarlos «es muy difícil»: para hacerlo «necesitamos de la gracia de Dios». Es la reflexión sugerida por el Papa Francisco de las lecturas de la misa que celebró el 15 de octubre.

«El Señor —recordó— nos ha dicho que el primer mandamiento es adorar a Dios, amar a Dios. El segundo es amar al prójimo como a uno mismo. Todos los bautizados somos discípulos misioneros y estamos llamados a convertirnos en un Evangelio vivo en el mundo: con una vida santa daremos "sabor" a los diferentes ambientes y los defenderemos de la corrupción, como hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo a través del testimonio de una caridad genuina.
Dos formas tenemos para conocer a Dios, la creación y la Sagrada Escritura. Y dos formas de amarlo, a El en si mismo y a El en nuestros hermanos.  Si para eso nos hizo Dios, para que lo amaramos. Si para eso vino Cristo a la tierra. Para que viéndolo fuéramos arrebatados al amor de las cosas invisibles. A infundirnos con sus méritos divinos, la semilla, el germen del amor .A purificarnos para enseñarnos la ciencia divina del amor. Fuego he venido a traer a la tierra, y que cosa quiero, sino que la tierra se abrace en el.
Si no entregamos nuestro corazón al Señor, sera preciso que busquemos alguna criatura que amar.
». La necesidad del hombre de adorar a Dios, que nace del hecho de llevar impresa dentro de nosotros su «huella», es tal «que si no existe el Dios viviente, estarán estos ídolos»Si tú no adoras a Dios, adoras a un ídolo, ¡siempre!. Quien no reza a Dios, reza al diablo. Y concluyendo, de modo casi provocador, el Papa pidió a todos que hicieran un examen de conciencia con la pregunta: «¿cuál es mi ídolo?».





 Foto: Reuters en español


1. La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos, para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años.

De la Homilía deS.E.R. MONS. CHRISTOPHE PIERRENuncio Apostólico en MéxicoCierre del Año Jubilar, por los 150 años de la Diócesis(Zamora, Mich., 8 de mayo de 2014)
  Ahora bien, cuando Isaías puso en boca de un profeta sin nombre –pues en realidad se trataba de una figura mesiánica-, las célebres palabras leídas por Jesús en la sinagoga, Isaías no hizo sino anunciar que el verdadero Jubileo de Israel sería el que, esperado por siglos, Dios fiel y misericordioso ofrecería de manera inesperada a su pueblo. Y, en efecto, el verdadero y cumplido Jubileo de la remisión, de la liberación, del respiro y de la alegría que Dios quiere para sus hijos, el Jubileo entendido y actuado en su plenitud, será anunciado y realizado solo por el Mesías prometido y finalmente llegado. Es el contexto de la historia y de la revelación bíblica el que nos lleva a hacer esta afirmación que, por lo demás, es confirmada claramente por Jesús en la Sinagoga de Nazaret cuando, al abrir el libro del profeta, lee el pasaje de la Escritura, y evocando el año de gracia del Señor declara con palabras simples pero contundentes: “Hoy se ha cumplido la escritura que ustedes acaban de oír”.
         Aquel “hoy” –lo sabemos bien y lo creemos de todo corazón-, continua aún, continuará hasta el final de los tiempos. Jesucristo es el Mesías definitivo de Israel y del mundo, es la “plenitud de los tiempos”, el Jubileo perenne, el Camino, la Verdad y la Vida, el Eterno Hijo de Dios encarnado y lleno de Espíritu Santo, crucificado y resucitado, que camina con nosotros a lo largo de los senderos del tiempo. Jesús de Nazaret, viviente en la historia por medio de la Palabra, del Espíritu y de la Iglesia, es también hoy el gozoso mensaje para los pobres, la liberación para los prisioneros y esclavos del pecado; es la vista para los ciegos, el rescate de los oprimidos; Él es el año de gracia que jamás se consume. Él es la luz que alumbra el misterio, la ley suprema y el supremo modelo de vida; la salud y la misericordia infinitas, la seguridad absoluta de que Dios nos ama, la fuente inagotable de la caridad y de la esperanza.


