martes, 27 de agosto de 2013

ACARDIA


Acardia, la grave "enfermedad" de no tener corazón.
Cuando el corazón deja de sentir.
La indiferencia ante las necesidades de los demás es uno de los síntomas claros de una “enfermedad” cada vez más extendida: la acardia. En realidad, se trata de la limitación para el bien, para el amor, para las buenas intenciones.

A QUIENES AMAR.
Yo les daré un solo corazón pondré en ellos un espíritu nuevo: quietare de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. -  Ezequiel 11, 19a

Reflexión personal del Padre San Alberto Hurtado S. J. (1901... 1952) escrita en noviembre de 1947.
ALBERTO HURTADO CRUCHAGA nació en Viña del Mar, Chile, el 22 de enero 1901; se quedó huérfano cuando tenía cuatro años por la muerte de su padre. Su madre tuvo que vender a pérdida, su modesta propiedad para pagar las deudas de la familia. Como consecuencia adicional, Alberto y su hermano tuvieron que ir a vivir con sus parientes y fueron trasladados a menudo de una familia a otra. Desde muy temprana edad, por lo tanto, experimentó lo que significa ser pobre, estar sin un hogar ya la merced de otros.
Le dieron una beca para estudiar en el Colegio de los Jesuitas en Santiago. Aquí se convirtió en miembro de la Congregación de Nuestra Señora y desarrolló un gran interés por los pobres, pasar tiempo con ellos en los barrios más miserables todos los domingos por la tarde.

A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctima. Alegrarme de sus alegrías. Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: Aquellos de quienes he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio, en mi colegio, en la Universidad, en el cuartel, en mis años de estudio, en mi apostolado… Aquellos a quienes he combatido, a quienes he causado dolor, amargura, daño… A todos aquellos a quienes he socorrido, ayudado, sacado de un apuro…
Los que me han contrastado, me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos esos cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos niños pálidos, de caritas hundidas… Esos tísicos de San José, los leprosos de Fontilles… Todos los jóvenes que he encontrado en un círculo de estudios… Aquellos que me han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los que he encontrado en Europa, en América… Todos los del mundo: son mis hermanos.
Encerrarlos en mi corazón, todos a la vez. Cada uno en su sitio, porque, naturalmente, hay sitios diferentes en el corazón del hombre. Ser plenamente consciente de mi inmenso tesoro, y con un ofrecimiento vigoroso y generoso, ofrecerlos a Dios. Hacer en Cristo la unidad de mis amores. Todo esto en mí como una ofrenda, como un don que revienta el pecho; un movimiento de Cristo en mi interior que despierta y aviva mi caridad; un movimiento de la humanidad, por mí, hacia Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!
Mi alma jamás se había sentido más rica, jamás había sido arrastrada por un viento tan fuerte, y que partía de lo más profundo de ella misma; jamás había reunido en sí misma tantos valores para elevarse con ellos hacia el Padre.


Cuando Isaías puso en boca de un profeta sin nombre –pues en realidad se trataba de una figura mesiánica-, las célebres palabras leídas por Jesús en la sinagoga, Isaías no hizo sino anunciar que el verdadero Jubileo de Israel sería el que, esperado por siglos, Dios fiel y misericordioso ofrecería de manera inesperada a su pueblo. Y, en efecto, el verdadero y cumplido Jubileo de la remisión, de la liberación, del respiro y de la alegría que Dios quiere para sus hijos, el Jubileo entendido y actuado en su plenitud, será anunciado y realizado solo por el Mesías prometido y finalmente llegado. Es el contexto de la historia y de la revelación bíblica el que nos lleva a hacer esta afirmación que, por lo demás, es confirmada claramente por Jesús en la Sinagoga de Nazaret cuando, al abrir el libro del profeta, lee el pasaje de la Escritura, y evocando el año de gracia del Señor declara con palabras simples pero contundentes: “Hoy se ha cumplido la escritura que ustedes acaban de oír”.
         Aquel “hoy” –lo sabemos bien y lo creemos de todo corazón-, continua aún, continuará hasta el final de los tiempos. Jesucristo es el Mesías definitivo de Israel y del mundo, es la “plenitud de los tiempos”, el Jubileo perenne, el Camino, la Verdad y la Vida, el Eterno Hijo de Dios encarnado y lleno de Espíritu Santo, crucificado y resucitado, que camina con nosotros a lo largo de los senderos del tiempo. Jesús de Nazaret, viviente en la historia por medio de la Palabra, del Espíritu y de la Iglesia, es también hoy el gozoso mensaje para los pobres, la liberación para los prisioneros y esclavos del pecado; es la vista para los ciegos, el rescate de los oprimidos; Él es el año de gracia que jamás se consume. Él es la luz que alumbra el misterio, la ley suprema y el supremo modelo de vida; la salud y la misericordia infinitas, la seguridad absoluta de que Dios nos ama, la fuente inagotable de la caridad y de la esperanza.
Papa Francisco
EVANGELII GAUDIUM
No a una economía de la exclusión

