jueves, 10 de octubre de 2013

MARIA MADRE NUESTRA

María es madre nuestra
porque si es madre de Jesús nuestra Cabeza
no puede dejar de ser madre de su cuerpo
María es nuestra madre para formar a Jesús en nuestro corazón.
Ella es Madre porque engendra a Jesús y nos ayuda con la fuerza del Espíritu Santo a que Jesús nazca y crezca en nosotros.

Ya que con nuestras obras no podemos agradar a Dios,
 por interseccion de su Santisima Madre,
El nos concede que sean realidad todas nuestras aspiraciones 
y alcancemos cuanto le pedimos.

Ella engendro a Jesús 
y solo en allá engendra para Dios a los nuevos hijos del Reino,
 formando en nosotros la imagen viva de su divino Hijo.


Nos lleva en su Corazón
y con la divina Fecundidad del Padre,
que el Espíritu Santo deposito en su Seno
va calcando, uno a uno,
los rasgos de Jesús en nosotros.


María, Madre de los creyentes

Joseph Ratzinger

De la Plática en la Catedral de Nuestra Señora, de Munich, el 31-V-79, 
con ocasión del Mayo Mariano

En San Lucas, la frase de Jesús cuando declara «dichosos los que escuchan la palabra de Dios» (Lucas 11, 28) concuerda exactamente con el saludo de Isabel: «Dichosa tú, que has creído» (Lucas 1, 45). Y el enlace de sentido se corrobora en esos dos pasajes donde leemos que «María guardaba todo esto en su corazón» (Lucas 2, 19 y 51)
El encomio dedicado a los que escuchan la palabra de Dios y la practican corresponde por excelencia a la persona que, por serle más cercana de corazón, y por llevar en sí misma esa palabra de Dios, fue la elegida por El para encarnarse.
Como escribió San Agustín, antes de ser la Madre según el cuerpo, lo había sido ya según el espíritu. En su persona, las fuerzas de la vida operan en cierto modo como jugo y nutrimento para la Palabra; y de este modo, al identificarse ella misma con la semilla, se convierte poco a poco en Palabra, Icono vivo, Imagen luminosa de Dios, hasta configurarse plenamente conforme a su misión. 
Por todo ello, según el Evangelio de San Lucas, María es una viva plasmación de la parábola del sembrador (Lucas 8, 4 y ss.). Su corazón es campo fértil, hondamente removido para que haya enraizamiento.
 Guardaba las palabras de Dios en el corazón; las asociaba, las meditaba, y penetraba en su sentido. Al decir esto, San Lucas considera a María como fuente de tradición; pero nos dice igualmente que en Ella se ha hecho sensible lo que fuera durante siglos el misterio de Israel, y lo que en el futuro habría de ser la Iglesia: mansión de la Palabra de Dios; hogar que la custodia entre los altibajos de la Historia, con tormentas, vicisitudes, inanidades y fracasos interiores y exteriores. 
Justamente tras la apariencia negativa de las últimas palabras que le dirige desde la Cruz, y la hace Madre de otro y las finales del momento de la Cruz en que se aparta de Ella por completo (Juan 19, 26). Pero en ninguna existe algo que vaya en contra de María. se nos descubre y ratifica en toda su grandeza el sí que significa la maternidad. 
 Porque ser madre es, ante todo, atender y custodiar, dar acogida y ofrecer un recinto de intimidad y recogimiento. Pero hay más. Así como a la concepción sigue el alumbramiento, también tras el acogimiento y la custodia ha de venir el desprendimiento de quien deja libre al otro para ser por sí mismo, en vez de sujetarlo y pretender conservarlo cual si fuera una propiedad. 
 Tal es la prueba del amor consumado: la actitud de quien permite al amado que sea por sí solo, en lugar de retenerlo, y que, al dejarlo en libertad, se desvincula a sí mismo mediante la renuncia. En ello está la plenitud de la maternidad y del amor.
María supo hacerlo. Consintió en ser privada de su Hijo, y, al quererse relegada, reafirmó plenamente aquel sí que pronunciara inicialmente en la mañana de la Anunciación. Esta culminación de la respuesta positiva significa convertirse en madre de otro, si bien para acoger de nuevo al Señor en condición de Madre de todos los creyentes.

Tal es para nosotros María: la que dio el sí perfecto al mostrarse disponible sin reservas; la que supo acoger, y la que supo desprenderse para experimentar el triunfo del Amor, que es la Verdad que es justamente la manera más grande y pura de cuidar a otra persona, y la única de la que nace la unidad verdadera.


DE LA HOMILÍA EN EL DOMINGO IV DE ADVIENTO  J. Trinidad Zapata Ortiz 
Dios para salvar a su pueblo elige la forma más humilde para que no se piense que el poder del hombre o de sus ejércitos es el que da la salvación. Para llevar a cabo su obra, Dios elige muchas veces a los últimos, a lo que no cuentan. De los hijos de Jesé eligió a David, el hijo menor (cfr. 1 Sm 16, 11-13); Israel no era el pueblo más importante de la tierra ni el más numeroso (cfr. Dt 7, 7-8). De las aldeas de Israel, Belén era insignificante; en todas estas circunstancias, desde los humildes, Dios manifiesta su poder y su amor a toda la humanidad. 

El evangelio dice que María: “Se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en casa de Zacarías saludó a Isabel”. María va a ayudar a su prima Isabel en los últimos tres meses de embarazo. Esta visita dio lugar al encuentro de cuatro personajes: por un lado, María e Isabel y, al mismo tiempo, los niños que ellas llevaban en sus vientres. Sin embargo, hay un quinto personaje que, aunque muchas veces no aparece a primera vista, siempre está presente en toda la historia de la salvación. En este caso, no puede pasar desapercibido, se trata del Espíritu Santo.
Llama la atención que, en cuanto Isabel: Oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno”. 

