miércoles, 5 de junio de 2013

LA SALVACION


Acordarse siempre de Cristo, la memoria de Jesucristo, esto es perseverar en la fe.

La Unidad, la Paz, la Evangelizacion, la via y todo, es al mismo tiempo DON y Tarea. Don gratuito y generoso; tarea irremplazable e ingente. Como don, recbirlo, agradecerlo, pedirlo; com tarea cumplirla, amarla, vivirla.


LECTIO DIVINA
LA HISTORIA DE LA SALVACION DEL HOMBRE HOY
El concepto que muchos se han formado sobre la Lectio Divina es el de un simple método de oración. Muy recomendado por la Iglesia, sí, pero sólo eso: un método de oración. Esta idea reduce terriblemente la riqueza de la Lectio Divina y no motiva mucho a apreciarla y practicarla.

Menos aún, si se percibe este “método” como algo muy artificial, muy rígido, como un invento importado desde los monasterios y, por tanto, muy ajeno a nuestros tiempos, gustos e intereses.

Pero la Lectio Divina está muy lejos de ser eso. Precisamente, vamos a descubrir que se deriva directamente de la dinámica de la Fe que, al “actuar por la Caridad” (ver: Gal 5, 6), desemboca necesariamente en el seguimiento de Cristo y en el compromiso con su Misiónhaciendo de cada creyente un discípulo y misionero. La Lectio Divina reproduce el camino que sigue una persona que se encuentra con el Señor y es llamada a identificarse con Él y a asumir su Amor pastoral, como discípulo y misionero.


1.- ENCUENTRO, VOCACIÓN Y MISIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO.

A partir de la Encíclica del Papa Benedicto XVI, Deus Caritas est, y del Docu- mento de Aparecida, se nos ofrece a los cristianos de hoy una idea luminosa que es capaz de ayudarnos a recuperar y vivir el sentido original y auténtico de nuestra Fe en Cristo: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva". (Deus Caritas est, n. 1; Aparecida, nn. 12 y 243).

Lo anterior significa que la Fe no consiste simplemente en "saber" cosas acerca de Dios; o en una confianza sentimental; o en la adhesión
racional a un sistema moral… al margen de toda relación personal con el Señor Jesús.

Por el contrario, la Palabra de Dios nos dice clara e insistentemente que  la verdadera Fe surge cuando una persona tiene un encuentro personal con Dios, el cual llama a esa persona a la amistad con Él y le confía una misión. La Fe viene siendo la respuesta comprometida con que esa persona corresponde al Señor que le sale al encuentro.

Podríamos expresar todo esto en forma de ecuación precisa: FE = ENCUENTRO + VOCACIÓN + MISIÓN + RESPUESTA PERSONAL.
Los ejemplos abundan: Abraham, Moisés, Josué, David, Isaías, Jeremías, María, José, los Apóstoles, Zaqueo, la mujer pecadora, el ladrón arrepentido… e innumerables hombres y mujeres de todos los tiempos, que se han convertido en discípulos y misioneros del Señor.

Nos sorprenderá –y será una grata y motivadora sorpresa- el descubrir que los Evangelios y el Libro de los Hechos de los Apóstoles trazan, desde enfoques distintos pero complementarios, el perfil y el itinerario de ese discípulo misionero que empieza a existir a raíz del encuentro personal con Jesucristo.

He aquí, en síntesis, lo que, a este respecto, nos aportan estos Libros del Nuevo Testamento:

Quién sale al encuentro y llama a los discípulos:
SEGÚN MARCOS: Jesús, Hijo de Dios.
SEGÚN MATEO: Jesús, el tesoro escondido, por el cual vale la pena dejar  todo lo demás.
SEGÚN LUCAS-HECHOS: Jesús, pobre y sacrificado.
SEGÚN JUAN: Jesús, el Cordero de Dios, capaz de fascinar y dar sentido  a la vida.

Cómo los llama:
SEGÚN MARCOS: Amándolos: "llamó a los que amaba".
SEGÚN MATEO: En el contexto de su compasión pastoral hacia las multitudes  que andaban "como ovejas sin pastor".
SEGÚN LUCAS-HECHOS: Como consecuencia de una noche de intensa oración a su Padre celestial.
SEGÚN JUAN: Con un llamado personal que los fascina y los hace que  darse definitivamente con Él. Ellos le responden con la Fe y el testimonio.

Para qué los llama:
SEGÚN MARCOS: "Para que estén con Él y para enviarlos a predicar".
SEGÚN MATEO: Para que renuncien a todo y adquieran el tesoro escondido; y para que compartan su compasión pastoral y lleven la Buena Noticia a los demas.
SEGÚN LUCAS-HECHOS: Para que sean como Él, dejándolo todo, cargando con la Cruz y siguiéndolo; y para que lleven                                                               a todas las culturas el kerygma que ellos mismos han recibido.
SEGÚN JUAN: Para que permanezcan con Él y maduren en una relación de conocimiento contemplativo, intimidad, identificación, amistad y fidelidad,                                           como la que existe entre un pastor y  sus ovejas, entre la vid y los sarmientos, entre Cristo mismo y su Padre.

Perfil del discípulo-misionero:

SEGÚN MARCOS:  Convertido a Cristo, en comunión con Él, servidor  pobre y fraternal.
SEGÚN MATEO: Enviado por Cristo e insertado en la Comunidad Eclesial.
SEGÚN LUCAS-HECHOS:Evangelizador que ha vivido el encuentro personal con Cristo;  fortalecido con el Espíritu de Dios.                                                                 
SEGÚN JUAN: Presbítero sabio, maduro, capaz de conducir, como buen pastor, a la Iglesia, por obra del Espíritu Santo.

