jueves, 22 de agosto de 2013

EL SOPLO DEL ESPIRITU


" No debemos afligir al Espíritu Santo que está en nosotros, que está dentro de nosotros y trabaja dentro de nosotros "

Y PARA QUE NO VIVAMOS YA PARA NOSOTROS MISMOS, SINO PARA EL QUE MURIÓ POR NOSOTROS, ENVIÓ DESDE TU SENO !OH PADRE!, AL ESPÍRITU SANTO.

Y este Espíritu Santo, fuente de toda pureza, tiene fundamentalmente dos dimensiones de su actividad.“Perdonar los pecados”. Bien sabe Dios de nuestra limitación y fragilidad. Nos da el Espíritu para poder liberarnos de la esclavitud de nuestros pecados en el pasado, en el ayer.

Ese es el primer paso. Pero no nos deja solos de nuevo ante estas tentaciones , por eso hay una segunda dimensión del Espíritu Santo, que es "la de la renovación interior", cambiarnos, darnos fortaleza, ser alma de nuestra almaguardar nuestro cuerpo y nuestra alma puros y sin mancha, lo que nos traerá el consuelo y la paz, para ir dando testimonio de que, con El, la vida es posible vivirla conforme al proyecto inicial de nuestro Padre Dios: en el amor. 



La fe es ante todo un don que hemos recibido. Pero para dar fruto, la gracia de Dios pide siempre nuestra apertura a Él, nuestra respuesta libre y concreta. Cristo viene a traernos la misericordia de Dios que salva. A nosotros se nos pide que nos confiemos a Él, que correspondamos al don de su amor con una vida buena, hecha de acciones animadas por la fe y por el amor.

Es el Espíritu Santo el que nos da esta capacidad de fortalecer nuestro propio espíritu y poder cumplir la misión en nuestra vida como lo hizo Jesús en su momento.



Queridos hermanos y hermanas, la Ascensión no indica la ausencia de Jesús, sino que nos dice que Él vive en medio de nosotros de un modo nuevo; ya no está en un sitio preciso del mundo como lo estaba antes de la Ascensión; ahora está en el señorío de Dios, presente en todo espacio y tiempo, cerca de cada uno de nosotros. En nuestra vida nunca estamos solos: contamos con este abogado que nos espera, que nos defiende. Nunca estamos solos: el Señor crucificado y resucitado nos guía; con nosotros se encuentran numerosos hermanos y hermanas que, en el silencio y en el escondimiento, en su vida de familia y de trabajo, en sus problemas y dificultades, en sus alegrías y esperanzas, viven cotidianamente la fe y llevan al mundo, junto a nosotros, el señorío del amor de Dios, en Cristo Jesús resucitado, que subió al Cielo, abogado para nosotros. 


En el Credo profesamos que Jesús «de nuevo vendrá en la gloria para juzgar a vivos y muertos». La historia humana comienza con la creación del hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios y concluye con el juicio final de Cristo. A menudo se olvidan estos dos polos de la historia, y sobre todo la fe en el retorno de Cristo y en el juicio final a veces no es tan clara y firme en el corazón de los cristianos. 

 Queridos hermanos y hermanas, que contemplar el juicio final jamás nos dé temor, sino que más bien nos impulse a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerle en los pobres y en los pequeños; para que nos empleemos en el bien y estemos vigilantes en la oración y en el amor. Que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, nos reconozca como siervos buenos y fieles. Gracias.


El Espíritu Santo, en efecto, es la tercera Persona de la Santísima Trinidad; es el gran don de Cristo Resucitado que abre nuestra mente y nuestro corazón a la fe en Jesús como Hijo enviado por el Padre y que nos guía a la amistad, a la comunión con Dios. Y con los hermanos. Pero quisiera detenerme sobre todo en el hecho de que el Espíritu Santo es el manantial inagotable de la vida de Dios en nosotros.

El Espíritu mismo es “el don de Dios” por excelencia, es un regalo de Dios, y a su vez comunica a quien lo acoge diversos dones espirituales.

Hoy quisiera reflexionar sobre la acción que realiza el Espíritu Santo al guiar a la Iglesia y a cada uno de nosotros a la Verdad. Jesús mismo dice a los discípulos: el Espíritu Santo «os guiará hasta la verdad» (Jn 16, 13), siendo Él mismo «el Espíritu de la Verdad» (cf. Jn 14, 17; 15, 26; 16, 13).

¿Cuál es, entonces, la acción del Espíritu Santo en nuestra vida y en la vida de la Iglesia para guiarnos a la verdad? Ante todo, recuerda e imprime en el corazón de los creyentes las palabras que dijo Jesús, y, precisamente a través de tales palabras, la ley de Dios —como habían anunciado los profetas del Antiguo Testamento— se inscribe en nuestro corazón y se convierte en nosotros en principio de valoración en las opciones y de guía en las acciones cotidianas; se convierte en principio de vida. Se realiza así la gran profecía de Ezequiel: «os purificaré de todas vuestras inmundicias e idolatrías, y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo... Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos» (36, 25-27). En efecto, es del interior de nosotros mismos de donde nacen nuestras acciones: es precisamente el corazón lo que debe convertirse a Dios, y el Espíritu Santo lo transforma si nosotros nos abrimos a Él.

El Espíritu Santo, luego, como promete Jesús, nos guía «hasta la verdad plena» (Jn 16, 13); nos guía no sólo al encuentro con Jesús, plenitud de la Verdad, sino que nos guía incluso «dentro» de la Verdad, es decir, nos hace entrar en una comunión cada vez más profunda con Jesús, donándonos la inteligencia de las cosas de Dios. Y esto no lo podemos alcanzar con nuestras fuerzas. Si Dios no nos ilumina interiormente, nuestro ser cristianos será superficial. La Tradición de la Iglesia afirma que el Espíritu de la Verdad actúa en nuestro corazón suscitando el «sentido de la fe» (sensus fidei) a través del cual, como afirma el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio, se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida, la profundiza con recto juicio y la aplica más plenamente en la vida (cf. Const. dogm. Lumen gentium, 12). 


Preguntémonos: ¿estoy abierto a la acción del Espíritu Santo, le pido que me dé luz, me haga más sensible a las cosas de Dios? Esta es una oración que debemos hacer todos los días: «Espíritu Santo haz que mi corazón se abra a la Palabra de Dios, que mi corazón se abra al bien, que mi corazón se abra a la belleza de Dios todos los días». Quisiera hacer una pregunta a todos: ¿cuántos de vosotros rezan todos los días al Espíritu Santo? Serán pocos, pero nosotros debemos satisfacer este deseo de Jesús y rezar todos los días al Espíritu Santo, para que nos abra el corazón hacia Jesús.

Pensemos en María, que «conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19.51). La acogida de las palabras y de las verdades de la fe, para que se conviertan en vida, se realiza y crece bajo la acción del Espíritu Santo. En este sentido es necesario aprender de María, revivir su «sí», su disponibilidad total a recibir al Hijo de Dios en su vida, que quedó transformada desde ese momento. A través del Espíritu Santo, el Padre y el Hijo habitan junto a nosotros: nosotros vivimos en Dios y de Dios. Pero, nuestra vida ¿está verdaderamente animada por Dios? ¿Cuántas cosas antepongo a Dios?

Queridos hermanos y hermanas, necesitamos dejarnos inundar por la luz del Espíritu Santo, para que Él nos introduzca en la Verdad de Dios, que es el único Señor de nuestra vida. En este Año de la fe preguntémonos si hemos dado concretamente algún paso para conocer más a Cristo y las verdades de la fe, leyendo y meditando la Sagrada Escritura, estudiando el Catecismo, acercándonos con constancia a los Sacramentos. Preguntémonos al mismo tiempo qué pasos estamos dando para que la fe oriente toda nuestra existencia. No se es cristiano a «tiempo parcial», sólo en algunos momentos, en algunas circunstancias, en algunas opciones. No se puede ser cristianos de este modo, se es cristiano en todo momento. ¡Totalmente! La verdad de Cristo, que el Espíritu Santo nos enseña y nos dona, atañe para siempre y totalmente nuestra vida cotidiana. Invoquémosle con más frecuencia para que nos guíe por el camino de los discípulos de Cristo. Invoquémosle todos los días. Os hago esta propuesta: invoquemos todos los días al Espíritu Santo, así el Espíritu Santo nos acercará a Jesucristo.

En el Credo, inmediatamente después de profesar la fe en el Espíritu Santo, decimos: «Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica». Existe un vínculo profundo entre estas dos realidades de fe: es el Espíritu Santo, en efecto, quien da la vida a la Iglesia, quien guía sus pasos. Sin la presencia y la acción incesante del Espíritu Santo, la Iglesia no podría vivir y no podría realizar la tarea que Jesús resucitado le confió de ir y hacer discípulos a todos los pueblos (cf.Mt 28, 19). Evangelizar es la misión de la Iglesia, no sólo de algunos, sino la mía, la tuya, nuestra misión. El apóstol Pablo exclamaba: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9, 16). Cada uno debe ser evangelizador, sobre todo con la vida. Pablo VI subrayaba que «evangelizar... es la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar» (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 14).

¿Quién es el verdadero motor de la evangelización en nuestra vida y en la Iglesia? Pablo VI escribía con claridad: «Él es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por Él, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado» (ibid., 75). Para evangelizar, entonces, es necesario una vez más abrirse al horizonte del Espíritu de Dios, sin tener miedo de lo que nos pida y dónde nos guíe. ¡Encomendémonos a Él! Él nos hará capaces de vivir y testimoniar nuestra fe, e iluminará el corazón de quien encontremos.

El Espíritu Santo, descendiendo sobre los Apóstoles, les hace salir de la sala en la que estaban encerrados por miedo, los hace salir de sí mismos, y les transforma en anunciadores y testigos de las «grandezas de Dios» (v. 11). Y esta transformación obrada por el Espíritu Santo se refleja en la multitud que acudió al lugar venida «de todos los pueblos que hay bajo el cielo» (v. 5), porque cada uno escuchaba las palabras de los Apóstoles como si fueran pronunciadas en la propia lengua (cf. v. 6).
Aquí tenemos un primer efecto importante de la acción del Espíritu Santo que guía y anima el anuncio del Evangelio: la unidad, la comunión.


Un segundo elemento: el día de Pentecostés, Pedro, lleno de Espíritu Santo, poniéndose en pie «con los Once» y «levantando la voz» (Hch 2, 14), anuncia «con franqueza» (v. 29) la buena noticia de Jesús, que dio su vida por nuestra salvación y que Dios resucitó de los muertos. He aquí otro efecto de la acción del Espíritu Santo: la valentía, de anunciar la novedad del Evangelio de Jesús a todos, con franqueza (parresia), en voz alta, en todo tiempo y lugar. Y esto sucede también hoy para la Iglesia y para cada uno de nosotros: del fuego de Pentecostés, de la acción del Espíritu Santo, se irradian siempre nuevas energías de misión, nuevos caminos por los cuales anunciar el mensaje de salvación, nueva valentía para evangelizar.


Indico solamente un tercer elemento, que, sin embargo, es particularmente importante: una nueva evangelización, una Iglesia que evangeliza debe partir siempre de la oración, de pedir, como los Apóstoles en el Cenáculo, el fuego del Espíritu Santo. Sólo la relación fiel e intensa con Dios permite salir de las propias cerrazones y anunciar con parresia el Evangelio. Sin la oración nuestro obrar se vuelve vacío y nuestro anuncio no tiene alma, ni está animado por el Espíritu.

Queridos amigos, como afirmó Benedicto XVI, hoy la Iglesia «siente sobre todo el viento del Espíritu Santo que nos ayuda, nos muestra el camino justo; y así, con nuevo entusiasmo, me parece, estamos en camino y damos gracias al Señor» (Discurso en la Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, 27 de octubre de 2012: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 4 de noviembre de 2012, p. 2). Renovemos cada día la confianza en la acción del Espíritu Santo, la confianza en que Él actúa en nosotros, Él está dentro de nosotros, nos da el fervor apostólico, nos da la paz, nos da la alegría. Dejémonos guiar por Él, seamos hombres y mujeres de oración, que testimonian con valentía el Evangelio, siendo en nuestro mundo instrumentos de la unidad y de la comunión con Dios. Gracias.



LA ERA  DEL ESPÍRITU SANTO

INTRODUCION

Así como San Luis María Griñon de Monfort en su libro: “La verdadera devoción a la Santísima Virgen Maria”, dio a la devoción a la Santísima Virgen Maria el lugar que verdaderamente le corresponde en la vida cristiana, no como algo añadido, sino como algo esencial a la vida cristiana, necesario, constante, no intermitente, sin lo cual no hay salvación; también el Eximio Arzobispo D. Luis Maria Martínez, Obispo Primado de México en los años tormentosos de la persecución religiosa en México, escribió un primer libro sobre el Espíritu Santo, que titulo a semejanza de San Luis Maria Griñon de Monfort: “La verdadera Devoción al Espíritu Santo”, en el que busca situar la devoción al Espíritu Santo en el lugar que le corresponde en la Iglesia. Estas hojas son un extracto que buscó mantenerse lo mas fiel que me fue posible a lo doctrina expuesta por el Sr. Martínez.


EL DULCISIMO HUÉSPED DEL ALMA

Dios no tiene sino un ideal que en su unidad prodigiosa encierra todas las formas de belleza superior porque es divina. Este ideal es Jesús.
El Espíritu Santo lo ama más que un artista a su ideal supremo. Ese amor es su ser, porque el Espíritu Santo es el amor único,  el amor personal del Padre y del Verbo.
Con divino entusiasmo se acerca a cada alma, soplo del altísimo, luz espiritual que puede fundirse con la Luz Increada, esencia exquisita que puede transformarse en Jesús, reproduciendo el ideal eterno. Con que amor suavísimo y fortísimo al mismo tiempo va realizando su obra divinamente artística.
Su creación no es exterior ni intermitente, sino intima y constante. Para el artista de las almas santificar y poseer es una misma cosa; porque la santificación es obra de amor y el amor es posesión.
Para realizar su ideal, el Espíritu Santo entra en las profundidades de las almas, las compenetra en sus íntimos senos, hace de ellas su morada permanente para hacer después en ellas su obra magnifica.
Por eso la primera relación que tiene el Espíritu Santo con las almas es la de ser “El dulce huésped del alma”, como lo invoca la Iglesia en al Misa de Pentecostés.
Sin duda que toda la Trinidad santísima habita en el alma desde que esta recibió la vida de la gracia, como ha de habitar eternamente en el alma por la vida de la gloria, expansión plena y dichosa de aquella vida. Así nos lo enseño Jesús en la noche de sus íntimos secretos: “Si alguno me ama, guardara mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a el y estableceremos en el nuestra morada.
La santa Escritura atribuye esta habitación espiritual al Espíritu Santo: ¿No sabéis dice San Pablo que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?.
La gracia y la caridad, esto es, la vida de nuestras almas, tienen relación con el Espíritu Santo que habita en nosotros. Y no es de manera transitoria que viene el Espíritu Santo, sino que establece en nosotros su morada permanente y vive en intima unión con nuestras almas.
Sin duda que por apropiación se atribuye al Espíritu Santo esta habitación permanente e intima en nuestras almas, que a todas las Divinas Personas corresponde; pero esta apropiación es hecha por la Escritura, por el mismo Jesucristo; y sabemos que esta apropiación es perfectamente fundada y admirablemente eficaz para revelarnos a la Trinidad Beatísima.
¿Por qué se atribuye al Espíritu Santo esta habitación en nuestras almas?. Porque es obra del amor. Dios esta  en nuestras almas de manera especialísima porque nos ama: El amor hace que el Dios de los cielos enamorado de los hombres baje hasta ellas y se les una de manera intima y permanente.
Pero no solo su amor, sino también el nuestro, porque ser mutuo es una exigencia del amor y para eso, para que nosotros correspondamos a su amor infinito con un amor creado ciertamente, pero sobrenatural y divino, el Espíritu Santo derrama en nuestras almas una imagen suya, la caridad; y esta llega a hacerse tan perfecta que puede decirse que Dios y nosotros formamos un mismo amor, una sola llama, un mismo Espíritu, como lo enseña san Pablo: Quien se une al Señor es un solo Espíritu con El.


EL DIRECTOR SUPREMO


La razón profunda de que Dios habite en nosotros y nosotros en El, es el Amor. Sin duda que también el conocimiento hace que Dios habite en nosotros como en un templo, pero no cualquier conocimiento, sino ese conocimiento como experimental que se llama Sabiduría que procede del Amor y produce amor.

En el orden de la gracia, el Amor lleva a la luz. El Espíritu Santo nos conduce al Verbo y por el Verbo vamos al Padre donde se consuma nuestra vida.

Aquí en la tierra la Caridad es el don primero y mas perfecto que realiza nuestra asimilación con el Espíritu Santo.  De la Caridad brota esa amorosa Sabiduría que realiza nuestra semejanza con el Verbo de Dios.

En la Razón humana, destello de la Luz de Dios pone el Espíritu Santo los Dones de Sabiduría, Entendimiento, Ciencia, y Consejo. En la voluntad el Don de Piedad y hasta en las facultades inferiores los dones de Fortaleza y de Temor de Dios para que todo el hombre reciba su influjo vivificante.

Sus Dones divinos que pertenecen al entendimiento nos asemejan al Verbo de Dios que es la Sabiduría Increada engendrada en el entendimiento del Padre.
Los Dones suyos que pertenecen a la voluntad nos asemejan al Espíritu Santo mismo que es el Amor Substancial, eterno infinito, que del Padre y del Hijo procede.

Apena toma posecion del alma, El dulce Huésped del alma no permanece ocioso en su santuario intimo. Vive en el centro del alma, en esa región profunda de la voluntad donde El mismo a difundido la Caridad, pero desde aquella cumbre se derrama en todo el hombre con divina unción dones divinos para que todo el hombre reciba su influjo vivificante.
Por medio de estos Dones el  mueve a todo el hombre, se convierte en director de la vida sobrenatural, mas aun, es alma de nuestra alma y vida de nuestra vida.

Si el hombre no tuviera que realizar mas que una obra de perfeccionamiento moral, adecuado a su naturaleza, bastaría la razón humana -- destello de la Luz de  Dios - para dirigir la vida del espíritu. Pero la obra que ha de realizarse en el hombre es divina, la reproducción de Jesús, obra maestra de Dios y para empresa tan alta es necesaria la dirección de Espíritu Santo. Sin esa dirección la santidad es imposible.

El Espíritu Santo enseña todo no solo como los maestros de la tierra, proyectando la luz de sus explicaciones sobre el objeto de sus enseñanzas, sino de manera intima: comunicando a la inteligencia una luz nueva, la Luz divina.

El verdadero director de las almas, el Maestro intimo, el alma de la vida espiritual es el Espíritu Santo. Sin El, ya lo hemos dicho, no hay santidad. El grado de perfección de un alma se mide por su docilidad al movimiento del Espíritu, por la prontitud y facilidad con que sus cuerdas producen las notas divinas de su cántico de amor.

La Iglesia en la Misa de Pentecostés expresa admirablemente lo que el Espíritu Santo hace en las almas: lava lo sucio, suaviza lo duro, calienta lo frió, rectifica lo que se ha desviado; enciende la luz en las almas, infunde el amor en los corazones y comunica a todo el ser del hombre maravillosa fortaleza.  



EL ALTÍSIMO DON DE DIOS

El Espíritu Santo No vive en nosotros solamente para poseernos con por su dulce presencia y por su divina acción. Vive también para ser nuestro, para ser poseído por nosotros, que tan propio del amor es amar como ser amado, poseer como ser poseído.
Casi siempre que se habla en la Escritura de la misión del Espíritu Santo en nuestras almas, el verbo que se emplea es DAR: “Yo rogare al Padre y os dará otro Paráclito”. “nos dio su Espíritu”. “Aun no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido todavía glorificado”.
Propio del amor es dar dones: El Padre nos dio a su Hijo porque nos ama, pero su primer Don, su don por excelencia es el Amor mismo. El Espíritu Santo  es el Amor de Dios, por eso es el Don de Dios. El es el DON de Dios por excelencia, y el don que es de quien lo da, se convierte en posesión de quien lo recibe.
En el amor terreno, que imperfecta, que efímera, que inconstante es la posesión. En el amor divino, se posee al que se ama con intimidad mas profunda que con nosotros mismos existe y de manera tan inamisible – por parte de Dios siempre y por parte de nosotros cuando el amor alcanza su perfección – que San Pablo escama: “Estoy cierto que ni la muerte, ni la vida ... ni criatura alguna podrá separarnos de la Caridad de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro”.
La posesión es el ideal del amor, la posesión mutua, perfecta, inamisible. Dios al amarnos y permitir que lo amaramos satisfizo divinamente esta exigencia del amor: Quiso ser nuestro y que nosotros fuéramos suyos.
Mas no decimos que poseemos sino aquello de que podemos gozar a nuestro arbitrio. De manera que una Persona divina no puede poseerse sino por la criatura racional unida a Dios. A lo cual llega, algunas veces, la criatura racional cuando de tal manera se hace participe del Verbo divino y del Amor que de El procede, que puede libre y verdaderamente conocer a Dios y amarlo rectamente.
Gozar de Dios es conocerlo y amarlo, porque siendo Espíritu, solamente pueden tocarlo nuestras facultades superiores, mas no por todo conocimiento, ni por todo amor se goza de Dios, sino por el conocimiento intimo que penetra su verdad y por el amor profundo que nos une con su bondad soberana.
Y para lograr ese conocimiento y ese amor, nuestras fuerzas no bastan, necesitamos recibir de Dios mismo sus dones: La participación del Verbo divino y de su Amor personal.
La misión del Espíritu Santo trae consigo la Caridad que es imagen creada, pero imagen del Espíritu Santo mismo. La misión del Verbo de Dios produce en el alma la sabiduría, imagen creada de la Sabiduría Increada. Y todo esto por obra del Espíritu Santo: Bajo el Espíritu Santo al seno de Maria y el Verbo se hizo carne; bajo a los Apóstoles en Pentecostés e hizo de ellos otro Jesús, continuadores de la vida y la obra de Jesús.  Baja a cada alma y forma en ella la imagen viva de Jesús.
Gozar del Espíritu Santo es amar, gozar del Verbo es conocer, pero así como las Personas divinas son inseparables, quien puede gozar de una Divina Persona puede gozar de las demás. Quien goza del Hijo y del Espíritu Santo va al gozo del Padre, hundiéndose, por decirlo así, en el seno de la inmensa ternura, en el océano de donde procede todo bien.
 Sin duda que esa participación plena del Verbo y del Espíritu Santo que nos hace conocer íntimamente y amar profundamente  a Dios es la santidad, es la unión. Pero apenas la vida de la gracia se inicia en las almas, Dios otorga sus dones, y las lamas empiezan a gozar de Dios.
Antes de que la vida espiritual llegue a la madurez de la unión, posee el alma el Don de Dios, pero como quien posee un tesoro cuyo valor desconoce, y de cuyas ventajas no puede aun disfrutar plenamente. Hay sombras tan espesas en su entendimiento; Hay todavía tan grade mezcla de afectos terrenos en su corazón; Esta tan ligada aun a las criaturas. Ni sabe el alma lo que posee, ni tiene la santa libertad de los hijos de Dios para batir sus alas y elevarse al gozo de Dios.
Esta es precisamente la obra del Espíritu Santo en las almas: desarrollar hasta su santa madurez, hasta la plenitud dichosa ese germen de vida que El mismo deposito en las almas. Entonces el alma es toda de Dios y Dios es todo del alma. Entonces Dios obra en el alma como se obra en lo que nos pertenece por completo, y el alma goza de Dios con la confianza, con la libertad con que disponemos de lo nuestro.
¡Que verdades tan profundas y tan consoladoras! El Espíritu Santo es nuestro. Podemos gozar de El y usar de sus afectos. Somos suyos, el Espíritu de Dios puede disponer de nosotros a su antojo, como quien dispone de los suyo. ¡Ah! “Si conocieras el Don de Dios” decía Jesús a la Samaritana. Si supiéramos los tesoros que se ocultan en la vida superior de las almas, las riquezas de ese mundo divino en el que nos introduce el DON de Dios.







EL CICLO DIVINO

La Encarnación es la donación que el Padre nos hizo del Verbo, por obra del Espíritu Santo. Este Divino Espíritu trajo a la Virgen María la divina fecundidad del Padre y el Verbo se hizo carne.
Cada uno de los principales misterios de Jesús es inspirado, como precedido por la acción del Espíritu Santo: El Espíritu Santo conduce a Jesús al desierto al comenzar la vida publica; aparece en forma de paloma en el Jordán y de nube luminosa en la transfiguración, y ese mismo Amor impulsa a Jesús a realizar la obra suprema de su misión; el acto supremo de su vida: la doble inmolación del Cenáculo y del Calvario.
Por el Espíritu Santo se ofreció a si mismo inmaculado a Dios y vuelve al Padre llevando consigo la humanidad regenerada.
Pero ese Divino Ciclo debía comenzar de nuevo, debe estar comenzado siempre y siempre consumándose hasta el fin de los tiempos. Y el Espíritu Santo vuelve a bajar en la solemnidad de Pentecostés, para reproducir a Jesús en la Iglesia y renovar en ella a través de los siglos los misterios de su vida.
Pero en cada alma debe reproducirse el ciclo divino. El Espíritu Santo traerá a cada alma la divina fecundidad del Padre yen el seno de cada alma encarnara el Verbo místicamente y Jesús cantara en cada alma el poema de sus divinos misterios y cada alma ira al Padre por El, y en el seno amoroso del Padre cada alma hallara su felicidad, volviendo a su principio y consumando a su vez el ciclo divino.
El fin de la santificación de las almas es la gloria del Padre, la esencia de esa obra maravillosa es la transformación en Jesús.
La glorificación del Padre es la obra de Jesús, y para hacer la obra de Jesús es preciso ser Jesús,  estar unido a El de tal manera  que la  glorificación  del Padre Celestial sea obra de Jesús.
En cada alma debe reproducirse el ciclo divino, ese es el glorioso destino de las almas
Muchas almas resistirán hasta el fin al Amor y lloraran su esterilidad en la irremisible lejanía del Amor. Otras poco dóciles al Amor y poco generosas en la indispensable correspondencia, presentaran apenas, al dejar este mundo un esbozo de Jesús, que se perfeccionara en el fuego del Purgatorio para que puedan entrar en el gozo de Dios. Solamente las almas de los santos dejándose poseer de la “donación de Cristo” realizaran plenamente los designios de Dios y en ellos aparecerá espléndida, acabada, perfecta la obra del Espíritu Santo y el ciclo divino se consumara en su majestuosa amplitud.