Teniendo en cuenta que Lc 1, 15 dice que: “Estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre”, este salto del niño en el vientre de Isabel fue interpretado por los Padres de la Iglesia como la santificación de Juan el Bautista. Por esto, desde los primeros tiempos de la Iglesia se comenzó a celebrar su nacimiento, seis meses antes del nacimiento de Cristo (24 de junio), como seis meses antes fue su concepción. El Espíritu Santo lo llena todo. Enseguida dice el evangelio: “Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo”. Esto nos dice que la presencia de María, que acaba de concebir al Hijo de Dios en su vientre, es portadora no sólo del Salvador, sino de quien lo concibió en su vientre, es decir el Espíritu Santo. De modo que donde llega María llega la gracia de la santificación por medio del Espíritu Santo.

Ahora bien, por la presencia del Espíritu Santo, no sólo llega la gracia de la santificación, sino también la gracia de la alabanza. Por eso dice el evangelio que Isabel: “Levantando la voz, exclamó…”, y viene enseguida la oración de Isabel. Ahora bien, en las palabras de Isabel resaltan algunas cosas. En primer lugar, dice: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”. Estas palabras son parte de la oración del “Ave María” con la que día a día nos dirigimos a la Santísima Virgen; pero ¿cómo se dio cuenta Isabel que María lleva en su vientre al Hijo de Dios? Eso significa que el Espíritu Santo, que la ha llenado y santificado, también se lo ha revelado. ¡Otra acción importante del Espíritu Santo!, no sólo santifica y lleva a la alabanza, sino también concede la gracia de entender los misterios de Dios. Así hace Dios con humildes y sencillos (cfr. Lc 10, 21). 

Cuando Isabel dice a María: “¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme?”, podemos ver, con estas palabras, que la está reconociendo como la madre del Mesías, lo cual es un anticipo del reconocimiento que la Iglesia más tarde hará de que María es Madre de Dios, Madre de la Iglesia y Madre nuestra. La maternidad de María, como sabemos, es la gracia más importante sobre la que se apoyan todos los demás privilegios y gracias de María. 

Ella ha sido escogida, por pura gracia, para ser la madre del Hijo de Dios; ella también ha sido llena del Espíritu Santo, pues éste la cubrió con su sombra (cfr. Lc 1, 35); pero también ella ha colaborado personalmente creyendo a la Palabra del Ángel. Por eso Isabel le dice: “Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”. Sabemos que la gracia de la elección necesitó de la fe de María, necesitó de su: “Hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38). María es dichosa porque ha creído y, como creyente, su fe iba creciendo, ella guardaba en su corazón los misterios de Dios que no comprendía (cfr. Lc 2, 19). La fe llena de gozo, por eso María es dichosa; pero la fe también tiene dolor por eso en la cruz es la dolorosa. 



La anunciación.

shalom leck bthoolto Mariam
mal yat tay boo tho
mo ran  amek,
mbarakh to at bneshey
wambarak hoo feero
dab kharsekh Yeshua

!baruk bo bu ve same adonaí!


María en su virginidad perpetua proclama lo que el hombre era antes del pecado. Ella es la imagen divina, pero intacta. No rota y vuelta a armar.
Por eso Ella es la única con quien Dios puede negociar la Redención del Mundo.

Al mirar la Inmaculada Concepcion de Maria nuestra madre, constatamos el triunfo de la Misericordia Divina sobre el pecado y sobre todas sus consecuencias. Ella alcanzo ya todos sus frutos y nosotros estamos en camino. 

La anunciación es el momento del pacto, del arreglo, del concertar. El FIAT  de María tiene toda la trascendencia del primer “Hágase” de Dios. Ahí se esta jugando la Redención del mundo.
Su entrega incondicional no tiene nada de pasiva. Ella lo sabe. No ha habido ni habrá otra colaboración con Dios mas importante en toda la historia. María es para siempre inseparable de Cristo y de todo que a Él atañe.

En la famila aprende Fidelidad, Siceridad, cooperacion sobre todo con los mas necesitados, Confianza, Compartir.  Respeto a la palabra dada. El respeto de las singulares personas, el de los límites personales y de los otros. PEQUEÑOS ACTOS DE AMOR QUE SON SIGNO DE LA PRESENCIA DE DIOS con nosotros.
La Iglesia distingue hoy, en este punto exacto, el sentido histórico de su misión acerca de la familia y del auténtico espíritu familiar: comenzando por una atenta revisión de vida, que se refiere a sí misma. Se podría decir que el “espíritu familiar” es una carta constitucional para la Iglesia: así el cristianismo debe aparecer, y así debe ser. Está escrito en letras claras:  «Ustedes que en un tiempo eran lejanos -dice san Pablo- […] ustedes ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19). La Iglesia es y debe ser la familia de Dios.
Jesús, cuando llamó a Pedro a seguirlo, le dijo que lo habría hecho “pescador de hombres”; y para esto se necesita un nuevo tipo de redes. Podemos decir que hoy las familias son una de las redes más importantes para la misión de Pedro y de la Iglesia. ¡No es una red que hace prisioneros! Al contrario, libera de las aguas malas del abandono y de la indiferencia, que ahogan muchos seres humanos en el mar de la soledad y de la indiferencia. Las familias saben bien qué es la dignidad de sentirse hijos y no esclavos, o extraños, o sólo un número del documento de identidad.
Desde aquí, de la familia, Jesús recomienza su pasaje entre los seres humanos para persuadirlos que Dios no los ha olvidado.

La Santísima Virgen es la mujer de fe que dejó entrar a Dios en su corazón, en sus proyectos; es la creyente capaz de percibir en el don del Hijo el advenimiento de la «plenitud de los tiempos» (Ga 4,4), en el que Dios, eligiendo la vía humilde de la existencia humana, entró personalmente en el surco de la historia de la salvación. Por eso no se puede entender a Jesús sin su Madre.