1.           Así como el mandamiento de « no matar » pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir « no a una economía de la exclusión y la inequidad ». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del jue­go de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin  trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consu­mo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del « descarte » que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenó­meno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son « explotados » sino desechos, « sobrantes ».
54. En este contexto, algunos todavía defien­den las teorías del « derrame », que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mis­mo mayor equidad e inclusión social en el mun­do. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e in­genua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sos­tener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos in­teresa cuidarlos, como si todo fuera una respon­sabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera.

¿Eres acardio? Una terrible enfermedad de nuestros tiempos.
 En cada esquina, en cada calle de tu barrio hay alguien dispuesto a donar sentimientos para que tu corazón vuelva a sentir. 



Nenita agradecida y su mama (terminamos Hidalgo)
[11/1/2014 3:25:58 PM] Maria Elena: apenas llego tu hermana, con Roberto, y están preparando algo de comer para ellos,
[11/1/2014 3:26:09 PM] Maria Elena: y que crees, me trajo, tu hermana un pay de queso, pastel
[11/1/2014 3:26:13 PM] Rafa: Ok
[11/1/2014 3:26:17 PM] Rafa: Jeje
[11/1/2014 3:26:20 PM] Maria Elena: porque ayer, estaba muy contenta por lo de la casa
[11/1/2014 3:26:27 PM] Rafa: :)
[11/1/2014 3:26:37 PM] Maria Elena: y así, como bien tierna, y agradecida
[11/1/2014 3:26:44 PM] Rafa: Hihi
[11/1/2014 3:26:58 PM] Maria Elena: nos dijo, que ella,no había hecho nada, para tener lo que les estábamos dando
[11/1/2014 3:27:06 PM] Rafa: :)
[11/1/2014 3:27:23 PM] Maria Elena: y dijo, que ahí estaba para lo que todos necesitáramos,,,tu lisa y nosotros, que era para todos
[11/1/2014 3:27:49 PM] Maria Elena: como la ves, esos son mis hijos, por eso, me llega la nostalgia, asi, como bien bonito y feo, de tristeza, todo junto
[11/1/2014 3:28:05 PM] Rafa: No te entristezcas
[11/1/2014 3:28:08 PM] Rafa: :)

[11/1/2014 3:28:38 PM] Maria Elena: pues te digo, que es bonito,,,,y quisiera tenerlos aquí, siempre,,,,no me importa como,,,nomas aquí, cuidándolos



El Matrimonio como Sacramento 

[15] 1º Dignidad del Matrimonio como Sacramento. — El Matrimonio, como Sacramento, tiene una condición más excelente y un fin más elevado que el Matrimonio como contrato natural. En efecto: • su fin ya no es sólo propagar el género humano, sino también engendrar y educar la prole en el culto y la religión del verdadero Dios; • Dios ha querido que esta santa unión entre el hombre y la mujer sea una señal cierta de la unión estrecha existente entre Cristo y la Iglesia (Ef. 5 22-32.), pues entre los lazos que unen entre sí a los hombres, ninguno los estrecha más que el vínculo conyugal; y por eso las Sagradas Letras proponen frecuentemente a nuestra consideración la unión de Cristo con la Iglesia por medio de la semejanza de las bodas (Mt. 22 2; 25 10; Apoc. 19 7.). 

[16-17] 2º Por qué el Matrimonio tiene razón de verdadero Sacramento. — La Iglesia, apoyada en la autoridad de San Pablo, que al exponer el simbolismo del matrimonio cristiano dice: «Gran Sacramento es éste, mas yo lo digo con respecto a Cristo y a su Iglesia» (Ef. 5 22-32.), enseñó siempre como cosa cierta e indudable que el Matrimonio es Sacramento. En efecto, como San Pablo, en dicho texto, compara el varón a Cristo, y la mujer a la Iglesia, dedúcese que la unión del varón y de la mujer, instituida por Dios, es un signo sagrado del vínculo santísimo con que Cristo nuestro Señor está unido a su Iglesia. Y que asimismo por este Sacramento se significa y da la gracia, claramente lo afirma el Concilio de Trento (Dz. 969.). 