LA GLORIA DEL PADRE

La gloria del Padre, una gloria nueva, superior a la del orden natural, porque es del orden divino, es el fin de la Encarnación. Todo el misterio de Cristo tiene este término altísimo. Toda la economía del orden sobrenatural, todo el grandioso designio de Dios de reparar la naturaleza humana, se expresa en aquellas palabras del Canon de la Misa: “Por Cristo, con El y en El, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por todos los siglos de los siglos”.
Cristo mismo nos enseña que El vino a glorificar al Padre y cuando con el último acto de su vida – su muerte en la Cruz - termino el poema divino de la gloria del Padre, quiso que el poema de gloria resonara por los siglos. Pero solamente la voz de Jesús puede entonar este cántico divino, solamente de El puede recibir el Padre esa gloria. Sin El nada hay, nada vale en el orden divino.
Es pues preciso que la voz de las almas se una con la voz de Jesús para que suba al Padre, para que suene a gloria, para que tenga el divino acento que al Padre le complace.
En su afán de glorificar al Padre, en su ternura para las almas, Jesús se unió a las almas no solo para darles sus meritos, sino para que toda voz fuera su voz, y todo amor fuera su amor, y toda gloria su gloria.; y en El recibiera todo honor y toda gloria el Padre Celestial.
Para que el cántico se perfecto es necesario que todas las facultades humanas se rectifiquen y se armonicen, como las cuerdas de una lira, y que el Espíritu Santo sople e inspire en cántico único del amor.
Sin duda que la gracia santificante, que es una participación de la naturaleza divina es el fundamento de esa obra maravillosa, pero la asimilación especial a cada una de las Divinas Personas y la posesión singular de ellas, viene de dones sobrenaturales que tienen por raíz la gracia santificante: Los dones del entendimiento trazan el alma la imagen del Verbo y nos hacen poseer la Sabiduría , en tanto que los dones del amor nos asemejan al Espíritu Santo y nos ponen en felicísima posesión de El.
Por el Don de sabiduría, el alma se hace semejante al Verbo y lo posee – pues por ese don hay una misión del Hijo de Dios – Transformarse en Jesús es por lo tanto poseer plenamente el Don de Sabiduría.
Pero ese Don tiene sus raíces en la caridad: es luz que brota del amor. La Caridad, semejanza creada del Espíritu Santo y base la posesión del Amor Infinito, y de nuestra intimidad con El,  nos conduce a la Sabiduría, que nos da la imagen, la posesión y la intimidad con el Verbo de Dios.



LA PERFECCION CRISTIANA

Para Transformarse en Jesús es absolutamente preciso amar, amar sin medida, unirse a El tan estrechamente que se pueda mirar por sus ojos, que pueda el alma hacerse con El un solo Espíritu por la Caridad que trajo consigo la misión del Espíritu Santo , que nos hace poseerlo, que nos asemeja al Espíritu Santo.
Dios que es Caridad, nos da la imagen, la posesión,  y la intimidad del Verbo de Dios. Pero se ama por la Caridad que el Espíritu Santo derrama en nosotros al dársenos, El Espíritu Santo nos lleva a Jesús, nos hace Jesús, transformándonos en El en cuanto que por El se nos da la semejanza del Hijo natural, que es la Sabiduría engendrada.
Tal es el ciclo de la santificación de las almas: nadie puede ir al Padre sino por Jesús; nadie puede ir a Jesús sino por el Espíritu Santo. Y por Jesús, con Jesús, en Jesús las almas glorifican al Padre por los siglos de los siglos.
Se puede vislumbrar el proceso esencial de la perfección cristiana, que es la obra por excelencia dl Espíritu Santo: El Don de Dios se da El mimo a las almas y derrama en ellas el don de la Caridad, las virtudes sobrenaturales y todos sus dones.
Por las virtudes el Espíritu Santo purifica a las almas para que la caridad se desarrolle en ellas sin obstáculo. Cuando el alma ha sido purificada por las virtudes, la purifica más hondamente por los Dones y la armoniza de manera admirable.
Cuando el alma ha sido plenamente pacificada, penetrada por la caridad y poseída por el Espíritu Santo, se “transforma” en Jesús por la plenitud del Don de la Sabiduría.
La cumbre de esta divina ascensión del alma es unión transformante que es una unión muy intima con el Verbo de Dios , que aunque es fruto del amor,  es esencialmente una transformación de luz la que trajo consigo una misión especial del Hijo, y por consiguiente, una especial y perfecta posesión de El, según la expresión de San Pablo:  “Mas nosotros todos, contemplando a cara descubierta la gloria del Señor, nos transformamos en la misma imagen, de claridad en claridad, como por el Espíritu del Señor”.
La unión transformante es la obra del Espíritu Santo  que trae a las almas la divina fecundidad del Padre para que se forme en ellas la imagen viva de Jesús. Cuando el alma ha alcanzado esta unión perfectísima Jesús vive en las almas como en una prolongación mística de su vida mortal, y entonces el alma puede hacer, unida con Jesús, la obra de Jesús que es la glorificación del Padre.
 Esta vida de Jesús en las almas es como una prolongación mística de su vida mortal, como una encarnación mística en las almas por la cual renueva también místicamente el ellas los misterios de su vida, ya los de su infancia, de su vida publica, de su pasión o los de su vida Eucarística. 
El alma que ha llegado a la unión divina tiene con Jesús todas las relaciones santas propias del amor, porque el amor de Dios  condensa en su eminente perfección todos los matices legítimos y nobles del amor humano, como nos lo enseña el mismo Jesús: “Todo el que hace la voluntad de mi Padre que esta en los cielos, el mismo es mi hermano y mi hermana y mi madre”.
Pero en esta obra mística, como en aquella de la Divina Encarnación el Espíritu Santo requiere la cooperación de la criatura. El alma cubierta con la sombra del Espíritu Santo, guiada movida y fecundizada por El, forma en si misma a Jesús.






LA MOCION DEL ESPIRITU SANTO POR LOS DONES

La moción santificadora del Espíritu Santo por lo Dones es muy distinta de las divinas mociones que en todos los ordenes y en todos los instantes recibimos de Dios, ya que en El “vivimos y nos movemos y somos”.
Aun entre las mociones de orden sobrenatural, la moción del Espíritu Santo por lo Dones es lago muy especial. En las demás el Espíritu Santo ayuda nuestra debilidad, pero deja la dirección de los actos a nuestras facultades superiores, la inteligencia y la voluntad.
Pero en esta moción especial, el Espíritu Santo viene como río impetuoso y toma en lo intimo de nuestras almas el lugar que le corresponde a lo que hay en nosotros de mas intimo, de mas alto, de mas activo. Se constituye en director inmediato del alma y esta en la plenitud de su fuerza y de su libertad, no obra sino movida por el Espíritu.
Esta intima y especialísima moción es una moción de amor: se funda en el amor, la hace El Amor y conduce al Amor. Se diría que su moción es una caricia de amor infinito, que el Espíritu Santo nos mueve porque en la intima fusión de El y de nuestras almas que realizo la Caridad, se hace sentir en todo el hombre que es una sola cosa con El.
Sin esta moción santificadora del Espíritu, normalmente es imposible conseguir la salvación y menos la perfección cristiana, pues la razón del hombre, aunque enriquecida por la luz de Dios, aun contando con las virtudes sobrenaturales, es incapaz de realizar una obra tan grande como es la reproducción de Jesús en nuestras almas.
Las virtudes son sin duda medios preciosos para nuestra santificación, pero son nuestros medios, los instrumentos del Espíritu Santo son sus Dones.
Los Dones del Espíritu Santo han sido tan olvidados como el mismo divino Espíritu. Con el afán de ser prácticos, mucho piensan demasiado en la obra del hombre y poco, muy poco, en la obra de Dios. Exaltan las virtudes, lo cual es justísimo, pero, olvidan los Dones que tan bien son necesarios para la salvación y a ellos corresponde lo mas fino y exquisito de la obra santificadora.
La ruta del Espíritu es invariable e inmensa y aunque nadie sabe “ni de donde viene ni a donde va”, describe siempre con sus alas blanquísimas un circulo amoroso e infinito: viene del Padre y del Hijo, y hacia esa divinas personas tiende su vuelo majestuoso, arrastrando en la dulce impetuosidad de su soplo a las almas dóciles a su inspiración.
En el lenguaje de las apropiaciones divinas ¿nos podría decir que en el divino funcionamiento de los Dones, la regla, el ideal de los actos que se realizan bajo la inspiración del divino Espíritu, corresponde al Padre?.
¿No parece en el Evangelio la voluntad del Padre como la norma suprema  de Jesús?. ¿no es la gloria del Padre lo que formaba el único anhelo gigantesco y divino de su alma?. ¿no busca Jesús en los días de su vida mortal el ideal de sus actos en el seno del Padre?.
Bajo todos los aspectos el ideal es Dios, es el Padre y el termino es Jesús, Jesús que es la imagen del Padre. El papel del Espíritu Santo es traer del seno del Padre el divino ideal y sembrar en las almas, como roció de los  cielos, esa fecundidad divina, para que germine en ellas el fruto celestial.
Poco a poco, bajo la acción vivificante del Espíritu, bajo el influjo divino de los Dones, el alma se va adecuando al ideal divino e irán apareciendo en ella, primero rasgos dispersos, pálidos esbozos del ideal, después se va armonizando toda el alma, todos sus anhelos se funden en un amor que avasalla, todas las luces dispersas se unifican en un tema glorioso y divino.   ¡la obra va  a aparecer en su magnifica belleza!: La imagen del Padre, reproducida, creada, pero sobrenatural, llena de luz y de verdad, de aquella Imagen Única, infinita y sustancia del Padre que es su Verbo, quien al tomar nuestra carne quiso llamarse Jesús.

LAS VIRTUDES TEOLOGALES: FE, ESPERANZA Y CARIDAD


Los que se aman necesitan estar solos para amarse sin obstáculo, para mirarse sin estorbo, para hablar sin testigos, para fundir su corazón en la purísima unida del amor. A esa comunión intima de amor aspira el Huésped dulcísimo de nuestras almas y el misterio de esa comunión la realizan las Virtudes Teologales.
Para mirar al Espíritu Santo no basta nuestra inteligencia natural, por clara, profunda e ilustrada que sea. Para amarlo no es suficiente nuestro  corazón humano, para abrazarlo, no alcanzan las pobres fuerzas de nuestra        alma. Se necesitan ojos mas profundos, un corazón nuevo, las alas de la divina paloma para alcanzar esa divina intimidad.
Esta intimidad con Dios que el Espíritu Santo comunica al alma, cuyo germen viene al niño con la gracia, cuya plenitud es la santidad y cuya consumación es el cielo, es algo divino, que esta por encima de todas las fuerzas creadas y que requiere principios de actividad sobrenaturales y divinos.
Cuando el Esta intimidad con Dios que el Espíritu Santo comunica al alma, cuyo germen viene al niño con la gracia, cuya plenitud es la santidad y cuya consumación es el cielo, es algo divino, que esta por encima de todas las fuerzas creadas y que requiere principios de actividad sobrenaturales y divinos.
Cuando el Espíritu Santo del alma, la enriquece con múltiples y variados principios de acción sobrenatural, pero los únicos que pueden tocar íntimamente a Dios son las Virtudes Teologales.
Las demás virtudes purifican el alma, quitan de ella los obstáculos para la unión, la hermosean, la atavían, pero ninguna de ellas ni todas juntas pueden  hacer que el alma toque a Dios. La Fe son los ojos que lo contempla entre sombras, la Esperanza son los brazos que lo tocan y la Caridad es la que lo funde en inefable caricia en el corazón del Amado. La Caridad, amor creado hecho a la semejanza del Amor increado, el Espíritu Santo, esencia de la perfección y forma de todas las virtudes. 
La presencia del Espíritu Santo en nuestras almas exige que nos demos cuenta de ella, que tengamos la dulcísima convicción de que El habita en nuestros corazones, que vivamos bajo su mirada y que lo busque la nuestra.
A veces esa mirada se hace tan profunda que nos parece vivir ya en el seno de Dios, otras veces parece que el corazón esta vacío y que el alma ha perdido su inefable tesoro. Pero en medio de las inevitables vicisitudes de la vida espiritual, hay algo que no cambia: La certeza de la Fe: La Fe que apoyada en la firmeza inquebrantable de la palabra de Dios, no necesita para vivir ni de imágenes, ni de sentimientos, sino que, siempre firme, siempre precisa, siempre recta se afina con la desolación y se perfecciona en el consuelo.
Nuestra devoción al Espíritu Santo debe fundarse pues en la Fe, que es la base de la vida cristiana. Sin duda que la Fe es por su naturaleza imperfecta, pero para corregir en cuanto es posible sus imperfecciones, sirven los Done Intelectuales del Espíritu Santo, con los cuales la mirada de la Fe se hace mas penetrante, mas comprehensiva, mas divina y hasta mas deliciosa.



ESPERANZA


Pero la Fe no basta para la intimidad con Dios, aunque sea la primera y fundamental comunicación con EL, porque como enseña Santo Tomas de Aquino, en esta vida es mejor amar a Dios que conocerlo, y es mas unitivo el amor que el conocimiento.
Por la Esperanza tendemos al fin supremo de la vida, a la felicidad sobrenatural del cielo que es participación de la felicidad misma de Dios. Por la Esperanza tendemos a El, no con la incertidumbre y vaivén de las esperanzas humanas, sino con la seguridad inquebrantable de quien se apoya en la fuerza amorosa de Dios.
El termino de la Esperanza esta en la patria, que es la eterna y plena posesión de Dios porque tenemos la divina promesa que no engaña, porque primero pasaran los cielos y la tierra que la palabra de Dios.
Y si con la Esperanza llevamos en el alma la Caridad, tenemos mas que la promesa, pues poseemos en substancia el mismo bien que poseeremos plenamente en el cielo, porque en el fondo la vida de la gracia y la vida de la gloria son la misma vida sobrenatural; en germen por la gracia, en plenitud por la gloria. Por eso con la muerte, la vida espiritual, la verdadera vida del alma, no se acaba, se transforma, la gracia se cambia en gloria. El Don del Espíritu Santo que se nos ha dado es prenda de la vida eterna. Tenemos ya en sustancia las cosas que esperamos.
De la firmeza con que esperamos la vida eterna, se desprende por legitima consecuencia, la firmeza con que debemos esperar todos los medios necesarios para conseguirla.
Pero conviene señalar la relación que hay entre el Espíritu Santo y la virtud de la Esperanza. El divino Espíritu no es solamente luz y fuego, es también fuerza, es la unción espiritual que vigoriza a los que luchan en la tierra, la virtud del Altísimo que obra en nosotros, el Don de la diestra omnipotente del Padre. La esperanza nos pone en comunión con la fuerza del Altísimo, y abre nuestra alma a todos los auxilios sobrenaturales de los que el Espíritu Santo es fuente inagotable.


LA CARIDAD


Lo esencial de la devoción al Espíritu Santo es El amor, porque el Espíritu Santo es el Amor infinito y personal de Dios y su obra es de amor y lo que busca y anhela establecer en las almas es el dichoso reinado del amor.
El grado de Caridad que posee un alma es el grado de posesión mutua del Espíritu Santo y de ella, es la medida de todas las virtudes infusas y de los Dones del Espíritu Santo, es la medida de la gracia y de la gloria. Por eso San Juan de la Cruz enseña “que es gran negocio para el alma ejercitar en esta vida actos de amor, porque consumándose en breve, no se detenga mucho acá o allá sin ver a Dios.
Es mas precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor, y mas provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas las obras juntas.
Se piensa con razón, que ejercitarse en el amor es propio de los perfectos, puesto que en las cumbres de la vida espiritual no hace otra cosa el alma mas que amar. Pero en todas las etapas de la vida espiritual debe ejercitarse el amor; cualquiera que sea la obra que tiene que realizar el cristiano, la Caridad es el alma:  Sea purificarse, sea progresar, sea unirse íntimamente con Dios, el principio impulsor y director es la Caridad.
El amor toma todas las formas y realiza todas las empresas. En los principios de la vida espiritual limpia el alma y arranca de ella cuanto se opone a su reinado mediante las virtudes Morales. Después dirige a lo mismos Dones del Espíritu Santo para que completen la purificación del alma y la iluminen y preparen a la unión con Dios. Y al fin UNE al alma con Dios, la enriquece de luz, la viste con virtudes y realiza en ella una obra de armonía y perfección.
El ejercicio de la Caridad es un camino breve y deleitoso para conseguir la santidad; breve porque todo se simplifica cuando se trata a fondo; deleitoso porque el amor dulcifica todos los sacrificios y facilita todos los esfuerzos. La manera especifica de desarrollar los Dones del Espíritu Santo es ejercitar la Caridad, pues en ella tienen sus profundas raíces esos precioso instrumentos del Espíritu Santo.
¿Pero como puedo yo atreverme a amar a Dios si estoy lleno de miserias y de pecados?.
Para amar a Dios no necesito yo ser bueno sino que El los sea. El hecho de que yo sea miserable e imperfecto no rebaja ni su incomprensible hermosura, ni su bondad infinita, ni su misericordia sin limites. Por l contrario, mi miseria es un titulo mas para implorar su misericordia. Si esperamos para amar a Dios y para ser por El amados, ser limpios, ser fuertes, ser buenos, ya podemos esperar toda la eternidad, o mas bien , ya debíamos desesperar de la empresa.
Dios nos ama así como somos porque su amor no es como el nuestro que busca en el amado lo que a el le falta. El amor de Dios es un amor de plenitud infinita que no necesita nada, sino miserias que curar, seres pobres a quienes hacer felices. ¿Qué puede buscar el océano inmenso de perfección que el vació de nuestra miseria para llenarlo?.
Precisamente lo que Dios nos pide, lo que exige de nosotros, lo que vino a buscar a la tierra en medio de los dolores y miserias de su vida mortal, fue nuestro amor, el amor de sus pobres criaturas.
Sabia muy bien que no encontraría sobre la tierra virtud, ni generosidad, ni hermosura, ni necesitaba tales cosas, pues precisamente traía las manos henchidas de eso dones, pero sabia que en la tierra había corazones pobres, miserables y manchados, pero capaces de amar ; y vino a pedirles que lo amaran, a obligarlos con las locuras de su amor; y después de hablar de amor, de sufrir y de morir por amor; y por amor empequeñecerse en la Sagrada Eucaristía, se quedo en el sagrario para decir a cada alma lo que le dijo a la samaritana:  tengo sed de amor, alma dame de beber.

NUESTRA  CORRESPONDENCIA


El amor, como hemos dicho, es el fondo de la devoción al Espíritu Santo, como es el fondo de la perfección cristiana. Pero el amor encierra en su simplicidad múltiples riquezas. Todos los matices del amor se encuentran armonizados en el amor filial, confiado como el de una amistad, dulce y fecundo como el de los esposos, libre y puro y desinteresado como el de un padre, tiernísimo como el amor maternal.
Pero siendo Dios Uno en esencia y Trino en persona, nuestro amor a de tomar características propias para con cada una de las Tres Divinas Personas.
Nuestro amor al Padre es tierno y confiado como verdaderos hijos, ávido de glorificarlo como su Unigénito nos lo enseña con su palabra y con su ejemplo. El amor al Padre es la pasión de que su voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo.
Nuestro amor al Hijo, que quiso encarnarse por nosotros, se caracteriza por una tendencia a la unión con El, a una transformación en El realizada por la imitación de sus ejemplos, por la participación de su vida, la comunicación de sus sufrimientos y de su Cruz.
El amor al Espíritu Santo tiene también su especial colorido que debemos estudiar para comprender su devoción. 
El Espíritu Santo nos ama moviéndonos como soplo divino que nos arrastra al Seno de Dios. Nuestro amor al Espíritu Santo debe caracterizarse por esa fidelidad constante del alma que se deja mover y dirigir y transformar por su acción santificadora.
Uno de los caracteres, pues, que debe tener el amor al Espíritu Santo es la atención solicita para escuchar su voz, para sentir sus inspiraciones.
Mas no basta escuchar, es preciso comprender el divino lenguaje. Para tener el sentido de lo divino, el alma a de ser pura, porque la pureza en su sentido negativo es alejamiento de lo terreno, pero la pureza que prepara al amor, en su sentido positivo es divinización y el amor diviniza uniendo  al alma con Dios.
Así como en el amor humano, por la unios que se produce entre los que se aman hace que el uno adivine, en cierta manera, los ocultos sentimientos del otro, las almas puras y amantes poseen el secreto de descubrir a Jesús de cualquier manera que se presente y de adivinar sus deseos.
El alma amante se deja también arrastrar dócil y ligera por el soplo del Espíritu Santo. Para alcanzar esta docilidad al Espíritu Santo es necesario que el alma este silenciosa y recogida, tan llena de pureza y de luz, tan rendida a la voluntad de Dios, tan abnegada que perciba el sentido de la divina inspiración y la ejecute sin detenerse ante ningún sacrificio.


ABANDONO
El amor por naturaleza es unión de voluntades, fusión de afectos, identidad de tendencias. La escritura lo expresa con estas palabras: “todos los que son movidos por el Espíritu Santo  de Dios son hijos de Dios”. Pero la palabra latina empleada, “aguntur”, tiene una traducción muy significativa: “se dejan hacer”.
Uno de los gozos intensos y delicados del amor es precisamente este abandono a las disposiciones y a la acción del Amado. Esta dulce esclavitud hace que el alma pierda su soberanía para entregarla al Amado. Y encierra un dicha singular, la dicha inefable de tener dueño, mas dulce –si cabe- que sentirse dueño del Amado.
Amar es desaparecer, borrarse, anonadarse para que se realice nuestra transformación en el Amado, para fundirse en su magnifica unidad.
El dulce abandono a todos los movimientos del amor, es a mi juicio el rasgo característico de nuestro amor al Espíritu Santo. Los grados de ese abandono no son únicamente los grados del amor, sino los grados de la perfección cristiana, pues la cumbre de ella se caracteriza precisamente por la extensión y la constancia de las mociones del Espíritu en el alma que posee. Y la substancia d esta alma, aunque no es substancia de Dios, porque no puede sustancialmente convertirse en El, pero estando tan unida como aquí esta con El, y absorta en El, el entendimiento de esta alma es entendimiento de Dios, la voluntad suya es voluntad de Dios, y su memoria, memoria eterna de Dios, y su deleite, deleite de Dios. Es Dios por participación de Dios, lo cual acontece en este estado perfecto de vida espiritual.
Sin duda que esta docilidad requiere abnegación, pues siempre será verdad que el dolor y el amor son proporcionales entre si y que no puede alcanzarse la perfección de uno sin la consumación del otro.
El Sr. Luis María  Martínez reduce su programa personal para el progreso de esta vida divina de amor y dolor en: humildad, pureza, sacrificio. ¿No serán en el fondo la “humildad, alegría y paz” que señalo el  Papa Benedicto XVI a los jóvenes de Nueva York en su reciente visita el 13 de abril de 2008: la humildad que no busca la ostentación y la ambición; la alegría de vivir y morir para Cristo;  la paz del que no tiene otra voluntad que la del Señor, pues esta crucificado con Cristo.




CARACTERES DE LA DEVOCIÓN AL ESPÍRITU SANTO

POSEERLO Y DEJARSE POSEER
Pero, EL Dejarse poseer es solo un aspecto del amor, la otra, esencial también, es Poseer. Ni puede uno dejarse poseer sin poseer también, pues esos dos aspectos del amor los separa la imperfección de nuestro entendimiento, pero forman la realidad única del amor.
Amar al Espíritu Santo es pues dejarse poseer por El, pero también poseerlo, porque El no es solamente el Director de nuestra Vida, la espiritual, la verdadera; sino tan bien nuestro Don, El DON de Dios.
Poseer al Amor es amarlo, es dejarse poseer por su fuego y arder en el, es recibir las ardientes efusiones de su amor y en ellas al Amor mismo. Con el amor creado – la Caridad-, se nos da el Amor increado – el Espíritu Santo-.
Solamente el Espíritu Santo puede infundir en nosotros la Caridad, pues  la caridad es imagen creada, pero perfectísima de El mismo. Cuanto mas crece en el alma la Caridad,. Mas crece tan bien la dichosa posesión del Don de Dios. Cuanto mas perfectamente es el Espíritu Santo es principio de nuestro amor, mas perfectamente es el termino de ese mismo amor. Mas perfectamente es nuestro DON.
El Espíritu Santo es mas nuestro cuanto mas lo amamos, y mas lo amamos cuando somos mas suyos.
Todo acto d Caridad procede del habito de esa virtud que el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones. Por imperfecto que sea un acto de amor, amamos con la Caridad que es el más perfecto don sobrenatural que recibimos sobre la tierra.
Mas podemos usar de la Caridad en dos maneras: moviéndonos por nosotros mismos al acto de amor, o siendo movidos por el Espíritu Santo, con esa mociona especial de que hablamos anteriormente. No es al alma quien se mueve a si misma, sino que el Espíritu Santo la mueve, y ella obra bajo el impulso divino.
La vida espiritual no es otra cosa que la penetración del alma por el fuego divino. Al principio no arde totalmente el alma porque necesita purificarse para que el fuego divino la penetre con toda perfección. Poco a poco el alma va ardiendo mas profundamente  y llega a ser tan completa esta espiritual combustión del alma que esta se diviniza: en cierta manera arde con el fuego de Dios, el Espíritu Santo la mueve para amar tan intima y plenamente que “ama con el Espíritu Santo”, que aquel amor se atribuye, con toda verdad, mas al Espíritu Santo que a ella.
Como el leño penetrado perfectamente por el fuego toma las características del fuego, el amor del alma que ama así con el Espíritu Santo participa de los divinos caracteres del Amor eterno.
¿Quién podrá describir ese amor?. Como dice la Escritura: es santo, único, múltiple, sutil, elocuente, móvil, inmaculado ,cierto, suave, amante del bien, agudo, al que nada resiste, bienhechor, humano, benigno, estable, seguro, que tiene toda virtud,  mira todas las cosas y que toma todos los espíritus, inteligible, limpio”.