Ella es Madre porque engendra a Jesús y nos ayuda con la fuerza del Espíritu Santo a que Jesús nazca y crezca en nosotros. Es la que continuamente nos está dando vida. Es Madre de la Iglesia. Es maternidad.
  
     No tenemos derecho, y si lo hacemos estamos equivocados, a tener psicología de huérfanos. O sea, el cristiano no tiene derecho “a ser huérfano”. Tiene Madre. Tenemos Madre.



Unserer Lieben Frau von Guadalupe, der Mutter des wahren Gottes, für die wir leben.

Unter Deinem Mantel ist Platz für alle, denn du bist die Mutter der Barmherzigkeit. Dein Herz ist voller Zärtlichkeit für alle deine Kinder: die Zärtlichkeit Gottes, der in dir Fleisch angenommen hat und der unser Bruder geworden ist, Jesus. Retter aller Menschen, Männer und Frauen, (Salvador de cada hombre y de cada mujer).




(Bajo tu manto hay lugar para todos, porque tú eres la Madre de la Misericordia. Tu corazón está lleno de ternura hacia todos tus hijos: la ternura de Dios, que de ti ha tomado carne y se ha vuelto nuestro hermano Jesús,




Mit Blick auf Dich, unsere unbefleckte Mutter, erkennen wir den Sieg (la victoria ) der göttlichen Barmherzigkeit  über die Sünde und all ihre Folgen (sobre el pecado y sobre todas sus consecuencias) ; und die Hoffnung auf ein besseres Leben wird in uns neu entzündet, ein Leben (en una vida mejor), frei von Sklaverei, Groll und Ängsten.



(Al mirarte, Madre nuestra Inmaculada, reconocemos la victoria de la Divina Misericordia sobre el pecado y sobre todas sus consecuencias; y se enciende nuevamente en nosotros la esperanza en una vida mejor, libre de esclavitud, de rencores y miedos).


El significado de la Asunción, como el Papa Pío XII en 1950 declaró para toda la Iglesia, es "que la Inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial. "





  Para nosotros, el fin de la vida aquí es la ruptura de esta unidad y de la decadencia de la tumba. Pero no para María. Dios no permitiría que ella, la Madre de su Hijo, sufriera la corrupción del sepulcro, puesto que Ella dio su vida a su mismo Hijo.


La Asunción de María nos enseña que Dios tiene una morada eterna preparado para los que creen en él y lo aman. Nuestra vida eterna se basa en el amor de Dios y el amor de Dios: "Este amor garantiza nuestra inmortalidad, y es este amor que llamamos 'el cielo'" (J. Ratzinger, Dogma y predicación, Franciscan Herald Press, 116).

 Con la Asunción de María, ahora tenemos una Madre en el Cielo que nos cuida. Mientras que María vivió en la tierra, ella fue capaz de estar cerca de algunas personas; ahora, reinando como reina en el cielo, y porque ella está con Dios y en Dios, María está cerca de cada uno de nosotros. Podemos recurrir a ella en la oración como sus hijos; a su vez, escucha nuestras oraciones y nos puede ayudar como una madre. 



Un suspiro al Tabernáculo, donde está el mártir más grande y augusto, y una mirada a María al pie de la cruz, pueden hacer caer una gota de bálsamo sobre las heridas más profundas y dolorosas”.

Necesidad de María para llegar a Jesús


María es la estrella que debe guiar nuestros pasos en nuestra búsqueda de Jesús. Dios quiso darnos a Jesús por medio de María y también por su medio llevarnos a el: A la voz de María, Isabel fue llena del Espíritu Santo y Juan fue santificado, en sus brazos encontraron los pastores a Jesús, en su regazo lo hallaron los Magos venidos de Oriente, solo con ella podemos los Cristianos de hoy encontrar seguramente a Jesús.

Hacernos discípulos suyos, seguidores e imitadores suyosformar en nosotros la imagen viva de su divino Hijo, dóciles a la gracia de la cual ella es medianera universal y fieles a los impulsos del Espíritu Santo que en ella engendro a Jesús y solo en allá engendra para Dios a los nuevos hijos del Reino.

Poderosos son los enemigos de nuestra salvación y muy grandes los obstáculos que encontramos en el fiel seguimiento de Cristo y solo bajo su amparo podremos alcanzar como ella, la plena perfección en esta vida y la gloria entera en la otra.


Todos nosotros hemos conocido el gran amor de Juan Pablo II por la Madre de Dios: Donarse por entero a María significó ser, con ella, todo para el Señor”.

Como he consagrado cada momento de mi vida, de la misma manera en que yo consagro al Inmaculado Corazón de María en el momento de mi muerte de la tierra al cielo y del tiempo a la eternidad. 



SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD
DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO


Castelgandolfo, 15 de agosto de 2013

Queridos hermanos y hermanas
El Concilio Vaticano II, al final de la Constitución sobre la Iglesia, nos ha dejado una bellísima meditación sobre María Santísima. Recuerdo solamente las palabras que se refieren al misterio que hoy celebramos. La primera es ésta: «La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo» (n. 59). Y después, hacia el final, ésta otra: «La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo» (n. 68). A la luz de esta imagen bellísima de nuestra Madre, podemos considerar el mensaje que contienen las lecturas bíblicas que hemos apenas escuchado. Podemos concentrarnos en tres palabras clave: lucha, resurrección, esperanza.

