viernes, 7 de junio de 2013

MADRE


Ella fue agraciada por la redención de Cristo antes de ver la luz del mundo.

Unida a la única mediación universal de Cristo, Ella nos dio a luz con aquellos inmensos dolores al pie de la Cruz, cuando Jesús le dijo a Juan. ¡He ahí a tu Madre¡

“tenemos una madre, una madre que está con nosotros, nos protege, que nos acompaña, que nos ayuda, también en los tiempo difíciles, en los momentos feos”.

Cada uno de nosotros es precioso a tus ojos
Dios nos puso en tu corazon y que nada de lo que habita en nuestros corazones es ajeno a ti. 


Como le dijo la Virgen a Juandiego:
Mucho quiero yo,
mucho así lo deseo
que aquí me levanten
mi casita divina,
donde mostraré,
haré patente,
entregaré a las gentes
todo mi amor;
mi mirada compasiva,
mi ayuda, mi protección.
Porque, en verdad, yo soy
vuestra madrecita compasiva,
tuya y de todos los hombres
que vivís juntos en esta tierra
y también de todas las demás gentes,
las que me amen,
las que me llamen, me busquen,
confíen en mí.


Deinem Herrn, Gott, unserem Vater
Der Dich auserwählt zur Mutter,
Für ein ganzes Menschenreich

Tu Señor Dios nuestro Padre, La elegiste para madre, de  todo el genero humano

Como se lo repite a Juan Diego cuando enfermo su tio:
Sabe, muchachita mía,
que está ya al cabo
un servidor tuyo, mi tío.
Grave enfermedad se le ha puesto,
porque en verdad por ella pronto morirá.
Y así pues me iré con prisa
a tu reverenciada casa de México,
llamaré a uno de los amados del Señor Nuestro,
a uno de nuestros sacerdotes,
que vaya a confesarlo
y a dejarlo preparado,
porque en verdad para esto nacimos,
hemos venido a esperar
el trabajo de nuestra muerte.
Pero si voy a hacer esto,
luego otra vez volveré acá.
Así iré,
llevaré
tu reverenciado aliento, tu reverenciada palabra,
señora, muchachita mía.
Perdóname,
todavía tenme paciencia,
porque no me burlo de ti,
hija mía, la más pequeña,
hijita mía, mañana mismo vendré de prisa.

Así que oyó
la palabra de Juan Diego
le respondió la compasiva,
del todo doncella:
Escucha,
que así esté en tu corazón,
hijo mío, el más pequeño,
nada es lo que te hace temer,
lo que te aflige.
Que no se perturbe
tu rostro, tu corazón,
no temas esta enfermedad
ni otra cualquier enfermedad,
que aflige, que agobia.
¿Acaso no estoy aquí,
yo que soy tu madrecita?
¿Acaso no estás bajo mi sombra,
y en resguardo?
¿Acaso no soy la razón de tu alegría?
¿No estás en mi regazo,
en donde yo te protejo?

¿Acaso todavía te hace falta algo?
Que ya no te aflija cosa alguna,
que no te inquiete,
que no te acongoje
la enfermedad de tu tío.
En verdad no morirá ahora por ella.
Esté en tu corazón que él ya sanó.


El 12 de  Mayo de 2013.
Su Santidad Benedicto XVI consagro a todos las Sacerdotes al Inmaculado Corazón de Maria


TRES Años DESPUÉS
El 13 de Octubre de 2013.  El día del milagro del Sol.
El Papa Francisco le consagro el mundo entero.

ACTO DE CONSAGRACIÓN A MARÍA
Bienaventurada María Virgen de Fátima,
con renovada gratitud por tu presencia maternal
unimos nuestra voz a la de todas las generaciones
que te llaman bienaventurada.
Celebramos en ti las grandes obras de Dios,
que nunca se cansa de inclinarse con misericordia hacia la humanidad,
afligida por el mal y herida por el pecado,
para curarla y salvarla.
Acoge con benevolencia de Madre
el acto de consagración que hoy hacemos con confianza,
ante esta imagen tuya tan querida por nosotros.
Estamos seguros de que cada uno de nosotros es precioso a tus ojos
y que nada de lo que habita en nuestros corazones es ajeno a ti.
Nos dejamos alcanzar por tu dulcísima mirada
y recibimos la consoladora caricia de tu sonrisa.
Custodia nuestra vida entre tus brazos:
bendice y refuerza todo deseo de bien;
reaviva y alimenta la fe;
sostiene e ilumina la esperanza;
suscita y anima la caridad;
guíanos a todos nosotros por el camino de la santidad.

Enséñanos tu mismo amor de predilección
por los pequeños y los pobres,
por los excluidos y los que sufren,
por los pecadores y los extraviados de corazón:
congrega a todos bajo tu protección
y entrégalos a todos a tu dilecto Hijo, el Señor nuestro Jesús.
Amén.


HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Plaza de San Pedro
Domingo 13 de octubre de 2013

En el Salmo hemos recitado: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas” (Sal 97,1).
Hoy nos encontramos ante una de esas maravillas del Señor: ¡María! Una criatura humilde y débil como nosotros, elegida para ser Madre de Dios, Madre de su Creador.
Precisamente mirando a María a la luz de las lecturas que hemos escuchado, me gustaría reflexionar con ustedes sobre tres puntos: Primero, Dios nos sorprende; segundo, Dios nos pide fidelidad; tercero, Dios es nuestra fuerza.