La unión del discípulo con su Maestro se realiza y se acrecienta por:

SEGÚN MARCOS: El Sacramento del Bautismo, que sella la conversión e ilumina con la Luz del Resucitado.
SEGÚN MATEO: También por el Sacramento del Bautismo, pero que,   además de purificar e iluminar al discípulo, lo inserta en la  Comunidad Eclesial.SEGÚN LUCAS- HECHOS: El Sacramento de la Confirmación, que le comunica la fuerza del Espíritu Santo para realizar su  misión Evangelizadora.                                                                 
SEGÚN JUAN:  La comunión con Él a través de los Sacramentos y, de  manera especial, de la Eucaristía.

En síntesis:

Quien provoca el encuentro y llama es siempre Cristo, en alguno de sus aspectos: Hijo de Dios, tesoro escondido, Hijo en comunicación con el Padre.

Cada evangelista señala un grado progresivo en la formación del discípulo: desde su conversión, pasando por su integración eclesial y su ministerio de evangelizador, hasta llegar a la perfección del “Presbítero” sabio y maduro, buen pastor que da la vida por la Iglesia. Desde un “estar” con Cristo y predicar el kerygma, hasta un “permanecer” con Él y dar testimonio de Él
con la propia vida.

El seguimiento, por tanto, también progresa: desde un seguir a Cristo cargando la Cruz, hasta descubrir esa Cruz como glorificación. De estar con Él, a vivir insertados en la comunión trinitaria.

Es el Espíritu Santo quien definitivamente produce esta transformación a través de los Sacramentos: desde el Bautismo y la Confirmación, hasta el Matrimonio y el Sacerdocio, teniendo como centro y culmen la Eucaristía.

A la luz de este apretado recorrido por las narraciones de vocación en el Nuevo Testamento, queda ahora claro que:  la verdadera Fe surge cuando una persona tiene un encuentro personal con Dios, el cual llama a esa persona a la amistad con Él y le confía una misión. La Fe viene siendo la respuesta comprometida con que esa persona corresponde al Señor: 
FE = ENCUENTRO + VOCACIÓN + MISIÓN + RESPUESTA PERSONAL.

[Una exposición amplia y detallada de este tema, se halla en el documento:     "Los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles como camino
de formación del discípulo de Cristo", que se anexa al presente trabajo].


2.- LA LECTIO DIVINA NO ES SIMPLEMENTE UN MÉTODO DE ORACIÓN. ES, MÁS BIEN, UNA EXPERIENCIA DE ENCUENTRO
CON DIOS.

Porque la Lectio Divina reproduce el camino que sigue una persona que se encuentra con el Señor y es llamada a identificarse con Él y a asumir su Amor pastoral, como discípulo y misionero.

La Lectio Divina, más que un método de lectura y oración de la Biblia, es, pues,  una experiencia de Dios, una experiencia de encuentro con el Señor. Esto tiene su fundamento en la manera misma como la Palabra de Dios se encarnó en palabras humanas y se puso por escrito:

En efecto: todo texto bíblico es fruto de una experiencia: la experiencia de descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos y en la
Revelación explícita. Una experiencia de encuentro y conocimiento de Dios que dejó una huella profunda. A partir de esa experiencia,
Los hagiógrafos, inspirados por Dios, pusieron por escrito aquel hecho o palabra que fueron impactantes y que revelan a un Dios actuando
en la historia de los hombres y conduciéndola de acuerdo a sus planes de salvación. De ello se sigue  que el texto  sagrado no sólo relata,
sino que lleva en sí mismo una experiencia de Dios.

Por tanto, no basta con conocer simplemente la experiencia vivida por el Pueblo de Dios, o con conocer a los personajes de la Biblia o al
hagiógrafo: es indispensable que, partiendo de ahí, cada quien viva también una experiencia de encuentro personal con el Señor, a partir de su mensaje.

Por eso el creyente, al acercarse al texto escrito, debe vivir su propia experiencia  de  Dios  partiendo  de la Palabra revelada, escrita en
el texto sagrado, buscando en ella el encuentro vivencial con el Señor. De esta manera retoma y hace propia la experiencia original del escritor sagrado y de sus destinatarios, actualizándola en la propia vida.
Partiendo, pues, del texto escrito en la Biblia, se busca el encuentro personal con el Señor, el cual tiene para nosotros un mensaje de Amor y salvación, haciéndonos un llamado y encargándonos una misión.

A este respecto, el Papa Benedicto XVI nos dice en Verbum Domini: La Lectio Divina… es verdaderamente «capaz de abrir al fiel no sólo el
tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente» (VD, n. 87).
Por su parte, la Constitución Dei Verbum sobre la Divina Revelación ya nos había dicho que  “los libros de la Escritura enseñan… la
verdad que Dios quiso consignar en las Sagradas Letras para nuestra salvación”  (DV, n. 11). Esta salvación empieza cuando el
Señor, por medio de su Palabra, se encuentra con nosotros y nos llama a ser sus discípulos y misioneros.

La finalidad, pues, de la Revelación es nuestra salvación, que consiste en conocer al Padre y a su enviado, Jesucristo (ver: Jn 17, 3), y en el seguimiento consciente, libre y amoroso de Aquél que se nos ha revelado en las Escrituras.


3.- LA  LECTIO  DIVINA  REPRODUCE  LA  EXPERIENCIA  DEL LLAMADO QUE  JESÚS NOS HACE PARA  
CONVERTIRNOS EN DISCÍPULOS Y MISIONEROS.

Desde el encuentro con la Palabra escrita, hasta el encuentro personal y el compromiso con el Señor, el discípulo, como vimos más arriba, debe recorrer un largo camino de conversión y formación.  Como en el caso de los dos discípulos de Juan el Bautista, se empieza por buscar al Señor, a quien hoy podemos encontrar vivo y presente en su Palabra escrita. 