El pasaje del Apocalipsis presenta la visión de la lucha entre la mujer y el dragón. La figura de la mujer, que representa a la Iglesia, aparece por una parte gloriosa, triunfante, y por otra con dolores. Así es en efecto la Iglesia: si en el Cielo ya participa de la gloria de su Señor, en la historia vive continuamente las pruebas y desafíos que comporta el conflicto entre Dios y el maligno, el enemigo de siempre. En esta lucha que los discípulos de Jesús han de sostener – todos nosotros, todos los discípulos de Jesús debemos sostener esta lucha –, María no les deja solos; la Madre de Cristo y de la Iglesia está siempre con nosotros. Siempre camina con nosotros, está con nosotros. También María participa, en cierto sentido, de esta doble condición. Ella, naturalmente, ha entrado definitivamente en la gloria del Cielo. Pero esto no significa que esté lejos, que se separe de nosotros; María, por el contrario, nos acompaña, lucha con nosotros, sostiene a los cristianos en el combate contra las fuerzas del mal. La oración con María, en especial el Rosario – pero escuchadme con atención: el Rosario. ¿Vosotros rezáis el Rosario todos los días? No creo [la gente grita: Sí] ¿Seguro? Pues bien, la oración con María, en particular el Rosario, tiene también esta dimensión «agonística», es decir, de lucha, una oración que sostiene en la batalla contra el maligno y sus cómplices. También el Rosario nos sostiene en la batalla.

La segunda lectura nos habla de la resurrección. El apóstol Pablo, escribiendo a los corintios, insiste en que ser cristianos significa creer que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos. Toda nuestra fe se basa en esta verdad fundamental, que no es una idea sino un acontecimiento. También el misterio de la Asunción de María en cuerpo y alma se inscribe completamente en la resurrección de Cristo. La humanidad de la Madre ha sido «atraída» por el Hijo en su paso a través de la muerte. Jesús entró definitivamente en la vida eterna con toda su humanidad, la que había tomado de María; así ella, la Madre, que lo ha seguido fielmente durante toda su vida, lo ha seguido con el corazón, ha entrado con él en la vida eterna, que llamamos también Cielo, Paraíso, Casa del Padre.

María ha conocido también el martirio de la cruz: el martirio de su corazón, el martirio del alma. Ha sufrido mucho en su corazón, mientras Jesús sufría en la cruz. Ha vivido la pasión del Hijo hasta el fondo del alma. Ha estado completamente unida a él en la muerte, y por eso ha recibido el don de la resurrección. Cristo es la primicia de los resucitados, y María es la primicia de los redimidos, la primera de «aquellos que son de Cristo». Es nuestra Madre, pero también podemos decir que es nuestra representante, es nuestra hermana, nuestra primera hermana, es la primera de los redimidos que ha llegado al cielo.

El evangelio nos sugiere la tercera palabra: esperanza. Esperanza es la virtud del que experimentando el conflicto, la lucha cotidiana entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal, cree en la resurrección de Cristo, en la victoria del amor. Hemos escuchado el Canto de María, el Magnificat es el cántico de la esperanza, el cántico del Pueblo de Dios que camina en la historia. Es el cántico de tantos santos y santas, algunos conocidos, otros, muchísimos, desconocidos, pero que Dios conoce bien: mamás, papás, catequistas, misioneros, sacerdotes, religiosas, jóvenes, también niños, abuelos, abuelas, estos han afrontado la lucha por la vida llevando en el corazón la esperanza de los pequeños y humildes. 

María dice: «Proclama mi alma la grandeza del Señor», hoy la Iglesia también canta esto y lo canta en todo el mundo. Este cántico es especialmente intenso allí donde el Cuerpo de Cristo sufre hoy la Pasión. Donde está la cruz, para nosotros los cristianos hay esperanza, siempre. Si no hay esperanza, no somos cristianos. Por esto me gusta decir: no os dejéis robar la esperanza. Que no os roben la esperanza, porque esta fuerza es una gracia, un don de Dios que nos hace avanzar mirando al cielo. Y María está siempre allí, cercana a esas comunidades, a esos hermanos nuestros, camina con ellos, sufre con ellos, y canta con ellos el Magnificat de la esperanza.

Queridos hermanos y hermanas, unámonos también nosotros, con el corazón, a este cántico de paciencia y victoria, de lucha y alegría, que une a la Iglesia triunfante con la peregrinante, nosotros; que une el cielo y la tierra, que une nuestra historia con la eternidad, hacia la que caminamos. Amén.


CONSAGRACION AL CORAZON INMACULADO DE MARIA
« He aquí que, encontrándonos hoy ante ti, Madre de Cristo, ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que, por amor nuestro, tu Hijo hizo de sí mismo al Padre cuando dijo: “Yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad” (Jn 17, 19). Queremos unirnos a nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los hombres, la cual, en su Corazón divino tiene el poder de conseguir el perdón y de procurar la reparación.
El poder de esta consagracióndura por siempre, abarca a todos los hombres, pueblos y naciones, y supera todo el mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de sembrar en el corazón del hombre y en su historia; y que, de hecho, ha sembrado en nuestro tiempo.
¡Oh, cuán profundamente sentimos la necesidad de consagración para la humanidad y para el mundo: para nuestro mundo contemporáneo, en unión con Cristo mismo! En efecto, la obra redentora de Cristo debe ser participada por el mundo a través de la Iglesia.