1. El primero: Dios nos sorprende. La historia de Naamán, jefe del ejército del rey de Aram, es llamativa: para curarse de la lepra se presenta ante el profeta de Dios, Eliseo, que no practica ritos mágicos, ni le pide cosas extraordinarias, sino únicamente fiarse de Dios y lavarse en el agua del río; y no en uno de los grandes ríos de Damasco, sino en el pequeño Jordán. Es un requerimiento que deja a Naamán perplejo y también sorprendido: ¿qué Dios es este que pide una cosa tan simple? Decide marcharse, pero después da el paso, se baña en el Jordán e inmediatamente queda curado (cf. 2 R 5,1-14). Dios nos sorprende; precisamente en la pobreza, en la debilidad, en la humildad es donde se manifiesta y nos da su amor que nos salva, nos cura, nos da fuerza. Sólo pide que sigamos su palabra y nos fiemos de él.
Ésta es también la experiencia de la Virgen María: ante el anuncio del Ángel, no oculta su asombro. Es el asombro de ver que Dios, para hacerse hombre, la ha elegido precisamente a Ella, una sencilla muchacha de Nazaret, que no vive en los palacios del poder y de la riqueza, que no ha hecho cosas extraordinarias, pero que está abierta a Dios, se fía de él, aunque no lo comprenda del todo: “He aquí la esclava el Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Es su respuesta. Dios nos sorprende siempre, rompe nuestros esquemas, pone en crisis nuestros proyectos, y nos dice: Fíate de mí, no tengas miedo, déjate sorprender, sal de ti mismo y sígueme.
Preguntémonos hoy todos nosotros si tenemos miedo de lo que el Señor pudiera pedirnos o de lo que nos está pidiendo. ¿Me dejo sorprender por Dios, como hizo María, o me cierro en mis seguridades, seguridades materiales, seguridades intelectuales, seguridades ideológicas, seguridades de mis proyectos? ¿Dejo entrar a Dios verdaderamente en mi vida? ¿Cómo le respondo?

2. En la lectura de San Pablo que hemos escuchado, el Apóstol se dirige a su discípulo Timoteo diciéndole: Acuérdate de Jesucristo; si perseveramos con él, reinaremos con él (cf. 2 Tm 2,8-13). Éste es el segundo punto: acordarse siempre de Cristo, la memoria de Jesucristo, y esto es perseverar en la fe: Dios nos sorprende con su amor, pero nos pide que le sigamos fielmente. Nosotros podemos convertirnos en «no fieles», pero él no puede, él es «el fiel», y nos pide a nosotros la misma fidelidad. Pensemos cuántas veces nos hemos entusiasmado con una cosa, con un proyecto, con una tarea, pero después, ante las primeras dificultades, hemos tirado la toalla. Y esto, desgraciadamente, sucede también con nuestras opciones fundamentales, como el matrimonio. La dificultad de ser constantes, de ser fieles a las decisiones tomadas, a los compromisos asumidos. A menudo es fácil decir “sí”, pero después no se consigue repetir este “sí” cada día. No se consigue ser fieles.
María ha dicho su “sí” a Dios, un “sí” que ha cambiado su humilde existencia de Nazaret, pero no ha sido el único, más bien ha sido el primero de otros muchos “sí” pronunciados en su corazón tanto en sus momentos gozosos como en los dolorosos; todos estos “sí” culminaron en el pronunciado bajo la Cruz. Hoy, aquí hay muchas madres; piensen hasta qué punto ha llegado la fidelidad de María a Dios: hasta ver a su Hijo único en la Cruz. La mujer fiel, de pie, destrozada por dentro, pero fiel y fuerte.
Y yo me pregunto: ¿Soy un cristiano a ratos o soy siempre cristiano? La cultura de lo provisional, de lo relativo entra también en la vida de fe. Dios nos pide que le seamos fieles cada día, en las cosas ordinarias, y añade que, a pesar de que a veces no somos fieles, él siempre es fiel y con su misericordia no se cansa de tendernos la mano para levantarnos, para animarnos a retomar el camino, a volver a él y confesarle nuestra debilidad para que él nos dé su fuerza. Y este es el camino definitivo: siempre con el Señor, también en nuestras debilidades, también en nuestros pecados. no ir jamás por el camino de lo provisional. Esto nos mata. La fe es fidelidad definitiva, como la de María.

3. El último punto: Dios es nuestra fuerza. Pienso en los diez leprosos del Evangelio curados por Jesús: salen a su encuentro, se detienen a lo lejos y le dicen a gritos: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros” (Lc 17,13). Están enfermos, necesitados de amor y de fuerza, y buscan a alguien que los cure. Y Jesús responde liberándolos a todos de su enfermedad. Llama la atención, sin embargo, que solamente uno regrese alabando a Dios a grandes gritos y dando gracias. Jesús mismo lo indica: diez han dado gritos para alcanzar la curación y uno solo ha vuelto a dar gracias a Dios a gritos y reconocer que en él está nuestra fuerza. Saber agradecer, saber alabar al Señor por lo que hace por nosotros.
Miremos a María: después de la Anunciación, lo primero que hace es un gesto de caridad hacia su anciana pariente Isabel; y las primeras palabras que pronuncia son: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”, es decir, un cántico de alabanza y de acción de gracias a Dios no sólo por lo que ha hecho en Ella, sino por lo que ha hecho en toda la historia de salvación. Todo es don suyo; Si podemos entender que todo es don de Dios, ¡cuánta felicidad habrá en nuestro corazón! él es nuestra fuerza. Decir gracias es tan fácil, y sin embargo tan difícil. ¿Cuántas veces nos decimos gracias en la familia? Es una de las palabras clave de la convivencia. «Por favor», «perdona», «gracias»: si en una familia se dicen estas tres palabras, la familia va adelante. «Por favor», «perdona», «gracias». ¿Cuántas veces decimos «gracias» en la familia? ¿Cuántas veces damos las gracias a quien nos ayuda, se acerca a nosotros, nos acompaña en la vida? Muchas veces damos todo por descontado. Y así hacemos también con Dios. Es fácil ir al Señor a pedirle algo, pero ir a darle gracias... ¡Ah!, no se me ocurre.