“Como el Padre me ama a Mi, así los amo Yo”, dijo Jesús a sus discípulos. Calle aquí toda lengua.
Y para que el misterio de amor sea completo, el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones un amor semejante al que nos tiene Jesús, quien por el Espíritu Santo se ofreció inmaculado al Padre por nuestra salvación.
 El Padre y el Verbo se enlazan en la unidad del Espíritu Santo, que es el Amor, las almas se unifican en la cruz de Cristo que es la unidad del dolor. Todo el organismo sobrenatural que broto de la cruz, como semilla divina, tiende a reproducir el árbol que la produjo, a renovar en las almas el misterio de la cruz.
Cuando se ha llegado a esta perfección de amor, el alma es poseída perfectamente por el Espíritu Santo puesto que El la mueve a su entero beneplácito. Y el alma posee perfectamente al Espíritu Santo , puesto que, en el sentido explicado, ama con El.
Entonces el alma goza plenamente del DON de Dios porque de tal manera participa del Amor eterno, que libremente ama a Dios con plena rectitud.  Esta dichosa libertad y esa santa rectitud son consecuencia de esa maravillosa unidad, que en cierto sentido, se ha realizado entre el Espíritu Santo y el alma.


EL ESPIRITU SANTO NOS LLEVA AL VERBO

Tanto amo Dios al mundo que le dio a su Hijo para salvarlo.
El Espíritu Santo nos lleva a Cristo, al Hijo enviado por la amorosa voluntad salvifica del Padre y a encontrar en El y solo en El a nuestro Salvador.
Siendo el Espíritu Santo el amor del Padre y del Hijo, infunde en el alma que mueve, un amor al Padre semejante al que el Hijo le tiene y un amor al Verbo semejante al del Padre celestial.
Sobretodo en el alma que posee al Espíritu Santo y es poseída por El, hay una imagen limitada, pero inefable del misterio de amor de la Trinidad, pues esa alma ama al Padre a la manera del Verbo y ama al Verbo a la Manera del Padre.
Con su insondable sencillez la Escritura nos enseña este misterio diciéndonos que por el Espíritu Santo clamamos al Padre y pronunciamos el nombre de Jesús.

Clamar al Padre es tener conciencia de nuestra filiación y sentir en nuestras entrañas la ternura de hijos. Decir Señor Jesús no es simplemente pronunciar su nombre, sino decir esa palabra en lo intimo de nuestra alma como fruto de la contemplación de nuestra inteligencia, como grito de nuestro amor. Por lo tanto el Espíritu Santo nos revela nuestras relaciones con las otras Personas Divinas, y nos hace amar a esas personas cuyo vinculo amoroso es El. El Espíritu Santo nos hace, pues, hijos del Padre y nos hace semejantes al Hijo.

El alma, empero, sobre la cual trabaja el Artista divino, tiene conocimiento y amor, puede recibir de Dios la revelación de sus designios, puede amarlos con la fuerza increíble de amar que de Dios ha recibido y puede ser al mismo tiempo mármol y cincel, materia artística que se transforma en instrumento inteligente y libre en las manos de Dios.
El alma sabe que va a ser Jesús y ama  a ese Jesús que va a unirse con ella y no solamente se deja desgarrar y pulir por la obra el Espíritu Santo, sino que se despoja ella misma de todo lo que puede impedir su divina transformación y pone a  disposición del divino Artista su amor y libre voluntad de inmolación.
El alma debe conocer el ideal del Espíritu Santo de la manera mas clara y precisa que le sea posible. El ideal es Jesús, y por Jesús se va al Padre en el que se consuma todo. Transformarnos en Jesús, para reproducir el ideal de l Padre y revestirnos de su gloria es la meta de la perfección.
Mas no todos lo reproducen de la misma manera. a cada uno de nosotros se ha dado la gracia según la medida de la donación de Cristo”.
Unas almas están destinadas a reproducir al Jesús del pesebre con sus maravillosas virtudes infantiles. Otras al Jesús de Nazaret, estas al Jesús Apóstol y Maestro, aquellas al Jesús del Cenáculo, transfigurado de amor. Quienes reproducirán la inenarrable agonía de Jetsemani, quienes la ignominia de la Cruz, o la cruz interna de su Corazón, o al Jesús de los sagrarios que ama en silencio y se ofrece místicamente en sacrificio.
Todos los santos son admirables, pero distintos de otros, para llegar a donde llegaron fue preciso encontrar con exactitud su camino. Ni se crea que solo las grades almas tienen su función y su camino; todas las almas tienen una y otra cosa perfectamente determinadas. Todas tiene su misión precisa. Descubrir los designios de Dios sobre ella es una de las primeras cosas que debe hacer quien aspire a la perfección.
Para lograrlo necesitan sin duda instruirse y ser bien dirigidas, pero sobre todo, ser dóciles  a la intima dirección de Espíritu Santo que se comunica a los sencillos y descubre sus secretos a las almas de buena voluntad. El es quien pone aquel atractivo espiritual que es peculiar a cada alma.
Con esa luz divina y con ese amor sobrehumano el alma pondrá toda su energía al servicio del Espíritu Santo y arrancara  de si misma cuanto se oponga a su transformación en Jesús, y con los ojos fijos en el divino modelo, y perfectamente dócil a las santas inspiraciones, trabajará, sufrirá, hará esfuerzo constantes  para alcanzar la inefable semejanza con Jesús.

 

 

 

EL ESPIRITU SANTO NOS LLEVA AL PADRE

No solamente al Verbo nos lleva el Espíritu Santo, sino también al conocimiento, al amor, al reposo del Padre.
El amor eterno es la inefable unidad que enlaza al Padre y al Verbo, que los funde, diríamos en nuestro leguaje en un beso infinito de amor. El amor creado es inmensa aspiración de unidad que se consuma cuando se pierde en el océano infinito de la unidad de Dios.
La Caridad se consuma cuando el alma entra en la unidad de Dios. La consumación de la unidad, que es la consumación del amor, consiste en que el alma transformada en Jesús repose en el seno del Padre, en la unidad del Espíritu Santo.
No se puede poseer el Espíritu Santo sin llevar en el fondo del alma esa aspiración tan natural en lo sobrenatural, tan lógica en la vida de la gracia: la intima aspiración a encontrar en su principio su consumación y su descanso. El Padre es principio de todo lo que existe, y porque el Padre es principio es también termino, en quien todo encuentra su perfección y su dicha.
He aquí tres etapas de divinas del divino amor: el alma es poseída por el Espíritu Santo; el alma es transformada en el Verbo hecho carne, el alma descansa en el seno del Padre celestial.
La Caridad que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones, lleva en su seno una inmensa aspiración al Padre. Ni puede tampoco transformarse en Jesús sin aspirar inefablemente al Padre.
Todo el Evangelio lo atestigua: el ideal de Jesús es glorificar al Padre; su pasión es amarlo; su alimento es hacer la voluntad del Padre. Y el alma transformada en Jesús tiene el mismo ideal, la misma divina pasión y el mismo alimento celestial de Jesús.
La devoción al Padre es, pues, lógica consumación de la devoción al Espíritu Santo.
Jesús pidió al Padre que nos santifique en la verdad, y la verdad suprema, la profunda, la fuente de toda verdad es el misterio inefable de la vida de Dios, el misterio de la augusta Trinidad. Y toda la esencia de nuestra vida sobrenatural es un reflejo de la vida infinita de Dios, que es el principio de nuestra vida espiritual y será su fin dichosísimo en los cielos.
Nos santificaremos plenamente en la verdad cuando nuestra vida espiritual sea una sólida devoción al Padre al Hijo y al Espíritu Santo.
Pero conviene señalar los principales caracteres de la devoción al Padre: la adoración en espíritu y en verdad; el amor filial, y el anhelo de cumplir su voluntad.
Adorar, amar al Padre y cumplir su voluntad santísima hasta el abandono, fue la vida de Jesús y debe ser nuestra vida, nuestra verdadera devoción al Padre.
Adorar al Padre en Espíritu y en Verdad es participar en cuanto es dado a la creatura del misterio de la Trinidad. Hay que adorar al Padre en la luz y en el amor, en la luz que es el reflejo de la luz eterna, en el amor que es imagen del amor infinito. Hay que adorar al Padre en Jesús que es la verdad y en el Espíritu Santo que es el amor infinito. Es contemplar la majestad del Padre por los ojos de Jesús y anonadarse amorosamente ante esa majestad bajo el impulso del Amor  infinito.
La vida intima de Jesús es la perfecta adoración del Padre en Espíritu y en Verdad. A semejanza de Jesús, el fondo de nuestra vida intima debe ser esta profunda adoración al Padre. Sin esta adoración continua, nuestros actos exteriores nada son o valen muy poco. Para que complazcan y glorifiquen al Padre deben brotar de la abundancia del corazón. Debemos adorar al Padre en verdad y sobretodo en la Verdad, esto es, en Jesús. Y debemos adorar al Padre en espíritu y sobre todo en el Espíritu Santo porque en El clamamos Abba. Padre.
No nos cansemos de repetirlo, , el fondo de todos los misterios de Jesús es ese amor al Padre; es el centro de sus sentimientos íntimos, la raíz de sus obras prodigiosas, la fuente de sus palabras de vida eterna, el  secreto de sus inmolaciones, el manantial de su fecundidad, y en una palabra, la razona suprema de su vida y de su muerte, de su gloria en el cielo y de su permanecía en la tierra hasta el fin de los siglos.
Imagen de esa vida intima de Jesús debe ser nuestra devoción al Padre, compuesta de respeto y de confianza, de adoración y de amor, el homenaje profundo a su majestad y la fielísima correspondencia su ternura.

LA VOLUNTAD DEL PADRE.
De los tres principales caracteres de la devoción al Padre de que hablamos en el capitulo anterior, el que mas resalta en Jesús es el tercero: La pasión por cumplir la voluntad del Padre.
Jesús esconda el misterio de sus intimidades divinas, su profunda adoración al Padre, su ternura par con nosotros, pero el ansia de cumplir la voluntad del Padre se complacía en mostrarla en todas las circunstancias de su vida.
El quiso revelarnos en el Antiguo Testamento, como una profecía, y en el Nuevo como una realidad el fondo de la vida de Jesús. Entrando al mundo dice: “No quisiste la ostia de la oblación, pero me diste un cuerpo; no te agradaron los holocaustos por los pecados. Entonces dije: He aquí que vengo para hacer ¡oh Dios! Tu voluntad”.
En estas palabras Jesús nos descubre la medula, lo mas hondo de su divina misión: Vino a hacer la voluntad del Padre; la plena realización de esa voluntad fue su oblación en el Calvario, y en esta oblación hemos sido santificados.
Y Jesús nos descubrió el anhelo fundamental de su alma al enseñarnos a decir también a nosotros: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, pero ese deseo de Jesús no se realiza hasta que el Espíritu Santo toma posesión de las almas, y al darles a conocer al Padre las unifica amorosamente en su divina voluntad.
Quiere decir que también nosotros hemos ido creados para hacer la voluntad de Dios, y aunque el acto primordial del amor divino es complacernos en aquel océano de bien y alabarlo sin descanso, y nosotros no podemos añadir una tilde a la bondad y felicidad de Dios, plugo a Dios que las almas enamoradas de El pudieran hacerle el bien como lo piden las impetuosas exigencias del amor, y lo hizo enseñándonos a cumplir amorosamente su voluntad.
La voluntad de Dios es reflejarse en las criaturas, es comunicarse a ellas, es henchirlas de su bien y de su felicidad. El cumplimiento de esta voluntad es su gloria, es e fin de todas sus obras y de todas sus criaturas. Cooperar a la realización de esta voluntad es el privilegio y la felicidad de quienes aman a Dios.
El amor a Dios no tiene mas que dos actos fundamentales: complacerse en el bien infinito y hacerle a Dios el bien accidental cumpliendo su voluntad santísima.
El ansia de perfección, el anhelo de sufrir, el celo ardiente por la salvación de las almas, aun los bienes que podemos legítimamente buscar para nosotros y para los de más, esta íntimamente enlazados con estos dos actos fundamentales, pues la posesión de Dios es gozar del Bien infinito y la gloria de Dios reflejarse en nosotros.
Por eso la verdadera devoción al Padre consiste en un amor filial que se complace con amorosa adoración en el bien divino y aspira con inefable vehemencia a cumplir la divina voluntad.
Solamente el Espíritu Santo nos puede dar esta hambre divina de hacer la voluntad del Padre, porque esta hambre es amor y todo amor verdadero bien del Amor infinito, porque esta ansia celestial es como el fondo de Jesús y solo el Espíritu Santo puede dar a las almas la participación de los íntimos sentimientos de Jesús.
El mundo no conoce ni ama la voluntad de Dios, y ante ella mucha veces se desespera  y blasfema porque no tiene al Espíritu Santo ni lo puede tener, “porque no lo ve ni lo conoce” dijo Jesús.
Las almas imperfectas poseen ya al Espíritu Santo por eso reciben la voluntad de Dios con resignación, la cual es una especie de mescal de gozo y dolor, porque es un amor imperfecto. No ha coordinado aun todas las tendencias del alma en la unidad del amor.
En los santos, empero, todo es armonía, paz, unidad, porque todo es amor. La escala del amor consiste primero, en gozarse en todo lo que Dios quiere por doloroso que sea, luego en complacerse en el modo como Dios lo quiere y finalmente, adherirse a lo que Dios dispone, precisamente porque Dios lo quiere.

 


LA CRUZ

Todos los caracteres de la devoción al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo conducen a un termino, que es La Cruz. La Cruz es, en efecto, la suprema glorificación del Padre, la ultima palabra del amor en la tierra, el punto central de la voluntad de Dios.
Conviene examinar atentamente esta doctrina que nos hace tocar como el fondo del cristianismo cuya revelación es la doctrina de la Cruz, cuya fuente de vida es la Eucaristía -divina perpetuación de ese misterio - y cuyo secreto  para conducir las almas a Dios es la participación del sacrificio de Jesús.
 Glorificar a Dios es reconocer y proclamar su infinita excelencia y su omnímoda soberanía sobre todo lo creado. Los seres irracionales solamente muestran  con su existencia misma los divinos vestigios que puso en ellos la mano del creador. Pero solamente las criaturas racionales glorifican directamente a Dios porque solo ellas conocen o vislumbran al menos la infinita grandeza y la alban y se anonadan ante ella.
Dos cosas requiere al glorificación de Dios: el conocimiento de su grandeza y la actitud que ese conocimiento produce en la criatura, de anonadamiento profundo y de amorosa sujeción. Cuanto mas claro es el conocimiento de Dios y mas profundo el anonadamiento de la criatura, mas perfecta es la glorificación.
Después del pecado, la glorificación de Dios se tiño, por decirlo así, del color de la expiación exigida por la justicia de Dios. Por eso el pueblo de Israel, instruido por Dios, y los otros pueblos guiados por los restos persistentes de la revelación primitiva, comprendieron que la suprema glorificación de Dios estaba en el sacrificio en el que la victima se destruía en honor de Dios.

Mas ni para expiar ni para glorificar eran suficientes por si mismos aquellos sacrificios antiguos y Dios rechazo los antiguos sacrificios y realizo un prodigio estupendo de amor y misericordia: La muerte de su Hijo Jesús en una cruz, de una victima pura de valor infinito que ofreció, una vez para siempre,  una satisfacción plenísima y sobreabundante por el pecado y a la vez una glorificación perfectísima de Dios puesto que el conocimiento de la majestad se hizo divino en Jesús y el anonadamiento del Dios-hombre llego hasta las profundidades del dolor y de la muerte.
Jesús que conociendo como nadie la infinita excelencia divina, se inmola en la Cruz con amor inmenso. Un Dios que se hace hombre para poder morir para glorificar a Dios. Por eso una vez realizado el divino misterio no quedaba sino perpetuarlo, extenderlo, hacerlo inmortal y Jesús lo hizo de dos maneras, en la Eucaristía y en las almas.

Quizá en el cielo comprendamos que la glorificación y el amor son la misma cosa, que solo el amor glorifica a Dios, pero entretanto en nuestra manera imperfecta de reconstruir la realidad divina, entendamos que la suprema glorificación de Dios, la Cruz, es también el supremo amor.
El amor es entrega, es donación, es la comunicación dulcísima  de todo nuestro ser al amado, es la fuerza divina que nos hace anonadarnos en honor del que amamos, perderlo todo para que el amado sea nuestra única riqueza, nuestra única dicha, nuestra única gloria, nuestro único todo.
El supremo amor es la entrega infinita, la comunicación plenísima que se realiza entre las Personas Divinas en el seno de Dios. Dios es amor y su vida íntima es el misterio de inefables donaciones de amor.
Reflejo del amor eterno, el amor de la criatura es también donación, donación total y dulcísima: Los ángeles la realizan en la paz y el gozo de su naturaleza espiritual inmaculada. En la tierra, marcada por el pecado, la suprema donación del amor no puede hacerse sino en el dolor y en la muerte.
¿Será esto una imperfección?. Si, pero, esta miseria nuestra es ocasión de una dicha exquisita y una gloria única: Sentir que me deshago por quien amo, que al precio del dolor y de la muerte puedo comprar una sonrisa de sus labios,
Pero yo tengo una razón mas para quererlo con toda  mi alma:  quiero imitar a Jesús, que mi pobre sacrificio, unido al suyo, o mas bien hecho suyo, puede arrancar las almas del infierno y procurarle así una gloria inmensa que habrá de extenderse por los siglos. Quiero correr su suerte así en la tierra porque El abrazando la Cruz dijo la última palabra del amor de Dios a los hombres muriendo por nosotros y la ultima palabra del amor del hombre a Dios, muriendo para la gloria del Padre. Y eso fue para El anhelo y gozo cumplido. Por el Espíritu Santo se ofreció a si mismo inmaculado a Dios.
Por eso San Pablo pudo decir que la voluntad del Padre se realizo por la oblación única del Cuerpo de Cristo y que en esa voluntad fuimos santificados.


LA CONSUMACIÓN

Si la Cruz fue el centro de la devoción al Padre en Jesús, tiene que serlo también en nosotros.
Realizado su supremo sacrificio, no le quedaba a Jesús otra cosa que perpetuarlo, u lo perpetuo de dos maneras: en al Eucaristía y en las almas. Por eso el centro del culto católico en la Iglesia es la Misa y la participación mística del sacrificio de Jesús en cada alma.
Cada alma, y de manera muy especial cada sacerdote, debe llevar en si el reflejo intimo de la Cruz, y cada alma debe corresponder al sacrificio de Jesús con su propio sacrificio.
Jesucristo crucificado es en verdad, dice San Pablo, es en verdad escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, mas para los llamados, judíos y gentiles, Cristo es la virtud de Dios y la sabiduría de Dios.
Solamente el Espíritu Santo nos puede descubrir esa ciencia  escondida de la Cruz, que es como el fondo u la medula del misterio de Cristo, porque solamente el Espíritu de Dios puede revelar los secretos divinos.

Toda alma debe aspirar al martirio, no solo de sangre, sino en el cumplimiento de sus deberes debe tener la Cruz como el centro de su vida y la meta de sus aspiraciones. La experiencia enseña que a medida que las almas progresan en la vida espiritual va creciendo en ellas sin que se sepa como, el amor al sacrificio, el ansia de sufrir, el profundo aprecio del dolor.
Un instinto divino, una intuición sobrenatural va descubriendo los tesoros de la Cruz, les va enseñando que en ella esta la rías de todas las virtudes, el fondo del amor, el vinculo mas estrecho de la unión y la mas dulce recompensa que pueden alcanzar en la tierra las almas que aman.
Para amar la Cruz es necesario ver en ella a Jesús, sentir la dulce y fuerte atracción que ejerce sobre los corazones Jesús crucificado.
El Espíritu Santo al ir tomando posesión del alma va descorriendo el velo que oculta a las miradas humanas la santa, la inefable, la divina revelación de la Cruz.
Como la Iglesia celebra la fiesta del hallazgo de la santa Cruz, recordando el glorioso día en que Santa Elena encontró la Cruz verdadera, así, cada alma debía celebrar su fiesta intima del día en que Dios le concede el conocimiento del misterio de la Cruz.
Y juntamente con la luz que el Espíritu Santo difunde en las almas para penetrar el misterio de la Cruz, enciende en ellas un amor apasionado al sufrimiento. Muestra también a las almas como la perfecta glorificación del Padre y el cumplimiento fidelísimo de su voluntad se encierra en la Cruz de Jesucristo.
El Espíritu Santo que comunica la ciencia de la Cruz e infunde en ellas el amor a la Cruz, la participa también  a las almas escogidas en la medida de sus amorosos designios.
¡Cosa extraña!. No hay nada que el hombre abandonado a si mismo aborrezca tanto como el dolor. Y no hay nada que ame tan apasionadamente cuando quema sus entrañas el fuego del Espíritu Santo.
No es el sacrificio en si mismo el que tiene valor, y merito, y grandeza, y fuerza para glorificar a Dios, sino el amor que lo impregna y lo inspira. El sacrificio par que valga tiene que ser fruto del amor, y para que valga infinitamente necesita ser fruto del Amor infinito.
Por eso Jesús se ofreció a si mismo por el Espíritu Santo, el Amor personal de Dios. Almas que habéis recibido la revelación de la Cruz, no vayáis a otras fuente a beber el licor divino. Id al Espíritu Santo , poseedlo y dejad que El os posea y vuestro amor será fecundo y vuestro dolor será divino.


RESUMEN Y CONCLUSIONES

No es el Espíritu Santo una ayuda poderosa y eficaz, pero secundaria para la perfección, sino que El es el santificador de las almas, la fuente de todas las gracias y el centro de la vida espiritual.
Por tanto la devoción al Espíritu Santo es algo esencial y profundo que deben comprender y vivir los que buscan la perfección.
El Espíritu Santo es Huésped dulcísimo del alma. Es su intimo y verdadero director. Es el DON de Dios: Su primer Don es la fuente de los otros dones y como la el primer eslabona de la Regia Cadena que termina en la perfecciona.
Su obra santificadora consiste en formar a Jesús en las almas, realizando de esta suerte en ellas el ideal del Padre. El entra por las puertas del alma y toma la dirección del alma cada vez mas completa, se deja poseer del alma y la posee cada vez mas profundamente. Con El viene todas las gracias, los dones divinos que van transformando el alma hasta convertirla en Jesús para que el Padre se complazca en su Hijo y para que el alma glorifique al Padre por Jesús, con Jesús y en Jesús.
Mas la acción del Espíritu Santo requiere siempre la cooperación del alma. Esta constante y amorosa cooperación del lama a la acción del Espíritu Santo, esa fiel correspondencia a su amor y a sus dones es el fondo de la devoción a El.
Pero como el Espíritu Santo se nos da para siempre y anhela que su acción sea, en cuanto es posible, constante en nosotros, nuestra correspondencia debe se una entrega total, definitiva y perpetua, una verdadera consagración.
Los diversos caracteres de esta consagración pueden determinarse por los diversos oficios, digámosle así, que el Espíritu Santo  ejerced en nuestra alma: Si el Espíritu Santo es Huésped dulcismo del alma, esta debe arrojar de si todos los afectos terrenos y ofrecer al Paráclito la inmensa soledad de su corazón.
La Caridad, don del Espíritu Santo por excelencia, nos enlaza íntimamente con El y nos funde, por decirlo así, en estrecho abrazo y en ósculo dulcísimo con El. Cuando nuestro amor tiene como termino al Espíritu Santo es entrega plena, perfecto abandono, docilidad suavísima, amorosa fidelidad a la acción del Director divino.
Esta docilidad exige hondo silencio para escuchar su voz; pureza exquisita para ahondar el sentido de sus palabras; abandono para dejarse llevar por el soplo divino; y perfecto espíritu de sacrificio, porque siempre, la Divina Paloma tiende su vuelo hacia la Cruz.
El Espíritu Santo es el primer Don, por eso, todo el amor al Espíritu Santo se encierra en esta formula, poseerlo y dejarse poseer por El. Poseer al Espíritu Santo halla su perfección en ese amor intimo y perfectísimo que los místicos llaman: amar con el Espíritu Santo.
Ser poseído por el Espíritu Santo se resume en la amorosa fidelidad y prontitud a sus inspiraciones con que el Espíritu Santo puede disponer a su antojo de todo lo nuestro.
El Espíritu Santo nos lleva al Verbo, a un amor mas intenso y una unión mas intima con El,  y por el Verbo vamos al Padre en quien todo se consuma..
El Espíritu Santo forma siempre en cada alma a Jesús para complacer y glorificar al Padre, aunque cada una copia de singular manera al divino modelo y por Jesús, con Jesús y en Jesús va al Padre y lo glorifica. Por tanto la devoción al Espíritu Santo esta enlazada con las devociones al Verbo y al Padre.

La devoción al Padre se caracteriza por tres cosas: una profunda adoración en Espíritu  y en Verdad. Un amor filial tiernísimo y un anhelo vehemente de cumplir la voluntad del Padre. Así amo Jesús al Padre y así debemos amarlo también.
Y estos caracteres de la devoción al Padre, llevan a una misma cumbre que es la del Calvario, porque la ultima palabra de la devoción de Jesús al Padre fue la Cruz. Y la ultima palabra de esta devoción en nosotros debe ser también la Cruz.
Es por consiguiente la Cruz – símbolo supremo de amor y de dolor – la consumación de la devoción al Espíritu Santo y por tanto de la vida cristiana y de la perfección.