Peregrinación y Encuentro: Nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la Nueva Evangelización
Concluyó la 96 Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) con un compromiso de los Obispos del país por transmitir, a través de fórmulas novedosas, el amor de Dios a todos los sectores y ambientes, y colaborar decididamente en la construcción de una sociedad en la que se respete la vida, la dignidad y los derechos de toda persona.
Fueron cuatro días de trabajo en que los 130 obispos, 16 sacerdotes y representantes de la vida religiosa, reunidos en Cuautitlán Izcalli, Estado de México, compartieron información útil para continuar con la difusión del Evangelio, con ejemplos de programas impulsados por algunas Arquidiócesis, como la de Acapulco, en respuesta a la preocupación generada por el intenso dolor y atroz sufrimiento que experimentan en México muchos hermanos.
A través de una carta, los pastores de México le informaron al Santo Padre Francisco “la injusticia, desigualdad, marginación, pobreza, migración, la confusión y el aumento de la violencia y la inseguridad provocada por el crimen organizado… la corrupción y la impunidad, como lo han denunciado valientemente algunos hermanos en el Episcopado”, así como la solidaridad que siempre ha prestado la Iglesia en situaciones difíciles, como los recientes desastres naturales que afectaron el territorio nacional.
En su mensaje al Santo Padre, los Obispos también se propusieron “avanzar en la misión de anunciar el Evangelio con nuevo entusiasmo, nuevos métodos y un lenguaje capaz de llegar a las periferias del secularismo, convencidos de que, como Su Santidad ha dicho, ‘la luz de la fe aporta la visión completa de todo el recorrido y nos permite situarnos en el gran proyecto de Dios’”. (Lumen Fidei n. 29).
Por otra parte, durante la presentación de los resultados de la 96 Asamblea ante los medios de comunicación, el secretario general de la CEM, Mons. Eugenio Lira Rugarcía, indicó que “hay un convencimiento de los Obispos de transmitir el Evangelio para edificar sociedades en paz, y que hagan posible un desarrollo integral de las personas y de las comunidades”.
Añadió: “por eso queremos entrarle con más ganas a esta misión de anunciar el Evangelio, contagiar esta alegría a nuestros sacerdotes, a las personas consagradas, a los seminaristas y, sobre todo, a los laicos que son los más numerosos, para que en su vida personal, familiar, de amistades, de estudios, de trabajo, de convivencia social, puedan compartir esos valores”.
“para contrarrestar el clima de violencia e inseguridad que se viven en los estados”.


GRITO, GRACIA Y GRATITUD, CONCLUSIÓN DE LA PEREGRINACIÓN-ENCUENTRO CONTINENTAL AMERICANO EN LA BASÍLICA DE GUADALUPE, CARD. OUELLET

Al concluir la Peregrinación-Encuentro Continental Americano en la Basílica de Guadalupe, el Cardenal Marc Ouellet, Prefecto para la Congregación para los Obispos y Presidente de la Comisión Pontificia para América Latina, señaló que esta experiencia de fe podría resumirse en tres palabras: grito, gracia y gratitud.

Grito, ya que el peregrino trae consigo el clamor personal, familiar y social de los enfermos, de los pobres, de los marginados, de los migrantes, de los drogadictos, de las víctimas de la violencia y de los jóvenes que no reciben de su familia la transmisión de la fe. “En ellos –dijo el Cardenal Ouellet– podemos escuchar a Jesús que nos dice: tengo sed”.

Gracia, porque en el Tepeyac María nos lleva a Jesús; le presenta nuestra necesidad y nos invita a trabajar cómo discípulos y misioneros en la construcción de su casa, la Iglesia, lo que exige conversión personal y pastoral para brindar a todos amor, unidad, refugió y ternura.

Gratitud, que conduce al compromiso de ser discípulos-misioneros en perspectiva continental, procurando la santidad personal, familiar, parroquial y diocesana, a fin de dejar ver a Dios e ir a las periferias para comunicar organizadamente la luz de la fe, sabiendo adaptarnos al cambio de época, aprovechando los recursos de la tecnología y creando redes con universidades, parroquias y movimientos.

Finamente, el Card. Ouellet pidió llevar el mensaje de Guadalupe a los santuarios de América y crear una red entre ellos, fortaleciendo así la pastoral de santuarios.



Mensaje de apertura del Emmo. Sr. Cardenal José Francisco Robles Ortega
de José Francisco Robles Ortega
Arzobispo de Guadalajara y Presidente de la CEM 