Continuemos la Eucaristía invocando la intercesión de María para que nos ayude a dejarnos sorprender por Dios sin oponer resistencia, a ser hijos fieles cada día, a alabarlo y darle gracias porque él es nuestra fuerza. Amén.


¡Me llamo hijo de Dios! ¡Ah, qué hermoso documento de identidad!
El papa Francisco este jueves en Santa Marta recordó que Jesús nos hace hijos, con la libertad de los hijos y por eso podemos decir: 'Padre'

Por Redacción
ROMA, 04 de julio de 2013 (Zenit.org) - Somos hijos de Dios gracias a Jesús, nadie nos puede robar este documento de identidad. Esta fue la idea básica de lo que dijo esta mañana el papa Francisco, durante la misa en la Casa Santa Marta. Según informa Radio Vaticana, concelebró el cardenal indio Telesphore Placidus Toppo, arzobispo de Ranchi.


RíO DE JANEIRO, 28 de julio de 2013 (Zenit.org) - Al finalizar la misa de clausura de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, el santo padre Francisco ha guiado la oración del Ángelus con los jóvenes y peregrinos presentes en Copacabana.
La Virgen Inmaculada intercede por nosotros en el Cielo como una buena madre que cuida de sus hijos. Que María nos enseñe con su vida qué significa ser discípulo misionero. Cada vez que rezamos el Ángelus, recordamos el evento que ha cambiado para siempre la historia de los hombres. Cuando el ángel Gabriel anunció a María que iba a ser la Madre de Jesús, del Salvador, ella, aun sin comprender del todo el significado de aquella llamada, se fió de Dios y respondió: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Pero, ¿qué hizo inmediatamente después? Después de recibir la gracia de ser la Madre del Verbo encarnado, no se quedó con aquel regalo; se sintió responsable y marchó, salió de su casa y se fue rápidamente a ayudar a su pariente Isabel, que tenía necesidad de ayuda (cf. Lc 1,38-39); realizó un gesto de amor, de caridad y de servicio concreto, llevando a Jesús en su seno. Y este gesto lo hizo diligentemente.

Queridos amigos, éste es nuestro modelo. La que ha recibido el don más precioso de parte de Dios, como primer gesto de respuesta se pone en camino para servir y llevar a Jesús. Pidamos a la Virgen que nos ayude también a nosotros a llevar la alegría de Cristo a nuestros familiares, compañeros, amigos, a todos. No tengan nunca miedo de ser generosos con Cristo. ¡Vale la pena! Salgan y vayan con valentía y generosidad, para que todos los hombres y mujeres encuentren al Señor.

Jesús reconcilia el mundo
La homilía del papa estuvo centrada en el evangelio de la curación de un paralítico. Jesús al comienzo le dice: "¡Ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados". Tal vez, dijo, esta persona quedó un poco "sorprendida" porque quería sanarse físicamente. Luego, frente a las críticas de los escribas, que entre sí lo acusaban de blasfemia, "porque solo Dios puede perdonar los pecados", Jesús lo cura también en el cuerpo.
De hecho, continuó explicando, las curaciones, la enseñanza, las palabras fuertes contra la hipocresía, eran "solo un signo, un signo de algo más que Jesús estaba haciendo", es decir, el perdón de los pecados, porque es en Jesús en quien el mundo viene reconciliado con Dios, este es el "milagro más profundo":
"Esta reconciliación es la recreación del mundo: se trata de la misión más profunda de Jesús. La redención de todos nosotros los pecadores; y Jesús hace esto no con palabras, no con gestos, no andando por el camino, ¡no! ¡Lo hace con su carne! Es Él mismo Dios, quien se convierte en uno de nosotros, hombre, para sanarnos desde el interior, a nosotros los pecadores."
Jesús nos libera del pecado haciéndose Él mismo "pecado", tomando sobre sí mismo "todo el pecado" y "esto –aseguró el papa--, es la nueva creación". Jesús “desciende de la gloria y se abaja, hasta la muerte, y una muerte de cruz", desde donde clama: "Padre, ¡por qué me has abandonado!". Tal “es su gloria y esta es nuestra salvación".

Somos hijos libres
"Este es el milagro más grande ¿y qué es lo que hace Jesús con esto? Nos hace hijos, con la libertad de los hijos. Por eso que ha hecho Jesús, es que nosotros podemos decir: 'Padre'. De otro modo, nunca habríamos sido capaces de decir esto: '¡Padre!'. Y decir 'Padre' con una actitud tan hermosa, ¡en libertad! Este es el gran milagro de Jesús. A nosotros, esclavos del pecado, nos hizo libres, nos ha curado hasta lo profundo de nuestra existencia. Nos hará bien pensar en esto y en lo maravilloso que es ser un hijo. Es tan hermosa la libertad de los hijos, porque el hijo ya está en casa, y ha sido Jesús quien nos ha abierto las puertas de la casa ... ¡Ya estamos en casa!".
Ahora --concluyó Francisco--, se entiende cuando Jesús dice: "¡Ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados".
"Esa es la raíz de nuestro valor. Soy libre, soy un hijo... ¡El padre me ama, y yo amo al Padre! Pidamos al Señor la gracia de entender esta obra que es suya, esto Dios lo ha hecho en Él, como es el haber reconciliado consigo al mundo en Cristo, confiándonos la palabra de la reconciliación y la gracia de llevar adelante con fuerza, con la libertad de los hijos, esta palabra de reconciliación. ¡Somos salvados en Jesucristo! Y nadie nos puede quitar este documento de identidad. ¡Yo me llamo hijo de Dios! ¡Qué hermoso documento de identidad! ¡Estado civil: libre! Que así sea.