Progresivamente, luego, esa Palabra se hace vocación (“vengan y lo verán”), se convierte en luz para la propia historia personal y lleva al discípulo hasta la madurez de la identificación con su Señor y del compromiso de compartir su Misión en una entrega penetrada de la Caridad del Buen Pastor.

Sorprendentemente,  los pasos de la Lectio Divina coinciden con el itinerario del caminar del discípulo-misionero: desde un discípulo que es llamado a convertirse y a seguir a Jesús, para evangelizar (Marcos-Mateo-Lucas = lectio-meditatio) → hasta un presbítero que contempla a Jesús, se identifica con El y, compartiendo su Caridad Pastoral, apacienta las ovejas y entrega la vida por ellas (Juan = oratio-contemplatio-actio). Desde un encuentro, a una vocación y una misión.

Puede decirse, entonces, que el itinerario de los 5 pasos de la Lectio Divina no es una simple fórmula metodológica, sino  un camino de vida, que nos lleva de la Palabra escrita de Dios a su Palabra viva y encarnada en el aquí y ahora de nuestra historia personal y comunitaria. O sea: de la Biblia a Cristo vivo y presente en medio de nosotros y en nosotros. La Lectio Divina nos lleva, así, desde el Verbo de Dios encarnado en la letra, hasta ese mismo Verbo de Dios encarnado en nuestra vida, en nuestra historia
personal y concreta. Y nos transforma en llamados, discípulos y misioneros.

Jesús nos enseñó que nadie va a Él (y menos vendiéndolo todo para tenerlo como su tesoro)  si el Padre no lo atrae (ver: Jn 6, 44- 45. 65; 17, 2. 6. 9. 11-12. 21-24; Gal 1, 15-16; Flp 3, 7-14). En la Lectio Divina esta atracción del Padre comienza desde el momento de  la  lectio,  cuando  el  Señor  nos  descubre  su  mensaje  y nos hace creer en él. Continúa durante nuestro esfuerzo por aplicar ese mensaje a nuestra vida (meditatio) y por responderle con nuestras palabras (oratio). Pero es sobre todo en la contemplatio donde el Padre gratuita y poderosamente nos atrae hacia Jesús para vivir en comunión íntima con Él.

Finalmente, en la actio suscita y fecunda con su Espíritu  nuestros esfuerzos para convertirnos en misioneros, buenos pastores que, en comunión con Jesús, participando de su Caridad pastoral, dan la vida por las ovejas.
Por eso la Lectio Divina no es simplemente un estudio bíblico, ni siquiera un método de oración, sino la manera como un discípulo escucha al Maestro que lo llama (lectio-meditatio) para conocerlo íntimamente, vivir  en  comunión  con Él (oratio-contemplatio)  y, asumiendo la misión, convertirse en pastor que da la vida por sus ovejas (actio).

Entonces, la Lectio Divina es un camino por el que la Palabra viva de Dios nos conduce a un “encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI:

Deus Caritas est, n. 1). En otras palabras, en la Lectio Divina vivimos un encuentro con el Señor Jesús, el cual  nos hace un llamado personal a seguirlo, a identificarnos con Él, y a comprometernos en su misma Misión de Buen Pastor.

De manera que el objetivo de la Lectio Divina no es el mero conocimiento, y menos la información, sino el encuentro con la Persona del Señor Jesús para seguirlo como discípulos, asimilando sus actitudes, encarnando en nuestra vida personal la vida y la misión de Jesucristo nuestro Señor. Y todo ello, de acuerdo al perfil que vimos que nos presentan los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles y prácticamente todo el Nuevo Testamento.

Así, la Lectio Divina hunde sus raíces en el Misterio de la Encarnación, en la dinámica misma de un Dios-Palabra que busca el diálogo con el hombre, que lo llama a la comunión personal y eclesial, y le confía la misma Misión de Cristo.


4.- LAS RAÍCES BÍBLICAS DE LA LECTIO DIVINA.
Por todo lo visto hasta ahora, podemos concluir que la Lectio Divina es más que su estructura externa, la cual es sólo un medio, un caminito encontrado por los hombres para llegar a su gran objetivo. Y por eso, debemos quitarnos de la cabeza que la Lectio Divina comenzó cuando se definieron metodológicamente sus cinco pasos: lectio, meditatio, oratio, contemplatio y actio.

Se coincide en señalar sobre todo a Orígenes (185-231) como aquél en quien por primera vez encontramos esta secuencia como modo de oración (ver: VD, n. 86). Consta que también la practicaron y la recomendaron muchos Padres de la Iglesia. Y después se convirtió en práctica habitual en las comunidades monásticas.

Sin embargo la Lectio Divina, en su esencia, existe en el Pueblo de Dios desde que el Señor lo escogió y decidió comunicarse con él. El Antiguo Testamento nos ofrece innumerables testimonios al respecto, de entre los cuales sobresalen algunos:

El patriarca Abraham, en un lugar y momento concreto de su historia, se encuentra con Dios, escucha su llamado, recibe una misión y responde con su Fe y su obediencia (ver: Gen 12—25).

La Alianza celebrada por Dios con su Pueblo en el monte Sinaí se enmarca en una serie de diálogos y eventos en los que Dios se da a conocer a su Pueblo, lo llama a  la libertad y a la fidelidad, y se inserta como  salvador en su Historia. El fracaso de esa Alianza se debió, precisamente, a que los israelitas no supieron responder a su vocación ni cumplir su misión, como lo atestiguan, por ejemplo, el Éxodo y los Libros de Josué, Jueces, 1 y 2 de Samuel, 1 y 2 de los Reyes.