[18-19] 3º Superioridad del Matrimonio cristiano sobre los demás matrimonios. — Cuán superior es el sacramento del Matrimonio a los matrimonios que se celebraron antes y después de la Ley de Moisés, se deduce de dos motivos: 

a) Porque estos matrimonios carecían de la virtud sacramental, aunque gozaban entre los gentiles de cierto carácter sagrado, y entre los judíos contenían mayor santidad que entre los gentiles por tener como motivo la propagación del linaje del pueblo escogido, del que había de nacer el Mesías. El Matrimonio de la Ley evangélica, en cambio, goza de la dignidad y virtud sacramental. 

b) Porque tanto en la Ley natural como en la Ley mosaica, el matrimonio decayó pronto de la grandeza y honestidad de su primer origen; pues varios antiguos patriarcas, durante la Ley natural, tuvieron a un mismo tiempo varias mujeres (Gen. 4 19; 22 20-24; 29 22.); igualmente, en la Ley de Moisés se permitió repudiar a la propia mujer y casarse con otra (Deut. 24 1.). Pero en la Ley evangélica Cristo abolió el repudio de la propia mujer y restableció el Matrimonio en su primitivo estado de unidad e indisolubilidad: • unidad, esto es, el Matrimonio quedó circunscrito a la unión solamente de dos, no de más (Mt. 19 4-6.); • indisolubilidad, esto es, no se puede dejar a la primera mujer para unirse a otra (Mt. 19 9; Mc. 10 11; Lc. 16 18.).

[20-22] 4º Indisolubilidad del Matrimonio cristiano. — Cristo afirma que «quien se separa de su mujer y vive con otra comete adulterio» (Mt. 19 9.); por su parte, San Pablo declara que la mujer está ligada a su marido mientras éste viva (I Cor. 7 39.), y que no se separe de él, o si se separa, permanezca sin casarse o vuelva a reconciliarse con él (I Cor. 7 10-11.). Por donde queda claro que el vínculo conyugal sólo puede disolverse por la muerte de uno de los cónyuges. 

Y esta indisolubilidad era conveniente por los siguientes motivos: • para que los hombres busquen en la esposa más la virtud que la riqueza o la hermosura corporal; • porque si el hombre tuviese alguna posibilidad de separarse de su esposa, cualquier pretexto bastaría para ello; mientras que así, faltándole toda esperanza de casarse con otra mujer, será menos propenso a la ira y a la discordia, y hará esfuerzos más fácilmente para volver a la vida conyugal si alguna vez llega a separarse de su mujer. Por esta última razón, quien se separó de su cónyuge por haberle sido infiel, ha de tratar de reconciliarse con él y perdonarlo si estuviese arrepentido de su pecado, según el consejo de San Agustín. 

[23-25] 5º Bienes del Matrimonio. — Tres son los bienes del matrimonio, que compensan las penas que conlleva (I Cor. 7 28.) y revisten de honestidad el comercio carnal, reprobable fuera del matrimonio: 

• el primero es la prole, esto es, los hijos que se tienen de la mujer propia y legítima, por los cuales se santificará la mujer, engendrándolos y educándolos (I Tim. 2 15; Eclo. 7 25.); 

• el segundo es la fidelidad por la que mutuamente se obligan el marido con su mujer y la mujer con su marido, entregándose mutuamente el dominio sobre el propio cuerpo, prometiendo no faltar nunca a este sagrado pacto (Gen. 2 24; Mt. 19 5; I Cor. 7 4; Ef. 5 31.), y amándose santamente, como Cristo amó a la Iglesia (Ef. 5 25.); 

• el tercero es el vínculo matrimonial, que jamás puede disolverse (I Cor. 7 10.), porque significa la unión de Cristo con la Iglesia, que es indisoluble. 

[26] 6º Deberes de los cónyuges. — 

a) Es deber del marido: • tratar a su mujer con agrado y dignidad, esto es, como compañera (Gen. 2 18; 3 12.); • estar siempre ocupado en el ejercicio de alguna profesión honesta, para proveer al sustento de la familia y para no afeminarse por la ociosidad; • gobernar rectamente su casa, corregir las costumbres de todos y hacer que todos cumplan con su deber. [27] 

b) Es deber de la esposa: • obedecer a su marido, vivir sujeta a él (I Ped. 3 1-6.), y agradarlo en todo, no amando ni estimando a nadie más que a él después de Dios; • educar a los hijos en la Religión; • cuidar diligentemente de las cosas domésticas, no saliendo de casa si la obligación no las obliga a ello, ni sin la licencia de su marido.
(Catecismo Romano.)



_  _  .  .  .  _  _