2. El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado.
3. Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor».[1] Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!
4. Los libros del Antiguo Testamento habían preanunciado la alegría de la salvación, que se volvería desbordante en los tiempos mesiánicos. El profeta Isaías se dirige al Mesías esperado saludándolo con regocijo: «Tú multiplicaste la alegría, acrecentaste el gozo» (9,2). Y anima a los habitantes de Sión a recibirlo entre cantos: «¡Dad gritos de gozo y de júbilo!» (12,6). A quien ya lo ha visto en el horizonte, el profeta lo invita a convertirse en mensajero para los demás: «Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión, clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén» (40,9). La creación entera participa de esta alegría de la salvación: «¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! ¡Prorrumpid, montes, en cantos de alegría! Porque el Señor ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido» (49,13).
Zacarías, viendo el día del Señor, invita a dar vítores al Rey que llega «pobre y montado en un borrico»: «¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén, que viene a ti tu Rey, justo y victorioso!» (Za 9,9).
Pero quizás la invitación más contagiosa sea la del profeta Sofonías, quien nos muestra al mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría que quiere comunicar a su pueblo ese gozo salvífico. Me llena de vida releer este texto: «Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo» (So 3,17). Es la alegría que se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: «Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día» (Si 14,11.14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye detrás de estas palabras!
5. El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría. Bastan algunos ejemplos: «Alégrate» es el saludo del ángel a María (Lc 1,28). La visita de María a Isabel hace que Juan salte de alegría en el seno de su madre (cf. Lc 1,41). En su canto María proclama: «Mi espíritu se estremece de alegría en Dios, mi salvador» (Lc 1,47). Cuando Jesús comienza su ministerio, Juan exclama: «Ésta es mi alegría, que ha llegado a su plenitud» (Jn 3,29). Jesús mismo «se llenó de alegría en el Espíritu Santo» (Lc 10,21). Su mensaje es fuente de gozo: «Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena» (Jn 15,11). Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón rebosante. Él promete a los discípulos: «Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría» (Jn 16,20). E insiste: «Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría» (Jn 16,22). Después ellos, al verlo resucitado, «se alegraron» (Jn 20,20). El libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta que en la primera comunidad «tomaban el alimento con alegría» (2,46). Por donde los discípulos pasaban, había «una gran alegría» (8,8), y ellos, en medio de la persecución, «se llenaban de gozo» (13,52). Un eunuco, apenas bautizado, «siguió gozoso su camino» (8,39), y el carcelero «se alegró con toda su familia por haber creído en Dios» (16,34). ¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?
6. Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias: «Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor» (Lm 3,17.21-23.26).
7. La tentación aparece frecuentemente bajo forma de excusas y reclamos, como si debieran darse innumerables condiciones para que sea posible la alegría. Esto suele suceder porque «la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría».[2] Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse. También recuerdo la genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas, esas alegrías beben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo. No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».[3]
8. Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad. Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?
9. El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla. Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5,14); «¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!» (1 Co 9,16).
10. La propuesta es vivir en un nivel superior, pero no con menor intensidad«La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás».[4] Cuando la Iglesia convoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización personal: «Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión».[5] Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo».[6]
11. Un anuncio renovado ofrece a los creyentes, también a los tibios o no practicantes, una nueva alegría en la fe y una fecundidad evangelizadora. En realidad, su centro y esencia es siempre el mismo: el Dios que manifestó su amor inmenso en Cristo muerto y resucitado. Él hace a sus fieles siempre nuevos; aunque sean ancianos, «les renovará el vigor, subirán con alas como de águila, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse» (Is 40,31). Cristo es el «Evangelio eterno» (Ap 14,6), y es «el mismo ayer y hoy y para siempre» (Hb 13,8), pero su riqueza y su hermosura son inagotables. Él es siempre joven y fuente constante de novedad. La Iglesia no deja de asombrarse por «la profundidad de la riqueza, de la sabiduría y del conocimiento de Dios» (Rm 11,33). Decía san Juan de la Cruz: «Esta espesura de sabiduría y ciencia de Dios es tan profunda e inmensa, que, aunque más el alma sepa de ella, siempre puede entrar más adentro».[7] O bien, como afirmaba san Ireneo: «[Cristo], en su venida, ha traído consigo toda novedad».[8] Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece. Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre «nueva».
12. Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla como una heroica tarea personalya que la obra es ante todo de Él, más allá de lo que podamos descubrir y entender. Jesús es «el primero y el más grande evangelizador».[9] En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu. La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras. En toda la vida de la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es de Dios, que «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19) y que «es Dios quien hace crecer» (1 Co 3,7). Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo.
13. Tampoco deberíamos entender la novedad de esta misión como un desarraigo, como un olvido de la historia viva que nos acoge y nos lanza hacia adelante. La memoria es una dimensión de nuestra fe que podríamos llamar «deuteronómica», en analogía con la memoria de Israel. Jesús nos deja la Eucaristía como memoria cotidiana de la Iglesia, que nos introduce cada vez más en la Pascua (cf. Lc 22,19). La alegría evangelizadora siempre brilla sobre el trasfondo de la memoria agradecida: es una gracia que necesitamos pedir. Los Apóstoles jamás olvidaron el momento en que Jesús les tocó el corazón: «Era alrededor de las cuatro de la tarde» (Jn 1,39). Junto con Jesús, la memoria nos hace presente «una verdadera nube de testigos» (Hb 12,1). Entre ellos, se destacan algunas personas que incidieron de manera especial para hacer brotar nuestro gozo creyente: «Acordaos de aquellos dirigentes que os anunciaron la Palabra de Dios» (Hb 13,7). A veces se trata de personas sencillas y cercanas que nos iniciaron en la vida de la fe: «Tengo presente la sinceridad de tu fe, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice» (2 Tm1,5). El creyente es fundamentalmente «memorioso».
14. En la escucha del Espíritu, que nos ayuda a reconocer comunitariamente los signos de los tiempos, del 7 al 28 de octubre de 2012 se celebró la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Allí se recordó que la nueva evangelización convoca a todos y se realiza fundamentalmente en tres ámbitos.[10] En primer lugar, mencionemos el ámbito de la pastoral ordinaria, «animada por el fuego del Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna».[11] También se incluyen en este ámbito los fieles que conservan una fe católica intensa y sincera, expresándola de diversas maneras, aunque no participen frecuentemente del culto. Esta pastoral se orienta al crecimiento de los creyentes, de manera que respondan cada vez mejor y con toda su vida al amor de Dios.
En segundo lugar, recordemos el ámbito de «las personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo»,[12] no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe. La Iglesia, como madre siempre atenta, se empeña para que vivan una conversión que les devuelva la alegría de la fe y el deseo de comprometerse con el Evangelio.
Finalmente, remarquemos que la evangelización está esencialmente conectada con la proclamación del Evangelio aquienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado. Muchos de ellos buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro, aun en países de antigua tradición cristiana. Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción».[13]
15. Juan Pablo II nos invitó a reconocer que «es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio» a los que están alejados de Cristo, «porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia».[14] La actividad misionera «representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia»[15] y «la causa misionera debe ser la primera».[16] ¿Qué sucedería si nos tomáramos realmente en serio esas palabras? Simplemente reconoceríamos que la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia. En esta línea, los Obispos latinoamericanos afirmaron que ya «no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos»[17] y que hace falta pasar «de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera».[18] Esta tarea sigue siendo la fuente de las mayores alegrías para la Iglesia: «Habrá más gozo en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7).



NECESIDAD DE MARIA PARA LLEGAR A JESUS.


María es la estrella que debe guiar nuestros pasos en nuestra búsqueda de Jesús. Dios quiso darnos a Jesús por medio de María y también por su medio llevarnos a el: A la voz de María, Isabel fue llena del Espíritu Santo y Juan fue santificado, en sus brazos encontraron los pastores a Jesús, en su regazo lo hallaron los Magos venidos de Oriente, solo con ella podemos los Cristianos de hoy encontrar seguramente a Jesús.