En diversos momentos importantes de su Historia, el Pueblo de Israel celebró solemnemente la Pascua y renovó la Alianza, presidido por sus líderes (Moisés, Josué, Josías, Nehemías). La liturgia de estas Celebraciones se desarrolló como una verdadera Lectio Divina, en la que el Pueblo escuchaba la lectura de la Sagrada Escritura, celebraba el memorial de la presencia de Dios en medio de su Pueblo y se comprometía a cumplir la Alianza que había recibido como vocación y misión. (Ver: Ex 12, 1-14, par; Jos 5, 10; 8, 30-35; 24, 1-28; 2Re 23, 21-23; Neh 8, 1-12).

Por supuesto que también el Nuevo Testamento nos muestra a Cristo y a la Comunidad cristiana encabezada por los Apóstoles, inmersos en la dinámica de la Lectio Divina. Esto es lo que hace Jesús, por ejemplo, en la sinagoga de Nazaret, en diferentes momentos de su ministerio, antes de su Pasión al instituir la Eucaristía y en la así llamada Oración Sacerdotal y, finalmente, en la comunicación que sostiene con su Padre mientras padece en la Cruz. (Ver, por ejemplo:  Mt 11, 25-26; Lc 4, 16-21; 22, 14-20; 23, 33-46; Jn, 17, 1-26). Incluso podemos decir que toda la existencia terrena de Cristo fue una ininterrumpida Lectio Divina.

También los discípulos de Jesús, y en primer lugar su Madre, la Virgen María, vivieron la Lectio Divina como Escuela que los formó en su vocación de discípulos-misioneros: En este sentido, no cabe duda de que el Magnificat  (Lc 1, 46-55), en su brevedad, se desarrolla en la forma y en el espíritu de una verdadera Lectio Divina. Algo semejante puede decirse de las oraciones e himnos que, en diversos lugares del Libro de los Hechos de los Apóstoles, de las Cartas y del Apocalipsis, pronunció la Iglesia primitiva (por ejemplo, en: Hech 4, 23-31; 16, 25; Rom 8, 31-39; 11, 33-36; Ef 1, 3-14; Flp 2, 6-11; Col 1, 12-20; 1Tim 3, 16; 1Pe 2, 21-24; Apoc 5, 12-13; 11, 17-18; 12, 10-12; 15, 3-4; 19, 1-8).

En conclusión: La Lectio Divina es mucho más que una estructura y un método de oración, Es una  relación viva de encuentro, conocimiento, vocación, identificación entre el Maestro y sus discípulos-misioneros, suscitada por la Palabra de Dios.

En cuanto tal, la Lectio Divina no ha sido inventada ni por los Padres de la Iglesia ni por los monjes, ni por algún famoso maestro de espiritualidad de nuestro tiempo.  Sus raíces se encuentran en la Historia de la Salvación con su dinamismo de encuentro, alianza, vocación-respuesta, comunión y misión, que caracteriza las relaciones del Dios vivo con los hombres.
Pienso que este enfoque de la Lectio Divina deja más en claro su verdadera naturaleza y sus más auténticos objetivos. Y, por consiguiente nos puede ayudar a disipar prejuicios y antipatías, asumiéndola con el espíritu el con que María escuchaba la Palabra de Dios y la meditaba en su corazón, cumpliéndola como discípula y misionera fiel del Señor (ver: Lc 2, 19. 51; 8, 21; 11, 28).

Con el fin de profundizar y asimilar mejor esta visión, vamos, en primer lugar, a repasar la autorizada presentación que Benedicto XVI nos ofrece de la estructura de la Lectio Divina en cuanto método de oración. Y, más adelante, analizaremos la dimensión discipularmisionera de cada uno de sus pasos.

5.- LA ESTRUCTURA DE LA LECTIO DIVINA.

En los manuales para la Lectio Divina que se ponen a nuestra disposición, en ocasiones encontramos diferencias en la función que se asigna
a cada una de sus partes. A veces, incluso, cuesta trabajo enmarcar los materiales proporcionados dentro de la finalidad de cada uno de los
cinco pasos. Por ejemplo, hay casos en que para la Contemplatio se ofrecen elementos que me parecerían más bien propios de una mera
lectura espiritual.

Una descripción segura y plenamente autorizada de los cinco momentos que ayudan a desarrollar la Lectio Divina, la encontramos en la Exhortación Apostólica Verbum Domini, del Papa Benedicto XVI:

"Se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se corre el riesgo de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos".

"Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros?  Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente… La meditación trata de establecer un diálogo entre lo que Dios nos dice en su Palabra y lo que sucede en nuestra vida".

"Se llega sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión,agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia".

"Por último, la Lectio Divina concluye con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor…? La contemplación tiende a crear en nosotros una visión sapiencial, según Dios, de la realidad y a formar en nosotros «la mente de Cristo» (1 Co 2,16)…"

"Conviene recordar, además, que la Lectio Divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad"
(VD, n. 87).

En esta presentación que nos hace el Papa podemos encontrar el vínculo que hemos venido descubriendo entre Lectio Divina y el camino de la formación del discípulo con sus etapas de encuentro personal con Cristo, vocación, comunión y misión.


6.- SENTIDO DISCIPULAR-MISIONERO DE LA LECTIO.

Hemos visto que la lectio no consiste en la simple lectura del texto bíblico. Su finalidad, más bien,  es la de descubrir el sentido literal, y aun el sentido pleno del pasaje.

Por sentido literal se entiende: aquello que el hagiógrafo –y, por tanto, Dios- quiso decir. Y por sentido pleno: el significado que, más allá del contexto histórico en el que el texto fue escrito,  se refiere a un aspecto del Misterio de Cristo, que ha de ser plenamente revelado a su tiempo.