CONCLUSIONES

     DEVOCIÓN AL ESPÍRITU SANTO.

         La perfección Cristiana es obra por excelencia del Espíritu Santo.
La devoción al  Espíritu Santo,  esta hecha de luz, de confianza y de amor. Como no ha de ser luz, si por ella nos  transformamos en Jesús. Como no ha de ser confianza si nos hace hijos del Padre. Como no ha de ser amor, si el Espíritu Santo Amor produce en nosotros una imagen de su propio Amor. Si lo que busca es establecer en las almas el dichoso reinado del Amor.
        El Espíritu Santo  se da a las almas, produce en ellas la gracia Santificante que nos hace participar de la misma naturaleza divina, infunde la Caridad sobrenatural, imagen suya, y derrama en las almas todas las Virtudes sobrenaturales y todos los Dones de Espíritu Santo.
         Por las virtudes primero,  el Espíritu Santo purifica a las almas para que pueda desarrollarse en ellas la Caridad. Cuando el alma ha sido purificada por las virtudes, el Espíritu Santo la purifica mas hondamente por los Dones, armonizando todo en ella de manera admirable, hasta que el alma perfectamente pacificada, penetrada por la Caridad y poseída plenamente por el Espíritu Santo, se transforma en Jesús por la plenitud del Don de Sabiduría.
         El Ideal, el Principio Ejemplar de la obra del Espíritu Santo, es El Padre, de cuyo Seno viene el Espíritu Santo trayéndonos la divina fecundidad. La luz del cielo se difundirá en el alma purificada e irán apareciendo en ella rasgos dispersos, pálidos esbozos del Ideal. Después se va armonizando todo: todas las luces dispersas se unifican en un solo tema divino. Todos los anhelos se funden en la unidad de un amor que avasalla.
         La obra va a aparecer en su magnifica belleza :La imagen del Padre, la reproducción creada de aquella imagen única, infinita y substancial del Padre que es su Verbo, que al venir con nosotros a tomar nuestra carne se llama Jesús.
         Esta transformación que es fruto del Amor es esencialmente una transformación de Luz.  La cumbre de esta divina ascensión es la Unión Transformante  que se caracteriza por una unión muy intima con el Verbo de Dios.
    El fin de la santificación de las almas es la gloria del Padre, la esencia de esa obra maravillosa es la transformación en Jesús. Transformarse en Jesús es llevar gravada en el alma, con rasgos de luz divina la imagen de Jesús, Sabiduría Increada.
         La transformación en Jesús es una obra de luz, de sabiduría, porque el Verbo de Dios es la Sabiduría del Padre. Transformarse en Jesús es participar plenamente del Don de Sabiduría. Por el Don de Sabiduría el alma se hace semejante al Verbo y lo posee, pues por ese don hay una misión del  Hijo de Dios alma feliz que se hace su dueña.
    Pero ese Don tiene sus raíces en la Caridad: es luz que brota del amor, luz que crece cuando se acrecienta el amor y que llega a su plenitud cuando la Caridad a llegado a su pleno desarrollo.
         La sabiduría que es don tiene ciertamente su causa en la voluntad, esto es, en la Caridad, pero tiene su esencia en el entendimiento. La Caridad, semejanza creada por el Espíritu Santo a su imagen, nos conduce a la sabiduría. Nos da la imagen, la posesión y la intimidad del Verbo de Dios. El Espíritu Santo nos lleva a Jesús, nos hace Jesús transformándonos en El.  Para transformarse en Jesús es preciso amar, amar sin medida. Amar por la Caridad que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones.
         Este es el ciclo divino de la santificación de las almas: Nadie puede ir al Padre sino por Jesús, nadie puede ir a Jesús sino por el Espíritu Santo. Por Jesús, con Jesús, en Jesús, las almas glorifican al Padre en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
         Esta vida de Jesús en las almas es como una prolongación mística de su vida mortal. El alma transformada en Jesús puede realizar la obra de Jesús, la que glorifica al Padre, y así Jesús lleva las almas al Padre, donde toda perfección se consuma.
         Dios es una verdad que nunca se abarca. Un bien que nunca se agota. Una hermosura que es siempre nueva. Un "no se que" que es majestad infinita y ternura inefable. Y el homenaje que le rinde nuestra alma es  al mismo tiempo respeto y confianza, adoración y amor.
         Para Comprender su lenguaje divino es necesario el alejamiento de lo terreno y la adquisición del  "sentido de lo divino" que corresponde a los limpios de corazón. Saberlo mirar por la pureza, Dejarse arrastrar por el soplo de su Espíritu. No poner resistencia, darse, entregarse a las divinas exigencias. Unión de voluntades, fusión de afectos, identidad de tendencias. Abandono a las disposiciones y a la acción del amado.
         Borrarse, anonadarse, desaparecer para fundirse en el amado.    Este dulce abandono a todos los movimientos del Amor es el rasgo característico de nuestra devoción al Espíritu Santo. Amar al Espíritu Santo es dejarnos arrastra por El como una pluma ligera se deja arrastrar por el viento. Dejarnos poseer por El como la rama seca se deja poseer por el fuego. Dejarse animar por El, como las cuerdas de una Lira maravillosamente sensible, parecen tomar vida por la inspiración del artista que las hace vibrar.
         Los grados de abandono, no solo son los grados de amor, sino los grados de la Perfección Cristiana.  La cumbre de ella, se caracteriza precisamente por la extensión y la constancia de las mociones del Espíritu Santo sobre el alma que El posee.
    El Entendimiento de esta alma es entendimiento de Dios; la voluntad suya es voluntad de Dios; su memoria, memoria de Dios y; su deleite, deleite de Dios. Y la substancia del alma aunque no es substancia de Dios porque no puede substancialmente convertirse en El,  pero estando unida como esta con El, y absorta en El, es Dios por participación de Dios. Sin ser Dios esta de tal modo fundida en El, que participa de todas las características de Dios.







LA CONSAGRACIÓN DEL MUNDO AL ESPIRITU SANTO
     
“Hace mucho tiempo que vengo insinuando este mi deseo, de que se consagre el universo al Espíritu  Santo, para que se derrame en la tierra como un nuevo Pentecostés”.
         “Entonces, cuando esto llegue, el mundo se espiritualizara con la unción santa de pureza y de amor con que lo bañara el Soplo vivificante y puro, el Purísimo Espíritu. Barrera este santo Soplo todas las impurezas en los corazones, y todos los errores en las inteligencias que correspondan a su influjo. La faz del mundo se renovara y todas las cosas se restauraran en Mi. Pero sobre todo, mis sacerdotes serán los primeros en esa restauración universal.
         No siempre mi Iglesia ha de estar postergada. Tendrá siempre enemigos y guerras y persecuciones hasta el fin de los siglos, pero tendrá treguas también, tendrá honrosos triunfos. Yo lo aseguro. Pero he vinculado estos triunfos a un sola cosa: a la consumación transformante en la tierra de sus sacerdotes en Mí.
Con esto vendrá el Reinado del Espíritu Santo,  en las almas de mis sacerdotes y en las almas después y en las naciones y traerá la paz por medio de la unidad en el amor, en la Caridad.
       Quiero en mis sacerdotes la perfecta transformación en Mí para que su vida entera sea un acto de amor continuado a mi Padre Celestial, porque esa fue mi vida en la tierra y la que ellos deben continuar. Todos sus pensamientos sus palabras, sus obras, sus anhelos, sus ilusiones, sus trabajos exteriores, su vida interior, etc.,etc., deben tener en ellos un solo fin, el de glorificar a mi Padre.
         Que pidan los fieles para que se apresure, para mi mayor gloria, esta santificación de los sacerdotes en el Santificador único, esa evolución santa por el amor, ese ser todos de María, y todos  para las almas en Mí Para que Yo en ellos, en la tierra, alivie, edifique, perdone y salve.
         ¡Como mi Corazón palpita y ansia esta época de transformación en Mi y de triunfo para mi Iglesia!. ¡Como mis ojos se empañan con lágrimas de emoción, de dicha, de triunfo, de gratitud para con mis amados sacerdotes!.
         Que no piensen en lo que fueron, si desgraciadamente me han sido infieles. ¡Los amo tanto!. Fue, después de mi Madre, lo que mas ame en la tierra, a mis apóstoles; y en ellos vi ya a todos mis sacerdotes futuros y en ellos los ame, y en Mi mismo los amo porque son parte de mi mismo ser.
         ¿No saben que mi Padre los ve como a Mi mismo y que los siento Yo como cosa mía; como si fueran Conmigo un mismo cuerpo, una misma alma, un mismo corazón?.
         Este es mi Corazón para el Sacerdote; su principio amoroso en el seno del Padre, un mar doloroso desde el seno de María y su ocaso glorioso en la bienaventuranza eterna.


LA VERDADERA DEVOCION AL ESPIRITU SANTO

INTRODUCION

Así como San Luis María Griñon de Monfort en su libro: “La verdadera devoción a la Santísima Virgen Maria”, dio a la devoción a la Santísima Virgen Maria el lugar que verdaderamente le corresponde en la vida cristiana, no como algo añadido, sino como algo esencial a la vida cristiana, necesario, constante, no intermitente, sin lo cual no hay salvación; también el Eximio Arzobispo D. Luis Maria Martínez, Obispo Primado de México en los años tormentosos de la persecución religiosa en México, escribió un primer libro sobre el Espíritu Santo, que titulo a semejanza de San Luis Maria Griñon de Monfort: “La verdadera Devoción al Espíritu Santo”, en el que busca situar la devoción al Espíritu Santo en el lugar que le corresponde en la Iglesia. Estas hojas son un extracto que buscó mantenerse lo mas fiel que me fue posible a lo doctrina expuesta por el Sr. Martínez.


EL DULCISIMO HUESPED DEL ALMA

Dios no tiene sino un ideal que en su unidad prodigiosa encierra todas las formas de belleza superior porque es divina. Este ideal es Jesús.
El Espíritu Santo lo ama más que un artista a su ideal supremo. Ese amor es su ser, porque el Espíritu Santo es el amor único,  el amor personal del Padre y del Verbo.
Con divino entusiasmo se acerca a cada alma, soplo del altísimo, luz espiritual que puede fundirse con la Luz Increda, esencia exquisita que puede transformarse en Jesús, reproduciendo el ideal eterno. Con que amor suavísimo y fortísimo al mismo tiempo va realizando su obra divinamente artística.
Su creación no es exterior ni intermitente, sino intima y constante. Para el artista de las almas santificar y poseer es una misma cosa; porque la santificación es obra de amor y el amor es posesión.
Para realizar su ideal, el Espíritu Santo entra en las profundidades de las almas, las compenetra en sus íntimos senos, hace de ellas su morada permanente para hacer después en ellas su obra magnifica.
Por eso la primera relación que tiene el Espíritu Santo con las almas es la de ser “El dulce huésped del alma”, como lo invoca la Iglesia en al Misa de Pentecostés.
Sin duda que toda la Trinidad santísima habita en el alma desde que esta recibió la vida de la gracia, como ha de habitar eternamente en el alma por la vida de la gloria, expansión plena y dichosa de aquella vida. Así nos lo enseño Jesús en la noche de sus íntimos secretos: “Si alguno me ama, guardara mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a el y estableceremos en el nuestra morada.
La santa Escritura atribuye esta habitación espiritual al Espíritu Santo: ¿No sabéis dice San Pablo que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?.
La gracia y la caridad, esto es, la vida de nuestras almas, tienen relación con el Espíritu Santo que habita en nosotros. Y no es de manera transitoria que viene el Espíritu Santo, sino que establece en nosotros su morada permanente y vive en intima unión con nuestras almas.
Sin duda que por apropiación se atribuye al Espíritu Santo esta habitación permanente e intima en nuestras almas, que a todas las Divinas Personas corresponde; pero esta apropiación es hecha por la Escritura, por el mismo Jesucristo; y sabemos que esta apropiación es perfectamente fundada y admirablemente eficaz para revelarnos a la Trinidad Beatísima.
¿Por qué se atribuye al Espíritu Santo esta habitación en nuestras almas?. Porque es obra del amor. Dios esta  en nuestras almas de manera especialísima porque nos ama: El amor hace que el Dios de los cielos enamorado de los hombres baje hasta ellas y se les una de manera intima y permanente.
Pero no solo su amor, sino también el nuestro, porque ser mutuo es una exigencia del amor y para eso, para que nosotros correspondamos a su amor infinito con un amor creado ciertamente, pero sobrenatural y divino, el Espíritu Santo derrama en nuestras almas una imagen suya, la caridad; y esta llega a hacerse tan perfecta que puede decirse que Dios y nosotros formamos un mismo amor, una sola llama, un mismo Espíritu, como lo enseña san Pablo: Quien se une al Señor es un solo Espíritu con El.
La razón profunda de que Dios habite en nosotros, de que El permanezca en nosotros y nosotros en El es el amor. Dos amores que se buscan, que se encuentran, que se funden en la divina unidad: Por parte de Dios el Espíritu Santo que se nos da, y por parte nuestra la Caridad, imagen del Espíritu Santo que no puede separase del divino original.
Sin duda también el conocimiento hace que Dios habite en nosotros como en su templo, pero no cualquier conocimiento, ni aun de orden sobrenatural hace que Dios habite en nosotros, sino solamente aquel conocimiento como experimental, que se llama sabiduría y que procede del Amor y produce amor.


 EL DIRECTOR SUPREMO

 El dulce Huésped del alma no permanece ocioso en su santuario intimo. Vive en el centro del alma, en esa región profunda de la voluntad donde El mismo a difundido la Caridad, pero desde aquella cumbre se derrama en todo el hombre con divina unción dones divinos para que todo el hombre reciba su influjo vivificante.
Por medio de estos Dones el  mueve a todo el hombre, se convierte en director de la vida sobrenatural, mas aun, es alma de nuestra alma y vida de nuestra vida.
Si el hombre no tuviera que realizar mas que una obra de perfeccionamiento moral, adecuado a su naturaleza, bastaría la razón humana -- destello de la Luz de  Dios - para dirigir la vida del espíritu. Pero la obra que ha de realizarse en el hombre es divina, la reproducción de Jesús, obra maestra de Dios y para empresa tan alta es necesaria la dirección de Espíritu Santo. Sin esa dirección la santidad es imposible.
El Espíritu Santo enseña todo no solo como los maestros de la tierra, proyectando la luz de sus explicaciones sobre el objeto de sus enseñanzas, sino de manera intima: comunicando a la inteligencia una luz nueva, la Luz divina.
El verdadero director de las almas, el Maestro intimo, el alma de la vida espiritual es el Espíritu Santo. Sin El, ya lo hemos dicho, no hay santidad. El grado de perfección de un alma se mide por su docilidad al movimiento del Espíritu, por la prontitud y facilidad con que sus cuerdas producen las notas divinas de su cántico de amor.
La Iglesia en la Misa de Pentecostés expresa admirablemente lo que el Espíritu Santo hace en las almas:  lava lo sucio, suaviza lo duro, calienta lo frió, rectifica lo que se ha desviado; enciende la luz en las almas, infunde el amor en los corazones y comunica a todo el ser del hombre maravillosa fortaleza.  









EL ALTISIMO DON DE DIOS

El Espíritu Santo No vive en nosotros solamente para poseernos con por su dulce presencia y por su divina acción. Vive también para ser nuestro, para ser poseído por nosotros, que tan propio del amor es amar como ser amado, poseer como ser poseído.
Casi siempre que se habla en la Escritura de la misión del Espíritu Santo en nuestras almas, el verbo que se emplea es DAR: “Yo rogare al Padre y os dará otro Paráclito”. “nos dio su Espíritu”. “Aun no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido todavía glorificado”.
Propio del amor es dar dones: El Padre nos dio a su Hijo porque nos ama, pero su primer Don, su don por excelencia es el Amor mismo. El Espíritu Santo  es el Amor de Dios, por eso es el Don de Dios. El es el DON de Dios por excelencia, y el don que es de quien lo da, se convierte en posesión de quien lo recibe.
En el amor terreno, que imperfecta, que efímera, que inconstante es la posesión. En el amor divino, se posee al que se ama con intimidad mas profunda que con nosotros mismos existe y de manera tan inamisible – por parte de Dios siempre y por parte de nosotros cuando el amor alcanza su perfección – que San Pablo escama: “Estoy cierto que ni la muerte, ni la vida ... ni criatura alguna podrá separarnos de la Caridad de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro”.
La posesión es el ideal del amor, la posesión mutua, perfecta, inamisible. Dios al amarnos y permitir que lo amaramos satisfizo divinamente esta exigencia del amor: Quiso ser nuestro y que nosotros fuéramos suyos.
Mas no decimos que poseemos sino aquello de que podemos gozar a nuestro arbitrio. De manera que una Persona divina no puede poseerse sino por la criatura racional unida a Dios. A lo cual llega, algunas veces, la criatura racional cuando de tal manera se hace participe del Verbo divino y del Amor que de El procede, que puede libre y verdaderamente conocer a Dios y amarlo rectamente.
Gozar de Dios es conocerlo y amarlo, porque siendo Espíritu, solamente peden tocarlo nuestras facultades superiores, mas no por todo conocimiento, ni por todo amor se goza de Dios, sino por el conocimiento intimo que penetra su verdad y por el amor profundo que nos une con su bondad soberana.
Y para lograr ese conocimiento y ese amor, nuestras fuerzas no bastan, necesitamos recibir de Dios mismo sus dones: La participación del Verbo divino y de su Amor personal.
La misión del Espíritu Santo trae consigo la Caridad que es imagen creada, pero imagen del Espíritu Santo mismo. La misión del Verbo de Dios produce en el alma la sabiduría, imagen creada de la Sabiduría Increada. Y todo esto por obra del Espíritu Santo: Bajo el Espíritu Santo al seno de Maria y el Verbo se hizo carne; bajo a los Apóstoles en Pentecostés e hizo de ellos otro Jesús, continuadores de la vida y la obra de Jesús.  Baja a cada alma y forma en ella la imagen viva de Jesús.
Gozar del Espíritu Santo es amar, gozar del Verbo es conocer, pero así como las Personas divinas son inseparables, quien puede gozar de una Divina Persona puede gozar de las demás. Quien goza del Hijo y del Espíritu Santo va al gozo del Padre, hundiéndose, por decirlo así, en el seno de la inmensa ternura, en el océano de donde procede todo bien.
 Sin duda que esa participación plena del Verbo y del Espíritu Santo que nos hace conocer íntimamente y amar profundamente  a Dios es la santidad, es la unión. Pero apenas la vida de la gracia se inicia en las almas, Dios otorga sus dones, y las lamas empiezan a gozar de Dios.
Antes de que la vida espiritual llegue a la madurez de la unión, posee el alma el Don de Dios, pero como quien posee un tesoro cuyo valor desconoce, y de cuyas ventajas no puede aun disfrutar plenamente. Hay sombras tan espesas en su entendimiento; Hay todavía tan grade mezcla de afectos terrenos en su corazón; Esta tan ligada aun a las criaturas. Ni sabe el alma lo que posee, ni tiene la santa libertad de los hijos de Dios para batir sus alas y elevarse al gozo de Dios.
Esta es precisamente la obra del Espíritu Santo en las almas: desarrollar hasta su santa madurez, hasta la plenitud dichosa ese germen de vida que El mismo deposito en las almas. Entonces el alma es toda de Dios y Dios es todo del alma. Entonces Dios obra en el alma como se obra en lo que nos pertenece por completo, y el alma goza de Dios con la confianza, con la libertad con que disponemos de lo nuestro.
¡Que verdades tan profundas y tan consoladoras! El Espíritu Santo es nuestro. Podemos gozar de El y usar de sus afectos. Somos suyos, el Espíritu de Dios puede disponer de nosotros a su antojo, como quien dispone de los suyo. ¡Ah! “Si conocieras el Don de Dios” decía Jesús a la Samaritana. Si supiéramos los tesoros que se ocultan en la vida superior de las almas, las riquezas de ese mundo divino en el que nos introduce el DON de Dios.







EL CICLO DIVINO

La Encarnación es la donación que el Padre nos hizo del Verbo, por obra del Espíritu Santo. Este Divino Espíritu trajo a la Virgen María la divina fecundidad del Padre y el Verbo se hizo carne.
Cada uno de los principales misterios de Jesús es inspirado, como precedido por la acción del Espíritu Santo: El Espíritu Santo conduce a Jesús al desierto al comenzar la vida publica; aparece en forma de paloma en el Jordán y de nube luminosa en la transfiguración, y ese mismo Amor impulsa a Jesús a realizar la obra suprema de su misión; el acto supremo de su vida: la doble inmolación del Cenáculo y del Calvario.
Por el Espíritu Santo se ofreció a si mismo inmaculado a Dios y vuelve al Padre llevando consigo la humanidad regenerada.
Pero ese Divino Ciclo debía comenzar de nuevo, debe estar comenzado siempre y siempre consumándose hasta el fin de los tiempos. Y el Espíritu Santo vuelve a bajar en la solemnidad de Pentecostés, para reproducir a Jesús en la Iglesia y renovar en ella a través de los siglos los misterios de su vida.
Pero en cada alma debe reproducirse el ciclo divino. El Espíritu Santo traerá a cada alma la divina fecundidad del Padre yen el seno de cada alma encarnara el Verbo místicamente y Jesús cantara en cada alma el poema de sus divinos misterios y cada alma ira al Padre por El, y en el seno amoroso del Padre cada alma hallara su felicidad, volviendo a su principio y consumando a su vez el ciclo divino.
El fin de la santificación de las almas es la gloria del Padre, la esencia de esa obra maravillosa es la transformación en Jesús.
La glorificación del Padre es la obra de Jesús, y para hacer la obra de Jesús es preciso ser Jesús,  estar unido a El de tal manera  que la  glorificación  del Padre Celestial sea obra de Jesús.
En cada alma debe reproducirse el ciclo divino, ese es el glorioso destino de las almas
Muchas almas resistirán hasta el fin al Amor y lloraran su esterilidad en la irremisible lejanía del Amor. Otras poco dóciles al Amor y poco generosas en la indispensable correspondencia, presentaran apenas, al dejar este mundo un esbozo de Jesús, que se perfeccionara en el fuego del Purgatorio para que puedan entrar en el gozo de Dios. Solamente las almas de los santos dejándose poseer de la “donación de Cristo” realizaran plenamente los designios de Dios y en ellos aparecerá espléndida, acabada, perfecta la obra del Espíritu Santo y el ciclo divino se consumara en su majestuosa amplitud.


LA GLORIA DEL PADRE

La gloria del Padre, una gloria nueva, superior a la del orden natural, porque es del orden divino, es el fin de la Encarnación. Todo el misterio de Cristo tiene este término altísimo. Toda la economía del orden sobrenatural, todo el grandioso designio de Dios de reparar la naturaleza humana, se expresa en aquellas palabras del Canon de la Misa: “Por Cristo, con El y en El, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por todos los siglos de los siglos”.
Cristo mismo nos enseña que El vino a glorificar al Padre y cuando con el último acto de su vida – su muerte en la Cruz - termino el poema divino de la gloria del Padre, quiso que el poema de gloria resonara por los siglos. Pero solamente la voz de Jesús puede entonar este cántico divino, solamente de El puede recibir el Padre esa gloria. Sin El nada hay, nada vale en el orden divino.
Es pues preciso que la voz de las almas se una con la voz de Jesús para que suba al Padre, para que suene a gloria, para que tenga el divino acento que al Padre le complace.
En su afán de glorificar al Padre, en su ternura para las almas, Jesús se unió a las almas no solo para darles sus meritos, sino para que toda voz fuera su voz, y todo amor fuera su amor, y toda gloria su gloria.; y en El recibiera todo honor y toda gloria el Padre Celestial.
Para que el cántico se perfecto es necesario que todas las facultades humanas se rectifiquen y se armonicen, como las cuerdas de una lira, y que el Espíritu Santo sople e inspire en cántico único del amor.
Sin duda que la gracia santificante, que es una participación de la naturaleza divina es el fundamento de esa obra maravillosa, pero la asimilación especial a cada una de las Divinas Personas y la posesión singular de ellas, viene de dones sobrenaturales que tienen por raíz la gracia santificante: Los dones del entendimiento trazan el alma la imagen del Verbo y nos hacen poseer la Sabiduría , en tanto que los dones del amor nos asemejan al Espíritu Santo y nos ponen en felicísima posesión de El.
Por el Don de sabiduría, el alma se hace semejante al Verbo y lo posee – pues por ese don hay una misión del Hijo de Dios – Transformarse en Jesús es por lo tanto poseer plenamente el Don de Sabiduría.
Pero ese Don tiene sus raíces en la caridad: es luz que brota del amor. La Caridad, semejanza creada del Espíritu Santo y base la posesión del Amor Infinito, y de nuestra intimidad con El,  nos conduce a la Sabiduría, que nos da la imagen, la posesión y la intimidad con el Verbo de Dios.