Hacernos discípulos suyos, seguidores e imitadores suyos, formar en nosotros la imagen viva de su divino Hijo, dóciles a la gracia de la cual ella es medianera universal y fieles a los impulsos del Espíritu Santo que en ella engendro a Jesús y solo en allá engendra para Dios a los nuevos hijos del Reino.

Poderosos son los enemigos de nuestra salvación y muy grandes los obstáculos que encontramos en el fiel seguimiento de Cristo y solo bajo su amparo podremos alcanzar como ella, la plena perfección en esta vida y la gloria entera en la otra.




EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
EVANGELII GAUDIUM 

DEL SANTO PADRE
FRANCISCO

A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FILES LAICOS
SOBRE
EL ANUNCIO DEL EVANGELIO
EN EL MUNDO ACTUAL

ÍNDICE

I.  Una Iglesia en salida [20-24]
II.  Pastoral en conversión [25-33]
II. La homilía [135-144]
III.  El bien común y la paz social [217-237]



Encuentro con los sacerdotes, personas consagradas
CONSEJOS Y DE PASTORAL
DISCURSO DEL PAPA  FRANCISCO
Catedral de San Rufino, Assisi
Viernes, 04 de octubre 2013
Ahora, brevemente, me gustaría destacar algunos aspectos de su vida en la ComunidadNo quiero decirte algo nuevo, pero confirmo en las más importantes, que marcan el camino diocesano.

1. Lo primero es escuchar la Palabra de Dios, la Iglesia es la siguiente:. la comunidad - dijo el obispo - la comunidad que escucha con fe y amor del Señor que nos habla. El plan pastoral que están viviendo juntos insiste precisamente en esta dimensión fundamental. Y "la Palabra de Dios que inspira la fe, nutre, regenera. Y "la Palabra de Dios que toca los corazones y los convierte a Dios ya su lógica de que es tan diferente de la nuestra, que es la Palabra de Dios que renueva nuestras comunidades ...
Creo que todos podemos mejorar un poco en este aspecto: todos se convierten en oyentes de la Palabra de Dios, a ser menos rica en nuestras palabras y de los más ricos de sus palabras. Creo que el sacerdote, que tiene la tarea de la predicación. ¿Cómo podemos predicar antes de que él ha abierto su corazón, no se escucha, en el silencio, la Palabra de Dios? A través de estos sermones interminables, tedioso, de la que no entiende nada. Esto es para ti! Creo que el padre y la madre, que son los primeros educadores: ¿cómo se puede educar su conciencia no está iluminada por la Palabra de Dios, si su forma de pensar y de actuar no es guiado por la Palabra, como un ejemplo que puede dar a los niños? Esto es importante, porque entonces mamá y papá se quejan: "este hijo ..." Pero tú, te dieron ese testimonio? Como hablaste con él? La Palabra de Dios o de la palabra de las noticias? Papá y mamá ya debe hablar la Palabra de Dios! Y creo que los catequistas, educadores de todo: si su corazón no se calienta por la Palabra, ¿cómo se puede calentar los corazones de otros, niños, jóvenes, adultos? No se limite a leer las Escrituras, debemos escuchar a Jesús hablando en ellas: es Jesús quien habla en la Escritura, Jesús está hablando en ellas. Tienes que ser antenas de recepción, en sintonía con la Palabra de Dios, que se transmiten las antenas! Se recibe y transmite. Y 'el Espíritu de Dios que hace que las Escrituras cobren vida, hace comprender en profundidad, en su sentido verdadero y completo! Preguntémonos, como una de las preguntas para el Sínodo: el lugar tiene la Palabra de Dios en mi vida, la vida de cada día? Ellos están en sintonía con Dios, o sobre las muchas palabras de moda o yo? Una pregunta que cada uno de nosotros debe hacer.

2. El segundo aspecto es el de caminar Y "una de mis palabras favoritas cuando pienso en el cristiano y la Iglesia.Pero tiene un significado especial para usted: usted está entrando en el Sínodo Diocesano, y no " sínodo "significa caminar juntosCreo que esto es realmente la más maravillosa experiencia que vivimos: ser parte de un pueblo en un viaje, un viaje a la historia, junto a su Señor, que camina entre nosotros! No estamos solos, no caminamos solos, pero somos parte de la grey de Cristo caminando juntos.
Aquí todavía pienso en vosotros, sacerdotes, y que me puso a mí mismo con usted. ¿Qué podría ser mejor para nosotros, si no andamos con nuestra gente? Lo 'hermoso! Cuando pienso en estos pastores que conocían el nombre de la gente de la parroquia, que se va a encontrar, como se diría, "Sé que el nombre del perro de todas las familias", aunque el nombre del perro, ellos lo sabían! Qué bueno que era! ¿Qué podría ser más hermoso? Yo siempre digo a caminar con nuestro pueblo, a veces delante, a veces detrás y, a veces en el medio: frontal, para guiar a la comunidad, en el medio, para fomentar y apoyar, y detrás, para celebrar juntos porque nadie es demasiado, demasiado atrás, para celebrar juntos, y también por otra razón: porque el pueblo tiene "nariz"! Tiene una nariz en la búsqueda de nuevas formas para el viaje, tiene el " sensus fidei ", que dicen los teólogos. ¿Qué podría ser más hermoso? Y el Sínodo también debe ser lo que el Espíritu Santo dice a los laicos, el pueblo de Dios en todo.