Por ejemplo, el pasaje de Is 7, 14:  “La virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel”, en su sentido literal significa que un niño que va a nacer (probablemente el hijo de Ajaz que ha concebido su esposa) será la señal de que Dios, con su poder, derrotará a los reyes que amenazan el reino de Judá. Pero más de 700 años después el Evangelista San Mateo nos proporciona su sentido pleno: el verdadero Emmanuel, que salva al Pueblo, es Jesús, el Hijo de Dios, concebido virginalmente por María.

Para descubrir el sentido literal y pleno del texto, ante todo hay que cumplir las reglas de interpretación que nos da la “Dei Verbum”: la Biblia hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió. teniendo en cuenta la unidad de toda la Sagrada Escritura, la tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la Fe (ver: DV, n. 12). Ayudará mucho el leer, en la Biblia, la introducción al Libro de que se trata y las notas marginales correspondientes a la perícopa; además, consultar un buen comentario.
Consiguientemente, en la lectio buscamos el Mensaje que el texto contiene en sí mismo y que Dios expresa a su Pueblo, a su Iglesia. No “lo que me dice Dios (a mí, o a nosotros en particular)”. Porque la Palabra escrita de Dios expresa, ante todo, un Mensaje universal, para todo su Pueblo: aquello que Dios quiere que todos entendamos y creamos.

Existe el riesgo de “brincarse” este ejercicio y pasar inmediatamente de la lectura del texto a su aplicación particular. Un error inherente a la mentalidad protestante, pero en el que caemos también con demasiada frecuencia los católicos. Si no tomamos en cuenta el Mensaje que el texto bíblico contiene en sí mismo, entonces confundimos la Palabra de Dios con nuestras ideas, nuestras tendencias, nuestros prejuicios, nuestros miedos, nuestras frustraciones y nuestros traumas.

 Por otra parte, también se puede caer en el exceso de convertir la lectio en un mero análisis exegético o en un acopio de informaciones.
Por el contrario, ya desde la lectio se debe establecer un encuentro de Fe con la Palabra. En este momento con la Palabra escrita, pero como el primer paso para el encuentro personal con Jesús, en orden a la Fe, a la conversión, al seguimiento, a la comunión, a la misión.

La Biblia nos ofrece muchos ejemplos de lectura de la Palabra de Dios que da inicio a un camino de encuentro personal, Fe, conversión, vocación, comunión y misión. Tomemos como muestra el relato de Hech 13, 1-3: La comunidad cristiana de Antioquía se reúne en el nombre del Señor a escuchar su Palabra y orar. Son ya discípulos que siguen a Jesús y lo aman. Conocen y aceptan el Mensaje inequívoco del Resucitado: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio”. De ese encuentro con la Palabra surge el llamado de Bernabé y Saulo a la misión.

También nos dice el Libro de los Hechos que la primitiva comunidad cristiana se reunía en torno a la Palabra, lo cual fortalecía su vocación al seguimiento de Jesús y los motivaba a cumplir la misión recibida del Señor (ver: Hech 2, 42-47; 4, 32-37).

La escucha fiel del Mensaje del Señor es el primer paso para un encuentro con Él, y para escuchar su llamada a seguirlo y a compartir su misión. He aquí la dimensión discipular-misionera de la lectio.



7.- SENTIDO DISCIPULAR-MISIONERO DE LA MEDITATIO.

Una vez conocido y aceptado por la Fe el Mensaje que el texto bíblico contiene en sí mismo (lo cual se realizó en la lectio), ahora sí, prosiguiendo el encuentro con el Señor Jesús, en la meditatio debemos aplicar ese Mensaje a la vida, a las necesidades, a la situación histórica concreta de las personas y de la comunidad, para iluminarlas y fortalecerlas. Porque la Palabra se hizo carne para transformar nuestra historia.

Así, pues,  el Señor, al encontrarse con nosotros con la intención de llamarnos a su seguimiento, quiere ser Luz que le dé sentido, fortaleza y gozo a nuestra vida, aquí y ahora, como lo hizo con los Apóstoles, con la samaritana, con la mujer pecadora, con Zaqueo, con el ladrón arrepentido, con todos los que tuvieron un encuentro personal de Fe con Él.

En la meditatio el Mensaje universal de la Palabra de Dios cobra un sentido personal:  el Señor nos hace comprender que el secreto de su Corazón, que ha revelado al mundo por Jesucristo, llega a nuestra historia personal. A lo largo de toda la historia bíblica, desde la creación del hombre y la mujer, vemos a Dios  estableciendo relaciones personales.  Y tan cercanas, tan profundas y tan íntimas que Él mismo las comparó  con el idilio que vive un esposo con su amada.

Si el Mensaje de Dios no aterrizara y se encarnara en lo concreto de nuestra vida, la Historia de la Salvación se volvería un relato de interés meramente literario, sin relevancia personal. Y, de esta manera, tal Mensaje sería incapaz de motivarnos a ser discípulos del Señor y a compartir su Misión. Desgraciadamente esto es lo que sucede con muchos cristianos, bautizados y nunca evangelizados, por cuya causa los últimos Papas han urgido la Nueva Evangelización.

Pero, por otra parte,  no debemos hacer la aplicación del Mensaje a la vida personal y comunitaria, de una manera particularista, arbitraria o sentimental, sino precisamente, como discípulos que escuchan al Maestro y saben que esa Palabra les pide un cambio personal y concreto, en orden a su vocación de discípulos y misioneros, siempre en referencia y fidelidad a la comunidad eclesial.

Tomando como ejemplo el diálogo entre Jesús y la Samaritana (ver: Jn 4, 3-26. 29.39) veamos ahora la dimensión discipular-misionera de la meditatio: Aquella mujer, todavía sin saberlo, tiene un encuentro con Jesús, la Palabra personal de Dios. Ahí está, ante ella, comunicándose con ella, la Verdad, el Mensaje de Dios en persona.