NUEVOS EVANGELIZADORES 
Sacerdotes y Cristianos congruentes con su Identidad de Hijos de Dios y Seguidores de Cristo que se dejan guiar por el Espíritu Santo. H.S.I.  (Holy Spirit Inside).

DIOS VELA SOBRE TODOS LOS QUE EN EL CONFÍAN
Maria vela a su Niño Jesus igual que a nosotros.

MADRE DE LOS SACERDOTES

María nuestra Madre.
Al tener por madre a María, tenéis automáticamente a Dios por Padre, pues no os engendro María para la vida terrenal que os dieron vuestros padres, sino para la vida divina que solo procede de Dios.
Así el que ha hallado a María por madre, ha hallado a Dios por Padre. Por los meritos e intercesión de su Santísima Madre será un verdadero hijo de Dios, dispuesto buscar y abrazar siempre la voluntad de Dios su Padre: = Salvar a todos los hombres en Cristo = y procurará hacer de su parte, cuanto pueda para alcanzar de Dios por intersesion de su Santísima Madre la gracia altísima de la conversión para todo el mundo.

También por lo contrario; el que no quiera tener a la santísima Virgen María por madre, que tampoco tenga a Dios por Padre, porque solo en el seno purismo de María, tomo Cristo nuestra carne y solo en su purismo corazón engendra en la gracia el Espíritu Santo a los nuevos hijos de Dios.

Fuente: christusrex.org 

Lugar de María
A María a la que el Señor había escogido desde toda la eternidad para ser su madre, Jesús nuestro salvador nos la ha dado por madre desde lo alto de la cruz. De ella recibió Jesús, ese cuerpo y esa sangre que han sido el precio de nuestra redención. El ha impreso en ella su mas perfecta semejanza. Ella recibió de Dios todos los privilegios que una simple creatura puede recibir y así como ella sobrepasa a todas las demás creaturas en dignidad, así las sobrepasa en humildad, en sabiduría, en gracia y toda clase de excelencias y perfecciones. El Espíritu Santo la hizo depositaria y dispensadora de todos los tesoros celestiales y después de su Hijo, ella es el gran instrumento de la misericordia divina.
Después de Dios y en relación con el, como un regalo del cielo y porque Dios así lo ha querido para nuestro bien, después de Dios, el primer lugar en nuestros corazones corresponde a María.


Necesidad de María para llegar a Jesús
María es la estrella que debe guiar nuestros pasos en nuestra búsqueda de Jesús. Dios quiso darnos a Jesús por medio de María y también por su medio llevarnos a el: A la voz de María, Isabel fue llena del Espíritu Santo y Juan fue santificado, en sus brazos encontraron los pastores a Jesús, en su regazo lo hallaron los Magos venidos de Oriente, solo con ella podemos los Cristianos de hoy encontrar seguramente a Jesús.
Hacernos discípulos suyos, seguidores e imitadores suyos, formar en nosotros la imagen viva de su divino Hijo, dóciles a la gracia de la cual ella es medianera universal y fieles a los impulsos del Espíritu Santo que en ella engendro a Jesús y solo en allá engendra para Dios a los nuevos hijos del Reino.
Poderosos son los enemigos de nuestra salvación y muy grandes los obstáculos que encontramos en el fiel seguimiento de Cristo y solo bajo su amparo podremos alcanzar como ella, la plena perfección en esta vida y la gloria entera en la otra.

El Santo Padre ha recordado que la Virgen es la madre “de todo hogar”, “de toda familia herida”, “de todos los que están tratando de volver a una existencia pacífica”. Asimismo, ha dado las gracias a la Virgen que “ante tanto odio, violencia y destrucción”, “sigue llevándonos a Jesús, el único que tiene el poder para curar las heridas abiertas y devolver la paz a los corazones desgarrados”. Pero también ha pedido que dé  “la gracia de reparar por nuestros pecados y por todo el mal que esta tierra ha conocido”



Por María
Consagrarse a María, es responder por su medio al proyecto salvífico de Dios de la mejor manera que nos es posible: En Cristo y por medio de aquélla que Dios asoció al misterio Salvífico de Jesús como verdadera madre, modelo , maestra de fidelidad en el servicio, en la escucha, en la aceptación y en el cumplimiento de la misión que Dios quería encomendarle.

Ilusión sería querer corresponder vitalmente y con gran perfección al proyecto salvífico de Dios confiando en nuestras propias fuerzas. Dios mismo ha querido, para nuestro bien, ponernos bajo la protección de María, y dárnosla por madre encomendado a ella los tesoros de la gracia y la salvación.