Pero lo más importante es caminar juntos, trabajar juntos, ayudándose unos a otros, pedir perdón, reconocer sus errores y pedir perdón, pero también aceptar las disculpas de perdonar a los demás - lo importante que es esto! A veces pienso que después de tantos años en las bodas por separado. "Eh ... no, quiero decir, nos fuimos distanciando." Tal vez ellos no han sido capaces de pedir perdón a tiempo. A mi me gusta decirle a los recién casados  .Tal vez no han aprendido a perdonar a tiempo. Y siempre, los recién casados, les doy este consejo: peliense todo lo que quieran, tírense los platos, todo lo que quieras.  Pero nunca acabar el día sin hacer la paz! Nunca ". Y si los matrimonios aprenden a decir: "Pero, lo siento, estaba cansado", o sólo una gestino: es la paz y reanudar la vida al día siguiente. Este es un hermoso secreto, y esto evita estos dolorosa separación. ¿Qué importancia tiene que caminar juntos, sin saltos hacia adelante, sin nostalgia por el pasado. Y mientras caminas hablar, ya sabes, se nos dice que sí, crecemos en ser familia. Aquí nos preguntamos como andamos? Cómo caminar nuestra realidad diocesana? Caminar juntos? Y lo hago porque realmente caminar juntos? No quisiera entrar aquí en el tema de la charla, pero usted sabe que la charla siempre dividir!

3. Por lo tanto: escuchar, caminar, y el tercer aspecto es el misioneroanunciar a los suburbios . Esto, también, la tomé de ti, de tus proyectos pastorales. El obispo habló recientemente. Pero quiero hacer hincapié en esto, porque es un tema que he vivido mucho cuando yo estaba en Buenos Aires: la importancia de ir al encuentro del otro, en los suburbios, que son los lugares, pero son principalmente gente especial en situaciones de la vida. Este es el caso de la diócesis que tenía antes, la de Buenos Aires. Una periferia que me hizo tan mal, se encontró en las familias de clase media, los niños que no podían hacer la Señal de la Cruz. Sin embargo, este es un barrio ! Y me pregunto, aquí, en esta diócesis, hay niños que no pueden hacer la Señal de la Cruz? Piensa en ello. Estos son verdaderos suburbios existenciales, donde no hay Dios.

En el primer sentido, los suburbios de esta diócesis, por ejemplo, son las áreas de las diócesis que tienen probabilidades de estar en el borde, de los haces de luz de los reflectores. Pero también son las personas, las realidades humanas de hecho marginados, despreciados. Son personas que tal vez se encuentran físicamente cerca del "centro", pero espiritualmente están lejos.
No tenga miedo de salir y conocer a estas personas, a estas situaciones. No ser bloqueado por los prejuicios, hábitos, rigidez mental o pastorales, el famoso "siempre hemos hecho." Pero se puede ir a los suburbios sólo si lleva la Palabra de Dios en su corazón y caminar con la Iglesia, como san Francisco. Si no llevamos a nosotros mismos, no la Palabra de Dios, y esto no es bueno, no ayuda a nadie! ¿No es lo que salva al mundo: es el Señor quien lo salva!
Esto, queridos amigos, que no dio nuevas recetas. Yo no lo hice, y no creo que los que dicen que ellos no existen.Pero me encontré en el camino de su Iglesia bellas e importantes aspectos que se cultivan y quiero confirmar en ellos.Oír la Palabra, caminando juntos en hermandad, proclamar el Evangelio en los suburbios! Que el Señor te bendiga, la Virgen que proteja y San Francisco le ayude a todos a experimentar la alegría de ser discípulos del Señor! Gracias.


VOLVER A LA VERDAD.

Los obispos de América Latina se sumaron al programa de Francisco enunciado en la primera homilía de su pontificado, pronunciada ante los cardenales en la capilla Sixtina. Entonces señaló cómo, para ser discípulos, es necesario “caminar en presencia del Señor con la cruz del Señor; edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor derramada en la Cruz y; confesar la única gloria: Cristo crucificado”.

La verdad es que, aunque suene novedoso, se trata del único modo cierto de ser Iglesia. El mismo que encontramos así en los Evangelios, las cartas de los apóstoles y los grandes Concilios de la historia, como en el poema místico medieval “Alma de Cristo”, atribuido a San Ignacio de Loyola. Un modo de ser que los obispos enlazan con la Nueva Evangelización y Aparecida en cuyos documentos se afirma, con Benedicto XVI, que ser cristiano no trata de ideologías, sino de un encuentro personal con Jesús que impulsa a compartir la buena noticia, hasta convertirse en discípulo y misionero.
Por eso, al recordar el momento en que Jesús lavó los pies a sus discípulos como un acto de amor por la humanidad, de manera especial con los pobres, sufrientes y excluidos, señalan cuatro problemas que en estos momentos dañan a los pueblos de América Latina: el deterioro de las instituciones democráticas, el modelo económico que concentra la riqueza en pocas manos, las legislaciones contrarias a la dignidad de la persona y diversas expresiones de violencia que atentan contra la convivencia pacífica.
Volver ala Verdad requiere.

Borrar primero el error de que cada uno de nosotros es independiente y autónomo.
Y reconocer y vivir las verdades fundamentales que cimientan nuestra convivencia humana.

-La dignidad de la persona humana por su condición inalienable de hijo de Dios.
-El destino de universal de los bienes creados por Dios .
-La verdad de que Dios es el verdadero Legislador  y no la mayoría de votos de una asamblea, 
Y  que definitivamente,  la convivencia verdaderamente humana  solo puede llevarse a la práctica sabiéndonos hermanos y  reconociendo nuestra condición de criaturas que tiene que obedecer a su Creador.
-La salivación en Cristo. Dios nos ha amado nos sigue amando hasta el extremo. EL HIJO DE DIOS, se hace hombre para poder sufrir CON NOSOTROS. No solo en la Cruz en medio de los dos ladrones, sino con cada esclavo, con cada azotado, con cada oprimido.
EL HIJO DE DIOS, se hace hombre para poder sufrir POR NOSOTROS. Ese fue el precio de nuestra salivación.
EL HIJO DE DIOS, se hace hombre para poder SUFRIR EN NOSOTROS. Hasta allá llega su amor, hasta eso nos ha dado. 

El amor de Dios se manifiesta en la responsabilidad por el otro. * Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar de su  ser para todos , hace que este sea nuestro modo de ser. De el amor de Dios se deriva la participación en la justicia y en la bondad de Dios. El perdón que el sacramento confiere es la vida nueva transmitida por el Señor Resucitado a través de su Espíritu.