LA PERFECCION CRISTIANA

Para Transformarse en Jesús es absolutamente preciso amar, amar sin medida, unirse a El tan estrechamente que se pueda mirar por sus ojos, que pueda el alma hacerse con El un solo Espíritu por la Caridad que trajo consigo la misión del Espíritu Santo , que nos hace poseerlo, que nos asemeja al Espíritu Santo.
Dios que es Caridad, nos da la imagen, la posesión,  y la intimidad del Verbo de Dios. Pero se ama por la Caridad que el Espíritu Santo derrama en nosotros al dársenos, El Espíritu Santo nos lleva a Jesús, nos hace Jesús, transformándonos en El en cuanto que por El se nos da la semejanza del Hijo natural, que es la Sabiduría engendrada.
Tal es el ciclo de la santificación de las almas: nadie puede ir al Padre sino por Jesús; nadie puede ir a Jesús sino por el Espíritu Santo. Y por Jesús, con Jesús, en Jesús las almas glorifican al Padre por los siglos de los siglos.
Se puede vislumbrar el proceso esencial de la perfección cristiana, que es la obra por excelencia dl Espíritu Santo: El Don de Dios se da El mimo a las almas y derrama en ellas el don de la Caridad, las virtudes sobrenaturales y todos sus dones.
Por las virtudes el Espíritu Santo purifica a las almas para que la caridad se desarrolle en ellas sin obstáculo. Cuando el alma ha sido purificada por las virtudes, la purifica más hondamente por los Dones y la armoniza de manera admirable.
Cuando el alma ha sido plenamente pacificada, penetrada por la caridad y poseída por el Espíritu Santo, se “transforma” en Jesús por la plenitud del Don de la Sabiduría.
La cumbre de esta divina ascensión del alma es unión transformante que es una unión muy intima con el Verbo de Dios , que aunque es fruto del amor,  es esencialmente una transformación de luz la que trajo consigo una misión especial del Hijo, y por consiguiente, una especial y perfecta posesión de El, según la expresión de San Pablo:  “Mas nosotros todos, contemplando a cara descubierta la gloria del Señor, nos transformamos en la misma imagen, de claridad en claridad, como por el Espíritu del Señor”.
La unión transformante es la obra del Espíritu Santo  que trae a las almas la divina fecundidad del Padre para que se forme en ellas la imagen viva de Jesús. Cuando el alma ha alcanzado esta unión perfectísima Jesús vive en las almas como en una prolongación mística de su vida mortal, y entonces el alma puede hacer, unida con Jesús, la obra de Jesús que es la glorificación del Padre.
 Esta vida de Jesús en las almas es como una prolongación mística de su vida mortal, como una encarnación mística en las almas por la cual renueva también místicamente el ellas los misterios de su vida, ya los de su infancia, de su vida publica, de su pasión o los de su vida Eucarística. 
El alma que ha llegado a la unión divina tiene con Jesús todas las relaciones santas propias del amor, porque el amor de Dios  condensa en su eminente perfección todos los matices legítimos y nobles del amor humano, como nos lo enseña el mismo Jesús: “Todo el que hace la voluntad de mi Padre que esta en los cielos, el mismo es mi hermano y mi hermana y mi madre”.
Pero en esta obra mística, como en aquella de la Divina Encarnación el Espíritu Santo requiere la cooperación de la criatura. El alma cubierta con la sombra del Espíritu Santo, guiada movida y fecundizada por El, forma en si misma a Jesús.





LA MOCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO POR LOS DONES

La moción santificadora del Espíritu Santo por lo Dones es muy distinta de las divinas mociones que en todos los ordenes y en todos los instantes recibimos de Dios, ya que en El “vivimos y nos movemos y somos”.
Aun entre las mociones de orden sobrenatural, la moción del Espíritu Santo por lo Dones es lago muy especial. En las demás el Espíritu Santo ayuda nuestra debilidad, pero deja la dirección de los actos a nuestras facultades superiores, la inteligencia y la voluntad.
Pero en esta moción especial, el Espíritu Santo viene como río impetuoso y toma en lo intimo de nuestras almas el lugar que le corresponde a lo que hay en nosotros de mas intimo, de mas alto, de mas activo. Se constituye en director inmediato del alma y esta en la plenitud de su fuerza y de su libertad, no obra sino movida por el Espíritu.
Esta intima y especialísima moción es una moción de amor: se funda en el amor, la hace El Amor y conduce al Amor. Se diría que su moción es una caricia de amor infinito, que el Espíritu Santo nos mueve porque en la intima fusión de El y de nuestras almas que realizo la Caridad, se hace sentir en todo el hombre que es una sola cosa con El.
Sin esta moción santificadora del Espíritu, normalmente es imposible conseguir la salvación y menos la perfección cristiana, pues la razón del hombre, aunque enriquecida por la luz de Dios, aun contando con las virtudes sobrenaturales, es incapaz de realizar una obra tan grande como es la reproducción de Jesús en nuestras almas.
Las virtudes son sin duda medios preciosos para nuestra santificación, pero son nuestros medios, los instrumentos del Espíritu Santo son sus Dones.
Los Dones del Espíritu Santo han sido tan olvidados como el mismo divino Espíritu. Con el afán de ser prácticos, mucho piensan demasiado en la obra del hombre y poco, muy poco, en la obra de Dios. Exaltan las virtudes, lo cual es justísimo, pero, olvidan los Dones que tan bien son necesarios para la salvación y a ellos corresponde lo mas fino y exquisito de la obra santificadora.
La ruta del Espíritu es invariable e inmensa y aunque nadie sabe “ni de donde viene ni a donde va”, describe siempre con sus alas blanquísimas un circulo amoroso e infinito: viene del Padre y del Hijo, y hacia esa divinas personas tiende su vuelo majestuoso, arrastrando en la dulce impetuosidad de su soplo a las almas dóciles a su inspiración.
En el lenguaje de las apropiaciones divinas ¿nos podría decir que en el divino funcionamiento de los Dones, la regla, el ideal de los actos que se realizan bajo la inspiración del divino Espíritu, corresponde al Padre?.
¿No parece en el Evangelio la voluntad del Padre como la norma suprema  de Jesús?. ¿no es la gloria del Padre lo que formaba el único anhelo gigantesco y divino de su alma?. ¿no busca Jesús en los días de su vida mortal el ideal de sus actos en el seno del Padre?.
Bajo todos los aspectos el ideal es Dios, es el Padre y el termino es Jesús, Jesús que es la imagen del Padre. El papel del Espíritu Santo es traer del seno del Padre el divino ideal y sembrar en las almas, como roció de los  cielos, esa fecundidad divina, para que germine en ellas el fruto celestial.
Poco a poco, bajo la acción vivificante del Espíritu, bajo el influjo divino de los Dones, el alma se va adecuando al ideal divino e irán apareciendo en ella, primero rasgos dispersos, pálidos esbozos del ideal, después se va armonizando toda el alma, todos sus anhelos se funden en un amor que avasalla, todas las luces dispersas se unifican en un tema glorioso y divino.   ¡la obra va  a aparecer en su magnifica belleza!: La imagen del Padre, reproducida, creada, pero sobrenatural, llena de luz y de verdad, de aquella Imagen Única, infinita y sustancia del Padre que es su Verbo, quien al tomar nuestra carne quiso llamarse Jesús.

LAS VIRTUDES TEOLOGALES: FE, ESPERANZA Y CARIDAD


Los que se aman necesitan estar solos para amarse sin obstáculo, para mirarse sin estorbo, para hablar sin testigos, para fundir su corazón en la purísima unida del amor. A esa comunión intima de amor aspira el Huésped dulcísimo de nuestras almas y el misterio de esa comunión la realizan las Virtudes Teologales.
Para mirar al Espíritu Santo no basta nuestra inteligencia natural, por clara, profunda e ilustrada que sea. Para amarlo no es suficiente nuestro  corazón humano, para abrazarlo, no alcanzan las pobres fuerzas de nuestra alma. Se necesitan ojos mas profundos, un corazón nuevo, las alas de la divina paloma para alcanzar esa divina intimidad.
Esta intimidad con Dios que el Espíritu Santo comunica al alma, cuyo germen viene al niño con la gracia, cuya plenitud es la santidad y cuya consumación es el cielo, es algo divino, que esta por encima de todas las fuerzas creadas y que requiere principios de actividad sobrenaturales y divinos.
Cuando el Esta intimidad con Dios que el Espíritu Santo comunica al alma, cuyo germen viene al niño con la gracia, cuya plenitud es la santidad y cuya consumación es el cielo, es algo divino, que esta por encima de todas las fuerzas creadas y que requiere principios de actividad sobrenaturales y divinos.
Cuando el Espíritu Santo del alma, la enriquece con múltiples y variados principios de acción sobrenatural, pero los únicos que pueden tocar íntimamente a Dios son las Virtudes Teologales.
Las demás virtudes purifican el alma, quitan de ella los obstáculos para la unión, la hermosean, la atavían, pero ninguna de ellas ni todas juntas pueden  hacer que el alma toque a Dios. La Fe son los ojos que lo contempla entre sombras, la Esperanza son los brazos que lo tocan y la Caridad es la que lo funde en inefable caricia en el corazón del Amado. La Caridad, amor creado hecho a la semejanza del Amor increado, el Espíritu Santo, esencia de la perfección y forma de todas las virtudes. 
La presencia del Espíritu Santo en nuestras almas exige que nos demos cuenta de ella, que tengamos la dulcísima convicción de que El habita en nuestros corazones, que vivamos bajo su mirada y que lo busque la nuestra.
A veces esa mirada se hace tan profunda que nos parece vivir ya en el seno de Dios, otras veces parece que el corazón esta vacío y que el alma ha perdido su inefable tesoro. Pero en medio de las inevitables vicisitudes de la vida espiritual, hay algo que no cambia: La certeza de la Fe: La Fe que apoyada en la firmeza inquebrantable de la palabra de Dios, no necesita para vivir ni de imágenes, ni de sentimientos, sino que, siempre firme, siempre precisa, siempre recta se afina con la desolación y se perfecciona en el consuelo.
Nuestra devoción al Espíritu Santo debe fundarse pues en la Fe, que es la base de la vida cristiana. Sin duda que la Fe es por su naturaleza imperfecta, pero para corregir en cuanto es posible sus imperfecciones, sirven los Done Intelectuales del Espíritu Santo, con los cuales la mirada de la Fe se hace mas penetrante, mas comprehensiva, mas divina y hasta mas deliciosa.



ESPERANZA


Pero la Fe no basta para la intimidad con Dios, aunque sea la primera y fundamental comunicación con EL, porque como enseña Santo Tomas de Aquino, en esta vida es mejor amar a Dios que conocerlo, y es mas unitivo el amor que el conocimiento.
Por la Esperanza tendemos al fin supremo de la vida, a la felicidad sobrenatural del cielo que es participación de la felicidad misma de Dios. Por la Esperanza tendemos a El, no con la incertidumbre y vaivén de las esperanzas humanas, sino con la seguridad inquebrantable de quien se apoya en la fuerza amorosa de Dios.
El termino de la Esperanza esta en la patria, que es la eterna y plena posesión de Dios porque tenemos la divina promesa que no engaña, porque primero pasaran los cielos y la tierra que la palabra de Dios.
Y si con la Esperanza llevamos en el alma la Caridad, tenemos mas que la promesa, pues poseemos en substancia el mismo bien que poseeremos plenamente en el cielo, porque en el fondo la vida de la gracia y la vida de la gloria son la misma vida sobrenatural; en germen por la gracia, en plenitud por la gloria. Por eso con la muerte, la vida espiritual, la verdadera vida del alma, no se acaba, se transforma, la gracia se cambia en gloria. El Don del Espíritu Santo que se nos ha dado es prenda de la vida eterna. Tenemos ya en sustancia las cosas que esperamos.
De la firmeza con que esperamos la vida eterna, se desprende por legitima consecuencia, la firmeza con que debemos esperar todos los medios necesarios para conseguirla.
Pero conviene señalar la relación que hay entre el Espíritu Santo y la virtud de la Esperanza. El divino Espíritu no es solamente luz y fuego, es también fuerza, es la unción espiritual que vigoriza a los que luchan en la tierra, la virtud del Altísimo que obra en nosotros, el Don de la diestra omnipotente del Padre. La esperanza nos pone en comunión con la fuerza del Altísimo, y abre nuestra alma a todos los auxilios sobrenaturales de los que el Espíritu Santo es fuente inagotable.


LA CARIDAD


Lo esencial de la devoción al Espíritu Santo es El amor, porque el Espíritu Santo es el Amor infinito y personal de Dios y su obra es de amor y lo que busca y anhela establecer en las almas es el dichoso reinado del amor.
El grado de Caridad que posee un alma es el grado de posesión mutua del Espíritu Santo y de ella, es la medida de todas las virtudes infusas y de los Dones del Espíritu Santo, es la medida de la gracia y de la gloria. Por eso San Juan de la Cruz enseña “que es gran negocio para el alma ejercitar en esta vida actos de amor, porque consumándose en breve, no se detenga mucho acá o allá sin ver a Dios.
Es mas precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor, y mas provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas las obras juntas.
Se piensa con razón, que ejercitarse en el amor es propio de los perfectos, puesto que en las cumbres de la vida espiritual no hace otra cosa el alma mas que amar. Pero en todas las etapas de la vida espiritual debe ejercitarse el amor; cualquiera que sea la obra que tiene que realizar el cristiano, la Caridad es el alma:  Sea purificarse, sea progresar, sea unirse íntimamente con Dios, el principio impulsor y director es la Caridad.
El amor toma todas las formas y realiza todas las empresas. En los principios de la vida espiritual limpia el alma y arranca de ella cuanto se opone a su reinado mediante las virtudes Morales. Después dirige a lo mismos Dones del Espíritu Santo para que completen la purificación del alma y la iluminen y preparen a la unión con Dios. Y al fin UNE al alma con Dios, la enriquece de luz, la viste con virtudes y realiza en ella una obra de armonía y perfección.
El ejercicio de la Caridad es un camino breve y deleitoso para conseguir la santidad; breve porque todo se simplifica cuando se trata a fondo; deleitoso porque el amor dulcifica todos los sacrificios y facilita todos los esfuerzos. La manera especifica de desarrollar los Dones del Espíritu Santo es ejercitar la Caridad, pues en ella tienen sus profundas raíces esos precioso instrumentos del Espíritu Santo.
¿Pero como puedo yo atreverme a amar a Dios si estoy lleno de miserias y de pecados?.
Para amar a Dios no necesito yo ser bueno sino que El los sea. El hecho de que yo sea miserable e imperfecto no rebaja ni su incomprensible hermosura, ni su bondad infinita, ni su misericordia sin limites. Por l contrario, mi miseria es un titulo mas para implorar su misericordia. Si esperamos para amar a Dios y para ser por El amados, ser limpios, ser fuertes, ser buenos, ya podemos esperar toda la eternidad, o mas bien , ya debíamos desesperar de la empresa.
Dios nos ama así como somos porque su amor no es como el nuestro que busca en el amado lo que a el le falta. El amor de Dios es un amor de plenitud infinita que no necesita nada, sino miserias que curar, seres pobres a quienes hacer felices. ¿Qué puede buscar el océano inmenso de perfección que el vació de nuestra miseria para llenarlo?.
Precisamente lo que Dios nos pide, lo que exige de nosotros, lo que vino a buscar a la tierra en medio de los dolores y miserias de su vida mortal, fue nuestro amor, el amor de sus pobres criaturas.
Sabia muy bien que no encontraría sobre la tierra virtud, ni generosidad, ni hermosura, ni necesitaba tales cosas, pues precisamente traía las manos henchidas de eso dones, pero sabia que en la tierra había corazones pobres, miserables y manchados, pero capaces de amar ; y vino a pedirles que lo amaran, a obligarlos con las locuras de su amor; y después de hablar de amor, de sufrir y de morir por amor; y por amor empequeñecerse en la Sagrada Eucaristía, se quedo en el sagrario para decir a cada alma lo que le dijo a la samaritana:  tengo sed de amor, alma dame de beber.

NUESTRA  CORRESPONDENCIA


El amor, como hemos dicho, es el fondo de la devoción al Espíritu Santo, como es el fondo de la perfección cristiana. Pero el amor encierra en su simplicidad múltiples riquezas. Todos los matices del amor se encuentran armonizados en el amor filial, confiado como el de una amistad, dulce y fecundo como el de los esposos, libre y puro y desinteresado como el de un padre, tiernísimo como el amor maternal.
Pero siendo Dios Uno en esencia y Trino en persona, nuestro amor a de tomar características propias para con cada una de las Tres Divinas Personas.
Nuestro amor al Padre es tierno y confiado como verdaderos hijos, ávido de glorificarlo como su Unigénito nos lo enseña con su palabra y con su ejemplo. El amor al Padre es la pasión de que su voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo.
Nuestro amor al Hijo, que quiso encarnarse por nosotros, se caracteriza por una tendencia a la unión con El, a una transformación en El realizada por la imitación de sus ejemplos, por la participación de su vida, la comunicación de sus sufrimientos y de su Cruz.
El amor al Espíritu Santo tiene también su especial colorido que debemos estudiar para comprender su devoción. 
El Espíritu Santo nos ama moviéndonos como soplo divino que nos arrastra al Seno de Dios. Nuestro amor al Espíritu Santo debe caracterizarse por esa fidelidad constante del alma que se deja mover y dirigir y transformar por su acción santificadora.
Uno de los caracteres, pues, que debe tener el amor al Espíritu Santo es la atención solicita para escuchar su voz, para sentir sus inspiraciones.
Mas no basta escuchar, es preciso comprender el divino lenguaje. Para tener el sentido de lo divino, el alma a de ser pura, porque la pureza en su sentido negativo es alejamiento de lo terreno, pero la pureza que prepara al amor, en su sentido positivo es divinización y el amor diviniza uniendo  al alma con Dios.
EL Dejarse poseer es solo un aspecto del amor, la otra, esencial también, es Poseer. Ni puede uno dejarse poseer sin poseer también, pues esos dos aspectos del amor los separa la imperfección de nuestro entendimiento, pero forman la realidad única del amor.
Así como en el amor humano, por la unión que se produce entre los que se aman hace que el uno adivine, en cierta manera, los ocultos sentimientos del otro, las almas puras y amantes poseen el secreto de descubrir a Jesús de cualquier manera que se presente y de adivinar sus deseos.
El alma amante se deja también arrastrar dócil y ligera por el soplo del Espíritu Santo. Para alcanzar esta docilidad al Espíritu Santo es necesario que el alma este silenciosa y recogida, tan llena de pureza y de luz, tan rendida a la voluntad de Dios, tan abnegada que perciba el sentido de la divina inspiración y la ejecute sin detenerse ante ningún sacrificio.


ABANDONO
El amor por naturaleza es unión de voluntades, fusión de afectos, identidad de tendencias. La escritura lo expresa con estas palabras: “todos los que son movidos por el Espíritu Santo  de Dios son hijos de Dios”. Pero la palabra latina empleada, “aguntur”, tiene una traducción muy significativa: “se dejan hacer”.
Uno de los gozos intensos y delicados del amor es precisamente este abandono a las disposiciones y a la acción del Amado. Esta dulce esclavitud hace que el alma pierda su soberanía para entregarla al Amado. Y encierra un dicha singular, la dicha inefable de tener dueño, mas dulce –si cabe- que sentirse dueño del Amado.
Amar es desaparecer, borrarse, anonadarse para que se realice nuestra transformación en el Amado, para fundirse en su magnifica unidad.
El dulce abandono a todos los movimientos del amor, es a mi juicio el rasgo característico de nuestro amor al Espíritu Santo. Los grados de ese abandono no son únicamente los grados del amor, sino los grados de la perfección cristiana, pues la cumbre de ella se caracteriza precisamente por la extensión y la constancia de las mociones del Espíritu en el alma que posee. Y la substancia d esta alma, aunque no es substancia de Dios, porque no puede sustancialmente convertirse en El, pero estando tan unida como aquí esta con El, y absorta en El, el entendimiento de esta alma es entendimiento de Dios, la voluntad suya es voluntad de Dios, y su memoria, memoria eterna de Dios, y su deleite, deleite de Dios. Es Dios por participación de Dios, lo cual acontece en este estado perfecto de vida espiritual.
Sin duda que esta docilidad requiere abnegación, pues siempre será verdad que el dolor y el amor son proporcionales entre si y que no puede alcanzarse la perfección de uno sin la consumación del otro.
El Sr. Luis María  Martínez reduce su programa personal para el progreso de esta vida divina de amor y dolor en: humildad, pureza, sacrificio. ¿No serán en el fondo la “humildad, alegría y paz” que señalo el  Papa Benedicto XVI a los jóvenes de Nueva York en su reciente visita el 13 de abril de 2008: la humildad que no busca la ostentación y la ambición; la alegría de vivir y morir para Cristo;  la paz del que no tiene otra voluntad que la del Señor, pues esta crucificado con Cristo.




CARACTERES DE LA DEVOCIÓN AL ESPÍRITU SANTO

POSEERLO Y DEJARSE POSEER
Pero, EL Dejarse poseer es solo un aspecto del amor, la otra, esencial también, es Poseer. Ni puede uno dejarse poseer sin poseer también, pues esos dos aspectos del amor los separa la imperfección de nuestro entendimiento, pero forman la realidad única del amor.
Amar al Espíritu Santo es pues dejarse poseer por El, pero también poseerlo, porque El no es solamente el Director de nuestra Vida, la espiritual, la verdadera; sino tan bien nuestro Don, El DON de Dios.
Poseer al Amor es amarlo, es dejarse poseer por su fuego y arder en el, es recibir las ardientes efusiones de su amor y en ellas al Amor mismo. Con el amor creado – la Caridad-, se nos da el Amor increado – el Espíritu Santo-.
Solamente el Espíritu Santo puede infundir en nosotros la Caridad, pues  la caridad es imagen creada, pero perfectísima de El mismo. Cuanto mas crece en el alma la Caridad,. Mas crece tan bien la dichosa posesión del Don de Dios. Cuanto mas perfectamente es el Espíritu Santo es principio de nuestro amor, mas perfectamente es el termino de ese mismo amor. Mas perfectamente es nuestro DON.
El Espíritu Santo es mas nuestro cuanto mas lo amamos, y mas lo amamos cuando somos mas suyos.
Todo acto d Caridad procede del habito de esa virtud que el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones. Por imperfecto que sea un acto de amor, amamos con la Caridad que es el más perfecto don sobrenatural que recibimos sobre la tierra.
Mas podemos usar de la Caridad en dos maneras: moviéndonos por nosotros mismos al acto de amor, o siendo movidos por el Espíritu Santo, con esa moción especial de que hablamos anteriormente. No es al alma quien se mueve a si misma, sino que el Espíritu Santo la mueve, y ella obra bajo el impulso divino.
La vida espiritual no es otra cosa que la penetración del alma por el fuego divino. Al principio no arde totalmente el alma porque necesita purificarse para que el fuego divino la penetre con toda perfección. Poco a poco el alma va ardiendo mas profundamente  y llega a ser tan completa esta espiritual combustión del alma que esta se diviniza: en cierta manera arde con el fuego de Dios, el Espíritu Santo la mueve para amar tan intima y plenamente que “ama con el Espíritu Santo”, que aquel amor se atribuye, con toda verdad, mas al Espíritu Santo que a ella.
Como el leño penetrado perfectamente por el fuego toma las características del fuego, el amor del alma que ama así con el Espíritu Santo participa de los divinos caracteres del Amor eterno.
¿Quién podrá describir ese amor?. Como dice la Escritura: es santo, único, múltiple, sutil, elocuente, móvil, inmaculado ,cierto, suave, amante del bien, agudo, al que nada resiste, bienhechor, humano, benigno, estable, seguro, que tiene toda virtud,  mira todas las cosas y que toma todos los espíritus, inteligible, limpio”.

“Como el Padre me ama a Mi, así los amo Yo”, dijo Jesús a sus discípulos. Calle aquí toda lengua.
Y para que el misterio de amor sea completo, el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones un amor semejante al que nos tiene Jesús, quien por el Espíritu Santo se ofreció inmaculado al Padre por nuestra salvación.
 El Padre y el Verbo se enlazan en la unidad del Espíritu Santo, que es el Amor, las almas se unifican en la cruz de Cristo que es la unidad del dolor. Todo el organismo sobrenatural que broto de la cruz, como semilla divina, tiende a reproducir el árbol que la produjo, a renovar en las almas el misterio de la cruz.
Cuando se ha llegado a esta perfección de amor, el alma es poseída perfectamente por el Espíritu Santo puesto que El la mueve a su entero beneplácito. Y el alma posee perfectamente al Espíritu Santo , puesto que, en el sentido explicado, ama con El.
Entonces el alma goza plenamente del DON de Dios porque de tal manera participa del Amor eterno, que libremente ama a Dios con plena rectitud.  Esta dichosa libertad y esa santa rectitud son consecuencia de esa maravillosa unidad, que en cierto sentido, se ha realizado entre el Espíritu Santo y el alma.


EL ESPÍRITU SANTO NOS LLEVA AL VERBO

Tanto amo Dios al mundo que le dio a su Hijo para salvarlo.
El Espíritu Santo nos lleva a Cristo, al Hijo enviado por la amorosa voluntad salvifica del Padre y a encontrar en El y solo en El a nuestro Salvador.
Siendo el Espíritu Santo el amor del Padre y del Hijo, infunde en el alma que mueve, un amor al Padre semejante al que el Hijo le tiene y un amor al Verbo semejante al del Padre celestial.
Sobretodo en el alma que posee al Espíritu Santo y es poseída por El, hay una imagen limitada, pero inefable del misterio de amor de la Trinidad, pues esa alma ama al Padre a la manera del Verbo y ama al Verbo a la Manera del Padre.
Con su insondable sencillez la Escritura nos enseña este misterio diciéndonos que por el Espíritu Santo clamamos al Padre y pronunciamos el nombre de Jesús.

Clamar al Padre es tener conciencia de nuestra filiación y sentir en nuestras entrañas la ternura de hijos. Decir Señor Jesús no es simplemente pronunciar su nombre, sino decir esa palabra en lo intimo de nuestra alma como fruto de la contemplación de nuestra inteligencia, como grito de nuestro amor. Por lo tanto el Espíritu Santo nos revela nuestras relaciones con las otras Personas Divinas, y nos hace amar a esas personas cuyo vinculo amoroso es El. El Espíritu Santo nos hace, pues, hijos del Padre y nos hace semejantes al Hijo.