Nacimos para Dios, nacimos para el cielo. Para eso creo Dios el mundo. Nacidos para Dios, nacidos para la felicidad, más no solo para la que termina,  sino para la que dura para siempre, nacimos para el cielo. Lo único que nos lo impide son nuestros pecados. Por eso el Hijo de Dios se hizo hombre y murió por nosotros, por eso derramo sobre su Iglesia su Santo Espíritu.
Pero el amor no es unilateral, el amor exige reciprocidad, por el amor poseemos a Dios y por el amor somos poseídos por El. !El Amor de Dios no es un accidente, el Amor de Dios es sustancial. Nos da su substancia  nos hace el Don de Si Mismo, y nos pide el nuestro. Pero para que esto sea posible, Nos da s su Espíritu

El  DON de Dios es el Espíritu Santo, y todos los demás dones son manifestaciones y consecuencias de este Don Supremo. El amor infinito se derramo hace 20 siglos y que se sigue derramando en los corazones no solo en Pentecostés, sino de manera constante porque la vida de la Iglesia es un perpetuo Pentecostés. El Espíritu Santo esta adentro, en nuestro corazón, lo llevamos en el corazón. . Su Amor Personal viene a nosotros y se nos da, y se nos entrega y lo poseemos en nuestro corazón.
Si Dios no nos hubiera revelado que nacimos para el cielo, no podrimos soportar las dificultades de la vida y por eso es tan grande el regalo que los Nuevos Evangelizadores llenos del Espíritu Santo deben devolver al mundo.
Por esta razón quiero llamar a los NUEVOS EVANGELIZADORES H. S. I. (Holy Spirit Inside), Apóstoles del Espíritu, portadores de el Espíritu, hombres y mujeres sencillos pero llenos de Dios. Comunicadores de la verdad con el Evangelio y con la vida. Portadores de la esperanza cristiana. Comunicadores de su propia dicha de creer como ha dicho el Santo Padre Benedicto XVI.
Creer en Dios, no significa saber que cuento con un ser superior que me ayuda a instalarme cómodamente en un modo de vida, que responde a mis visiones egoístas, a cambio de yo cumplir frente a Él con una serie de ritos piadosos, golpes de pecho y agua bendita. No es concentrarme en Dios, evitando que el mundo me distraiga, desconociendo que tanta gente pasa miserias, injusticias, confusiones, sin que eso me comprometa. La fe siempre enlaza a la persona con Dios y con el mundo, de manera conjunta. Lo que a la persona le sucede y lo que el mundo enfrente son siempre el motivo del diálogo más profundo con Dios.
En esta reflexión del amor de Dios que nos motiva a contemplar la belleza de la fe, hagamos nuestras las palabras del Papa Francisco, que además nos recuerdan “La Iglesia evangelizadora que sale de sí”, que abre la puerta a Cristo para que entre, pero igual abre la puerta para que Cristo fluya y llegue a todo el mundo tan necesitado de amor”. Por eso, compartir la belleza y la fuerza de la fe, significa compartir la fuerza y la belleza del amor.


CONSAGRACIÓN DEL MUNDO AL ESPÍRITU SANTO
Hace mucho tiempo que vengo insinuando este mi deseo, de que se consagre el universo al Espíritu Santo, para que se derrame en la tierra como un nuevo Pentecostés. Entonces, cuando esto llegue, el mundo se espiritualizara con la unción santa de pureza y de amor con que lo bañara el Soplo vivificante y puro, el Purísimo Espíritu.
El amor salvará al mundo y la personificación del Amor es el Espíritu Santo. Vendrá el reinado universal del Espíritu Santo, porque es el dulcísimo nudo eterno; el que concilia, el que une, identifica u salva.
“El Espíritu Santo rige el mundo de la gracia”. Este divino Espíritu con su luz destruirá muchos errores en el mundo , espiritualizara los corazones, hará que el mudo se incline ante el estandarte salvador de la Cruz, y sobre todo, exaltará a su Iglesia con sacerdotes transformados en Mi, y así hará que vuelva Yo al mundo en ellos, como único Sacerdote, único digno de glorificar a mi Padre, con todos los sacerdotes en Mi, y toda la humanidad en ellos, formando por fin, no miembros dispersos y dislocados, sino un solo pastor, el Papa; y todos en Mi, en la Unidad de la Trinidad.
El Espíritu Santo con María, repito, harán que todo  se restaure en Mí, que soy su centro; harán que reine Yo como Rey Universal en el orbe entero; harán que mi corazón sea honrado en sus últimas fibras y dolores internos, y completaran las prerrogativas de María, Esposa del Espíritu Santo.

LOS APOSTOLES DE LA NUEVA EVANGELIZACION
Pero esto no significa que tenemos que comenzar de cero, porque el Apostolado es un amor que tiene la profunda intuición de las cosas divinas  que son viejas y eternas y la plena comprensión de las cosa humanas que se renuevan sin cesar.
No les parece muy significativo que siendo el punto capital de la Nueva Evangelización volver a la Fe perdida a los países tradicionalmente católicos, los tres Presidentes del Sínodo de los Obispos hayan sido escogidos uno de China, otro de África y otro de América Latina, donde millones de hombres tienen hambre de bienestar , de Paz,  de felicidad. Y que  estos países pobres  de bienes materiales, peor ricos espiritualmente  pueden Aliviar su sed de sentido, de luz, de amor a los países de Europa, de  América y de muchas otras partes del mundo, que todo lo tienen, menos a Dios.
El Apóstol necesita vivir del cielo para recibir los tesoros de Dios, y necesita vivir de la tierra para acomodarse a las móviles necesidades de los hombres. Su frente se hunde en el misterio de lo eterno para impregnarse de luz, de amor y de vida; pero sus plantas se posan firmemente sobre la tierra para recorrer todos los senderos del vida humana. Pavoroso es el espectáculo que ofrece el mundo en el momento actual. La Iglesia conoce las necesidades de su época y sabe adaptarse a ellas con prodigiosa oportunidad.