XCVI Asamblea Plenaria del Episcopado Mexicano
Casa Lago de Guadalupe, Cuautitlán, Izcalli, Estado de México,
11 de noviembre de 2013
Queridos hermanos en el episcopado:
Es para mí motivo de alegría saludarles al iniciar nuestra XCVI Asamblea Plenaria, en la que, en comunión con el Sucesor de Pedro –dignamente representado por el Sr. Nuncio Apostólico–, nos reunimos como colegio episcopal para pedir al Señor las luces que necesitamos a fin de conocer, mediante la reflexión y el dialogo, lo que Él nos pide como pastores para servir a la Iglesia que peregrina en México y a todos los hombres y mujeres de esta noble nación.
Nuestro encuentro se lleva a cabo en el contexto de un país que, al igual que el resto del mundo, experimenta grandes y rápidas transformaciones demográficas, científicas, tecnológicas, económicas, políticas, sociales, culturales e incluso religiosas, y que enfrenta situaciones que generan inquietud y confrontación, como ha sucedido en el caso de las Reformas estructurales.
Numerosos hermanos y hermanas padecen condiciones dramáticas a causa de la injusticia, la desigualdad, la marginación, la pobreza, la migración, la confusión y el aumento de la violencia y la inseguridad provocado por el crimen organizado, la corrupción y la impunidad, como lo han denunciado valientemente algunos hermanos en el episcopado.
En medio de las dolorosas pruebas que enfrentamos, nos consuelan, iluminan y orientan las palabras del Papa Francisco, que en su primera encíclica, “Lumen Fidei”, afirma: “la luz de la fe aporta la visión completa de todo el recorrido y nos permite situamos en el gran proyecto de Dios; sin esa visión tendríamos solamente fragmentos aislados de un todo desconocido” (n. 29).
“Perdida la orientación fundamental que da unidad a su existencia –explica el Santo Padre–, el hombre se disgrega en la multiplicidad de sus deseos… en los múltiples instantes de su historia… La idolatría no presenta un camino, sino una multitud de senderos, que no llevan a ninguna parte, y forman más bien un laberinto. Quien no quiere fiarse de Dios se ve obligado a escuchar las voces de tantos ídolos que le gritan: «Fíate de mi»” (n. 13).
El objetivo de la 96 Asamblea Plenaria es: “Profundizar y compartir el sentido de la Nueva Evangelización en México para enriquecer una audaz y entusiasta Misión permanente de la Iglesia, a partir de las diócesis, ante los desafíos de la secularización”.



 MENSAJE A SU SANTIDAD EL PAPA FRANCISCO
CON MOTIVO DE SU XCVI ASAMBLEA PLENARIA
México, D.F., 11 de noviembre de 2013 
 Su Santidad Francisco

Beatísimo Padre: 
Santo Padre, nuestro encuentro se lleva a cabo en el contexto de un país que, al igual que el resto del mundo, experimenta grandes y rápidas transformaciones, así como situaciones dramáticas a causa de la injusticia, la desigualdad, la marginación, la pobreza, la migración, la confusión y el aumento de la violencia y la inseguridad provocado por el crimen organizado, la corrupción y la impunidad, como lo han denunciado valientemente algunos de nuestros hermanos en el episcopado.
 Por los Obispos de México

 +José Francisco, Card. Robles Ortega           +Eugenio Lira Rugarcía
    Arzobispo de Guadalajara          Obispo Auxiliar de Puebla

         Presidente de la CEM            Secretario General de la CEM     






MENSAJE DEL
EMMO. SR. CARDENAL JOSÉ FRANCISCO ROBLES ORTEGA
ARZOBISPO DE GUADALAJARA
PRESIDENTE DE LA CEM
A LA XCV ASAMBLEA PLENARIA DE LA CEM