Cristo ayuda a la samaritana a aplicar a su historia personal ese Mensaje, a hacer su meditatio: Primero le pide de beber y, cuando la mujer, todavía sin comprender que la Palabra del Señor es para ella, acepta dialogar con Él, Jesús le habla de un Don de Dios para ella: un Agua Viva.La samaritana se sigue resistiendo a abrirse a la Verdad y se empeña en permanecer en la esfera de lo material, de lo que ella conoce y domina: el agua del pozo, la historia del mismo.  Jesús insiste en ayudarla a descubrir que esa Palabra es para ella en persona, para que tenga Vida Eterna. Por fin la mujer parece empezar a comprender que la Palabra de Jesús le concierne personalmente, y se abre un poco, quizá, más que nada, por curiosidad: “Dame de esa agua…”

Todavía cuando Jesús le habla de su marido y le dice “todo lo que ha hecho”, ella sigue saliéndose por la tangente, esquivando aplicarse el Mensaje de Dios y aceptar la vocación a convertirse y a ser misionera de sus paisanos.
Aprovechando su rayito de esperanza en un Mesías “que va a venir” el Señor le reafirma el kerygma, el Mensaje: Soy Yo. Y enseguida se lo aplica: El que está hablando contigo. La mujer por fin cree, se convierte y se hace misionera. Ejemplo luminoso de cómo la adhesión personal a la Palabra de Cristo nos lleva a ser discípulos y misioneros. Aparece clara la dimensión discipular-misionera de la meditatio.

Esto también nos enseña que  cuando sustituimos la Palabra de Dios con nuestras ideas o nuestros caprichos, o cuando no aceptamos que nos interpele, decir que somos discípulos y misioneros de Jesús es una triste farsa.


8.- SENTIDO DISCIPULAR-MISIONERO DE LA ORATIO.
Quienes de verdad se encuentran con Jesús, escuchan su llamado y reciben su Misión,  jamás se quedan mudos. Acabamos de ver que hasta la samaritana manifestó al Señor sus dudas, sus miedos y sus esperanzas. En la oratio, pues, el discípulo que ha escuchado el Mensaje de su Señor y, guiado por Él mismo, lo ha aplicado a su vida (es decir: ha descubierto cuál es la voluntad de Dios para él y está dispuesto a cumplirla), ahora se pone en las manos de Dios para que, con su Amor y su poder, lleve a término la obra que en él ha comenzado. La oratio es también el momento en que agradecemos al Señor el don de su Palabra y de la Fe que nos hace aceptarla; y en el que, igualmente lo alabamos por su Sabiduría, su poder y su Amor.

"nosotros sabemos rezar muy bien cuando pedimos cosas, también cuando damos las gracias al Señor, pero la oración de alabanza es un poco más difícil para nosotros: no es tan habitual alabar al Señor. Y esto lo podemos sentir mejor cuando hacemos memoria de las cosas que el Señor ha hecho en nuestra vida". (dijo el Papa Francisco)

Pero cuando la meditatio (la interpretación y aplicación personal) hace a un lado la lectio (el Mensaje de Dios), entonces nuestra oratio es como la oración arrogante del fariseo.

La dimensión discipular-misionera de la oratio queda patente en el hecho de que, según el Evangelio, los discípulos y misioneros de Jesús debemos orar. No hay seguimiento ni misión sin oración. Jesús repetidamente nos instruye sobre la necesidad y la manera de hacer oración (ver, por ejemplo: Mt 6, 5-15; 9, 38; 26, 36-44; 27, 46; Lc 11, 1-13; 18, 1-14; 19, 45-46; 23, 46).
El discípulo, pues, responde a la Palabra de Dios con su oración.


9.- SENTIDO DISCIPULAR-MISIONERO DE LA CONTEMPLATIO.
espués de la oratio viene la contemplatio, en la cual el Señor nos lleva al encuentro directo y personal con Él. No hay que olvidar que no se trata simplemente  de seguir los pasos de una  metodología, sino de dejarse guiar por la dinámica del encuentro del discípulo con su Señor.

De esta manera, el objetivo de la contemplatio es: dejarle a Dios la iniciativa, el camino, la conducción, los tiempos y los lugares, los signos… Es reproducir en nosotros la experiencia de la comunidad que recibió la Palabra de Dios, la creyó y la encarnó en su propia vida: como lo hizo la Virgen María. 
Es exactamente lo contrario de lo que pretendía el Apóstol Pedro cuando quería ser él quien le señalara a Jesús lo que le convenía; ser él quien lo defendiera, quien lo salvara. Y Jesús le respondió, con toda justicia: “retírate, Satanás”.

En la contemplatio, pues, se trata, no simplemente de “saber” acerca de Dios, ni de "construir" con nuestros esfuerzos un camino de acercamiento a Dios. Se trata, más bien, de saborear aquel conocimiento del Padre y de su enviado Jesucristo, conocimiento en el que consiste la Vida Eterna (ver: Jn 17, 3) y que, al igual que ésta, es un don totalmente gratuito del Padre (ver: Mt 11, 25-27; Jn 6, 40. 44-47. 65; Ef 3, 14-19). Se trata, entonces, de conocer a Dios participando, como hijos, del conocimiento que de Él tiene Jesucristo. Se trata de conocerlo como el que da sentido a toda nuestra vida, a todas nuestras preguntas y respuestas, a todos nuestros conocimientos, a todas nuestras relaciones, a nuestra felicidad y a nuestros dolores.

El único camino para realizar la contemplación es “tener la mirada fija en Jesús” (ver: Heb 12, 2) como la Virgen, como el Apóstol Juan (ver 1Jn 1, 1-3), como todos los discípulos que se han encontrado personalmente con Cristo, lo han reconocido como el Hijo de Dios, como el Cordero que quita los pecados del mundo, y lo han seguido.