El fondo de todo esto es un amor profundo, inmenso y apasionado a las almas. Para amara a las almas es preciso comprenderlas, penetrar con la luz del cielo su fondo divino, adivinar al piedra preciosa  escondida en el fango de sus miserias.
El amor a los hombres se aprende escuchando la divina palabra del Paraíso: “hagamos al hombre a nuestra Imagen y semejanza”,  y viendo a la majestad del Creador  inclinarse hacia el barro de la tierra para infundirle con sus labios el Soplo de Vida.
Las almas se comprenden en la cumbre del Calvario en donde fueron bañadas  con la sangre redentora. Las almas se comprenden  cerca del Sagrario donde Jesús vive para ellas  y comunica a sus  Apóstoles  el sentido de lo divino.
Yo, al modo de hablar de los hombres, puse mis cinco sentidos, todo mi amor, en formar esa Iglesia amada, gloria de la Trinidad. Yo forme el papado,  el Episcopado y todas las jerarquías de la Iglesia con mis representantes en la tierra, para honrar a mi Padre y salvar al mundo.  Y con esto se comprenderá si amare a mi Iglesia y si me interesara la santidad de quienes la dirigen y la sirven.
El Verbo y el  Espíritu  Santo obsequian al Padre con la Iglesia militante, que pasa a ser purgante y triunfante, tres en una sola, para glorificarlo.

Para amar a las almas es preciso amar a Jesús, para poder decir con San Pablo: Me gastare y me desgastare por vuestras almas.  La Iglesia  comprende y ama a las almas apasionadamente, porque ASI  ama a Jesús.  Es una expresión de su amor por el Divino Redentor, en el cual, el amor del prójimo se hace amor del Divino Redentor, y el amor al Redentor se hace amor de las almas redimidas.
Un amor que se nutre de la meditación continua, no interrumpida,  de lo que son las almas, no consideradas en si mismas, sino en lo que son en el pensamiento,  en la obra, en la sangre y la muerte del Divino Redentor.
Peor tiene otro manantial purísimo el amor apostólico: El Corazón de María.  Sin Ella no puede haber apostolado, porque es la medianera de todas las gracias. El rayo de luz que ilumina los espíritus, la palabra que llega hasta lo intimo de los corazones, el secreto atractivo que arrastra a las almas, todo lo que glorifica a Dios lo toma el  Apóstol de la plenitud de Jesús,  pero tiene que pasar forzosamente por María, como pasan por la atmosfera diáfana la luz, el calor y la vida que vienen del sol.
Este triple amor, o mas bien este amor único que tiene tres matices celestiales: Que brota del Divino Corazón de Jesús,   que pasa por el purísimo Corazón de María y que baña a las almas con esplendores de cielo, son las cosas que el Apóstol saca del tesoro de su corazón. Comprende su época y adivina el porvenir.
Hoy como entonces, El Señor lo envía a evangelizar a los pobres. Compartir con ellos su pan y su ternura. Mas la Evangelización de los pobres requiere en nuestra época revestirse de caracteres especiales, abarca sin duda todas las miserias, la del alma y la del cuerpo. Pero  La vida moderna es inquieta, rápida, casi vertiginosa. La tierra esta surcada por innumerables mensajes de comunicación  que unen a todos los hombres.
La obra de Dios necesita también en esta época una pléyade de Apósteles con temperamento de Apóstoles  y  admirablemente preparados para vida actual,  rápidos para movilizarse y flexibles para adaptarse a todos los ambientes; con la actividad del celo,  con la santa inquietud del amor, deben ponerse al unisonó de la vida moderna.



! Jesús en Ti confio!


ACTO DE CONSAGRACIÓN
DE LOS SACERDOTES AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA
ORACIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Iglesia de la Santísima Trinidad - Fátima
Miércoles 12 de mayo de 2010
 

Madre Inmaculada,
en este lugar de gracia,
convocados por el amor de tu Hijo Jesús,
Sumo y Eterno Sacerdote
, nosotros,
hijos en el Hijo y sacerdotes suyos,
nos consagramos a tu Corazón materno,
para cumplir fielmente la voluntad del Padre.

Somos conscientes de que, sin Jesús,
no podemos hacer nada (cfr. Jn 15,5)
y de que, sólo por Él, con Él y en Él,
seremos instrumentos de salvación para el mundo.

Esposa del Espíritu Santo,
alcánzanos el don inestimable
de la transformación en Cristo.
Por la misma potencia del Espíritu que,
extendiendo su sombra sobre Ti,
te hizo Madre del Salvador,
ayúdanos para que Cristo, tu Hijo,
nazca también en nosotros.
Y, de este modo, la Iglesia pueda
ser renovada por santos sacerdotes
,
transfigurados por la gracia de Aquel
que hace nuevas todas las cosas.


Madre de Misericordia,
ha sido tu Hijo Jesús quien nos ha llamado
a ser como Él: luz del mundo y sal de la tierra

(cfr. Mt 5,13-14).

Ayúdanos, con tu poderosa intercesión,
a no desmerecer esta vocación sublime,
a no ceder a nuestros egoísmos,
ni a las lisonjas del mundo,
ni a las tentaciones del Maligno.

Presérvanos con tu pureza,
custódianos con tu humildad
y rodéanos con tu amor maternal,
que se refleja en tantas almas
consagradas a ti y que son para nosotros
auténticas madres espirituales.