Casa Lago, Lago de Guadalupe, Cuautitlán Izcalli, 9 de abril de 2013 
Queridos hermanos en el episcopado, sean todos bienvenidos a nuestra 95 Asamblea, que se desarrolla en medio de la alegría de la Pascua, en la que celebramos, vivimos y anunciamos a Cristo, que ha vencido con la omnipotencia del amor a la muerte para hacer nuestra vida plena y eterna.
Agradezco al Sr. Nuncio Apostólico su presencia, y el que, como representante del Santo Padre, manifieste permanente una gran solicitud por las Iglesias que peregrinan en México. Gracias Excelencia por generosidad y testimonio, y por acompañarnos en esta Asamblea. Su presencia es signo de la Comunión de esta Conferencia con el Obispo de Roma, Iglesia que, como decía san Ignacio de Antioquía, preside en la caridad a todas las iglesias (cfr. Ad Romanos, praef.).
Nuestra Asamblea se desarrolla en el Año de la Fe, en el que hemos vivido experiencias imprevistas y extraordinarias que nos permiten decir con san Pablo: “Yo sé en quien tengo puesta mi fe” (2 Tm 1,12).
Efectivamente, el Señor nos ha probado una vez más que Él, que fundó la Iglesia, es quien la guía. Así nos lo ha hecho ver cuando el 11 de febrero, durante un Consistorio, el Papa Benedicto XVI anunció que, luego de examinar reiteradamente su conciencia ante Dios, había llegado a la certeza de que, a causa de lo avanzado de su edad, no contaba con el vigor necesario para guiar a la Iglesia como los tiempos actuales lo requieren, por lo que libremente renunciaba al ministerio petrino el 28 del mismo mes, para dar paso al Cónclave que habría de elegir a su sucesor.
Con este gesto, el Vicario de Cristo nos daba un gran testimonio de fe. De esa fe que nos permite mirar la realidad en toda su profundidad, para reconocer las cosas como son y actuar en consecuencia, con esperanza. De esa fe que nos capacita para no apegarnos a las cosas ni a los cargos, y así elegir con total libertad. De esa fe que nos ayuda a actuar con humildad y valentía, buscando no el propio bien sino el de la Iglesia, teniendo presente que: “Amar a la Iglesia significa también tener el coraje de tomar decisiones difíciles, sufrientes” (Benedicto XVI, Audiencia General del 27 de febrero de 2013).
Agradecemos al ahora Papa emérito el ejemplo de amor que nos ha dado, y su servicio fiel, humilde y generoso a la Iglesia y al mundo con obras, con palabras, con oración y con sufrimiento.
Como lo expresamos en la carta que le hicimos llegar, “México siempre guardará el dulce recuerdo de su amorosa solicitud, manifestada en su inolvidable Visita Pastoral, en la que nos animó a no dejarnos amedrentar por las fuerzas del mal, a ser valientes y trabajar para que la savia de nuestras raíces cristianas haga florecer nuestro presente y nuestro futuro, y así, mediante un esfuerzo solidario, renovar a la sociedad desde sus fundamentos para alcanzar una vida digna, justa y en paz para todos (cfr. Discurso de despedida en el aeropuerto de León, 26 de marzo de 2012)”.
Luego, el 13 de marzo, el Señor, dueño de la historia, nos permitió comprobar una vez más que no deja de dar a su pueblo pastores según su corazón (Jer 3, 15), al regalarnos a un nuevo Obispo de Roma, al que ha llamado desde nuestra América Latina.
En la carta que los Obispos de México enviamos al Papa Francisco para expresarle el amor, respeto, obediencia y fidelidad de las y los católicos de esta noble nación, le manifestamos también nuestra dicha por que el Señor haya llamado al ministerio petrino a un pastor tomado de entre nosotros; un pastor empeñado en la Misión Continental, a la que nos ha impulsado Aparecida.
Ciertamente, la elección del Papa Francisco es un estímulo para seguir adelante, procurando ser y hacer del pueblo que Dios nos ha encomendado servir, verdaderos discípulos y misioneros de Cristo, teniendo presente lo que el Santo Padre nos ha recordado: “cuando caminamos sin la Cruz, cuando construimos sin la Cruz y cuando confesamos a un Cristo sin la Cruz... no somos discípulos del Señor: somos mundanos; somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor” (Homilía en la Misa con los Cardenales, 14 de marzo de 2013).  
Me parece que estas palabras deben resonar en nuestras mentes y en nuestros corazones, ahora que el Señor nos ha convocado en esta Asamblea, que tiene por finalidad, “elaborar y aprobar el objetivo general, el iter y los programas de las comisiones episcopales integrando la transversalidad y la interlocución como un apoyo a las provincias y diócesis de México, para un eficiente servicio de comunión y colegialidad a fin de responder adecuadamente a los retos actuales de la Iglesia en México”.
¿Cómo saber leer los signos de los tiempos y actuar en consecuencia haciendo, no nuestra voluntad, sino la de Dios? Poniéndonos en sus manos, unidos como colegio episcopal, meditando su Palabra, celebrándolo en los sacramentos, conversando con Él en la oración, y escuchándolo cuando nos habla a través de los hermanos obispos, de los sacerdotes que nos acompañan, de las religiosas que nos apoyan, de los seminaristas que nos atienden, de los laicos que, como expertos, han venido a ayudarnos a comprender la realidad de la Iglesia y de México, y así descubrir lo que el Buen Pastor nos está pidiendo en esta hora dramática y estupenda de la historia.
En esta Asamblea vamos a considerar también el camino que el Señor nos ha marcado en asambleas anteriores. Vamos a tener presentes documentos, fruto de la oración, la reflexión y el diálogo, que nos orientan para edificar la Iglesia y un país más justo, humano y solidario, que, haciendo vida los valores de la cultura cristiana que le ha dado identidad, pueda favorecer un desarrollo integral del que nadie quede excluido. Un desarrollo que, para ser verdadero, debe brotar de Dios y conducirnos a Él, en quien alcanzamos la patria definitiva.   
Entre los documentos que tendremos muy en cuenta, están los siguientes: “Del encuentro con Cristo a la solidaridad con todos” (2000), “Conmemorar nuestra historia desde la fe, para comprometernos hoy con nuestra patria” (2010), “Que en Cristo nuestra paz México tenga una vida digna” (2010) y “Educar para una nueva sociedad” (2012).
Expreso mi gratitud a este Colegio Episcopal, que ha trabajado con tanto amor a lo largo de muchos años. Particularmente agradezco a Mons. Carlos Aguiar Retes y a los miembros del precedente Consejo de Presidencia, de la Secretaría General y del Consejo Permanente, así como a los Presidentes de las Comisiones Episcopales y a los Secretarios Ejecutivos, su entrega, su amor y su servicio en bien del pueblo de Dios que peregrina en México. Sé muy bien que el Señor sabrá recompensarlos.
Al organizar esta 95 Asamblea hemos tenido en cuenta las sugerencias que muchos señores obispos han hecho llegar al Consejo de Presidencia y a la Secretaría General. Por eso, propusimos previamente a la consideración de todos ustedes un horario que haga posible la oración, la celebración, la escucha, la reflexión, la convivencia, el diálogo y el descanso después de las emocionantes jornadas de Semana Santa.
Hemos procurado que haya momentos para tratar algunos temas que, según se ha desprendido de las reuniones del Consejo Permanente, nos inquietan como pastores. Vamos a reflexionar y a dialogar entre nosotros, sabiendo escuchar también a los expertos. Pero sobre todo, vamos a conversar juntos con Dios, para que Él nos ayude a comprender qué respuesta debemos dar como pastores a la compleja realidad que nos ha tocado vivir. La Iglesia y México esperan de nosotros una respuesta evangélica, clara, decidida, audaz y valiente; una respuesta que brote de un discernimiento pastoral de la realidad para transformarla con la fuerza del Evangelio (cfr. Estatutos de la CEM, art. 11).    
Por eso, el Consejo de Presidencia y el Consejo Permanente, luego de una seria reflexión, quieren poner a consideración de esta Asamblea, como Objetivo General para el trienio 2012-2015: “Fortalecer nuestra identidad como Iglesia a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio, especialmente del Concilio Vaticano II, para dinamizar la Misión Continental desde la Nueva Evangelización, partiendo de la conversión personal y pastoral, y así contribuir a la transformación de la realidad de México, promoviendo la cultura cristiana”.
Vamos a orar, a reflexionar y a dialogar juntos para descubrir si este es el Objetivo General que Dios nos está pidiendo, y a plantearnos cuáles deben ser los programas de las Comisiones Episcopales para ayudar a las provincias, diócesis y prelaturas a llevarlo a cabo, desde la transversalidad y la interlocución.  
Pidamos al Señor nos ayude también a elaborar el iter de temas para este trienio, de tal manera que realmente nos sirvan para avanzar de forma gradual y progresiva para hacer realidad el Objetivo General que nos formulemos como respuesta a las luces divinas de cara a la realidad que nos toca vivir y transformar, con fe, esperanza y amor, como auténticos discípulos y misioneros de Cristo.
Encomiendo los trabajos de esta 95 Asamblea Plenaria del Episcopado Mexicano a la intercesión amorosa de Santa María de Guadalupe y de nuestro Patrono, san Rafael Guízar y Valencia, para que nos obtengan del Señor la sabiduría que procede de su Espíritu Santo y así podamos descubrir los caminos que edificarán nuestra Iglesia y que transformarán la realidad con la fuerza del Evangelio.  Muchas gracias y buen trabajo.
 