Ese “tener la mirada fija en Jesús” se puede concretizar en contemplar lo que hace, cómo lo hace, por qué lo hace, verlo a los ojos, gozar su mirada y, a través de todo ello, percibir sus sentimientos, sus actitudes, su madurez humana, su amor al Padre y a los hermanos, su disposición total a dar su vida movido por ese Amor.

Esta contemplación conduce a una comunicación íntima, quizá sin palabras, teniendo, como los enamorados, nuestro corazón en el Corazón de Jesús, y el suyo en el nuestro.

Como aquellos dos discípulos de Juan el Bautista, que siguieron a Jesús, también nosotros preguntémosle, escuchemos su respuesta, registremos la claridad y la fuerza que tal respuesta nos infunde, seamos conscientes del nuevo conocimiento de su Persona que Él nos revela con sus palabras. Digámosle con toda confianza y atrevimiento lo que sentimos ante Él, ante su palabra, ante su invitación y sus exigencias, ante su poder y su Amor personal y delicado.

Entre nosotros los hombres, quien ha entendido los objetivos de un proyecto que se le ha encomendado, se siente responsable de buscar los mejores medios para llevarlo a cabo. Si es a él  a quien se le van a pedir cuentas, sería insensato dejar en manos de otro los procedimientos para llegar a la meta.

Pero en el Reino de Dios sucede exactamente al revés:  somos discípulos y, por tanto,  tenemos que dejarnos guiar.  No nos corresponde trazar los caminos, sino tomar de la mano al Señor y permitirle que nos lleve por donde y de la manera que Él quiera. Porque Él –y sólo Él- es el Señor.
Por eso en la contemplatio no hacemos razonamientos, no le pedimos al Señor que sólo nos dé fuerza para caminar por un camino ya hemos elegido nosotros. No le imponemos a Dios nuestros planes. No tratamos de “venderle” nuestras brillantes ideas para convencerlo de ellas. No hacemos lo que hacía Martha, la de Betania, quien incluso se atrevió a indicarle a Jesús lo que debía decirle a su hermana; sino que simplemente escuchamos y nos dejamos conducir, como las dos Marías: la de Betania y la humilde Virgen esclava del Señor.

A la hora de la contemplatio, pues, es necesario dejar a un lado toda regla, todo método, toda estrategia, para permitir que sea el Señor, con su mano suave y fuerte, nos lleve al conocimiento-amor de su Hijo y nos vaya transformando en Él.

Hemos visto cómo Juan, en su Evangelio, nos presenta  la meta del discipulado  en la figura del "discípulo amado", el discípulo contemplativo que, colocando su oído junto al Corazón de Jesús, escucha sus secretos (ver: Jn 13,  23. 25), "oye, ve, contempla y toca a la Palabra de Vida" (ver: 1Jn 1, 1) y cree en la Resurrección de su Señor a través de los signos que encuentra en el sepulcro vacío (ver: Jn 20, 8). Dentro de la Lectio Divina, este paso de la contemplatio tiene, pues, de manera muy particular, la función de  ayudarnos a caminar hacia esa madurez del discípulo de Jesús.


10.- SENTIDO DISCIPULAR-MISIONERO DE LA ACTIO.

El Apóstol Pedro, deslumbrado por la contemplación de la gloria de Jesús transfigurado, le propone quedarse ahí y así; para siempre (ver: Mt 17, 4). Pero Jesús le recuerda que aún le queda por recorrer, como Él, el camino del Misterio Pascual, para que el mundo tenga Vida.

La Lectio Divina, como el mismo itinerario del discípulo, no termina en la contemplatio. Porque no se es discípulo para estancarse en la contemplación del Maestro, sino para convertirse en misionero: siguiendo al Maestro en el camino de la Caridad, de la propia entrega. La contemplatio debe desembocar en la actio.

Conducidos así por la mano del Señor y apoyados así en su Sabiduría, su Amor y su poder,  volvemos a nuestra historia personal y comunitaria, a lo concreto de la vida y, sostenidos por su Gracia, tomamos la resolución de actuar de acuerdo a la voluntad de Dios, que nos reveló su Mensaje de salvación (en la lectio); que nos manifestó cómo quería que ese Mensaje se encarnara en nuestra historia (en la meditatio); que, con su Espíritu, nos ayudó a expresarle nuestra necesidad, nuestra gratitud y alabanza, y nuestra confianza (en la oratio); y que, contando con nuestra plena Fe y confianza, nos puso en el camino que conduce al cumplimiento de sus planes de Amor, independientemente de nuestras estrategias humanas (en la contemplatio).
En esta resolución de actuar, fruto de todo lo anterior, consiste la actio.
Dentro del ejercicio de la Lectio Divina, pues, la actio es el momento en que el discípulo descubre el llamado a ser misionero y da una respuesta positiva a tal llamado. La actio marca el momento de aterrizar, de encarnar la Palabra leída, meditada y contemplada, en nuestra historia personal y comunitaria.
La actio es indispensable porque  la Palabra de Dios no es mera información, sino revelación: es Buena Noticia  que debe escucharse, asumirse y conducir de manera efectiva al cambio de la historia en dimensión personal y comunitaria. Por tanto, los propósitos deben surgir y estar motivados por esa Palabra, y ser sostenidos y fortalecidos por el don del Espíritu.

María es el modelo: Como fiel discípula y misionera, con su "fiat" se pone en las manos del Señor y luego emprende la misión de llevarlo a los demás (ver: Lc 1, 38-55). Así lo vivió también el Discípulo amado, quien no sólo nos dice –como ya recordábamos hace un momento- que contempló a la Palabra de Vida, sino que, sabiendo que no es sólo discípulo, sino también misionero, añade: "les anunciamos la Vida Eterna que estaba junto al Padre… para que también ustedes estén en comunión con nosotros… con el Padre y con su Hijo Jesucristo… para que nuestra alegría sea completa" (1Jn 1, 3-4). 