Madre de la Iglesia,
nosotros, sacerdotes,
queremos ser pastores
que no se apacientan a sí mismos,
sino que se entregan a Dios por los hermanos,
encontrando la felicidad en esto.
Queremos cada día repetir humildemente
no sólo de palabra sino con la vida,
nuestro “aquí estoy”.


Guiados por ti, queremos ser Apóstoles
de la Divina Misericordia
,
llenos de gozo por poder celebrar diariamente
el Santo Sacrificio del Altar
y ofrecer a todos los que nos lo pidan
el sacramento de la Reconciliación.


Abogada y Mediadora de la gracia,
tu que estas unida
a la única mediación universal de Cristo,
pide a Dios, para nosotros,
un corazón completamente renovado,
que ame a Dios con todas sus fuerzas
y sirva a la humanidad como tú lo hiciste.

Repite al Señor
esa eficaz palabra tuya:“no les queda vino” (Jn 2,3),
para que el Padre y el Hijo derramen sobre nosotros,
como una nueva efusión,
el Espíritu Santo.


Lleno de admiración y de gratitud
por tu presencia continua entre nosotros,
en nombre de todos los sacerdotes,
también yo quiero exclamar:
“¿quién soy yo para que me visite
la Madre de mi Señor? (Lc 1,43)

Madre nuestra desde siempre,
no te canses de “visitarnos”,
consolarnos, sostenernos.
Ven en nuestra ayuda
y líbranos de todos los peligros
que nos acechan.


Con este acto de ofrecimiento y consagración,
queremos acogerte de un modo
más profundo y radical,
para siempre y totalmente,
en nuestra existencia humana y sacerdotal.

Que tu presencia haga reverdecer el desierto
de nuestras soledades y brillar el sol
en nuestras tinieblas,
haga que torne la calma después de la tempestad,
para que todo hombre vea la salvación
del Señor
, que tiene el nombre y el rostro de Jesús,
reflejado en nuestros corazones,
unidos para siempre al tuyo.

Así sea.


martes, 6 de diciembre de 2011


JUAN PABLO II
En sus 50 años de Sacerdote.
 27 octubre 1995


La figura de San Juan María Vianney
En el camino de regreso de Bélgica a Roma, tuve la suerte de detenerme en Ars. Era al final del mes de octubre de 1947, el domingo de Cristo Rey. Con gran emoción visité la vieja iglesita donde San Juan María Vianney confesaba, enseñaba el catecismo y predicaba sus homilías. Fue para mí una experiencia inolvidable. Desde los años del seminario había quedado impresionado por la figura del Cura de Ars, sobre todo por la lectura de su biografía escrita por Mons. Trochu. San Juan María Vianney sorprende en especial porque en él se manifiesta el poder de la gracia que actúa en la pobreza de los medios humanos. Me impresionaba profundamente, en particular, su heroico servicio en el confesionario. Este humilde sacerdote que confesaba mas de diez horas al día, comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horashabía logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario. En medio del laicismo y del anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio constituye un acontecimiento verdaderamente revolucionario.


Del encuentro con su figura llegué a la convicción de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misión en el confesionario, por medio de aquel voluntario "hacerse prisionero del confesionario". Muchas veces, confesando en Niegowic, en mi primera parroquia, y después en Cracovia, volvía con el pensamiento a esta experiencia inolvidable. He procurado mantener siempre el vínculo con el confesionario tanto durante los trabajos científicos en Cracovia, confesando sobre todo en la Basílica de la Asunción de la Santísima Virgen María, como ahora en Roma, aunque sea de modo casi simbólico, volviendo cada año al confesionario el Viernes Santo en la Basílica de San Pedro.


El suelo
Quien se dispone a recibir la sagrada Ordenación se postra totalmente y apoya la frente sobre el suelo del templo, manifestando así su completa disponibilidad para asumir el ministerio que le es confiado. Este rito ha marcado profundamente mi existencia sacerdotal. Añas más tarde, en la Basílica de San Pedro -estábamos al principio del Concilio- recordando el momento de la Ordenación sacerdotal, escribí una poesía de la cual quiero citar aquí un fragmento:
"Eres tú, Pedro. Quieres ser aquí el Suelo sobre el que caminan los otros... para llegar allá donde guías sus pasos...Quieres ser Aquél que sostiene los pasos, como la roca sostiene el caminar ruidoso de un rebaño: Roca es también el suelo de un templo gigantesco. Y el pasto es la Cruz''.
(Iglesia: Los Pastores y las Fuentes. Basílica de San Pedro, otoño de 1962: 11.X - 8.XII, El Suelo)


Al escribir estas palabras pensaba tanto en Pedro como en toda la realidad del sacerdocio ministerial, tratando de subrayar el profundo significado de esta postración litúrgica. En ese yacer por tierra en forma de Cruz antes de la Ordenación, acogiendo en la propia vida -como Pedro- la Cruz de Cristo y haciéndose con el Apóstol "suelo" para los hermanos, está el sentido más profundo de toda la espiritualidad sacerdotal.