+ José Francisco Card. Robles Ortega
Arzobispo de Guadalajara
Presidente de la CEM


Al estar por concluir el Año de la Fe, suplicamos a Cristo, Rey del universo, por intercesión de Nuestra Señora, la Virgen de Guadalupe, que nos ayude a descubrir los signos de esperanza y hacer realidad estos compromisos que inspiran nuestro amor pastoral por ustedes.
Nuestro encuentro se lleva a cabo en el contexto de un país que, al igual que el resto del mundo, experimenta grandes y rápidas transformaciones, así como situaciones dramáticas a causa de la injusticia, la desigualdad, la marginación, la pobreza, la migración, la confusión y el aumento de la violencia y la inseguridad provocado por el crimen organizado, la corrupción y la impunidad, como lo han denunciado valientemente algunos de nuestros hermanos en el episcopado.
Ante todo, hacemos nuestro el intenso dolor y el atroz sufrimiento que, a lo largo y ancho del país, experimentan muchas personas, familias y migrantes que son víctimas de la violencia, de las extorsiones, de la injusticia, de la corrupción, de la impunidad, del desempleo y la pobreza y, últimamente, de los desastres naturales.
“¡Cuánto se ha hablado de la Nueva Evangelización! Y, sin embargo, no suficientemente. Sobre todo, porque la secularización, sus derivados y secuelas, efectivamente siguen adelante. ¡Ánimo, pues! Que el Espíritu Santo les acompañe iluminándoles y sosteniéndoles en todo momento!”.
Deseamos que encuentren en nosotros los obispos y en los sacerdotes una presencia cercana de esperanza, de consuelo y fortaleza.
Pidiendo también su confianza en la Iglesia católica y en todos sus proyectos, les agradeceremos siempre su oración por nosotros.
 Por los Obispos de México
  +José Francisco, Card. Robles Ortega          
  +Eugenio Lira Rugarcía
  Arzobispo de Guadalajara          Obispo Auxiliar de Puebla
        Presidente de la CEM            Secretario General de la CEM     






MENSAJE DE LOS OBISPOS DE MÉXICO
CON MOTIVO DE SU XCVI ASAMBLEA PLENARIA
Cuautitlán, Izcalli, 14 de noviembre de 2013

Llamados por Dios nuestro Padre a servir a su pueblo en nombre de Jesucristo, los Obispos de México queremos compartirles fraternalmente lo que llevamos en nuestro corazón de pastores.
Ante todo, hacemos nuestro el intenso dolor y el atroz sufrimiento que, a lo largo y ancho del país, experimentan muchas personas, familias y migrantes que son víctimas de la violencia, de las extorsiones, de la injusticia, de la corrupción, de la impunidad, del desempleo y la pobreza y, últimamente, de los desastres naturales.
Durante estos días de nuestra asamblea, lo que más nos ha ocupado es buscar la forma de hacer llegar a todos los sectores y ambientes de nuestra patria la frescura del amor poderoso de Diosa través de una nueva evangelización, auténtica y gozosa, misión que Jesús ha confiado a todos los bautizados, y que es capaz de edificar una sociedad en la que se respete la vida, la dignidad y los derechos de todas las personas, condición indispensable para la paz y el desarrollo.
“¡Cuánto se ha hablado de la Nueva Evangelización! Y, sin embargo, no suficientemente. Sobre todo, porque la secularización, sus derivados y secuelas, efectivamente siguen adelante. ¡Ánimo, pues! Que el Espíritu Santo les acompañe iluminándoles y sosteniéndoles en todo momento!”.
Deseamos que encuentren en nosotros los obispos y en los sacerdotes una presencia cercana de esperanza, de consuelo y fortaleza.
Al estar por concluir el Año de la Fe, suplicamos a Cristo, Rey del universo, por intercesión de Nuestra Señora, la Virgen de Guadalupe, que nos ayude a descubrir los signos de esperanza y hacer realidad estos compromisos que inspiran nuestro amor pastoral por ustedes. Pidiendo también su confianza en la Iglesia católica y en todos sus proyectos, les agradeceremos siempre su oración por nosotros.





PAPA  FRANCISCO

Homilía de la Misa de clausura del Año de la Fe
24.11.2013 
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La solemnidad de Cristo Rey del Universo, coronación del año litúrgico, señala también la conclusión del Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI, a quien recordamos ahora con afecto y reconocimiento por este don que nos ha dado. Con esa iniciativa providencial, nos ha dado la oportunidad de descubrir la belleza de ese camino de fe que comenzó el día de nuestro bautismo, que nos ha hecho hijos de Dios y hermanos en la Iglesia. Un camino que tiene como meta final el encuentro pleno con Diosy en el que el Espíritu Santo nos purifica, eleva, santifica, para introducirnos en la felicidad que anhela nuestro corazón.