El alma, empero, sobre la cual trabaja el Artista divino, tiene conocimiento y amor, puede recibir de Dios la revelación de sus designios, puede amarlos con la fuerza increíble de amar que de Dios ha recibido y puede ser al mismo tiempo mármol y cincel, materia artística que se transforma en instrumento inteligente y libre en las manos de Dios.
El alma sabe que va a ser Jesús y ama  a ese Jesús que va a unirse con ella y no solamente se deja desgarrar y pulir por la obra el Espíritu Santo, sino que se despoja ella misma de todo lo que puede impedir su divina transformación y pone a  disposición del divino Artista su amor y libre voluntad de inmolación.
El alma debe conocer el ideal del Espíritu Santo de la manera mas clara y precisa que le sea posible. El ideal es Jesús, y por Jesús se va al Padre en el que se consuma todo. Transformarnos en Jesús, para reproducir el ideal de l Padre y revestirnos de su gloria es la meta de la perfección.
Mas no todos lo reproducen de la misma manera. a cada uno de nosotros se ha dado la gracia según la medida de la donación de Cristo”.
Unas almas están destinadas a reproducir al Jesús del pesebre con sus maravillosas virtudes infantiles. Otras al Jesús de Nazaret, estas al Jesús Apóstol y Maestro, aquellas al Jesús del Cenáculo, transfigurado de amor. Quienes reproducirán la inenarrable agonía de Jetsemani, quienes la ignominia de la Cruz, o la cruz interna de su Corazón, o al Jesús de los sagrarios que ama en silencio y se ofrece místicamente en sacrificio.
Todos los santos son admirables, pero distintos de otros, para llegar a donde llegaron fue preciso encontrar con exactitud su camino. Ni se crea que solo las grades almas tienen su función y su camino; todas las almas tienen una y otra cosa perfectamente determinadas. Todas tiene su misión precisa. Descubrir los designios de Dios sobre ella es una de las primeras cosas que debe hacer quien aspire a la perfección.
Para lograrlo necesitan sin duda instruirse y ser bien dirigidas, pero sobre todo, ser dóciles  a la intima dirección de Espíritu Santo que se comunica a los sencillos y descubre sus secretos a las almas de buena voluntad. El es quien pone aquel atractivo espiritual que es peculiar a cada alma.
Con esa luz divina y con ese amor sobrehumano el alma pondrá toda su energía al servicio del Espíritu Santo y arrancara  de si misma cuanto se oponga a su transformación en Jesús, y con los ojos fijos en el divino modelo, y perfectamente dócil a las santas inspiraciones, trabajará, sufrirá, hará esfuerzo constantes  para alcanzar la inefable semejanza con Jesús.

 

 

 

EL ESPÍRITU SANTO NOS LLEVA AL PADRE

No solamente al Verbo nos lleva el Espíritu Santo, sino también al conocimiento, al amor, al reposo del Padre.
El amor eterno es la inefable unidad que enlaza al Padre y al Verbo, que los funde, diríamos en nuestro leguaje en un beso infinito de amor. El amor creado es inmensa aspiración de unidad que se consuma cuando se pierde en el océano infinito de la unidad de Dios.
La Caridad se consuma cuando el alma entra en la unidad de Dios. La consumación de la unidad, que es la consumación del amor, consiste en que el alma transformada en Jesús repose en el seno del Padre, en la unidad del Espíritu Santo.
No se puede poseer el Espíritu Santo sin llevar en el fondo del alma esa aspiración tan natural en lo sobrenatural, tan lógica en la vida de la gracia: la intima aspiración a encontrar en su principio su consumación y su descanso. El Padre es principio de todo lo que existe, y porque el Padre es principio es también termino, en quien todo encuentra su perfección y su dicha.
He aquí tres etapas de divinas del divino amor: el alma es poseída por el Espíritu Santo; el alma es transformada en el Verbo hecho carne, el alma descansa en el seno del Padre celestial.
La Caridad que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones, lleva en su seno una inmensa aspiración al Padre. Ni puede tampoco transformarse en Jesús sin aspirar inefablemente al Padre.
Todo el Evangelio lo atestigua: el ideal de Jesús es glorificar al Padre; su pasión es amarlo; su alimento es hacer la voluntad del Padre. Y el alma transformada en Jesús tiene el mismo ideal, la misma divina pasión y el mismo alimento celestial de Jesús.
La devoción al Padre es, pues, lógica consumación de la devoción al Espíritu Santo.
Jesús pidió al Padre que nos santifique en la verdad, y la verdad suprema, la profunda, la fuente de toda verdad es el misterio inefable de la vida de Dios, el misterio de la augusta Trinidad. Y toda la esencia de nuestra vida sobrenatural es un reflejo de la vida infinita de Dios, que es el principio de nuestra vida espiritual y será su fin dichosísimo en los cielos.
Nos santificaremos plenamente en la verdad cuando nuestra vida espiritual sea una sólida devoción al Padre al Hijo y al Espíritu Santo.
Pero conviene señalar los principales caracteres de la devoción al Padre: la adoración en espíritu y en verdad; el amor filial, y el anhelo de cumplir su voluntad.
Adorar, amar al Padre y cumplir su voluntad santísima hasta el abandono, fue la vida de Jesús y debe ser nuestra vida, nuestra verdadera devoción al Padre.
Adorar al Padre en Espíritu y en Verdad es participar en cuanto es dado a la criatura del misterio de la Trinidad. Hay que adorar al Padre en la luz y en el amor, en la luz que es el reflejo de la luz eterna, en el amor que es imagen del amor infinito. Hay que adorar al Padre en Jesús que es la verdad y en el Espíritu Santo que es el amor infinito. Es contemplar la majestad del Padre por los ojos de Jesús y anonadarse amorosamente ante esa majestad bajo el impulso del Amor  infinito.
La vida intima de Jesús es la perfecta adoración del Padre en Espíritu y en Verdad. A semejanza de Jesús, el fondo de nuestra vida intima debe ser esta profunda adoración al Padre. Sin esta adoración continua, nuestros actos exteriores nada son o valen muy poco. Para que complazcan y glorifiquen al Padre deben brotar de la abundancia del corazón. Debemos adorar al Padre en verdad y sobretodo en la Verdad, esto es, en Jesús. Y debemos adorar al Padre en espíritu y sobre todo en el Espíritu Santo porque en El clamamos Abba. Padre.
No nos cansemos de repetirlo, , el fondo de todos los misterios de Jesús es ese amor al Padre; es el centro de sus sentimientos íntimos, la raíz de sus obras prodigiosas, la fuente de sus palabras de vida eterna, el  secreto de sus inmolaciones, el manantial de su fecundidad, y en una palabra, la razona suprema de su vida y de su muerte, de su gloria en el cielo y de su permanecía en la tierra hasta el fin de los siglos.
Imagen de esa vida intima de Jesús debe ser nuestra devoción al Padre, compuesta de respeto y de confianza, de adoración y de amor, el homenaje profundo a su majestad y la fidelísima correspondencia a su ternura.

LA VOLUNTAD DEL PADRE.
De los tres principales caracteres de la devoción al Padre de que hablamos en el capitulo anterior, el que mas resalta en Jesús es el tercero: La pasión por cumplir la voluntad del Padre.
Jesús esconda el misterio de sus intimidades divinas, su profunda adoración al Padre, su ternura par con nosotros, pero el ansia de cumplir la voluntad del Padre se complacía en mostrarla en todas las circunstancias de su vida.
El quiso revelarnos en el Antiguo Testamento, como una profecía, y en el Nuevo como una realidad el fondo de la vida de Jesús. Entrando al mundo dice: “No quisiste la ostia de la oblación, pero me diste un cuerpo; no te agradaron los holocaustos por los pecados. Entonces dije: He aquí que vengo para hacer ¡oh Dios! Tu voluntad”.
En estas palabras Jesús nos descubre la medula, lo mas hondo de su divina misión: Vino a hacer la voluntad del Padre; la plena realización de esa voluntad fue su oblación en el Calvario, y en esta oblación hemos sido santificados.
Y Jesús nos descubrió el anhelo fundamental de su alma al enseñarnos a decir también a nosotros: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, pero ese deseo de Jesús no se realiza hasta que el Espíritu Santo toma posesión de las almas, y al darles a conocer al Padre las unifica amorosamente en su divina voluntad.
Quiere decir que también nosotros hemos ido creados para hacer la voluntad de Dios, y aunque el acto primordial del amor divino es complacernos en aquel océano de bien y alabarlo sin descanso, y nosotros no podemos añadir una tilde a la bondad y felicidad de Dios, plugo a Dios que las almas enamoradas de El pudieran hacerle el bien como lo piden las impetuosas exigencias del amor, y lo hizo enseñándonos a cumplir amorosamente su voluntad.
La voluntad de Dios es reflejarse en las criaturas, es comunicarse a ellas, es henchirlas de su bien y de su felicidad. El cumplimiento de esta voluntad es su gloria, es e fin de todas sus obras y de todas sus criaturas. Cooperar a la realización de esta voluntad es el privilegio y la felicidad de quienes aman a Dios.
El amor a Dios no tiene mas que dos actos fundamentales: complacerse en el bien infinito y hacerle a Dios el bien accidental cumpliendo su voluntad santísima.
El ansia de perfección, el anhelo de sufrir, el celo ardiente por la salvación de las almas, aun los bienes que podemos legítimamente buscar para nosotros y para los de más, esta íntimamente enlazados con estos dos actos fundamentales, pues la posesión de Dios es gozar del Bien infinito y la gloria de Dios reflejarse en nosotros.
Por eso la verdadera devoción al Padre consiste en un amor filial que se complace con amorosa adoración en el bien divino y aspira con inefable vehemencia a cumplir la divina voluntad.
Solamente el Espíritu Santo nos puede dar esta hambre divina de hacer la voluntad del Padre, porque esta hambre es amor y todo amor verdadero bien del Amor infinito, porque esta ansia celestial es como el fondo de Jesús y solo el Espíritu Santo puede dar a las almas la participación de los íntimos sentimientos de Jesús.
El mundo no conoce ni ama la voluntad de Dios, y ante ella mucha veces se desespera  y blasfema porque no tiene al Espíritu Santo ni lo puede tener, “porque no lo ve ni lo conoce” dijo Jesús.
Las almas imperfectas poseen ya al Espíritu Santo por eso reciben la voluntad de Dios con resignación, la cual es una especie de mescla de gozo y dolor, porque es un amor imperfecto. No ha coordinado aun todas las tendencias del alma en la unidad del amor.
En los santos, empero, todo es armonía, paz, unidad, porque todo es amor. La escala del amor consiste primero, en gozarse en todo lo que Dios quiere por doloroso que sea, luego en complacerse en el modo como Dios lo quiere y finalmente, adherirse a lo que Dios dispone, precisamente porque Dios lo quiere.

 


LA CRUZ

Todos los caracteres de la devoción al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo conducen a un termino, que es La Cruz. La Cruz es, en efecto, la suprema glorificación del Padre, la ultima palabra del amor en la tierra, el punto central de la voluntad de Dios.
Conviene examinar atentamente esta doctrina que nos hace tocar como el fondo del cristianismo cuya revelación es la doctrina de la Cruz, cuya fuente de vida es la Eucaristía -divina perpetuación de ese misterio - y cuyo secreto  para conducir las almas a Dios es la participación del sacrificio de Jesús.
 Glorificar a Dios es reconocer y proclamar su infinita excelencia y su omnímoda soberanía sobre todo lo creado. Los seres irracionales solamente muestran  con su existencia misma los divinos vestigios que puso en ellos la mano del creador. Pero solamente las criaturas racionales glorifican directamente a Dios porque solo ellas conocen o vislumbran al menos la infinita grandeza y la alban y se anonadan ante ella.
Dos cosas requiere al glorificación de Dios: el conocimiento de su grandeza y la actitud que ese conocimiento produce en la criatura, de anonadamiento profundo y de amorosa sujeción. Cuanto mas claro es el conocimiento de Dios y mas profundo el anonadamiento de la criatura, mas perfecta es la glorificación.
Después del pecado, la glorificación de Dios se tiño, por decirlo así, del color de la expiación exigida por la justicia de Dios. Por eso el pueblo de Israel, instruido por Dios, y los otros pueblos guiados por los restos persistentes de la revelación primitiva, comprendieron que la suprema glorificación de Dios estaba en el sacrificio en el que la victima se destruía en honor de Dios.

Mas ni para expiar ni para glorificar eran suficientes por si mismos aquellos sacrificios antiguos y Dios rechazo los antiguos sacrificios y realizo un prodigio estupendo de amor y misericordia: La muerte de su Hijo Jesús en una cruz, de una victima pura de valor infinito que ofreció, una vez para siempre,  una satisfacción plenísima y sobreabundante por el pecado y a la vez una glorificación perfectísima de Dios puesto que el conocimiento de la majestad se hizo divino en Jesús y el anonadamiento del Dios-hombre llego hasta las profundidades del dolor y de la muerte.
Jesús que conociendo como nadie la infinita excelencia divina, se inmola en la Cruz con amor inmenso. Un Dios que se hace hombre para poder morir para glorificar a Dios. Por eso una vez realizado el divino misterio no quedaba sino perpetuarlo, extenderlo, hacerlo inmortal y Jesús lo hizo de dos maneras, en la Eucaristía y en las almas.

Quizá en el cielo comprendamos que la glorificación y el amor son la misma cosa, que solo el amor glorifica a Dios, pero entretanto en nuestra manera imperfecta de reconstruir la realidad divina, entendamos que la suprema glorificación de Dios, la Cruz, es también el supremo amor.
El amor es entrega, es donación, es la comunicación dulcísima  de todo nuestro ser al amado, es la fuerza divina que nos hace anonadarnos en honor del que amamos, perderlo todo para que el amado sea nuestra única riqueza, nuestra única dicha, nuestra única gloria, nuestro único todo.
El supremo amor es la entrega infinita, la comunicación plenísima que se realiza entre las Personas Divinas en el seno de Dios. Dios es amor y su vida íntima es el misterio de inefables donaciones de amor.
Reflejo del amor eterno, el amor de la criatura es también donación, donación total y dulcísima: Los ángeles la realizan en la paz y el gozo de su naturaleza espiritual inmaculada. En la tierra, marcada por el pecado, la suprema donación del amor no puede hacerse sino en el dolor y en la muerte.
¿Será esto una imperfección?. Si, pero, esta miseria nuestra es ocasión de una dicha exquisita y una gloria única: Sentir que me deshago por quien amo, que al precio del dolor y de la muerte puedo comprar una sonrisa de sus labios,
Pero yo tengo una razón mas para quererlo con toda  mi alma:  quiero imitar a Jesús, que mi pobre sacrificio, unido al suyo, o mas bien hecho suyo, puede arrancar las almas del infierno y procurarle así una gloria inmensa que habrá de extenderse por los siglos. Quiero correr su suerte así en la tierra porque El abrazando la Cruz dijo la última palabra del amor de Dios a los hombres muriendo por nosotros y la ultima palabra del amor del hombre a Dios, muriendo para la gloria del Padre. Y eso fue para El anhelo y gozo cumplido. Por el Espíritu Santo se ofreció a si mismo inmaculado a Dios.
Por eso San Pablo pudo decir que la voluntad del Padre se realizo por la oblación única del Cuerpo de Cristo y que en esa voluntad fuimos santificados.


LA CONSUMACIÓN

Si la Cruz fue el centro de la devoción al Padre en Jesús, tiene que serlo también en nosotros.
Realizado su supremo sacrificio, no le quedaba a Jesús otra cosa que perpetuarlo, u lo perpetuo de dos maneras: en al Eucaristía y en las almas. Por eso el centro del culto católico en la Iglesia es la Misa y la participación mística del sacrificio de Jesús en cada alma.
Cada alma, y de manera muy especial cada sacerdote, debe llevar en si el reflejo intimo de la Cruz, y cada alma debe corresponder al sacrificio de Jesús con su propio sacrificio.
Jesucristo crucificado es en verdad, dice San Pablo, es en verdad escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, mas para los llamados, judíos y gentiles, Cristo es la virtud de Dios y la sabiduría de Dios.
Solamente el Espíritu Santo nos puede descubrir esa ciencia  escondida de la Cruz, que es como el fondo u la médula del misterio de Cristo, porque solamente el Espíritu de Dios puede revelar los secretos divinos.

Toda alma debe aspirar al martirio, no solo de sangre, sino en el cumplimiento de sus deberes debe tener la Cruz como el centro de su vida y la meta de sus aspiraciones. La experiencia enseña que a medida que las almas progresan en la vida espiritual va creciendo en ellas sin que se sepa como, el amor al sacrificio, el ansia de sufrir, el profundo aprecio del dolor.
Un instinto divino, una intuición sobrenatural va descubriendo los tesoros de la Cruz, les va enseñando que en ella esta la rías de todas las virtudes, el fondo del amor, el vinculo mas estrecho de la unión y la mas dulce recompensa que pueden alcanzar en la tierra las almas que aman.
Para amar la Cruz es necesario ver en ella a Jesús, sentir la dulce y fuerte atracción que ejerce sobre los corazones Jesús crucificado.
El Espíritu Santo al ir tomando posesión del alma va descorriendo el velo que oculta a las miradas humanas la santa, la inefable, la divina revelación de la Cruz.
Como la Iglesia celebra la fiesta del hallazgo de la santa Cruz, recordando el glorioso día en que Santa Elena encontró la Cruz verdadera, así, cada alma debía celebrar su fiesta intima del día en que Dios le concede el conocimiento del misterio de la Cruz.
Y juntamente con la luz que el Espíritu Santo difunde en las almas para penetrar el misterio de la Cruz, enciende en ellas un amor apasionado al sufrimiento. Muestra también a las almas como la perfecta glorificación del Padre y el cumplimiento fidelísimo de su voluntad se encierra en la Cruz de Jesucristo.
El Espíritu Santo que comunica la ciencia de la Cruz e infunde en ellas el amor a la Cruz, la participa también  a las almas escogidas en la medida de sus amorosos designios.
¡Cosa extraña!. No hay nada que el hombre abandonado a si mismo aborrezca tanto como el dolor. Y no hay nada que ame tan apasionadamente cuando quema sus entrañas el fuego del Espíritu Santo.
No es el sacrificio en si mismo el que tiene valor, y merito, y grandeza, y fuerza para glorificar a Dios, sino el amor que lo impregna y lo inspira. El sacrificio par que valga tiene que ser fruto del amor, y para que valga infinitamente necesita ser fruto del Amor infinito.
Por eso Jesús se ofreció a si mismo por el Espíritu Santo, el Amor personal de Dios. Almas que habéis recibido la revelación de la Cruz, no vayáis a otras fuente a beber el licor divino. Id al Espíritu Santo , poseedlo y dejad que El os posea y vuestro amor será fecundo y vuestro dolor será divino.


RESUMEN Y CONCLUSIONES

No es el Espíritu Santo una ayuda poderosa y eficaz, pero secundaria para la perfección, sino que El es el santificador de las almas, la fuente de todas las gracias y el centro de la vida espiritual.
Por tanto la devoción al Espíritu Santo es algo esencial y profundo que deben comprender y vivir los que buscan la perfección.
El Espíritu Santo es Huésped dulcísimo del alma. Es su intimo y verdadero director. Es el DON de Dios: Su primer Don es la fuente de los otros dones y como la el primer eslabona de la Regia Cadena que termina en la perfecciona.
Su obra santificadora consiste en formar a Jesús en las almas, realizando de esta suerte en ellas el ideal del Padre. El entra por las puertas del alma y toma la dirección del alma cada vez mas completa, se deja poseer del alma y la posee cada vez mas profundamente. Con El viene todas las gracias, los dones divinos que van transformando el alma hasta convertirla en Jesús para que el Padre se complazca en su Hijo y para que el alma glorifique al Padre por Jesús, con Jesús y en Jesús.
Mas la acción del Espíritu Santo requiere siempre la cooperación del alma. Esta constante y amorosa cooperación del lama a la acción del Espíritu Santo, esa fiel correspondencia a su amor y a sus dones es el fondo de la devoción a El.
Pero como el Espíritu Santo se nos da para siempre y anhela que su acción sea, en cuanto es posible, constante en nosotros, nuestra correspondencia debe se una entrega total, definitiva y perpetua, una verdadera consagración.
Los diversos caracteres de esta consagración pueden determinarse por los diversos oficios, digámosle así, que el Espíritu Santo  ejerced en nuestra alma: Si el Espíritu Santo es Huésped dulcismo del alma, esta debe arrojar de si todos los afectos terrenos y ofrecer al Paráclito la inmensa soledad de su corazón.
La Caridad, don del Espíritu Santo por excelencia, nos enlaza íntimamente con El y nos funde, por decirlo así, en estrecho abrazo y en ósculo dulcísimo con El. Cuando nuestro amor tiene como termino al Espíritu Santo es entrega plena, perfecto abandono, docilidad suavísima, amorosa fidelidad a la acción del Director divino.
Esta docilidad exige hondo silencio para escuchar su voz; pureza exquisita para ahondar el sentido de sus palabras; abandono para dejarse llevar por el soplo divino; y perfecto espíritu de sacrificio, porque siempre, la Divina Paloma tiende su vuelo hacia la Cruz.
El Espíritu Santo es el primer Don, por eso, todo el amor al Espíritu Santo se encierra en esta formula, poseerlo y dejarse poseer por El. Poseer al Espíritu Santo halla su perfección en ese amor intimo y perfectísimo que los místicos llaman: amar con el Espíritu Santo.
Ser poseído por el Espíritu Santo se resume en la amorosa fidelidad y prontitud a sus inspiraciones con que el Espíritu Santo puede disponer a su antojo de todo lo nuestro.
El Espíritu Santo nos lleva al Verbo, a un amor mas intenso y una unión mas intima con El,  y por el Verbo vamos al Padre en quien todo se consuma..
El Espíritu Santo forma siempre en cada alma a Jesús para complacer y glorificar al Padre, aunque cada una copia de singular manera al divino modelo y por Jesús, con Jesús y en Jesús va al Padre y lo glorifica. Por tanto la devoción al Espíritu Santo esta enlazada con las devociones al Verbo y al Padre.

La devoción al Padre se caracteriza por tres cosas: una profunda adoración en Espíritu  y en Verdad. Un amor filial tiernísimo y un anhelo vehemente de cumplir la voluntad del Padre. Así amo Jesús al Padre y así debemos amarlo también.
Y estos caracteres de la devoción al Padre, llevan a una misma cumbre que es la del Calvario, porque la ultima palabra de la devoción de Jesús al Padre fue la Cruz. Y la ultima palabra de esta devoción en nosotros debe ser también la Cruz.
Es por consiguiente la Cruz – símbolo supremo de amor y de dolor – la consumación de la devoción al Espíritu Santo y por tanto de la vida cristiana y de la perfección.





EL REINADO UNIVERSAL DEL ESPÍRITU SANTO
POR MARÍA Y POR LA CRUZ
         La Cruz es el camino para  La unión con Cristo.  El abandono a la Voluntad e Padre. La fidelidad a las inspiraciones del Espíritu  Santo. María es el camino para llegar a Jesús.
       La obra de la Encarnación es obra de amor y solo de amor. Por eso el Espíritu Santo la produce. El no produce al Verbo que es Persona Divina, distinta de El, Produce el amor en el Verbo que lo inclina a amar al hombre, a unirse a el, a dar su vida por el y salvarlo, y aun a encarnar, vivir y crecer en su alma, no porque el Verbo pueda crecer, siempre es, sino en gracias, en estrechez, en transformación en el Espíritu Santo, en amor...
       El amor de Dios al hombre, se deriva del que me tiene a Mi; y el amor del hombre a mi Padre debe derivarse del que Yo le tengo a El. Un Dios feliz,  tiende a darse, a comunicar su felicidad, a hacer feliz a todo cuanto toca, y como toca todo, a todo purifica, santifica con su mirada y comunica su propia fecundidad. Se complace, se recrea en las almas transformadas, porque Dios ama a Dios y a todo lo que lo refleja con mayor o menor intensidad.
         El Padre se complace en el Hijo y en el Espíritu Santo que son con El, un solo pensamiento, una sola voluntad, un solo ser en la unidad de Dios. Por eso el Verbo se hizo carne, trayendo el fin primordial de la extensión de El mismo en sus sacerdotes, y por medio de sus sacerdotes, ser engendrado, alimentado y crecido en las almas.
         ¿Que deben ser los cristianos en la Iglesia sino Cristos incorporados en Mi por la gracia y el dolor?. Y que representa Jesús crucificado, sino sufrimiento, odio de los hombres, y hasta el abandono -aparente- de Dios.
         “Quiero que seas la Imagen de Jesús crucificado para que la mirada del Padre descanse en ti "- Dijo Jesús a su sierva M. Concepción- “Y si esto deben ser los fieles, ¿que deberán ser los sacerdotes cabezas de los fieles y representantes de Mi en la tierra, otros Yo en los altares y en todos sus actos ministeriales y ordinarios?”.
         Ya veras si la Iglesia tendrá un sublime y santísimo fin en sus sacerdotes; nada menos que la extensión de un Dios hecho Hombre en ellos, y por ellos, usando la misma fecundación divina en las almas. El fin principal del establecimiento de la Iglesia es esa glorificación del Padre en sus sacerdotes transformados en su Hijo único, formando, con El y en El, aquella unidad que lo entusiasma, diré, y lo enamora.
         Que me amen, que se inmolen en mi unión, que se transformen en Mi tal cual soy: Todo amor, todo dolor. Comenzar con todo ardor, generosidad y perseverancia a hacer lo que Yo hice: Amarlo como Verbo;  servirlo, amarlo, invocarlo y adorarlo como hombre.  Honrar, servir glorificar a mi Padre, rendirle el vasallaje debido. Todo lo refería a El y solo me preocupaba porque las almas lo conocieran y lo glorificaran.
         Que hagan habitual el pensamiento de mi Padre, el honor de mi Padre, ofreciéndome y ofreciéndose en mi unión en todo momento y ocasión. Glorificarlo con una intensa Vida Interior. Convertir toda su vida en un acto de amor al Padre. Hacer que las almas lo adoren y hagan de su santa voluntad su ser y su vida.