Saludo deS.E.R. Mons. Christophe Pierre
Nuncio Apostólico en México
Peregrinación y Encuentro
“Nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la Nueva Evangelización en el Continente Americano”
(I.N. Basílica de N.S. de Guadalupe, México, D.F., 16 de noviembre de 2013)
Eminentísimos Señores Cardenales
Excelentísimos Señores Obispos
Hermanas y hermanos todos
          Me complace unir mis sentimientos a las palabras de saludo que con afecto nos han dirigido los Señores Cardenales Norberto Rivera Carrera, Arzobispo de México, y Marc Ouellet, Prefecto de la Congregación para los Obispos, así como a las de Mons. Glennie, Rector de la Basílica de Guadalupe. Expresiones que acojo y que hago mías al dirigir a todos, también yo, mis saludos de bienvenida.
Bienvenidos a esta tierra bendecida por Dios con la presencia de la siempre Virgen Santa María de Guadalupe, milagrosamente estampada en la tilma del macehual Juan Diego. Bienvenidos a esta tierra a la que la Providencia me ha traído, y en la que contento me encuentro desde hace más de seis años sirviendo aquí a la Iglesia como Nuncio del Santo Padre. Bienvenidos a esta tierra rica en historia, en cultura y religiosidad, y rica, sobre todo, en sus gentes, descendientes de aquellas que bajo la mirada materna y siempre amorosa de Santa María, fueron pioneras en la edificación del pueblo mexicano, del pueblo mestizo que atesora, aún hoy, una enraizada religiosidad mariana y una profunda identidad guadalupana. 
Todo inició a los diez años de que México Tenochtitlán cayera en manos de los “conquistadores” del “nuevo mundo”Cuando, en el Tepeyac, un evento único y maravilloso vino a cambiar el destino ciertamente doloroso de quienes entonces habitaban estas tierras, dándoles nueva esperanza, dignidad, orgullo, reconciliación con su pasado y con su presente, proyectándolos hacia un futuro válido y prometedor.
Fue precisamente entonces cuando a aquel macehual se le apareció la Señora del cielo que se presentaba como “madre del verdadero Dios por quien se vive” y como madre de todos los hombres oriundos de estas tierras representados ahí por Juan Diego, a quien dirá: “¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?”. María de Guadalupe llegaba, en efecto, como madre anhelante de dar amor y consuelo a todos los hombres y mujeres, a los jóvenes, niños y ancianos que a Ella se acogiesen. Llegaba para convertirse en germen de un pueblo totalmente nuevo.
Santa María de Guadalupe pidió, entonces, la edificación de un templo. Pidió un “espacio” en donde pudiera alojarse y estar cercano, “el Verdadero Dios por quien vivimos”. Un lugar simbólico a partir del cual poder extender su reinado sobre las “tierras conquistadas” y sobre los corazones de todos sus habitantes, invitándolos, en consecuencia, a permitir que sus mentes y sus vidas fuesen transformadas, pero también, por difícil que pudiera parecer, a pasar de la rivalidad al respeto del otro, a vivir la fraternidad. 
¡Y qué gran lección ha dado y da Santa María de Guadalupe a todas las generaciones y a todas las Naciones, enseñándonos que, en Ella, que lleva siempre a su Hijo a los hombres, lo humanamente irreconciliable puede reconciliarse; que la discrepancia puede armonizarse y humanizarse y, en consecuencia, divinizarse!
Envuelta en lo más expresivo de los símbolos de la cultura indígena y de la cultura europea, la Madre del Verdadero Dios pide se le construya un templo, signo y presagio de un mundo nuevo, de una sociedad nueva, en la que los hombres pudieran vivir y respetarse como hermanos, y también, desde el cual Ella pudiera mostrar y dar su amor y compasión a cada persona humana.
Y ya, desde entonces, con su presencia y mensaje María de Guadalupe no ha cesado de llamar a todos a llenarse de la alegría de vivir y a trabajar, no solos, sino con Ella, para lograr transformar toda triste historia de enajenación y toda cultura de descarte, en historia de salvación, en historia con futuro. Para lograr el renacimiento de una nueva humanidad, en la que a cada uno le sea posible ocupar, efectiva y eficazmente, su propio lugar, aquel desde el cual será capaz de aportar su propia riqueza humana, espiritual y cultural, dentro y fuera de sus fronteras.
María de Guadalupe se muestra así, como la madre que viene a enjugar los rostros sufrientes de sus hijos, pero también, como la Mujer y Madre que vino a dar un nuevo “rostro” y un “nuevo corazón” a los habitantes de México y del Nuevo Mundo; porque, si es cierto que el corazón espiritual de México late incesantemente en su Insigne y Nacional Basílica, es también verdad que ese es un corazón que se prolonga hasta los últimos confines del mundoporque Santa María de Guadalupe es, sí, Madre de los mexicanos, pero es, también, Madre de todo aquel que a Ella se acerca en busca de conversión, de consuelo, de intercesión.
Aunque ya glorificada, María, la perfecta discípula Misionera ha también venido, presurosa, a estas tierras, trayendo en su seno a Jesús, para ofrecérnoslo y para conducirnos a Él. María de Guadalupe es, por ello, también por ello, la perfecta misionera a la que todo discípulo debe saber mirar. Mujer verdaderamente misionera, porque Mujer verdaderamente discípula que bien aprendió que, así como Jesús fue testigo y revelador del misterio del Padre, así también Ella debía ser y seguir siendo, testigo de la presencia viva de su Hijo en medio de los suyos.
“Los suyos”, los discípulos de su Hijo que, a su vez, están llamados a ser eficazmente anunciadores y testigos de la obra del Padre, por el Hijo, en el mundo actual. Del mismo modo que María se ha hecho testigo y reveladora del Hijo, así los hijos, siendo verdaderamente discípulos, estaremos capacitados para ser hoy y mañana, necesaria y verdaderamente misioneros. 
¡Sí hermanos! Ayer como hoy, por el don del Espíritu Santo, la Iglesia en México y en toda América Latina y el Caribe, a imagen y ejemplo de María de Guadalupe, está llamada a convertirse en “evangelio vivo”, anuncio que la obra del Resucitado es camino de vida y de libertad para todo el hombre y para todos los hombres. 
Muchas gracias.



http://www.christusrex.org/www1/icons/jesus-11.html

El Papa Francisco dice a propósito de si mismo algo que en general se puede aplicar a los latinos y muy especialmente a los Mexicanos. !no somos grandes santos, esa es la verdad, somos pecadores estandard, pero Dios nos miro con amor y nos ha llamado a ser Testigos de Cristo. Y hemos sido fieles a nuestra manera.

SANTUARIO DE LA VIRGEN DE GUADALUPE EN  HUEJUTLA, hIDALGO, MEXICO
Santuario de la Virgen de Guadalupe construido por D. Juan de Dios Caballero Reyes, quinto Obispo de Huejutla, Hidalgo, México. 
EN 1981 INICIE ESTE TEMPLO Y YA NUNCA TE DEJARE. (El12 de diciembre de 1981, 450 aniversario de las Apariciones de la Virgen de Guadalupe)

«La Virgen Santísima de Guadalupe vela por su puebloEstá en todos los hogares, y es testigo de ilusiones sin fin, de ocultos deseos, de fervorosos trabajos. Se halla en el vehículo que transporta al mexicano, y cuida a un mismo tiempo al conductor y al pasaje.

Viaja igual en las ondas de la radio que en los canales de la televisión, y hasta en las confortables cabinas de los aviones o en los camarotes de los grandes trasatlánticos. Igual ensalzada en las gargantas cancioneras de mariachis, que en conferencias de letrados. Todo habla de Ella. Todo en México está integrado por su dulce espíritu, y cuanto de bueno tiene el mexicano gusta de atribuirlo a la suave sonrisa de la Virgen.

Es asistente forzosa a inauguraciones y bendiciones de casas, edificios, tiendas, oficinas, industrias y despachos. Cuida a los enfermos en innumerables camas de hospitales. Vigila en las estaciones la llegada y salida de los trenes.

El Papa Francisco dice a propósito de si mismo algo que en general se puede aplicar a los latinos y muy especialmente a los Mexicanos. !no somos grandes santos, esa es la verdad, somos pecadores estandard, pero Dios nos miro con amor y nos ha llamado a ser Testigos de Cristo. Y hemos sido fieles a nuestra manera.