Dirijo también un saludo cordial y fraterno a los Patriarcas y Arzobispos Mayores de las Iglesias orientales católicas, aquí presentes. El saludo de paz que nos intercambiaremos quiere expresar sobre todo el reconocimiento del Obispo de Roma a estas Comunidades, que han confesado el nombre de Cristo con una fidelidad ejemplar, pagando con frecuencia un alto precio.

Del mismo modo, y por su medio, deseo dirigirme a todos los cristianos que viven en Tierra Santa, en Siria y en todo el Oriente, para que todos obtengan el don de la paz y la concordia.

Las lecturas bíblicas que se han proclamado tienen como hilo conductor la centralidad de Cristo. Cristo centro de la creación, del pueblo y de la historia.

1. El apóstol Pablo, en la segunda lectura, tomada de la carta a los Colosenses, nos ofrece una visión muy profunda de la centralidad de Jesús. Nos lo presenta como el Primogénito de toda la creaciónen él, por medio de él y en vista de él fueron creadas todas las cosas. Él es el centro de todo, es el principio. Jesucristo es el Señor. Dios le ha dado la plenitud, la totalidad, para que en él todas las cosas sean reconciliadas (cf. 1,12-20). Señor de la creación, Señor de la reconciliación.

Esta imagen nos ayuda a entender que Jesús es el centro de la creación; y así la actitud que se pide al creyente, que quiere ser tal, es la de reconocer y acoger en la vida esta centralidad de Jesucristo, en los pensamientos, las palabras y las obras. Y así, nuestros pensamientos serán pensamientos cristianos, pensamientos de Cristo. Nuestras obras serán obras cristianas, obras de Cristo. Nuestras palabras serán palabras cristianas, palabras de Cristo. En cambio, la pérdida de este centro, al sustituirlo por otra cosa cualquiera, solo provoca daños, tanto para el ambiente que nos rodea como para el hombre mismo.

2. Además de ser centro de la creación, y centro de la reconciliaciónCristo es centro del pueblo de Dios. Y precisamente hoy está aquí al centro de nosotros, ahora está aquí en la Palabra y estará aquí en el altar, vivo y presente en medio de nosotros, su pueblo. Nos lo muestra la primera lectura, en la que se habla del día en que las tribus de Israel se acercaron a David y ante el Señor lo ungieron rey sobre todo Israel (cf. 2S 5,1-3). En la búsqueda de la figura ideal del rey, estos hombres buscaban a Dios mismoun Dios que fuera cercano, que aceptara acompañar al hombre en su camino, que se hiciese hermano suyo.

Cristo, descendiente del rey David, es precisamente el «hermano» alrededor del cual se constituye el pueblo, que cuida de su pueblo, de todos nosotros, a precio de su vidaEn él somos uno, un solo pueblo; unidos a él, como centro, participamos de un solo camino, un solo destino.

3. Y, por último, Cristo es el centro de la historia de la humanidad y el centro de la historia y de todo hombre. A él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón en el Evangelio de hoy.


EL BUEN LADRÓN
 
Mientras todos se dirigen a Jesús con desprecio -«Si tú eres el Cristo, el Mesías Rey, sálvate a ti mismo bajando de la cruz»- aquel hombre, que se ha equivocado en la vida pero se arrepiente, en el finalse agarra a Jesús crucificado implorando: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23,42). Y Jesús le promete: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43), a su Reino. Jesús sólo pronuncia la palabra del perdón, no la de la condena; y cuando el hombre encuentra el valor de pedir este perdón, el Señor no deja de atender una petición como esa.
 
Hoy todos nosotros podemos pensar en nuestra historia, en nuestro camino, cada uno de nosotros tiene su historia, cada uno de nosotros tiene también sus errores, sus pecados, sus momentos felices y sus momentos oscuros … Nos hará bien este día pensar en nuestra historia, mirar a Jesús y desde el corazón repetirle muchas veces, pero con el corazón, en silencio, cada uno de nosotros: Acuérdate de mí, Señor, ahora que estás en tu Reino, Jesús acuérdate de mi, porque yo quiero ser bueno, yo quiero ser buena, pero no tengo fuerza, no puedo, soy pecador, soy pecadora. Pero acuérdate de mí, Jesús, tu puedes acordarte de mí porque estás en el centro, estás en tu reino. Que hermoso, hagámoslo todos hoy, cada uno en su corazón, muchas veces: acuérdate de mí, Señor, tú que estás en el centro, tú que estás en tu Reino.
 
La promesa de Jesús al buen ladrón nos da una gran esperanza: nos dice que la gracia de Dios es siempre más abundante que la plegaria que la ha pedidoEl Señor siempre da más de lo que se le pide, es tan generoso: pídele que se acuerde de ti y te lleve a su Reino. Jesús es precisamente el centro de nuestros deseos de alegría y salvación. Caminemos todos juntos por este camino.




EVANGELIZANDII  GAUDIUM

http://www.vatican.va/holy_father/francesco/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium_sp.html


Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno,

ayúdanos a decir nuestro «sí»
ante la urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.


Tú, que llena de la presencia de Cristo,
llevaste la alegría a Juan el Bautista,
haciéndolo exultar en el seno de su madre. 

Tú, estremecida de gozo,
cantaste las maravillas del Señor.


Tú, que estuviste plantada ante la cruz
con una fe inquebrantable 

y  recibiste el alegre consuelo de la resurrección, 
recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu
para que naciera la Iglesia evangelizadora.
Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida
que vence a la muerte.


Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos
para que llegue a todos
el don de la belleza que no se apaga.
Tú, Virgen de la escucha y la contemplación,
madre del amor, esposa de las bodas eternas,
intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo,
para que ella nunca se encierre ni se detenga
en su pasión por instaurar el Reino.


Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres, 

para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra 

y ninguna periferia se prive de su luz.

Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.

Amén. Aleluya.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la clausura del Año de la fe, el 24 de noviembre, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, del año 2013, primero de mi Pontificado.




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