EL DON DEL ESPÍRITU SANTO
         Al formar eternamente el Plan de la Redención, el Espíritu Santo tuvo parte activísima, obrando a su tiempo la Encarnación, después de haber iluminado a los  profetas anunciándolo.  Durante mi vida, me sostenía en cuanto hombre, ofreciendo al Padre mi expiación infinita, tocando y atrayendo a las almas a la Verdad que soy Yo.
          Ofrecí enviarlo y lo hice, teniendo el Espíritu Santo el primer puesto en mi Iglesia en todos sus actos, sacramentos y acción inefable. Todos los movimientos de mi alma en cuanto hombre, fueron inspirados y movidos por el Espíritu Santo. El movía mis potencias, sentidos y voluntad, poseyéndolos para glorificar al Padre a quien Yo todo lo refería.
          El Espíritu Santo me inspiro la muerte de Cruz que fue obra del infinito amor a mi Padre y hacia las almas, pero con el noble fin de asociar muy especialmente a mi Cruz, a una vida de sacrificio, a todos mis sacerdotes futuros, que siendo otros Yo, unos en Mi, perpetuaran mis sacrificio en si mismos y en los altares, y todo para honra de mi Padre, ofreciéndome y ofreciéndose transformados en mi como una sola Víctima santa y pura que lo glorificara.
          Yo merecí para dar al mundo este Santo Espíritu, me costo, en cuanto hombre, el valor inapreciable de mis dolores a favor de mi Iglesia amada; y hasta que fui glorificado, hasta que entre en el cielo triunfante y victorioso, tuve como derecho para enviarlo a la Iglesia para que con la fecundidad del Padre ese divino Espíritu la hiciera fecunda.
          No, hija mía, no séle da el culto que séle debiera dar, en cada corazón y en la Iglesia entera, y la mayor parte de los males que se lloran en la iglesia y en al campo de las almas es por eso. Séle ama con tibieza, séle invoca sin fervor, y en muchos corazones aun de los míos, ni siquiera séle recuerda, hija mía, y esto lastima muy hondamente mi Corazón.
          En muchos corazones se tiene relegado al Espíritu Santo, siendo que es la Persona divina sin la cual la criatura no seria capaz de moverse en el orden sobrenatural de la gracia. Y aun para muchos de mis sacerdotes es como secundario su recuerdo, siendo que El es la acción divina del sacerdote, como la sangre de sus venas; debe impregnar sus pensamientos, palabras y obras. Debe ser su mismo Espíritu como lo fue Mío.
          ¿Quién los ungió para el sacerdocio?. ¿Quién les dio la virtud a sus palabras en la consagración?  ¿Quién opera EN ELLOS ese reflejo de la Encarnación del Verbo que se renueva en cada Misa con mi pasión y muerte?. ¿Quién LOS OFRENDA  constantemente a mi Padre desde la tierra en mi unión, envolviendo este presente en Amor, transformándolos en Mí
          Si, Concha, si dame a los sacerdotes, regalándome a ellos, crucifícame e inmólame en el altar de tu alma, que mucho necesitan de mi. Quiero volver al mundo para salvarlo como te dije pero en mis sacerdotes, haciéndolos otros Yo, otro Jesús en donde el Padre se refleje, y opere la salvación de las almas. Sacrifica tu corazón, sacrifícame en su favor, martiriza tu corazón de madre dándome a los culpables, para conmoverlos renovando mi pasión por el dolor, lavando sus crímenes.


EL ESPÍRITU SANTO EN  LOS SACERDOTES
      “Allá eternamente sonrío el Padre en su mente divina al contemplar, extasiado en Si mismo y en sus perfecciones infinitas, un rasgo de El mismo en la tierra; unos seres predilectos que lo prolongarían, creados expresamente para su gloria ".
      Al formar en su mente - hablando en lenguaje humano - esa visión de amor, su Iglesia amada, atrajo hacia Si, al Amor mismo, al Espíritu Santo para que la formara; esta Persona Divina reflejo en si misma el designio del Padre y en aquel reflejo de ambas Personas en un solo amor, afocado a la Iglesia futura, pero presente para Dios, el Verbo se hizo Carne en aquella eternidad de pensamiento. Y esa encarnación se realizo de hecho en María en el tiempo fijado por Dios.
          En esa Virgen se afocó aquel Amor eterno y sin principio, procedente del Padre y del Hijo, para formar un cuerpo santísimo, un corazón de carne en el seno purísimo de María, para que de este saliera en el tiempo, lo que había tenido principio en la eternidad.
             “Por eso muy principalmente El Verbo se hizo Carne, como para formar en la tierra esa legión santa de los sacerdotes ideal de mi Padre, engendrados en su mente. Frutos del Espíritu Santo en su fruto Jesús. Yo  primer sacerdote, formados y crecidos y envueltos en mi corazón de Hombre-Dios”.  Ahí esta su cuna, repito: engendrados en la mente del Padre, formados en Mi, en el seno de María - con la fibra sacerdotal del Padre en sus vocaciones - por el Espíritu Santo.
          Ellos mis sacerdotes presentes, pasados y futuros están preconcebidos en la mente del Padre, y acariciados en el amor sustancial del Espíritu Santo en el Hijo.  Nacen en la tierra, pero no para la tierra, sino con un destino sublime, celestial, divino: para representarme a Mi, para ser otros Yo, para honrar a mi Iglesia, y hacer que continúe la sonrisa divina en mi Padre, que en cada sacerdote se proyecta y que no debe quedar estéril, sino que debe reproducirme a Mi en ellos y en las almas, para hacer de la Iglesia una Imagen de la Trinidad, palpitante y perpetua, que como manantial divino riegue el campo espiritual y salve almas.
          Engendrados en la mente del Padre, frutos del Espíritu en su fruto Jesús, con mi propia sangre compre su vocación y solo con ella se las puedo recuperar.
          Acariciados por el amor sustancial del Espíritu en el Hijo, les comunica su Santidad, una fibra de la fecundidad del Padre para reproducirme a Mi en ellos y en las almas. Representarme a Mi, ser otros Yo. Da virtud a sus palabras,  los hace dignos por la ordenación de transformares en Mi, Opera ese reflejo de la Encarnación del Verbo que se opera en cada Misa con mi pasión y muerte. Hace que continúe la sonrisa divina en mi Padre al prolongarme a Mi, honrar a la Iglesia, salvar a las almas.
          Como Hombre los amo, venero y cuido el reflejo de la Santísima Trinidad que el Espíritu Santo a puesto en ustedes. Son míos, me pertenece su alma, sus sentidos, sus potencias, todo. Mi amor no depende de su cambiante fragilidad de su miseria, sino de mi Bondad divina, infinita, eterna. Los amo con amor abrasador, infinito, divino.
          Los amo con El Espíritu Santo, ¿con que otro amor podría amarlos, si no tengo otro?. Y otro de los fines que Yo tengo en las almas al amarlas así, es que ellas también me amen con el mismo amor con el que Yo amo a mi Padre y con el que mi Padre me ama a Mi, es decir, con el mismo Espíritu Santo. Ámame tu también con la fuerza, la luz, la pureza, el amor de mi mismo Santo Espíritu.

LA EXTENCION DEL VERBO EN SUS SACERDOTES
          La obra de la Encarnación es obra de amor y solo de amor. Por eso el Espíritu Santo la produce. El no produce al Verbo que es Persona Divina, distinta de El, Produce el amor en el Verbo que lo inclina a amar al hombre, a unirse a el, a dar su vida por el y salvarlo, y aun a encarnar, vivir y crecer en su alma, no porque el Verbo pueda crecer, siempre es, sino en gracias, en estrechez, en transformación en el Espíritu Santo, en amor...
          Un Dios feliz,  tiende a darse, a comunicar su felicidad, a hacer feliz a todo cuanto toca, y como toca todo, a todo purifica, santifica con su mirada y comunica su propia fecundidad. Se complace, se recrea en las almas transformadas, porque Dios ama a Dios y a todo lo que lo refleja con mayor o menor intensidad. El amor de Dios al hombre, se deriva del que me tiene a Mi; y el amor del hombre a mi Padre debe derivarse del que Yo le tengo a El.
          El Padre se complace en el Hijo y en el Espíritu Santo que son con El, un solo pensamiento, una sola voluntad, un solo ser en la unidad de Dios. Por eso el Verbo se hizo carne, trayendo el fin primordial de la extensión de El mismo en sus sacerdotes, y por medio de sus sacerdotes, ser engendrado, alimentado y crecido en las almas.
         
“Quiero que seas la Imagen de Jesús crucificado para que la mirada del Padre descanse en ti "- Dijo Jesús a su sierva M. Concepción- “Y si esto deben ser los fieles, ¿que deberán ser los sacerdotes cabezas de los fieles y representantes de Mi en la tierra, otros Yo en los altares y en todos sus actos ministeriales y ordinarios?”.
          ¿Que deben ser los cristianos en la Iglesia sino Cristos incorporados en Mi por la gracia y el dolor?. Y que representa Jesús crucificado, sino sufrimiento, odio de los hombres, y hasta el abandono -aparente- de Dios.
          Ya veras si la Iglesia tendrá un sublime y santísimo fin en sus sacerdotes; nada menos que la extensión de un Dios hecho Hombre en ellos, y por ellos, usando la misma fecundación divina en las almas. El fin principal del establecimiento de la Iglesia es esa glorificación del Padre en sus sacerdotes transformados en su Hijo único, formando, con El y en El, aquella unidad que lo entusiasma, diré, y lo enamora.
             Que me amen, que se inmolen en mi unión, que se transformen en Mi tal cual soy: Todo amor, todo dolor. Comenzar con todo ardor, generosidad y perseverancia a hacer lo que Yo hice: Amarlo como Verbo;  servirlo, amarlo, invocarlo y adorarlo como hombre.  Honrar, servir glorificar a mi Padre, rendirle el vasallaje debido. Todo lo refería a El y solo me preocupaba porque las almas lo conocieran y lo glorificaran.
             Que hagan habitual el pensamiento de mi Padre, el honor de mi Padre, ofreciéndome y ofreciéndose en mi unión en todo momento y ocasión. Glorificarlo con una intensa Vida Interior. Convertir toda su vida en un acto de amor al Padre. Hacer que las almas lo adoren y hagan de su santa voluntad su ser y su vida.

PROMESA
Como soy infinitamente bueno, también es infinitamente justo, y se recompensar lo que se haga a mis sacerdotes como si a Mi mismos se me hiciera; y más que a los pobres, porque los pobres solo llevan mi imagen y los sacerdotes son otros Yo mismo. Y ¿Podrá dejar sin recompensa mi Padre a lo que a su Hijo amado se le hace?.Sería desconocer su amor de Padre.

Mi Corazón agradece lo que por mis sacerdotes se hace en la tierra, en sus cuerpos y en sus almas, en lo material y en lo espiritual, y lo recompensó con munificencia y con especiales gracias.

Pero lo que se hace con mis sacerdotes difuntos es más servicio para ellos y para Mi; para sus almas liberándolas, disminuyendo su purgatorio; y para Mi, dándome el gozo de los gozos, poniendo por fin en mis brazos - después de tantos sufrimientos y dolores - a esas almas transformadas en Mi, para obsequiar con ellas a mi Padre con lo que más ama, con su mismo Hijo  Sacerdote, en donde todos los sacerdotes salvados se funden en la divina unidad.
Tengan en cuenta que esta gracia que hoy ofrezco es muy grande, la de acrecentar la gloria de mis sacerdotes y de las almas por cada sacerdote que salven. Nadie puede apreciar  lo que es en el cielo un grado más d gloria, que quiere decir, un escalón  mas cerca de la divinidad, un aumento de fulgor divino, de conocimiento íntimo de los misterios de la Trinidad; mas fuego, mas luz, mas unión, mas compenetración con el Verbo hecho carne, más transfigurarse el alma en lo celestial, en lo inmortal, mas sumergirse en las imperecederas dichas que perduraran para siempre.




El Espíritu Santo y María salvaran al mundo.
Solo el Espíritu Santo, sólo Él, únicamente El, puede renovar la faz de la tierra y unir los corazones con el Verbo.
El Amor es el motor de la Iglesia y de los sacramentos; es el Amor el que engendro en el PADRE a los Sacerdotes.
El Amor forma a los sacerdotes, que si fueron engendrados desde la eternidad en el entendimiento del Padre, nacieron a impulsos de los latidos amoroso y dolorosos de mi Corazón en la Cruz, y consumados en su fin y en su principio por el Amor.

Solo el Espíritu Santo transforma, regenera, hermosea y llena de gracia a las almas, pero naturalmente para esta forma y reforme necesita la voluntad plena del sacerdote, el abandono amoroso y confiado en sus manos; y en su voluntad misma, el deseo vivo y ardiente de transformarse en Mi. 
Necesita el  Espíritu Santo, Espíritu delicadisimo y santísimo, la cooperación del alma y la ejecución de sus santas inspiraciones.

Por derecho pues le pertenecen al Espíritu Santo, que desde la eternidad le deben favores inauditos y gracias  estupendas que muy pocos le agradecen.
¿Quien cuido de su vocación, hasta conducirlos al altar?
¿Quien los ha sostenido antes y después en sus luchas internas que solo Yo veo, y quien los ha elevado a la altura de su vocación y les ha dado la victoria?.

No siempre la Iglesia ha de estar postergada. Tendra siempre enemigos y guerras y persecuciones hasta el fin de los siglos; pero tendrá treguas también, tendrá honrosos triunfos. Yo lo aseguro.
Pero he vinculado estos triunfos en una sola cosa: la consumación transformante de sus sacerdotes en Mi.
Con esto vendrá el reinado del Espíritu Santo en las almas de mis sacerdotes, que es mi mismo Espíritu, y en las almas después y en las naciones y traerá la paz, por medio de la unidad en el amor, en la caridad.
Que pidan los files para que se apresure, para mi mayor gloria, esta santificación de los sacerdotes en el Santificador único, esa evolución santa por el amor, ese ser todos de María, y todos para las almas en Mi para que YO EN ELLOS, EN LA TIERRA, alivie, edifique, perdone y salve. Solo Cristo enseña. Los demás en cuanto son portavoces suyos.


El sacerdote ignora toda la acción salvadora, reconfortante y glorificadora que le debe al Espíritu Santo y las luchas que este Santo Espíritu ha tenido y tiene con Satanás, para cuidar sus cuerpos y sus almas expuestas a ser desgarradas por el espíritu del mal.

Y sólo cuando la voluntad humana se ha revelado contra El, el Espíritu Santo ha tenido que ceder el campo al enemigo, con gemidos inenarrables, pero pronto a volver a tomar posición de lo suyo en el memento en que humildemente lo invoquen por el arrepentimiento.

El sacerdote por sus virtudes, por su fraternidad conmigo, debe transformarse en Mi, imitándome como hombre (lo que con mi cooperación alcanzara); y entonces no solo alcanzará a convertirse en Mi, hombre, sino en Mi, Dios hombre, participando más que nadie de lo divino que hay en Mi; y por esto solo, solo por esto, agradará a mi Padre, glorificara a mi Padre, por lo divino que ha recibido de MI.(recibiéndolo Yo antes de mi Padre).

Si el sacerdote tiene tan alto origen - nada menos que en el seno amoroso de la Trinidad - tiene el deber ineludible de asemejarse a la Trinidad, muy principalmente en la unidad.
Y como la Iglesia ha sido creada para el, por la Trinidad, en ella debe aspirar y beber la unidad, simplificándose en mi voluntad manifestada por los superiores, es decir, por el Papa y los Obispos de quienes el sacerdote depende.
Al Padre debe el sacerdote imitarlo siendo padre, en su purísima fecundidad y caridad con las almas, con todas las cualidades de un padre, y del Padre que esta en los cielos, en cuyo entendimiento fue engendrado.
Debe imitar al Hijo que soy Yo, el Verbo hecho hombre y transformarse en Mi, que es más que imitarme: siendo otro Yo en la tierra, sólo para glorificar al Padre en cada acto de su vida y darle almas para el cielo.

En cierto sentido puede decirse que el Verbo recibió el ser del Padre por el amor; que el amor es la substancia del Verbo por ser la substancia del Padre; que el Padre engendro al Hijo y con El a su Iglesia, a los sacerdotes y a las almas por el amor.
Y debe imitar al Espíritu Santo siendo amorenamorando a las almas del amor; fundido en la caridad, endiosado en el amor, debe dar testimonio  del Verbo por amor y unificar a todas las almas en la Trinidad, que es amor en todos sus aspectos, en todas las infinitas consecuencias.

Las bienaventuranzas vividas.
La pobreza, la mansedumbre. la justicia, el dolor.
Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra.
Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán hartos.
La misericordia, la pureza, la paz y la cruz.
Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpio de corazón porque ellos verán  a Dios.
Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. “Porque su recompensa será grande en los cielos”.





LA CONSAGRACIÓN DEL MUNDO AL ESPÍRITU SANTO

El amor salvará al mundo y la personificación del Amor es el Espíritu Santo. Vendrá el reinado universal del Espíritu Santo, porque es el dulcísimo nudo eterno; el que concilia, el que une, identifica u salva.
El Espíritu Santo con María, repito, harán que todo  se restaure en Mi, que soy su centro; harán que reine Yo como Rey Universal en el orbe entero; harán que mi corazón sea honrado en sus últimas fibras y dolores internos, y completaran las prerrogativas de María, Esposa del Espíritu Santo.

“El Espíritu Santo rige el mundo de la gracia”. Este divino Espíritu con su luz destruirá muchos errores en le mundo , espiritualizara los corazones, hará que el mudo se incline ante el estandarte salvador de la Cruz, y sobre todo, exaltará a su Iglesia con sacerdotes transformados en Mi, y así hará que vuelva Yo al mundo en ellos, como único Sacerdote, único digno de glorificar a mi Padre, con todos los sacerdotes en Mi, y toda la humanidad en ellos, formando por fin, no miembros dispersos y dislocados, sino un solo pastor, el Papa; y todos en Mi, en la Unidad de la Trinidad.

Hace mucho tiempo que vengo insinuando este mi deseo, de que se consagre el universo al Espíritu Santo, para que se derrame en la tierra como un nuevo PentecostésEntonces, cuando esto llegue, el mundo se espiritualizara con la unción santa de pureza y de amor con que lo bañara el Soplo vivificante y puro, el Purísimo Espíritu.



Los Últimos Tiempos y la Era del Espíritu Santo

Revelaciones hechas por el Señor a Concepción Cabrera de Armida o Conchita (nombre con el que fue  conocida). Nació el 8 de diciembre de 1862 en el seno de una familia acomodada en la Hacienda de Jesús
María en San Luis Potosí, ciudad del norte de México. Contando con 21 años de edad firmó compromiso con Francisco Armida, contrayendo nupcias en el la Iglesia del Carmen el 8 de noviembre de 1884. El matrimonio tuvo entre 1885 y 1899 nueve hijos. El 17 de septiembre de 1901 muere Francisco Armida.
Concepción Cabrera se dedicó, tras quedar viuda, al estudio y al apoyo del estudio de sus hijos, nunca entró  a la vida religiosa. Esta mujer mexicana esconde en el fondo de su alma una extraordinaria vida apostólica, un ardor heroico para imitar a Jesús e identificarse con el Crucificado. Sin haber vivido nunca en un claustro, Concepción Cabrera de Armida es la inspiradora de la Obras de la Cruz. Prolífica escritora mística, Conchita ha dejado sesenta y seis volúmenes manuscritos, una obra tan amplia como la de Tomás de Aquino, un trabajo inmenso, un Diario espiritual que encierra tesoros de enseñanzas, de luz para toda la Iglesia y todos los hombres de hoy. Murió el 3 de marzo de 1937, a la edad de 75 años. Fue reconocida como Venerable el 20 de diciembre de 1999 por Juan Pablo II. He aquí pues estas revelaciones hechas por el Señor a Conchita sobre el Espíritu Santo, el segundo Pentecostés y la Era del Espíritu Santo; se contienen en el libro de M. M. Philipon, o.p., titulado : Conchita -Diario Espiritual de una Madre de familia.


Páginas 100 -103


Para muchos cristianos el Espíritu Santo es un desconocido. El Señor revela a
Conchita su identidad personal en el seno de la Trinidad donde. El es el Amor, y su
Misión  en la tierra: conducir a las almas al hogar del Amor; de aquí la necesidad del
Reinado del Espíritu  Santo y la urgencia de una renovación de su culto.
La frase capital nos recuerda que .su misión en el cielo, su Vida, su Ser: es el Amor... Existe un tesoro escondido, una riqueza que no ha sido explotada ni se aprecia en su verdadero valor, siendo que es lo más grande del cielo y de la tierra: el Espíritu Santo.  No, ni el mundo de las almas lo conoce debidamente. El es la luz de las inteligencias y el fuego de los corazones;  y si hay tibieza, y si hay frio y debilidad, y tantos males que aquejan al mundo espiritual, es porque no se acude al Espíritu Santo.

Su misión en el cielo, su vida, su Ser, es el Amor; y en la tierra, llevar a las almas a ese centro del amor que es Dios. Con El se tiene cuanto se puede apetecer, y si hay tristeza es porque no se acude al divino Consolador, que es el gozo completo del espíritu; si hay flaqueza es porque no se acude a la fortaleza invencible; si hay errores es porque se desprecia al que es la luz; si se extingue la fe es porque falta el Espíritu Santo.

No, no se le da el culto que se le debiera dar en cada corazón, en la Iglesia entera, al Espíritu Santo; y la mayor parte de los males por los que se llora en la Iglesia y en el campo de las almas es porque no se le da toda la primacía que Yo le di a este Santo Espíritu, a esa tercera Persona de la Trinidad, que tuvo parte tan activa en la Encarnación del Verbo y en el establecimiento de la Iglesia. Se le ama con tibieza, se le invoca sin fervor y en muchos corazones, aún de los Míos, ni  siquiera se le recuerda y esto lastima muy hondamente a mi Corazón.
Es tiempo ya de que el Espíritu Santo reine, decía el Señor como conmovido, y no allá lejos, como una cosa altísima, aunque lo es; y no hay cosa más grande que El, porque es Dios, conjunto y consubstancial con el Padre y con el Verbo, sino acá cerca, en cada alma y corazón, en todas las arterias de mi Iglesia. El día que circule por cada Pastor, por cada sacerdote, como su sangre, así de íntimo, el Espíritu Santo, se renovaran las virtudes teologales, que languidecen aún en los que sirven a mi Iglesia, por la falta del Espíritu Santo. Entonces cambiara el mundo, pues todos los males que en el se lamentan hoy tienen por causa el alejamiento del Espíritu Santo, su remedio único.

Que reaccionen mis ministros en la Iglesia por medio del Espíritu Santo y todo el mundo de las almas sera divinizado. El es el eje en donde todas las virtudes giran,  y no hay virtud verdadera sin el Espíritu Santo.

El impulso celestial para levantar a mi Iglesia de cierta postración en que yace está en que se active el culto del Espíritu Santo, en que se le de su lugar, es decir, el primer lugar en las inteligencias y en las voluntades.  Nadie sera pobre con esta riqueza celestial, y el Padre y el Verbo que soy Yo deseamos la renovación palpitante, vivificante de su reinado en la Iglesia.

-Señor, pero si en la Iglesia s. reina el Espíritu Santo, .por que. te quejas?

-.Ay de ella si no fuera así!  El es el alma de esa lglesia tan amada. Pero de lo que me quejo es de que no se dan cuenta muchos de ese favor celestial, no le dan toda la importancia que se debe, lo hacen rutina; y languideciendo su devoción en los corazones es muy tibia, es secundaria, y esto trae males sin cuento, tanto a la Iglesia como a las almas en general. Por esto las Obras de la Cruz vienen a renovar su devoción y a extenderla por toda la tierra. Que impere en las almas este Santo Espíritu y el Verbo sera conocido y honrado, tomando la Cruz un impulso nuevo en las almas, espiritualizadas por el divino amor.

A medida que el Espíritu Santo reine se ira destruyendo el sensualismo que hoy inunda la tierra, y nunca enraizara  la Cruz si antes no prepara el terreno el Espíritu Santo. Por esto se apareció El primero a tu vista que la Cruz: por esto preside en la Cruz del Apostolado.

Uno de los principales frutos de la Encarnación mística  es el reinado del Espíritu Santo que debe consumir el materialismo.. (Diario T. 35, p. 66-71, febrero 19, 1911).

{…..}  .Creen las almas muy lejos al Espíritu Santo, muy elevado y por encima, y es, por decirlo así, la Persona divina más asistente con la criatura. La sigue a todas  partes, la impregna de si mismo, la llama, la cuida, la cobija, la hace su templo vivo, la defiende, la ayuda, la ampara del enemigo, y más cerca está que ella misma. Todo lo bueno que el alma ejecuta es por su inspiración, por su luz, por su gracia y auxilio.
Y no se le invoca y no se le nombra ni se le agradece la acción tan profunda e inmediata con cada alma!
Si llamas al Padre, si lo amas, es por el Espíritu Santo. Si te enamoras de Mi, si me conoces, si me sirves, si me copias, si te unes a mis quereres y a mi Corazón es por el Espíritu Santo.

Se le considera intangible, y lo es, pero no hay sin embargo cosa más sensitiva, más cerca y al alcance de la criatura en su miseria que la altura más grande, que el Espíritu santísimo que se refleja y es una misma santidad y poder con el Padre y con el Hijo.

Y los siglos han pasado siendo El siempre el principio de todas las cosas, el sello sagrado de las almas, el carácter del sacerdote, la luz de la fe, el que infunde todas las virtudes, el riego que fecundiza el campo de la Iglesia, y sin embargo ni se le estima, ni se le conoce, ni se le agradece su influencia siempre santificadora. Si hay ingratitud para M. en el mundo más la hay para con el Espíritu Santo. Por esto, al acabarse los tiempos quiero que se extienda su gloria. Uno de los dolores más crueles para mi corazón fue el de la ingratitud en todos los tiempos; el de la idolatra, entonces adorando ídolos,  y hoy adorándose los hombres a si mismoses decir, el alejamiento del Espíritu Santo.