«La Virgen Santísima de Guadalupe vela por su puebloEstá en todos los hogares, y es testigo de ilusiones sin fin, de ocultos deseos, de fervorosos trabajos. Se halla en el vehículo que transporta al mexicano, y cuida a un mismo tiempo al conductor y al pasaje.

Viaja igual en las ondas de la radio que en los canales de la televisión, y hasta en las confortables cabinas de los aviones o en los camarotes de los grandes trasatlánticos. Igual ensalzada en las gargantas cancioneras de mariachis, que en conferencias de letrados. Todo habla de Ella. Todo en México está integrado por su dulce espíritu, y cuanto de bueno tiene el mexicano gusta de atribuirlo a la suave sonrisa de la Virgen.

Es asistente forzosa a inauguraciones y bendiciones de casas, edificios, tiendas, oficinas, industrias y despachos. Cuida a los enfermos en innumerables camas de hospitales. Vigila en las estaciones la llegada y salida de los trenes.



El Papa Francisco dice a propósito de si mismo algo que en general se puede aplicar a los latinos y muy especialmente a los Mexicanos. !no somos grandes santos, esa es la verdad, somos pecadores estandard, pero Dios nos miro con amor y nos ha llamado a ser Testigos de Cristo. Y hemos sido fieles a nuestra manera.


«La Virgen Santísima de Guadalupe vela por su puebloEstá en todos los hogares, y es testigo de ilusiones sin fin, de ocultos deseos, de fervorosos trabajos. Se halla en el vehículo que transporta al mexicano, y cuida a un mismo tiempo al conductor y al pasaje.

Viaja igual en las ondas de la radio que en los canales de la televisión, y hasta en las confortables cabinas de los aviones o en los camarotes de los grandes trasatlánticos. Igual ensalzada en las gargantas cancioneras de mariachis, que en conferencias de letrados. Todo habla de Ella. Todo en México está integrado por su dulce espíritu, y cuanto de bueno tiene el mexicano gusta de atribuirlo a la suave sonrisa de la Virgen.

Es asistente forzosa a inauguraciones y bendiciones de casas, edificios, tiendas, oficinas, industrias y despachos. Cuida a los enfermos en innumerables camas de hospitales. Vigila en las estaciones la llegada y salida de los trenes.


DIOS ES DIOS DE TODOS. 
JESÚS ES EL SEÑOR DE LA VIDA Y DE LA HISTORIA
NACIÓ, MURIÓ Y RESUCITO PARA SALVARNOS Y MOSTRAR EL AMOR Y LA MISERICORDIA DE DIOS.
Como enseña San Pablo a Timoteo y Dios por su medio a todos nosotros.: Lo que voy a decirte es digno de confianza y puedes creerlo con toda seguridad: Cristo vino a este mundo a salvar a los pecadores, de los cuales Yo soy el primero, por eso he alcanzado misericordia para ser el primero que muestre la paciencia de Jesús, para ejemplo y confianza de aquellos que han de creer en El para alcanzar la Vida Eterna. (1a. Timoteo 1, 15 ·16).

HAY DOS COSAS QUE EL CIELO APRECIA MUCHO: LA HUMILDAD Y LA FIDELIDAD,  COMO LA DEL HUMILDE JUAN DIEGO QUE NOS REPRESENTABA, DESPUÉS DE CUMPLIR SU ENCARGO YA NUNCA SE APARTO DE MARÍA. POR ESO DIOS ESCOGIÓ TAMBIÉN A MÉXICO  'SIEMPRE FIEL'  COMO TESTIGO DE SU FE ANTE EL MUNDO ENTERO.


En todas partes está nuestra Lupita. México entero se halla saturado de su imagen, de su presencia y de su amor. Todo México tiene que ver con la Guadalupe que da su nombre a personas, a villas y poblados, a tiendas, fábricas, haciendas, rancherías, granjas, colonias, teatros y hoteles. Es como si la Virgen de Guadalupe se hubiera convertido en substancia de la Patria».


CRISTO VIVE EN LA EUCARISTÍA,

CRISTO VIVE EN SU PALABRA,
CRISTO VIVE EN SU IGLESIA,
CRISTO VIVE EN SUS FIELES QUE COMO DISCÍPULOS ESCUCHAN Y VIVEN EL EVANGELIO Y COMO MISIONEROS ANUNCIAN A JESUCRISTO.



"Nican Mopohua"(aquí se narra)







NO ESTOY YO AQUÍ QUE SOY TU MADRE
NO ESTAS EN MI REGAZO Y CORRES POR MI CUENTA
Entrando en nuestra historia nos revela nuestra verdadera Identidad de hijos de Dios

Santa María de Guadalupe comunica su mensaje a Juan Diego tomando en cuenta su modo de ser y de pensar, sus términos y símbolos, y le habla en su mentalidad y lenguaje: "VERDADERÍSIMO DIOS POR QUIEN SE VIVE... EL DUEÑO DE LA CERCANÍA Y DE LA INMEDIACIÓN". 

En el más refinado estilo náhuatl, un sabio del colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, ANTONIO VALERIANO, escribió a mediados del siglo XVI la narración que debió oír mil veces en su juventud de los labios de su protagonista Juan Diego Cuauhtlatoatzin, dejándonos ahí no solo la crónica, 

sino la vivencia del mundo indígena. Son pocas páginas pero constituyen una bellísima joya de la literatura náhuatl de la que son pobre reflejo las traducciones al español, aún la de PRIMO FELICIANO VELAZQUEZ, que es la más conocida y la que aquí presentamos. La obra podría calificarse de relato poético en una prosa llena de gracia e ingenio.

JUAN DIEGO, llamado Cuauhtlatoatzin antes de su conversión al cristianismo y 

protagonista de las apariciones, vivió del año 1474 (?) al 1548. Contaba con 

57 años de edad en el momento en que la Virgen María se le apareció.