¿QUIÉN ES EL SACERDOTE?
En este testimonio personal no puedo limitarme al recuerdo de los acontecimientos y de las personas, sino que quisiera ir más allá para fijar la mirada mas profundamente, como para escrutar el misterio que desde hace cincuenta años me acompaña y me envuelve.
¿Qué significa ser sacerdote? Según San Pablo significa ante todo ser administrador de los misterios de Dios: "servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que sean fieles'' (1 Co 4, 1-2). La palabra "administrador" no puede ser sustituida por ninguna otra. Está basada profundamente en el Evangelio: recuérdese la parábola del administrador fiel y del infiel (cf. Lc 12, 41-48). El administrador no es el propietario, sino aquel a quien el propietario confía sus bienes para que los gestione con justicia y responsabilidad. Precisamente por eso el sacerdote recibe de Cristo los bienes de la salvación para distribuirlos debidamente entre las personas a las cuales es enviado. Se trata de los bienes de la fe. El sacerdote, por tanto, es el hombre de la palabra de Dios, el hombre del sacramento, el hombre del "misterio de la fe''. Por medio de la fe accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios. Nadie puede considerarse "propietario'' de estos bienes. Todos somos sus destinatarios. El sacerdote, sin embargo, tiene la tarea de administrarlos en virtud de lo que Cristo ha establecido.

El sacerdote, como administrador de los ''misterios de Dios", está al servicio del sacerdocio común de los fieles. Es él quien, anunciando la Palabra y celebrando los sacramentos, especialmente la Eucaristía, hace cada vez más consciente a todo el Pueblo de Dios su participación en el sacerdocio de Cristo, y al mismo tiempo lo mueve a realizarla plenamente. Cuando, después de la transubstanciación, resuena la expresión: Mysterium fidei, todos son invitados a darse cuenta de la particular densidad existencial de este anuncio, con referencia al misterio de Cristo, de la Eucaristía y del Sacerdocio.

¿No encuentra aquí, tal vez, su motivación más profunda la misma vocación sacerdotal? Una motivación que está totalmente presente en el momento de la Ordenación, pero que espera ser interiorizada y profundizada a lo largo de toda la existencia. Sólo así el sacerdote puede descubrir en profundidad la gran riqueza que le ha sido confiada. Cincuenta años después de mi Ordenación puedo decir que el sentido del propio sacerdocio se redescubre cada día más en ese Mysterium fidei. Esta es la magnitud del don del sacerdocio y es también la medida de la respuesta que requiere tal don. ¡El don es siempre más grande! Y es hermoso que sea así. Es hermoso que un hombre nunca pueda decir que ha respondido plenamente al don. Es un don y también una tarea: ¡siempre! Tener conciencia de esto es fundamental para vivir plenamente el propio sacerdocio.


Sacerdote y Eucaristía
"Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños (...) Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar'' (Lc 10, 21-22). Estas palabras del Evangelio de San Lucas, introduciéndonos en la intimidad del misterio de Cristo, nos permiten acercarnos también al misterio de la Eucaristía. En ella el Hijo consustancial al Padre, Aquel que sólo el Padre conoce, le ofrece el sacrificio de sí mismo por la humanidad y por toda la creación. En la Eucaristía Cristo devuelve al Padre todo lo que de El proviene. Se realiza así un profundo misterio de justicia de la criatura hacia el CreadorEs preciso que el hombre de honor al Creador ofreciendo, en una acción de gracias y de alabanza, todo lo que de El ha recibido. El hombre no puede perder el sentido de esta deuda, que solamente él, entre todas las otras realidades terrestres, puede reconocer y saldar como criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Al mismo tiempo, teniendo en cuenta sus límites de criatura y el pecado que lo marca, el hombre no sería capaz de realizar este acto de justicia hacia el Creador si Cristo mismo, Hijo consustancial al Padre y verdadero hombre, no emprendiera esta iniciativa eucarística.
El sacerdocio, desde sus raíces, es el sacerdocio de Cristo. Es El quien ofrece a Dios Padre el sacrificio de sí mismo, de su carne y de su sangre, y con su sacrificio justifica a los ojos del Padre a toda la humanidad e indirectamente a toda la creación. El sacerdote, celebrando cada día la Eucaristía, penetra en el corazón de este misterio. Por eso la celebración de la Eucaristía es, para él, el momento más importante y sagrado de la jornada y el centro de su vida.

In persona Christi
Las palabras que repetimos al final del Prefacio -"Bendito el que viene en nombre del Señor...''- nos llevan a los acontecimientos dramáticos del Domingo de Ramos. Cristo va a Jerusalén para afrontar el sacrificio cruento del Viernes Santo. Pero el día anterior, durante la Ultima Cena, instituye el sacramento de este sacrificio. Pronuncia sobre el pan y sobre el vino las palabras de la consagración: "Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros (...) Este es el cáliz de mi Sangre, de la nueva y eterna alianza, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía''.



¿Qué "conmemoración"? Sabemos que a esta palabra hay que darle un sentido fuerte, que va más allá del simple recuerdo históricoEstamos en el orden del "memorial" bíblico, que hace presente el acontecimiento mismo. ¡Es memoria-presencia! El secreto de este prodigio es la acción del Espíritu Santo, que el sacerdote invoca mientras extiende las manos sobre los dones del pan y del vino: "Santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu de manera que sean para nosotros el Cuerpo y Sangre de Jesucristo Nuestro Señor". Así pues, no sólo el sacerdote recuerda los acontecimientos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, sino que el Espíritu Santo hace que estos se realicen sobre el altar a través del ministerio del sacerdote. Este actúa verdaderamente in persona ChristiLo que Cristo ha realizado sobre el altar de la Cruz, y que precedentemente ha establecido como sacramento en el Cenáculo, el sacerdote lo renueva con la fuerza del Espíritu Santo. En este momento el sacerdote está como envuelto por el poder del Espíritu Santo y las palabras que dice adquieren la misma eficacia que las pronunciadas por Cristo durante la Ultima Cena.






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