En estos últimos tiempos ha puesto su trono la sensualidad en el mundo, esa vida de los sentidos que ofusca y apaga la luz de la fe en las almas. Y por eso más que nunca se necesita que el Espíritu Santo venga a destruir y a aniquilar a Satanás que en esta forma se va introduciendo hasta en la Iglesia. (Diario T. 40, p. 186-18, enero 26, 1915). Páginas 154 -155

Al enviar al mundo un como segundo Pentecostés quiero que arda, quiero que se limpie, ilumine e incendie y purifique con la luz y el fuego del Espíritu SantoLa última etapa del mundo debe señalarse muy especialmente por la efusión de este Santo Espíritu. Quiere reinar en los corazones y en el mundo entero; más que para su gloria, para hacer amar al Padre y dar testimonio de M., aunque su gloria es la de toda la Trinidad.(Diario T. 40, p. 180, enero 26, 1916).T

Dile al Papa que es mi voluntad que en todo el mundo cristiano se clame al Espíritu Santo implorando la paz y su reinado en los corazones.  Sólo este Santo Espíritu puede renovar la faz de la tierra y traer la luz, la unión  y la caridad a los  corazones.
El mundo se hunde porque se ha alejado del Espíritu Santo y todos los males que le aquejan tienen su origen en esto. Ahí está el remedio porque El es el Consolador, el autor de toda gracia, el lazo de unión  entre el Padre y el Hijo y el Conciliador por excelencia porque es caridad, es el Amor increado y eterno.
Que a ese Santo Espíritu acuda todo el mundo pues ha llegado el tiempo de su reinado y esta última etapa del mundo a El le pertenece muy especialmente para ser honrado y exaltado. Que la Iglesia lo pregone, que las almas lo amen,  que el mundo entero se le consagre y vendrá la paz,  juntamente con una reacción moral y espiritual más grande que el mal que a la tierra aqueja.
Que a la mayor brevedad se proceda a llamar con oraciones, penitencias, y lágrimas a este Santo Espíritu, suspirando por su venida. Y vendrá., Yo lo enviare otra vez de una manera patente en sus efectos, que asombrara e impulsara a la Iglesia a grandes triunfos.(Diario T. 42, p. 156-158, septiembre 27, 1918).T
Pide esta reacción, este "nuevo Pentecostés", que mi Iglesia necesita: sacerdotes santos por el Espíritu Santo. El mundo se hunde porque faltan sacerdotes de fe que lo saquen del abismo en que se encuentra; sacerdotes de luz para iluminar los caminos del bien: sacerdotes puros para sacar del fango a tantos corazones: sacerdotes de fuego que llenen de amor divino al universo entero.
Pide, clama al cielo, ofrece al Verbo para que todas las cosas se restauren en Mi por el Espíritu Santo.. (Diario T. 49. p. 250-251, noviembre 1. , 1927).T
Quiero volver al mundo en mis sacerdotes: quiero renovar al mundo de las almas manifestándome  Yo mismo en mis sacerdotes: quiero dar un poderoso impulso a mi lglesia infundiéndole  como un "nuevo Pentecostés", el Espíritu Santo en mis sacerdotes.(Diario T. 50, p. 165, enero 5, 1928).T

Para alcanzar lo que pido deben todos los sacerdotes hacer una consagración  al Espíritu Santo, pidiéndole, por intercesión de María, que venga a ellos como en un "nuevo Pentecostés",  y que los purifique, los enamore, los posea, los unifique, los
santifique  y los transforme en Mi. (Diario T. 50, p. 296, enero 25, 1928).

Algún  día,  y no lejano,  en el centro de mi Iglesia,  en san Pedro, se llegara  a hacer la consagración del mundo al Espíritu Santo,  y las gracias especiales de este divino  Espíritu se derramarán  en el Papa feliz que esto haga.



BENEDICTO XVI.

CIUDAD DEL VATICANO, jueves 5 abril 2012 (ZENIT.org).- Hoy en la mañana, con ocasión del Jueves Santo, el santo padre Benedicto XVI presidió en la Basílica San Pedro del Vaticano la Santa Misa Crismal, la que fue concelebrada por cardenales, obispos y presbíteros --cerca de 1600, entre diocesanos y religiosos--, presentes en Roma.
Durante la celebración, los sacerdotes renovaron las promesas realizadas al momento de su ordenación, y fueron bendecidos por el obispo de Roma los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, así como el crisma.
Publicamos a continuación la homilía pronunciada por el papa.

Queridos hermanos y hermanas:
En esta Santa Misa, nuestra mente retorna hacia aquel momento en el que el Obispo, por la imposición de las manos y la oración, nos introdujo en el sacerdocio de Jesucristode forma que fuéramos «santificados en la verdad» (Jn 17,19), como Jesús había pedido al Padre para nosotros en la oración sacerdotal. Él mismo es la verdad. Nos ha consagrado, es decir, entregado para siempre a Dios, para que pudiéramos servir a los hombres partiendo de Dios y por él. Pero, ¿somos también consagrados en la realidad de nuestra vida? ¿Somos hombres que obran partiendo de Dios y en comunión con Jesucristo? Con esta pregunta, el Señor se pone ante nosotros y nosotros ante él: «¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?».
Así interrogaré singularmente a cada uno de vosotros y también a mí mismo después de la homilía. Con esto se expresan sobre todo dos cosas: se requiere un vínculo interior, más aún, una configuración con Cristo y, con ello, la necesidad de una superación de nosotros mismos, una renuncia a aquello que es solamente nuestro, a la tan invocada autorrealización. Se pide que nosotros, que yo, no reclame mi vida para mí mismo, sino que la ponga a disposición de otro, de Cristo. Que no me pregunte: ¿Qué gano yo?, sino más bien: ¿Qué puedo dar yo por él y también por los demás? O, todavía más concretamente: ¿Cómo debe llevarse a cabo esta configuración con Cristo, que no domina, sino que sirve; que no recibe, sino que da?; ¿cómo debe realizarse en la situación a menudo dramática de la Iglesia de hoy? Recientemente, un grupo de sacerdotes ha publicado en un país europeo una llamada a la desobediencia, aportando al mismo tiempo ejemplos concretos de cómo se puede expresar esta desobediencia, que debería ignorar incluso decisiones definitivas del Magisterio; por ejemplo, en la cuestión sobre la ordenación de las mujeres, sobre la que el beato Papa Juan Pablo II ha declarado de manera irrevocable que la Iglesia no ha recibido del Señor ninguna autoridad sobre esto. Pero la desobediencia, ¿es un camino para renovar la Iglesia? Queremos creer a los autores de esta llamada cuando afirman que les mueve la solicitud por la Iglesia; su convencimiento de que se deba afrontar la lentitud de las instituciones con medios drásticos para abrir caminos nuevos, para volver a poner a la Iglesia a la altura de los tiempos. Pero la desobediencia, ¿es verdaderamente un camino? ¿Se puede ver en esto algo de la configuración con Cristo, que es el presupuesto de toda renovación, o no es más bien sólo un afán desesperado de hacer algo, de trasformar la Iglesia según nuestros deseos y nuestras ideas?. Pero no simplifiquemos demasiado el problema. ¿Acaso Cristo no ha corregido las tradiciones humanas que amenazaban con sofocar la palabra y la voluntad de Dios? Sí, lo ha hecho para despertar nuevamente la obediencia a la verdadera voluntad de Dios, a su palabra siempre válida. A él le preocupaba precisamente la verdadera obediencia, frente al arbitrio del hombre. Y no lo olvidemos: Él era el Hijo, con la autoridad y la responsabilidad singular de desvelar la auténtica voluntad de Dios, para abrir de ese modo el camino de la Palabra de Dios al mundo de los gentiles. Y, en fin, ha concretizado su mandato con la propia obediencia y humildad hasta la cruz, haciendo así creíble su misión. No mi voluntad, sino la tuya: ésta es la palabra que revela al Hijo, su humildad y a la vez su divinidad, y nos indica el camino.
Dejémonos interrogar todavía una vez más. Con estas consideraciones, ¿acaso no se defiende de hecho el inmovilismo, el agarrotamiento de la tradición? No. Mirando a la historia de la época post-conciliar, se puede reconocer la dinámica de la verdadera renovación, que frecuentemente ha adquirido formas inesperadas en momentos llenos de vida y que hace casi tangible la inagotable vivacidad de la Iglesia, la presencia y la acción eficaz del Espíritu Santo. Y si miramos a las personas, por las cuales han brotado y brotan estos ríos frescos de vida, vemos también que, para una nueva fecundidad, es necesario estar llenos de la alegría de la fe, de la radicalidad de la obediencia, del dinamismo de la esperanza y de la fuerza del amor.

Queridos amigos, queda claro que la configuración con Cristo es el presupuesto y la base de toda renovación. Pero tal vez la figura de Cristo nos parece a veces demasiado elevada y demasiado grande como para atrevernos a adoptarla como criterio de medida para nosotros. El Señor lo sabe. Por eso nos ha proporcionado «traducciones» con niveles de grandeza más accesibles y más cercanos. Precisamente por esta razón, Pablo decía sin timidez a sus comunidades: Imitadme a mí, pero yo pertenezco a Cristo. Él era para sus fieles una «traducción» del estilo de vida de Cristo, que ellos podían ver y a la cual se podían asociar. Desde Pablo, y a lo largo de la historia, se nos han dado continuamente estas «traducciones» del camino de Jesús en figuras vivas de la historia.

Nosotros, los sacerdotes, podemos pensar en una gran multitud de sacerdotes santos, que nos han precedido para indicarnos la senda: comenzando por Policarpo de Esmirna e Ignacio de Antioquia, pasando por grandes Pastores como Ambrosio, Agustín y Gregorio Magno, hasta Ignacio de Loyola, Carlos Borromeo, Juan María Vianney, hasta los sacerdotes mártires del s. XX y, por último, el Papa Juan Pablo II que, en la actividad y en el sufrimiento, ha sido un ejemplo para nosotros en la configuración con Cristo, como «don y misterio». Los santos nos indican cómo funciona la renovación y cómo podemos ponernos a su servicio. Y nos permiten comprender también que Dios no mira los grandes números ni los éxitos exteriores, sino que remite sus victorias al humilde signo del grano de mostaza.
Queridos amigos, quisiera mencionar brevemente todavía dos palabras clave de la renovación de las promesas sacerdotales, que deberían inducirnos a reflexionar en este momento de la Iglesia y de nuestra propia vida. Ante todo, el recuerdo de que somos – como dice Pablo – «administradores de los misterios de Dios» (1Co 4,1) y que nos corresponde el ministerio de la enseñanza, el (munus docendi), que es una parte de esa administración de los misterios de Dios, en los que él nos muestra su rostro y su corazón, para entregarse a nosotros. En el encuentro de los cardenales con ocasión del último consistorio, varios Pastores, basándose en su experiencia, han hablado de un analfabetismo religioso que se difunde en medio de nuestra sociedad tan inteligente. Los elementos fundamentales de la fe, que antes sabía cualquier niño, son cada vez menos conocidos. Pero para poder vivir y amar nuestra fe, para poder amar a Dios y llegar por tanto a ser capaces de escucharlo del modo justo, debemos saber qué es lo que Dios nos ha dicho; nuestra razón y nuestro corazón han de ser interpelados por su palabra. El Año de la Fe, el recuerdo de la apertura del Concilio Vaticano II hace 50 años, debe ser para nosotros una ocasión para anunciar el mensaje de la fe con un nuevo celo y con una nueva alegría. Naturalmente, este mensaje lo encontramos primaria y fundamentalmente en la Sagrada Escritura, que nunca leeremos y meditaremos suficientemente.
Pero todos tenemos experiencia de que necesitamos ayuda para transmitirla rectamente en el presente, de manera que mueva verdaderamente nuestro corazón. Esta ayuda la encontramos en primer lugar en la palabra de la Iglesia docente: los textos del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica son los instrumentos esenciales que nos indican de modo auténtico lo que la Iglesia cree a partir de la Palabra de Dios. Y, naturalmente, también forma parte de ellos todo el tesoro de documentos que el Papa Juan Pablo II nos ha dejado y que todavía están lejos de ser aprovechados plenamente.
Todo anuncio nuestro debe confrontarse con la palabra de Jesucristo: «Mi doctrina no es mía» (Jn 7,16). No anunciamos teorías y opiniones privadas, sino la fe de la Iglesia, de la cual somos servidores. Pero esto, naturalmente, en modo alguno significa que yo no sostenga esta doctrina con todo mi ser y no esté firmemente anclado en ella. En este contexto, siempre me vienen a la mente aquellas palabras de san Agustín: ¿Qué es tan mío como yo mismo? ¿Qué es tan menos mío como yo mismo? No me pertenezco y llego a ser yo mismo precisamente por el hecho de que voy más allá de mí mismo y, mediante la superación de mí mismo, consigo insertarme en Cristo y en su cuerpo, que es la Iglesia. 

Si no nos anunciamos a nosotros mismos e interiormente hemos llegado a ser uno con aquél que nos ha llamado como mensajeros suyos, de manera que estamos modelados por la fe y la vivimos, entonces nuestra predicación será creíble. No hago publicidad de mí, sino que me doy a mí mismo. El Cura de Ars, lo sabemos, no era un docto, un intelectual. Pero con su anuncio llegaba al corazón de la gente, porque él mismo había sido tocado en su corazón.
La última palabra clave a la que quisiera aludir todavía se llama celo por las almas (animarum zelus). Es una expresión fuera de moda que ya casi no se usa hoy. En algunos ambientes, la palabra alma es considerada incluso un término prohibido, porque – se dice – expresaría un dualismo entre el cuerpo y el alma, dividiendo falsamente al hombre. Evidentemente, el hombre es una unidad, destinada a la eternidad en cuerpo y alma. Pero esto no puede significar que ya no tengamos alma, un principio constitutivo que garantiza la unidad del hombre en su vida y más allá de su muerte terrena. Y, como sacerdotes, nos preocupamos naturalmente por el hombre entero, también por sus necesidades físicas: de los hambrientos, los enfermos, los sin techo. Pero no sólo nos preocupamos de su cuerpo, sino también precisamente de las necesidades del alma del hombre: de las personas que sufren por la violación de un derecho o por un amor destruido; de las personas que se encuentran en la oscuridad respecto a la verdad; que sufren por la ausencia de verdad y de amor. Nos preocupamos por la salvación de los hombres en cuerpo y alma. Y, en cuanto sacerdotes de Jesucristo, lo hacemos con celo.
Nadie debe tener nunca la sensación de que cumplimos concienzudamente nuestro horario de trabajo, pero que antes y después sólo nos pertenecemos a nosotros mismos. Un sacerdote no se pertenece jamás a sí mismo. Las personas han de percibir nuestro celo, mediante el cual damos un testimonio creíble del evangelio de Jesucristo. Pidamos al Señor que nos colme con la alegría de su mensaje, para que con gozoso celo podamos servir a su verdad y a su amor. Amén.




Los Últimos Tiempos y la Era del Espíritu Santo.
Hace mucho tiempo que vengo indicando este mi deseo de que se consagre el universo al Divino Espíritu para que se derrame en la tierra como un "segundo Pentecostés" (Diario T. 51, p. 135, marzo 11, 1928).T
Revelaciones hechas por el Señor a Concepción Cabrera de Armida o Conchita (nombre con el que fue  conocida). Nació el 8 de diciembre de 1862 en el seno de una familia acomodada en la Hacienda de Jesús
María en San Luis Potosí, ciudad del norte de México. Contando con 21 años de edad firmó compromiso con Francisco Armida, contrayendo nupcias en el la Iglesia del Carmen el 8 de noviembre de 1884. El matrimonio tuvo entre 1885 y 1899 nueve hijos. El 17 de septiembre de 1901 muere Francisco Armida.
Concepción Cabrera se dedicó, tras quedar viuda, al estudio y al apoyo del estudio de sus hijos, nunca entró  a la vida religiosa. Esta mujer mexicana esconde en el fondo de su alma una extraordinaria vida apostólica, un ardor heroico para imitar a Jesús e identificarse con el Crucificado. Sin haber vivido nunca en un claustro, Concepción Cabrera de Armida es la inspiradora de la Obras de la Cruz. Prolífica escritora mística, Conchita ha dejado sesenta y seis volúmenes manuscritos, una obra tan amplia como la de Tomás de Aquino, un trabajo inmenso, un Diario espiritual que encierra tesoros de enseñanzas, de luz para toda la Iglesia y todos los hombres de hoy. Murió el 3 de marzo de 1937, a la edad de 75 años. Fue reconocida como Venerable el 20 de diciembre de 1999 por Juan Pablo II. He aquí pues estas revelaciones hechas por el Señor a Conchita sobre el Espíritu Santo, el segundo Pentecostés y la Era del Espíritu Santo; se contienen en el libro de M. M. Philipon, o.p., titulado : Conchita -Diario Espiritual de una Madre de familia.
Páginas 100 -103
Para muchos cristianos el Espíritu Santo es un desconocido. El Señor revela a
Conchita su identidad personal en el seno de la Trinidad donde. El es el Amor, y su
Misión  en la tierra: conducir a las almas al hogar del Amor; de aquí la necesidad del
Reinado del Espíritu  Santo y la urgencia de una renovación de su culto. 
La frase capital nos recuerda que .su misión en el cielo, su Vida, su Ser: es el Amor... Existe un tesoro escondido, una riqueza que no ha sido explotada ni se aprecia en su verdadero valor, siendo que es lo más grande del cielo y de la tierra: el Espíritu Santo.  No, ni el mundo de las almas lo conoce debidamente. El es la luz de las inteligencias y el fuego de los corazones;  y si hay tibieza, y si hay frio y debilidad, y tantos males que aquejan al mundo espiritual, es porque no se acude al Espíritu Santo.

Su misión en el cielo, su vida, su Ser, es el Amor; y en la tierra, llevar a las almas a ese centro del amor que es Dios. Con El se tiene cuanto se puede apetecer, y si hay tristeza es porque no se acude al divino Consolador, que es el gozo completo del espíritu; si hay flaqueza es porque no se acude a la fortaleza invencible; si hay errores es porque se desprecia al que es la luz; si se extingue la fe es porque falta el Espíritu Santo.

No, no se le da el culto que se le debiera dar en cada corazón, en la Iglesia entera, al Espíritu Santo; y la mayor parte de los males por los que se llora en la Iglesia y en el campo de las almas es porque no se le da toda la primacía que Yo le di a este Santo Espíritu, a esa tercera Persona de la Trinidad, que tuvo parte tan activa en la Encarnación del Verbo y en el establecimiento de la Iglesia. Se le ama con tibieza, se le invoca sin fervor y en muchos corazones, aún de los Míos, ni  siquiera se le recuerda y esto lastima muy hondamente a mi Corazón.
Es tiempo ya de que el Espíritu Santo reine, decía el Señor como conmovido, y no allá lejos, como una cosa altísima, aunque lo es; y no hay cosa más grande que El, porque es Dios, conjunto y consubstancial con el Padre y con el Verbo, sino acá cerca, en cada alma y corazón, en todas las arterias de mi Iglesia. El día que circule por cada Pastor, por cada sacerdote, como su sangre, así de íntimo, el Espíritu Santo, se renovaran las virtudes teologales, que languidecen aún en los que sirven a mi Iglesia, por la falta del Espíritu Santo. Entonces cambiara el mundo, pues todos los males que en el se lamentan hoy tienen por causa el alejamiento del Espíritu Santo, su remedio único.

Que reaccionen mis ministros en la Iglesia por medio del Espíritu Santo y todo el mundo de las almas sera divinizado. El es el eje en donde todas las virtudes giran,  y no hay virtud verdadera sin el Espíritu Santo.

El impulso celestial para levantar a mi Iglesia de cierta postración en que yace está en que se active el culto del Espíritu Santo, en que se le de su lugar, es decir, el primer lugar en las inteligencias y en las voluntades.  Nadie sera pobre con esta riqueza celestial, y el Padre y el Verbo que soy Yo deseamos la renovación palpitante, vivificante de su reinado en la Iglesia.

-Señor, pero si en la Iglesia s. reina el Espíritu Santo, .por que. te quejas?

-.Ay de ella si no fuera así!  El es el alma de esa lglesia tan amada. Pero de lo que me quejo es de que no se dan cuenta muchos de ese favor celestial, no le dan toda la importancia que se debe, lo hacen rutina; y languideciendo su devoción en los corazones es muy tibia, es secundaria, y esto trae males sin cuento, tanto a la Iglesia como a las almas en general. Por esto las Obras de la Cruz vienen a renovar su devoción y a extenderla por toda la tierra. Que impere en las almas este Santo Espíritu y el Verbo sera conocido y honrado, tomando la Cruz un impulso nuevo en las almas, espiritualizadas por el divino amor.

A medida que el Espíritu Santo reine se ira destruyendo el sensualismo que hoy inunda la tierra, y nunca enraizara  la Cruz si antes no prepara el terreno el Espíritu Santo. Por esto se apareció El primero a tu vista que la Cruz: por esto preside en la Cruz del Apostolado.

Uno de los principales frutos de la Encarnación mística  es el reinado del Espíritu Santo que debe consumir el materialismo.. (Diario T. 35, p. 66-71, febrero 19, 1911).

{…..}  .Creen las almas muy lejos al Espíritu Santo, muy elevado y por encima, y es, por decirlo así, la Persona divina más asistente con la criatura. La sigue a todas  partes, la impregna de si mismo, la llama, la cuida, la cobija, la hace su templo vivo, la defiende, la ayuda, la ampara del enemigo, y más cerca está que ella misma. Todo lo bueno que el alma ejecuta es por su inspiración, por su luz, por su gracia y auxilio.
Y no se le invoca y no se le nombra ni se le agradece la acción tan profunda e inmediata con cada alma!
Si llamas al Padre, si lo amas, es por el Espíritu Santo. Si te enamoras de Mi, si me conoces, si me sirves, si me copias, si te unes a mis quereres y a mi Corazón es por el Espíritu Santo.

Se le considera intangible, y lo es, pero no hay sin embargo cosa más sensitiva, más cerca y al alcance de la criatura en su miseria que la altura más grande, que el Espíritu santísimo que se refleja y es una misma santidad y poder con el Padre y con el Hijo.

Y los siglos han pasado siendo El siempre el principio de todas las cosas, el sello sagrado de las almas, el carácter del sacerdote, la luz de la fe, el que infunde todas las virtudes, el riego que fecundiza el campo de la Iglesia, y sin embargo ni se le estima, ni se le conoce, ni se le agradece su influencia siempre santificadora. Si hay ingratitud para M. en el mundo más la hay para con el Espíritu Santo. Por esto, al acabarse los tiempos quiero que se extienda su gloria. Uno de los dolores más crueles para mi corazón fue el de la ingratitud en todos los tiempos; el de la idolatra, entonces adorando ídolos,  y hoy adorándose los hombres a si mismoses decir, el alejamiento del Espíritu Santo.

En estos últimos tiempos ha puesto su trono la sensualidad en el mundo, esa vida de los sentidos que ofusca y apaga la luz de la fe en las almas. Y por eso más que nunca se necesita que el Espíritu Santo venga a destruir y a aniquilar a Satanás que en esta forma se va introduciendo hasta en la Iglesia. (Diario T. 40, p. 186-18, enero 26, 1915). Páginas 154 -155

Al enviar al mundo un como segundo Pentecostés quiero que arda, quiero que se limpie, ilumine e incendie y purifique con la luz y el fuego del Espíritu SantoLa última etapa del mundo debe señalarse muy especialmente por la efusión de este Santo Espíritu. Quiere reinar en los corazones y en el mundo entero; más que para su gloria, para hacer amar al Padre y dar testimonio de M., aunque su gloria es la de toda la Trinidad.(Diario T. 40, p. 180, enero 26, 1916).T

Dile al Papa que es mi voluntad que en todo el mundo cristiano se clame al Espíritu Santo implorando la paz y su reinado en los corazones.  Sólo este Santo Espíritu puede renovar la faz de la tierra y traer la luz, la unión  y la caridad a los  corazones.
El mundo se hunde porque se ha alejado del Espíritu Santo y todos los males que le aquejan tienen su origen en esto. Ahí está el remedio porque El es el Consolador, el autor de toda gracia, el lazo de unión  entre el Padre y el Hijo y el Conciliador por excelencia porque es caridad, es el Amor increado y eterno.
Que a ese Santo Espíritu acuda todo el mundo pues ha llegado el tiempo de su reinado y esta última etapa del mundo a El le pertenece muy especialmente para ser honrado y exaltado. Que la Iglesia lo pregone, que las almas lo amen,  que el mundo entero se le consagre y vendrá la paz,  juntamente con una reacción moral y espiritual más grande que el mal que a la tierra aqueja.
Que a la mayor brevedad se proceda a llamar con oraciones, penitencias, y lágrimas a este Santo Espíritu, suspirando por su venida. Y vendrá., Yo lo enviare otra vez de una manera patente en sus efectos, que asombrara e impulsara a la Iglesia a grandes triunfos.(Diario T. 42, p. 156-158, septiembre 27, 1918).T
Pide esta reacción, este "nuevo Pentecostés", que mi Iglesia necesita: sacerdotes santos por el Espíritu Santo. El mundo se hunde porque faltan sacerdotes de fe que lo saquen del abismo en que se encuentra; sacerdotes de luz para iluminar los caminos del bien: sacerdotes puros para sacar del fango a tantos corazones: sacerdotes de fuego que llenen de amor divino al universo entero.
Pide, clama al cielo, ofrece al Verbo para que todas las cosas se restauren en Mi por el Espíritu Santo.. (Diario T. 49. p. 250-251, noviembre 1. , 1927).T
Quiero volver al mundo en mis sacerdotes: quiero renovar al mundo de las almas manifestándome  Yo mismo en mis sacerdotes: quiero dar un poderoso impulso a mi lglesia infundiéndole  como un "nuevo Pentecostés", el Espíritu Santo en mis sacerdotes.(Diario T. 50, p. 165, enero 5, 1928).T

Para alcanzar lo que pido deben todos los sacerdotes hacer una consagración  al
Espíritu Santo, pidiéndole, por intercesión de María, que venga a ellos como en un
"nuevo Pentecostés",  y que los purifique, los enamore, los posea, los unifique, los
santifique  y los transforme en Mi. (Diario T. 50, p. 296, enero 25, 1928).

Algún  día,  y no lejano,  en el centro de mi Iglesia,  en san Pedro, se llegara  a hacer la consagración del mundo al Espíritu Santo,  y las gracias especiales de este divino  Espíritu se derramarán  en el Papa feliz que esto haga.