ANTONIO VALERIANO (1520-1605), AUTOR DEL "Nican mopohua", era indígena de raza tepaneca pura, muy culto; hablaba el náhuatl como lengua propia y había aprendido el castellano y el latín. Su padre fue contemporáneo de Juan 

Diego, de manera que Valeriano bien pudo escuchar el relato de las 

apariciones de los mismos labios del vidente. Valeriano tenía once años 

cuando las apariciones, y veintiocho a la muerte de Juan Diego.

El "Nican mopohua" fue escrito en Tlatelolco, posiblemente hacia el año 

1549, sobre papel hecho de pulpa de maguey como los antiguos códices 

aztecas, en lengua náhuatl pero con caracteres latinos.

El "Nican Mopouha" narra cinco apariciones de la Virgen de Guadalupe: 

cuatro a Juan Diego y una a su tío Juan Bernardino; así como el suceso 

datado en 1531 por el que quedo estampada la imagen de la Virgen en 

una tilma de hilo de maguey, de las que comúnmente usaban los indios 

(se conserva en la Basílica de la Ciudad de México). Los diálogos que tienen lugar entre Juan Diego y Santa María han servido de falsilla a la piedad de millones de mexicanos de todas las generaciones.










 LOS OJOS DE LA VIRGEN

DE GUADALUPE

Análisis por Computadora.


Pequeñas figuras en miniatura impresas en ambas Corneas de la Imagen Guadalupana que ningún se humano pudo pintar y menos en 1531.




Estas figuras se encuentran en la pupila misma de la Imagen Bendita. 
A la derecha en blanco y negro se distingue la primer figura barbada que se descubrió en los ojos de la Guadalupana con ayuda de una lupa.

VIDEO DR. ASTE LOS OJOS DE LA VIREGEN DE GUADALUPE


La posibilidad de que hayan sido pintadas por una mano humana es nula.
Ahora después de 5 siglos pueden comprobarse científicamente al escanear y amplificar los ojos de la Imagen, y aun nuestros jóvenes expertos  pueden observar estas pequeñísimas imágenes que estan en la pupila y todas las otras que se ven reflejadas en su corneas, escaneando en sus computadoras una buena fotografía y comprobar la autenticidad del milagro Guadalupano.



Hay que hacer notar que en una persona viva, las personas que se encuentran frente del sujeto fotografiado quedan reflejadas en las corneas y sus imágenes aparen en las fotografías, pero lo que tu estas viendo aparece en la parte mas importante de los ojos, en las Pupilas. Y la presencia de un grupo familiar en ambos ojos de la Señora de Guadalupe nos parece un mensaje  que tanto necesita el mundo contemporáneo, porque tiene a la familia en las niñas de sus ojos. No solo a esa familia que nos represento en aquella ocasión, sino todos, tu y yo y nuestras familias que Ella desde el cielo esta mirando.



LOS OJOS DE LA VIRGEN DE GUADALUPE

Análisis por Computadora





DESCRIPCIÓN DE LA IMAGEN

La manta en que milagrosamente se apareció la imagen de la Señora del cielo, era el abrigo de Juan Diego: Ayate un poco tieso y bien tejido. porque en este tiempo era de ayate la ropa y abrigo de todos los pobres indios; sólo los nobles, los principales y los valientes guerreros, se vestían y ataviaban con manta blanca de algodón. El ayate, ya se sabe, se hace de ichtli, que sale del maguey. Este precioso ayate en que se apareció la siempre Virgen nuestra Reina es de dos piezas, pegadas y cosidas con hilo blando.

Es tan alta la bendita imagen, que empezando en la planta del pie, hasta llegar a la coronilla, tiene seis jemes y uno de mujer. Su hermoso rostro es muy grave y noble, un poco moreno. Su precioso busto aparece humilde: están sus manos juntas sobre el pecho, hacia donde empieza la cintura. Es morado su cinto. Solamente su pie derecho descubre un poco la punta de su calzado color de ceniza. Su ropaje en cuanto se ve por fuera, es de color rosado,  que en las sombras parece bermejo; y está bordado con diferentes flores, todas en botón y de bordes dorados.
Prendido de su cuello esta un anillo dorado, con rayas negras al derredor de las orillas, y en medio una cruz. Además, de adentro asoma otro vestido blanco y blando, que ajusta bien en las muñecas y tiene deshilado el extremo.

Su velo, por fuera, es azul celeste; sienta bien en su cabeza; para nada cubre su rostro; y cae hasta sus pies, ciñéndose un poco por enmedio: tiene toda su franja dorada, que es algo ancha, y estrellas de oro por dondequiera, las cuales son cuarenta y seis. Su cabeza se inclina hacia la derecha; y encima sobre su velo, esta una corona de oro, de figuras ahusadas hacia arriba y anchas abajo.
A sus pies esta la luna, cuyos cuernos ven hacia arriba. Se yergue exactamente enmedio de ellos y de igual manera aparece en medio del sol, cuyos rayos la siguen y rodean por todas partes. Son cien los resplandores de oro, unos muy largos, otros pequeñitos y con figuras de llamas: doce circundan su rostro y cabeza: y son por todos cincuenta los que salen de cada lado. Al par de ellos, al final, una nube blanca rodea los bordes de su vestidura.

Esta preciosa imagen, con todo lo demás, va corriendo sobre un ángel, que medianamente acaba en la cintura, en cuanto descubre; y nada de él aparece hacia sus pies, como que está metido en la nube. Acabandose los extremos del ropaje y del velo de la Señora del cielo, que caen muy bien en sus pies, por ambos lados los recoge con sus manos el ángel, cuya ropa es de color bermejo, a la que se adhiere un cuello dorado, y cuyas alas desplegadas son de plumas ricas. Largas y verdes, y de otras diferentes. La van llevando las manos del ángel, que, al parecer, esta muy contento de conducir así a la reina del Cielo.





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