Recordemos que, de acuerdo a las enseñanzas de Juan, el discípulo perfecto es aquél que no sólo contempla al Señor, sino que se identifica con Él y, asumiendo su Caridad, entrega la vida por las ovejas de su Maestro. En otras palabras: es misionero.

Debemos tener cuidado para que en la actio no hagamos programas para los demás, sino únicamente para nosotros mismos, teniendo muy en cuenta, por lo demás, que el programa se va a ir logrando por la acción gratuita del Espíritu santo, no por nuestros puros esfuerzos humanos.


11.- ACTITUDES NECESARIAS PARA REALIZAR LA LECTIO DIVINA.

1.- Reconocimiento del señorío y la gratuidad de Dios: Él es el que nos conduce. Nosotros no podemos tomar su lugar pretendiendo ser los protagonistas, sintiendo que merecemos o podemos pagar sus dones.
2.- Fe profunda en la presencia viva de Dios en su Palabra, en medio de nuestra historia.
3.- Escucha discipular de esa Palabra, y respuesta personal y comprometida a ella. como en el caso de la Virgen María, de San José, de los Apóstoles.
4.- Entusiasmo por conocer, amar, seguir a Cristo y asumir su misión, habiéndolo encontrado como el tesoro por el cual vale la pena dejarlo todo.
De acuerdo al conocido principio ignaciano de no seguir adelante, sino detenerse ahí donde el Señor nos da luz, ánimo, fortaleza u otra gracia, en la práctica individual de la Lectio Divina no hay que realizar mecánica y forzosamente los cinco pasos. Lo importante es  lograr  el  objetivo  del  ejercicio:  encarnar la Palabra  en nuestra  historia   y comprometernos con ella. Y si el Señor nos regala esto en cualquiera de los momentos, ahí debemos detenernos para contemplar, profundizar, saborear y llevar a la acción esa gracia.
En cambio, en el ejercicio comunitario de la Lectio Divina, sí conviene recorrer –sin presiones ni rigideces- los cinco pasos, pues en diferentes momentos y de diversas maneras el Espíritu puede dar su luz y su Gracia a los participantes, en orden a compartirlas y con ellas enriquecer a los demás.

Vi además un número indecible de infelices que son hoy en día oprimidos, atormentados y perseguidos en muchas partes y vi que todo esto sucedía como en la persona del mismo Jesús.



 La doctrina cristiana tiene rostro, tiene cuerpo, tiene carne, se llama Jesucristo y es su Vida la que es ofrecida de generación en generación a todos los hombres y en todos los rincones. Custodiar la doctrina exige fidelidad a lo recibido y - a la vez - tener en cuenta al interlocutor, su destinatario, conocerlo y amarlo.


 Al respecto me permito explicitar tres rasgos de la identidad del teólogo:

1. El teólogo es en primera instancia un hijo de su pueblo. No puede y no quiere desentenderse de los suyos. Conoce su gente, su lengua, sus raíces, sus historias, su tradición. Es el hombre que aprende a valorar lo recibido, como signo de la presencia de Dios ya que sabe que la fe no le pertenece. La recibió gratuitamente de la Tradición de la Iglesia, gracias al testimonio, la catequesis y la generosidad de tantos. Esto lo lleva a reconocer que el Pueblo creyente en el que ha nacido, tiene un sentido teológico que no puede ignorar. Se sabe "injerto" en una conciencia eclesial y bucea en esas aguas.


2. El teólogo es un creyente. El teólogo es alguien que ha hecho experiencia de Jesucristo, y descubrió que sin Él ya no puede vivir. Sabe que Dios se hace presente, como palabra, como silencio, como herida, como sanación, como muerte y como resurrección. El teólogo es aquel que sabe que su vida está marcada por esa huella, esa marca, que ha dejado abierta su sed, su ansiedad, su curiosidad, su vivir. El teólogo es aquel que sabe que no puede vivir sin el objeto/sujeto de su amor y consagra su vida para poder compartirlo con sus hermanos. No es teólogo quien no pueda decir: "no puedo vivir sin Cristo" y por lo tanto, quien no quiera, intente desarrollar en sí mismo los mismos sentimientos del Hijo.


3. El teólogo es un profeta. Uno de los grandes desafíos planteados en el mundo contemporáneo no es solo la facilidad con que se puede prescindir de Dios. Sino que socialmente se ha dado un paso más. La crisis actual se centra en la incapacidad que tienen las personas de creer en cualquier cosa más allá de sí mismas. La conciencia individual se ha vuelto la medida de todas las cosas. Esto genera una fisura en las identidades personales y sociales. Esta nueva realidad provoca todo un proceso de alienación debido a la carencia de pasado y por lo tanto de futuro. Por eso el teólogo es el profeta, porque mantiene viva la conciencia de pasado y la invitación que viene del futuro. Es el hombre capaz de denunciar toda forma alienante porque intuye, reflexiona en el rio de la Tradición que ha recibido de la Iglesia, la esperanza a la que estamos llamados. Y desde esa mirada invita a despertar la conciencia adormecida. No es el hombre que se conforma, que se acostumbra. Por el contrario, es el hombre atento a todo aquello que puede dañar y destruir a los suyos.


Por eso, hay una sola forma de hacer teología: de rodillas. No es solamente un acto piadoso de oración para luego pensar la teología. Se trata de una realidad dinámica entre pensamiento y oración. Una teología de rodillas es animarse a pensar rezando y rezar pensando. Entraña un juego, entre el pasado y el presente, entre el presente y el futuro. Entre el ya y el todavía no. Es una reciprocidad entre la Pascua y tantas vidas no realizadas que se preguntan: ¿dónde está Dios?